En el extremo sur de Los Alcázares (Murcia), junto a la histórica Base Aérea que en 1915 se convirtió en la primera base de hidroaviones de España, se levanta un edificio modesto de los años treinta cuya biografía resulta más elocuente que cualquier cartela de museo. El Museo Aeronáutico Municipal de Los Alcázares, inaugurado el 13 de octubre de 1999, no nació para honrar a quienes volaban, sino para cobijar a quienes caminaban: se construyó por suscripción popular, a iniciativa del comandante Burguete y sobre un solar cedido por José Nieto, como Casa del Transeúnte —también llamada Casa del Pueblo—, destinada a acoger a los pobres que atravesaban la localidad.
Esa vocación de refugio se transformó varias veces antes de convertirse en sala de memoria. Terminada la Guerra Civil, un comandante de Ingenieros la convirtió en chalet para los jefes de Aviación destinados al aeródromo vecino; más tarde fue Casa Parroquial, hasta que, a comienzos de los noventa, el Ayuntamiento la adquirió y rehabilitó para albergar la extensa colección fotográfica, documental y material vinculada al aeródromo. Un edificio pensado para quienes no tenían adónde ir acabó custodiando la memoria de quienes se atrevieron a conquistar el aire.
Porque la base vecina no es un aeródromo cualquiera. Fue el coronel Pedro Vives y Vich quien, por encargo del rey Alfonso XIII y tras un periplo aéreo de más de 1.500 kilómetros por la costa española, eligió en 1914 este rincón del Mar Menor como emplazamiento de la primera estación de hidroaviones del país. Con el tiempo, la base se convirtió en Escuela de Combate y Bombardeo Aéreo —conocida como Aeródromo Burguete—, y por su mando pasaron nombres mayores de la aviación española, como Ramón Franco o Kindelán, en los años en que volar sobre el agua era todavía una hazaña casi literaria: el hidroavión, esa máquina que los vascos llamarían con precisión poética itsasontzi hegalari, "barco volador", encarnaba la promesa de moverse a la vez sobre dos elementos que nunca habían sido del hombre. En 1951, con el traslado del 52 Grupo de Hidroaviones a la base mallorquina de Pollensa, Los Alcázares perdió buena parte de su función operativa, y su historia empezó a convertirse, poco a poco, en patrimonio.
El museo, apenas 188 metros cuadrados repartidos en tres salas, condensa ese siglo largo con maquetas de los aviones que marcaron época, fotografías aéreas, cascos, hélices, garitas de vigilancia, cañones antiaéreos y uniformes del Ejército del Aire. Su exposición fotográfica, la pieza más valiosa del conjunto, recorre la vida de la base desde su fundación hasta la actualidad y permite entender, sin salas monumentales ni relatos épicos, el peso real que este rincón del Mar Menor tuvo en la aeronáutica militar española del siglo XX.
Visitarlo no exige más de media hora, pero deja una pregunta flotando: cuántos edificios aparentemente menores guardan, bajo su función actual, una vocación anterior y casi opuesta. La Casa del Transeúnte que hoy exhibe hélices y condecoraciones recuerda que la memoria, como el vuelo, rara vez sigue una línea recta.
El museo abre de lunes a viernes de 9.00 a 14.00 horas —de 10.00 a 13.00 en verano—, y los grupos pueden concertar visita en cultura@losalcazares.es. Se encuentra en la avenida de la Libertad, 37, a pocos minutos del casco urbano y de las aguas templadas del Mar Menor, un destino que combina sin esfuerzo el turismo de costa con una lección de historia aeronáutica que pocos visitantes esperan encontrar.
Hemos visitado la Colección de Emiliano Escudero Cano (FB Oficial),un inmenso patrimonio con la memoria mecánica sobre dos ruedas. En total, y por el momento, 196 motos de 56 marcas distintas en el centro de San Pedro del Pinatar (Murcia). Nos ha recibido muy amablemente su creador, junto a su hijo y otros colaboradores, que también nos han acompañado a su cercana Recopilación vintage de Coca Cola (siguiente post). Existen colecciones que representan mucho más que un conjunto de objetos antiguos reunidos por afición; son auténticos archivos vivos de la historia tecnológica, social e industrial de un país. La extraordinaria colección de motos clásicas de Emiliano Escudero Cano constituye uno de esos legados fundamentales donde la mecánica, el diseño y la pasión humana se entrelazan de forma ejemplar.
Ha sido una primera visita, que pronto repetiremos con algunas personas especialistas que quizá puedan colaborar como voluntariado para catalogar y documentar este tesoro del motor. Hablar de esta colección es adentrarse en un recorrido fascinante por la evolución del transporte ligero. No se trata únicamente de contemplar el brillo del cromo o el rugido nostálgico de los motores de dos y cuatro tiempos. Se trata, ante todo, de comprender cómo cada una de estas motocicletas encarna una respuesta técnica a los retos de movilidad de su tiempo, reflejando el contexto socioeconómico, la creatividad industrial y la estética cultural del siglo XX.
Tecnología analógica e ingeniería del esfuerzo. En una época hiperconectada, dominada por la electrónica, los sensores digitales y la gestión computarizada, aproximarse a las máquinas preservadas por Emiliano Escudero Cano ofrece una lección de física y tecnología aplicada de primer orden. En cada chasis multitubular, en la geometría de un carburador o en la simplicidad genial de los primeros sistemas de suspensión reside la esencia pura de la mecánica tradicional.
Marcas legendarias —tanto de la época dorada de la industria nacional española (Bultaco, Montesa, OSSA, Derbi, Sanglas o nuestra predilecta Lube de mi padre que pronto detallaremos, pero se avanza en el vídeo inicial) como iconos de la producción internacional (BMW, Vespa, Lambretta, Norton)— adquieren en este acervo una dimensión educativa singular. Cada proceso de restauración realizado con rigurosidad histórica no solo devuelve la vida a una pieza de metal; salvaguarda el conocimiento artesanal de los mecánicos de antaño, aquellos orfebres de taller que diagnosticaban averías con el oído y ajustaban tiempos con la precisión de un relojero.
Reflexión pedagógica: La restauración de una motocicleta clásica es una lección magistral de paciencia, física aplicada y respeto por la memoria tecnológica que cimentó la movilidad moderna.
Un recurso educativo e intergeneracional. Desde la perspectiva de la divulgación cultural y la educación en valores, colecciones con este nivel de conservación resultan herramientas pedagógicas indispensables. Permiten explicar a las nuevas generaciones que la innovación tecnológica no nace espontáneamente en una pantalla, sino en la cultura del ensayo, la optimización de materiales y el ingenio ante las limitaciones técnicas de cada contexto histórico.
Estudiar y contemplar este patrimonio industrial propicia además un fructífero diálogo intergeneracional. Los más mayores reencuentran en estos modelos las vivencias, trayectos y paisajes de su juventud, mientras que los estudiantes de tecnología, diseño e ingeniería descubren la elegancia y solvencia de las soluciones mecánicas primigenias.
Conclusión: El valor del patrimonio motorizado. La labor de recopilación, restauración y conservación de Don Emiliano Escudero Cano trasciende el ámbito del coleccionismo privado para prestar un servicio de primer orden a la memoria colectiva. Mantener vivas estas joyas mecánicas nos recuerda que el presente tecnológico camina sobre los hombros de la audacia y la inventiva del pasado. Un homenaje imprescindible a la historia industrial, a la pedagogía del trabajo manual y a la fascinación atemporal por la libertad sobre dos ruedas.
Hoy nos detendremos en una vieja convicción personal, que se puede denominar como la Ecuación Existencial: Del conocimiento al amor, o el saber como antídoto contra el odio. Es un resultado bastante obvio de la Anatomía del Afecto: Amar lo Conocido, Temer lo Ajeno (pronto más posts sobre la otredad). Muestra la Paradoja Humana que oscila entre el conocimiento y el prejuicio. Pero hay un camino reversible que impide que el desconocimiento conduzca al desprecio. Esta es nuestra filosofía y ética de la comprensión humana: Conocer para Amar.
La historia del pensamiento occidental ha trazado innumerables mapas de la condición humana, pero quizá pocas intuiciones resultan tan verificables en la experiencia cotidiana como esta: tendemos a amar aquello que conocemos y a rechazar lo que permanece opaco a nuestra comprensión. Esta aparente obviedad, sin embargo, encierra una de las claves más profundas para entender tanto nuestras construcciones afectivas como nuestros mecanismos de exclusión social.
Spinoza, en su Ética, ya advertía que el conocimiento adecuado de las cosas conduce necesariamente al amor intelectual, mientras que la ignorancia genera pasiones tristes: el odio, el miedo, la superstición. Siglos después, la antropología cultural vendría a confirmar esta intuición mediante el concepto de etnocentrismo: la tendencia universal a considerar superior aquello que nos resulta familiar y a desconfiar de lo culturalmente ajeno. El conocimiento, en este sentido, no es meramente un proceso cognitivo; es el fundamento mismo de nuestra arquitectura emocional.
Observamos este patrón en las estructuras más íntimas de nuestro ser. Amamos a nuestra familia porque la conocemos en sus matices, en sus fragilidades y fortalezas. Nos vinculamos a nuestro lugar de origen porque cada calle contiene una memoria, cada paisaje evoca una historia personal. Nuestra vocación nos enamora porque nos hemos sumergido en ella lo suficiente para descubrir sus complejidades y sus bellezas ocultas. Podríamos decir parafraseando a Ortega y Gasset, el amor es atención intensificada; y la atención requiere proximidad, tiempo, conocimiento.
Por el contrario, la xenofobia—literal y etimológicamente, el miedo al extranjero— no es sino el reverso de esta medalla. Odiamos o tememos lo que no comprendemos porque la ignorancia genera vacíos que nuestra imaginación tiende a llenar con fantasmas. La literatura universal ha explorado este territorio: desde el monstruo de Frankenstein, rechazado por su apariencia desconocida, hasta los relatos de Kafka sobre la incomprensión radical del otro. Todorov, en su análisis del encuentro con América, demostró cómo el desconocimiento del indígena permitió su deshumanización.
Aquí reside la potencia transformadora de esta ley: si el conocimiento engendra amor y el desconocimiento odio, entonces la educación no es simplemente transmisión de datos, sino el ejercicio ético fundamental de nuestra época. Aprender se convierte en un acto moral, en una práctica de resistencia contra nuestros propios mecanismos de exclusión. Hannah Arendt habló de la "banalidad del mal" para describir cómo la ausencia de pensamiento permite las mayores atrocidades; podríamos añadir que la ausencia de conocimiento permite la perpetuación del odio cotidiano.
La proposición, entonces, adquiere contornos de mandato existencial: conoce más para amar más, no porque el conocimiento garantice automáticamente el amor —sabemos que existen conocimientos perversos y amorosos ignorantes—, sino porque amplía el territorio de lo posible. Quien dedica tiempo a comprender al otro —ya sea otra cultura, otra clase social, otra forma de pensar— no solo enriquece su universo cognitivo, sino que expande su capacidad de empatía y solidaridad.
Las consecuencias de esta elección son verificables. Quienes cultivan el conocimiento y el amor tienden a construir, a crear redes de cooperación, a generar riqueza en su sentido más amplio: material, intelectual, emocional. Son, como diría Nietzsche, afirmadores de la vida. Por el contrario, quienes se instalan en el odio y la ignorancia perpetúan ciclos de destrucción y miseria, tanto propia como ajena. El odio, como bien sabían los estoicos, es ante todo un veneno para quien lo alberga.
En tiempos de fragmentación social y polarización, esta intuición cobra urgencia renovada. No se trata de un optimismo ingenuo que ignore los conflictos reales o las asimetrías de poder, sino de reconocer que el conocimiento del otro —incluso del adversario— es condición de posibilidad para cualquier transformación genuina. El camino del conocimiento es arduo, requiere humildad y esfuerzo, pero sus frutos son la única alternativa real a la barbarie del desconocimiento mutuo.
La sabiduría antigua y la evidencia contemporánea convergen: el amor y el conocimiento son aliados naturales, así como el odio y la ignorancia se alimentan mutuamente. Elegir entre ambos caminos no es solo una decisión intelectual, sino existencial. Es, en última instancia, elegir entre la construcción y la destrucción, entre la felicidad compartida y la miseria aislada, entre la vida plena y su negación.
Finalmente, cabe una advertencia: quienes cultivan el odio suelen empobrecer su mundo interior. El resentimiento reduce horizontes, simplifica la realidad y limita la felicidad posible. En cambio, quienes amplían su comprensión tienden a desarrollar generosidad, prudencia y sentido de justicia. No porque el saber garantice la bondad, sino porque disminuye el miedo irracional que la obstaculiza.
Si esta “ley” es válida, su lección es clara: amar no es sólo sentir; es conocer. Y conocer es una tarea deliberada, exigente y, en última instancia, emancipadora.
Amamos lo que conocemos. Odiamos, muchas veces, lo que ignoramos. Quizá una de las leyes más simples —y más profundas— de la vida sea esta: el conocimiento amplía el amor y reduce el odio. https://t.co/HD3JxJXRhx Cuando entendemos a las personas, los lugares o las ideas, dejan de… pic.twitter.com/YFZeQbKNkM
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) March 5, 2026
Resumen: Se analiza la tesis de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron en su obra "Los herederos", donde se cuestiona la neutralidad de la escuela y el mito de la meritocracia. A través del concepto de "capital cultural", se explica cómo el sistema educativo legitima la desigualdad social al transformar la herencia familiar en éxito académico. El texto concluye que la educación a menudo ejerce una violencia simbólica que invisibiliza las barreras de clase de los estudiantes menos favorecidos.
Nada con los viejos libros para entender realidades muy persistentes. Hoy repasamos una obra de 1964, cuando Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron publicaron "Los herederos: los estudiantes y la cultura", un ensayo que revolucionó nuestra comprensión de la educación superior al desmontar el mito de la meritocracia académica. Más de medio siglo después, sus conclusiones siguen resonando con inquietante actualidad en nuestros sistemas educativos.
Los Herederos: Cuando el Capital Cultural determina el Éxito Académico... y el subsiguiente profesional. La tesis central de Bourdieu y Passeron resulta tan incómoda como reveladora: el éxito universitario no depende principalmente del talento o el esfuerzo individual, sino de la herencia cultural que los estudiantes traen consigo desde sus hogares. Los autores introducen el concepto de "capital cultural", ese habitus(post previo de 2024) oconjunto de conocimientos, competencias, disposiciones y códigos culturales que las clases privilegiadas transmiten a sus hijos de manera casi imperceptible.
Los investigadores franceses demostraron que el sistema universitario, lejos de funcionar como igualador social, actúa como reproductor de las desigualdades de clase. La universidad presupone en sus estudiantes una familiaridad previa con la cultura legítima: referencias literarias, hábitos de lectura, formas de expresión oral y escrita, incluso posturas corporales y maneras de relacionarse con el conocimiento que solo se adquieren en determinados entornos familiares.
Lo verdaderamente perverso de este mecanismo es su invisibilidad. La institución educativa presenta estas competencias culturales como "dones naturales" o resultado del mérito personal, ocultando su origen social. Así, los hijos de las clases cultivadas navegan el sistema universitario con la naturalidad de quien se mueve en su hábitat, mientras que los estudiantes de origen popular deben descifrar códigos no escritos, dominar referencias culturales ajenas y adoptar disposiciones que contradicen sus experiencias vitales.
Bourdieu y Passeron identificaron cómo la relación misma con el saber difiere según el origen de clase. Los herederos desarrollan una relación desenvuelta, casi lúdica con la cultura académica, que les permite la brillantez aparentemente espontánea que tanto valoran los profesores. Los estudiantes de origen modesto, en cambio, mantienen una relación laboriosa y aplicada con el conocimiento, marcada por la inseguridad y la sobre-adaptación a las demandas explícitas del sistema.
El análisis no se limita a constatar desigualdades de acceso, sino que revela cómo la propia pedagogía universitaria está diseñada para los herederos. La valoración de la "elegancia" expositiva sobre la precisión técnica, la preferencia por la síntesis brillante sobre el trabajo exhaustivo, el culto a la facilidad aparente: todos estos criterios de excelencia benefician sistemáticamente a quienes ya poseen el capital cultural adecuado.
Las implicaciones políticas de esta investigación son profundas. Si la educación superior reproduce las jerarquías sociales mientras proclama evaluar el mérito, entonces el ideal meritocrático funciona como legitimación ideológica de la dominación. Los privilegiados se sienten merecedores de sus posiciones, y los excluidos interiorizan su fracaso como deficiencia personal.
¿Qué vigencia tiene este diagnóstico hoy? Pese a la masificación universitaria y las políticas de ampliación de acceso, los mecanismos descritos por Bourdieu y Passeron persisten con notable tenacidad. Las universidades de élite siguen reclutando desproporcionadamente entre las clases altas, y dentro de todas las instituciones, los patrones de éxito académico continúan correlacionando fuertemente con el origen social.
"Los herederos" nos plantea un desafío incómodo: reconocer que la educación no puede compensar por sí sola las desigualdades sociales sin transformar profundamente sus propias prácticas. Requiere hacer explícito lo implícito, enseñar sistemáticamente lo que se presupone, y cuestionar los criterios de excelencia que naturalizan privilegios de clase como superioridad intelectual. Mientras no afrontemos esta tarea, la universidad seguirá siendo, parafraseando a los autores, una máquina de consagrar las desigualdades sociales con la apariencia de medir capacidades individuales.
¿Y si la escuela no fuera el gran igualador social que promete ser? En Los herederos (1964), Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron desmontan el mito de la meritocracia educativa: el éxito escolar depende menos del talento que del capital cultural heredado.… pic.twitter.com/JsYIrG1iFM
Queridos lectores y lectoras: Pedimos a la IA (AI) que analizase el 2025, un año matemáticamente perfecto (45^2 = 2025), en nuestro blog. Tras analizar la trayectoria y las entradas de este año, estas son las etiquetas predominantes: #IA (Inteligencia Artificial): El tema estrella, enfocándose en la IA generativa y su impacto ético. #Educación: Siempre en el núcleo, analizando el cambio de paradigma en las aulas. #Euskadi / #Bilbao: El arraigo local, eventos culturales y la actualidad vasca. #HumanismoDigital: La búsqueda de la esencia humana frente a la automatización. #Citas: Reflexiones breves apoyadas en grandes pensadores. #Futuro: Proyecciones optimistas pero críticas sobre lo que vendrá. #Familia y #Amistad: El lado más personal y humano del autor.
Con 382 entradas publicadas, el blog se consolida no solo como un diario personal, sino como un faro de optimismo informado en un mar de incertidumbres tecnológicas y sociales. Si algo ha caracterizado este ciclo de 365 días (con su habitual ritmo de más de una publicación diaria), ha sido la capacidad de Mikel para tejer puentes entre lo ancestral y lo futurista. Al repasar estas 382 paradas, detectamos tres grandes ejes que han vertebrado la conversación.
1. El año de la IA con alma. La Inteligencia Artificial ha dejado de ser una promesa para convertirse en una herramienta cotidiana. En el blog, este tema ha sido tratado no desde el miedo o el deslumbramiento ciego, sino desde el Humanismo Digital. Mikel nos ha recordado en decenas de posts que, aunque las máquinas puedan alucinar o calcular, sólo los humanos podemos "sentir" el propósito. Sus reflexiones sobre LLMs, agentes autónomos y la ética algorítmica han servido para bajar el balón al suelo, siempre bajo la etiqueta de tecnología para la vida.
2. La Educación como resistencia y vanguardia. Como es habitual en su trayectoria, la educación ha ocupado un espacio privilegiado. En 2025, el debate se ha desplazado de "cómo usar las pantallas" a "cómo enseñar a pensar en un mundo automatizado". A través de sus crónicas de eventos pedagógicos y sus famosas metáforas, Mikel ha insistido en la necesidad de una educación que fomente la creatividad, el espíritu crítico y, sobre todo, la empatía. Sus posts han sido un recordatorio de que, en la era de la IA, el papel del docente es más sagrado que nunca: es el guía que enseña a distinguir la señal del ruido.
3. El arraigo: Entre Bilbao y el Mundo. A pesar de su mirada global, el blog nunca pierde su aroma a café en el Gran Bilbao o a paseo por Getxo. Las 382 entradas de 2025 están salpicadas de crónicas locales, homenajes a amigos que se han ido o que celebran hitos, y una defensa constante de la cultura vasca. Es este equilibrio entre la "aldea global" y el "botxo" lo que otorga a su escritura esa cercanía tan característica. Las fotos propias que acompañan sus textos no son meros adornos, son pruebas de vida de un observador que sigue disfrutando de un atardecer en el Abra tanto como de un nuevo descubrimiento científico.
Otras pequeñas cápsulas de sabiduría. No podemos olvidar las etiquetas de #Citas y #Humor. A menudo, entre densos análisis tecnológicos, Mikel nos ha regalado píldoras de sabiduría de otros autores o aforismos propios que invitan a la pausa. En un mundo que corre demasiado rápido, estas entradas han funcionado como oasis de reflexión. Su capacidad para conectar un problema de física con una lección de vida, o una anécdota familiar con una teoría sociológica, sigue siendo la marca de la casa.
Las temáticas dominantes de 2025 giran en torno a la literatura y la novela, que emergen como el pilar central del contenido. Con al menos tres etiquetas explícitas de “literatura” y “novela” en mayo, y numerosas entradas dedicadas a reseñas y análisis de obras clásicas y contemporáneas, el blog se convierte en un refugio para los amantes de las letras. Por ejemplo, en “Stoner: la épica silenciosa de una vida común” (mayo), se explora la obra de John Williams como un retrato de la existencia ordinaria elevada a lo extraordinario. Similarmente, “Demian” de Hermann Hesse (mayo) indaga en la identidad personal, mientras que “Lo raro es vivir” de Carmen Martín Gaite (mayo) navega por la memoria y el amor perdido. Otras joyas incluyen “Trampa 22” (abril), una sátira bélica absurda, y “El Señor de las Moscas” (noviembre), una parábola sobre la civilización. Esta temática no solo refleja un amor por la narrativa, sino también una invitación a reflexionar sobre la condición humana, con influencias de autores como Sándor Márai (“La elegancia de la decepción”, julio) o Irène Némirovsky (julio). En total, más del 30% de las entradas tocan la literatura, convirtiéndola en la temática más usada, a menudo entrelazada con filosofía para enriquecer el debate.
La filosofía y las reflexiones éticas ocupan el segundo lugar, con etiquetas como “filosofía” apareciendo en febrero, mayo y septiembre (al menos tres menciones). Temas como el meliorismo –la creencia en que el mundo puede mejorar con esfuerzo humano– (febrero) o el estoicismo clásico como guía en la “modernidad líquida” (diciembre) destacan la búsqueda de sabiduría práctica. Entradas como “El rostro del Otro: la revolución ética de Emmanuel Lévinas” (septiembre) o “Dónde aterrizar: una brújula filosófica para tiempos de colapso” (julio) abordan el colapso ambiental y social, inspiradas en pensadores como Bruno Latour. Asimismo, “La expulsión de lo distinto” (julio) critica la hiperconexión, y “Manifiesto por una Tecnología Humanista” (julio) propone una ética tecnológica. Estas publicaciones, que representan cerca del 25% del total, invitan a la introspección, con toques de optimismo como en “Ten el coraje de ser diferente” (marzo) o “La ley del espejo” (junio).
La sociedad y la política, con etiquetas como “sociedad” (tres menciones entre febrero y mayo) y “política” (dos), forman otro núcleo temático, abordando desigualdades y crisis actuales. “Bullshit Jobs” (febrero) critica empleos inútiles, mientras que “Gaza: Un genocidio flagrante” (mayo) denuncia injusticias globales con etiquetas como “derechos humanos” y “genocidio”. Otras incluyen “Cultura woke: Despertar Social y Justicia Global” (mayo), “Chavs: La demonización de la clase obrera” (febrero) y “¿Puede aún la educación salvarnos del fascismo?” (junio), reflejando una preocupación por la polarización y el ascenso social, como en “Síndrome de Doña Florinda” (abril). Estas entradas, alrededor del 20%, combinan análisis crítico con llamadas a la acción.
La salud y la longevidad emergen como temas recurrentes, especialmente en un contexto de longevidad. Con etiquetas como “salud” y “suplementos” (febrero), “envejecimiento” (mayo) y “vejez” (septiembre), publicaciones como “Suplementos alimenticios para mayores” (febrero), “El aprendizaje como elixir contra el envejecimiento” (mayo) y “Creatina: Un aliado para el músculo, el cerebro y la longevidad” (diciembre) ofrecen consejos prácticos. “El Muro de los 80 Años” (septiembre) propone 44 ideas para envejecer con dignidad, y “Tu rostro leído por la IA predice tu salud” (octubre) fusiona tecnología con bienestar. Este bloque, con un 15% de las entradas, resalta la importancia de la vitalidad en la tercera edad.
Otras temáticas notables incluyen tecnología y AI (10%), con posts como “Seis años con un Tesla Model 3” (febrero), “Kai-Fu Lee, pionero de AI” (junio) y “Neo, el robot que quiere entrar en casas” (octubre); música y artes (8%), destacando “Roberta Flack” (febrero) o “Los Soprano” (noviembre); educación (5%), como “Taller infantil de ciencia” (mayo) o “José de Calasanz” (noviembre); y viajes (5%), con exploraciones en La Manga y Guardamar (abril). El ajedrez aparece esporádicamente, como en “Homenaje a Boris Spassky” (febrero) o “Relación entre nivel de rating y duración” (diciembre), con etiquetas como “ajedrez” y “Lichess”.
Este 2025 ha sido un año de celebración intelectual, culminando en hitos como las 10 millones de visitas (julio) y reflexiones navideñas (diciembre). Gracias por acompañarme en este viaje. Que 2026 traiga más preguntas profundas y respuestas iluminadoras.
Hacia un 2026 de nuevas preguntas, retos y oportunidades. Llegar al final de este 2025 con 382 nuevas reflexiones en la mochila es un testimonio de disciplina, pero sobre todo de curiosidad inagotable. El blog de Mikel Agirregabiria sigue siendo un espacio donde se celebra la inteligencia en todas sus formas, pero donde siempre prima la inteligencia cordial.
Mientras nos preparamos para el próximo año, nos quedamos con esa idea que ha sobrevolado el blog este invierno: que la tecnología es el escenario, pero la humanidad es la obra de teatro. Gracias, Mikel, por seguir abriendo la persiana de tu blog cada mañana y por recordarnos que, en un mundo de algoritmos, lo más disruptivo que podemos hacer es seguir siendo profundamente humanos, curiosos y agradecidos. ¡A por el 2026, con la misma pasión y, ojalá, con otras tantas entradas que nos ayuden a entender mejor el mundo!
¡Bienvenidos a 2026! Reflexionando sobre 2025: un año extraordinario de humanismo e innovación en mi blog. 382 entradas tejiendo IA con alma ❤️, educación transformadora 📚, arraigo en Euskadi y Bilbao 🏙️, literatura profunda 📖, filosofía ética 🤔 y optimismo informado ante el… pic.twitter.com/hlZfsW3zoL
¿Recuerdas lo eternos que eran los veranos en tu infancia?
Esas tardes de agosto parecían no tener fin, repletas de descubrimientos, aburrimiento y aventuras. Sin embargo, hoy, las semanas se disuelven entre tus dedos como azucarillos en el café caliente. De repente es Navidad otra vez, y sientes ese vértigo existencial: alguien ha pulsado el botón de avance rápido en la película de tu vida.
No es simple nostalgia;
es neurociencia pura.
A medida que envejecemos, nuestro cerebro se vuelve terriblemente eficiente. Se convierte en una máquina de predicción que, para ahorrar energía, deja de "grabar" los detalles de lo cotidiano. Es lo que los psicólogos llaman
Procesamiento Predictivo
(Predictive Coding). Cuando la rutina se impone y los días son idénticos, la memoria deja de escribir nuevas entradas. El resultado es biológicamente cruel: aunque vivamos muchos años cronológicos, nuestra percepción subjetiva del tiempo se contrae. La vida se siente más corta cuanto más la alargamos.
Hablamos de la
Longevidad Narrativa.
Hoy vamos a explorar cómo el concepto de "esculpir el tiempo" del cineasta
Andréi Tarkovsky
o la prosa laberíntica de
Thomas Mann
no son meros pasatiempos intelectuales. Son gimnasios de neuroplasticidad. Enfrentarse a una obra de arte compleja obliga a tu cerebro a volver a "grabar", devolviéndote esa sensación de eternidad que creías perdida en la infancia.
El cerebro perezoso y la trampa de la fluidez.
Vivimos en la era de la "fricción cero". Las aplicaciones están diseñadas para ser intuitivas; las series de streaming, para ser consumidas en maratón; y los best-sellers, para leerse sin esfuerzo. Esta fluidez es cómoda, pero es letal para nuestra percepción del tiempo.
Cuando consumimos contenido fácil, nuestro cerebro entra en piloto automático. No hay sorpresa, no hay esfuerzo cognitivo, y, por tanto,
no hay memoria densa.
Es como conducir por una autopista recta: llegas a tu destino sin recordar el trayecto.
Aquí es donde la
Alta Cultura
actúa como un freno de emergencia saludable.
Literatura: El gimnasio de la densidad cognitiva.
Leer a autores como
Marcel Proust,
Virginia Woolf
o
Thomas Mann
(cuyo clásico La Montaña Mágica trata precisamente sobre la distorsión del tiempo) es un acto de resistencia neurológica.
Sus frases largas, subordinadas complejas y metáforas profundas obligan al cerebro a salir del modo predictivo. No puedes "escanear" a Dostoievski; tienes que decodificarlo. Este esfuerzo activa la
Reserva Cognitiva,
fortaleciendo las conexiones neuronales. Al obligar a tu mente a construir mundos complejos y empatizar con personajes difíciles, estás creando
nuevos recuerdos de alta definición.
Al final de una hora de lectura profunda, sientes que ha pasado mucho tiempo. No por aburrimiento, sino por
densidad de experiencia.
Has vivido una vida ajena, y tu cerebro la ha registrado como propia.
Cine: La atención plena sin meditar.
Si la literatura entrena la memoria, el cine de autor entrena la atención. En un mundo de TikToks de 15 segundos y cortes frenéticos que destrozan nuestra capacidad de concentración, el
"Slow Cinema"
es el antídoto.
El director ruso
Andréi Tarkovsky
definía el cine como "esculpir en el tiempo". Sus planos largos, donde "no pasa nada" frenético, nos obligan a observar la lluvia, el viento o el rostro de un actor durante minutos. Obras modernas como Perfect Days de Wim Wenders o el cine de Apichatpong Weerasethakul funcionan igual.
Al principio, el cerebro moderno se resiste; busca el siguiente estímulo de dopamina. Pero si aguantas, ocurre la magia: entras en un estado de
presencia radical.
Al re-calibrar tu atención, el tiempo subjetivo se expande. Una película de dos horas puede sentirse como un viaje de una semana, dejándote una sensación de plenitud que ningún scroll infinito puede igualar.
Hacia una longevidad fenomenológica.
La ciencia de la longevidad suele obsesionarse con añadir años a la vida. Pero las humanidades nos enseñan algo más importante: cómo añadir
vida a los años.
De nada sirve llegar a los 100 años si tu percepción subjetiva es que han pasado en un suspiro. La cultura, el arte difícil, el cine lento y la lectura compleja son las herramientas que nos permiten vivir múltiples vidas dentro de una sola. Son la única máquina del tiempo que funciona de verdad.
Así que, la próxima vez que te sientas culpable por pasar una tarde entera leyendo un clásico o viendo una película antigua en blanco y negro, recuerda: no estás perdiendo el tiempo. Lo estás esculpiendo.
Reto del Fin de Semana: "Esculpir el Tiempo".
Te propongo un experimento de neurociencia casera para poner esto a prueba:
Este fin de semana,
sustituye 2 horas de scrolling en redes sociales
(que encogen tu tiempo) por una película de ritmo pausado o 50 páginas de esa novela densa que tienes pendiente.
Observa cómo cambia tu sensación del domingo por la tarde. ¿Se ha sentido el día más largo? ¿Más rico? Si aceptas el reto, comparte este post o tu experiencia con el hashtag
#LongevidadNarrativa
y desafía a un amigo a frenar el tiempo contigo.
¿Sientes que alguien ha puesto tu vida en velocidad x2? No es solo tu edad. Es tu cerebro entrando en "modo ahorro".
La neurociencia lo confirma: cuando tu rutina es predecible y consumes contenido fácil (scroll infinito), tu mente deja de grabar recuerdos nuevos. El tiempo… pic.twitter.com/N3bnGSt15F
Si hay un filósofo actual cuya obra completa hay que leer, ése es Byung-Chul Han (ver en otros muchos posts). Hoy analizaremos su libro La expulsión de lo distinto (2016). Byung-Chul Han desarrolla una potente crítica a la sociedad actual, caracterizada por la desaparición de la alteridad. Vivimos en una cultura de la positividad, donde lo diferente, lo extraño, lo contradictorio o lo negativo —todo aquello que incomoda o interpela— es eliminado, neutralizado o absorbido por una lógica homogénea del “yo”.
Para Han, la sociedad contemporánea tiende al narcisismo, al consumo de lo idéntico y a una hipervisibilidad digital que borra la profundidad del otro. Esta expulsión simbólica y real de la diferencia provoca una pérdida de sentido, de comunidad, de experiencia e incluso de amor verdadero.
El pensamiento del surcoreano, influenciado por la tradición continental europea (Hegel -posts-, Heidegger -posts-, Lévinas), nos advierte del peligro de una sociedad transparente, sin opacidad ni misterio, donde todo es igual a sí mismo, repetido y digerido por algoritmos y redes sociales. La consecuencia: aburrimiento, ansiedad, intolerancia y soledad.
Es un libro breve pero profundo, que debe leerse despacio y discutirse con otros. Una obra crítica, incómoda, y, por eso mismo, necesaria. La expulsión de lo distinto es una advertencia lúcida y contundente sobre el rumbo de nuestras sociedades hipermodernas. Con un estilo filosófico sobrio y afilado, Han propone repensar nuestras formas de vida, de amar, de comunicarnos y de relacionarnos con lo otro. Nos recuerda que sin alteridad no hay humanidad, sin misterio no hay sentido, y sin negatividad no hay libertad.
Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es un filósofo y ensayista surcoreano afincado en Alemania. Estudió metalurgia en Corea antes de trasladarse a Europa, donde se doctoró en filosofía en la Universidad de Friburgo. Ha enseñado en universidades de Basilea, Karlsruhe y Berlín. Han es uno de los filósofos contemporáneos más leídos y citados, con un estilo sobrio, aforístico y lúcido. Sus obras abordan con mirada crítica los efectos culturales, sociales y psicológicos del capitalismo tardío, la digitalización, la transparencia, el rendimiento y la pérdida de lo sagrado.
El libro La expulsión de lo distinto, breve pero denso y aforístico, se construye en torno a contraposiciones esenciales: el yo frente al otro, la identidad frente a la diferencia, la positividad frente a la negatividad, la transparencia frente al misterio, la hipervisibilidad digital frente a la presencia encarnada, y la comunicación instantánea frente a la relación dialógica auténtica.
Han sostiene que la sociedad actual no reprime mediante la censura ni la prohibición, sino mediante la saturación, el exceso de positividad y visibilidad, lo cual termina siendo igualmente opresivo.
La sociedad de la positividad y la autoafirmación. Parte de la idea ya desarrollada en La sociedad del cansancio: la lógica del rendimiento y la positividad ha sustituido a la lógica disciplinaria. Ya no hay un “deber”, sino un “puedo”; ya no hay amo, sino autoexplotación. A esta lógica se suma la del narcisismo digital, donde los sujetos sólo quieren verse reflejados, reconocidos, “likeados”. Todo debe ser inmediato, familiar, cómodo, digerible. Y por eso la diferencia, lo ajeno, lo negativo, lo que desafía, es eliminado. “La sociedad actual ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento, del ego, de la autoexplotación.”
El otro como amenaza. El otro, el diferente, el no-asimilable, es visto hoy como potencialmente peligroso o inútil. La alteridad exige esfuerzo, interpretación, tiempo, tolerancia… cosas que la cultura digital inmediata y acelerada no tolera. Esto se manifiesta en fenómenos como: El miedo al inmigrante o al disidente, la sobreprotección de las identidades frágiles, la intolerancia a la crítica o al pensamiento complejo o la reducción de la alteridad a diferencia de consumo. Señala que incluso el multiculturalismo actual tiende a reducir lo distinto a lo exótico, lo folclórico, lo decorativo. No hay verdadera experiencia del Otro, sino una estetización superficial. “La diferencia, cuando se tolera, es siempre domesticada.”
El infierno de lo igual. El resultado de esta lógica es la instalación de una especie de “infierno de lo igual”: una sociedad sin conflicto real, sin silencio, sin misterio, sin eros. El otro no es negado de manera violenta, sino absorbido, estetizado, neutralizado. Todo lo que no puede ser traducido a términos positivos o de rendimiento es expulsado. Esto afecta también al pensamiento, que necesita contradicción, negación, espera y ambigüedad. En una sociedad de la inmediatez y el algoritmo, pensar se vuelve sospechoso. “La negatividad es el elemento esencial del pensamiento.”
El amor y el eros en crisis. Uno de los capítulos más intensos del libro está dedicado a la crisis del amor. El amor verdadero, sostiene Han, nace del encuentro con el otro, con su opacidad, su distancia, su inasimilabilidad. Pero en la era digital, lo que predomina son los vínculos narcisistas, líquidos, gestionados por aplicaciones que eliminan la alteridad: se busca lo similar, lo útil, lo cómodo. Así, el amor se convierte en consumo afectivo, en algoritmo predictivo que sustituye al misterio. Ya no hay espera ni entrega, sino optimización del deseo. “El amor muere donde no se encuentra con el otro.”
La pérdida de lo ritual y lo comunitario.
Han también señala cómo la expulsión de lo distinto ha acabado con los rituales, que eran formas de relación repetitiva y simbólica con el otro, con la comunidad, con el tiempo. Hoy, en cambio, vivimos en el presentismo, la interrupción constante, la ansiedad de la notificación. La comunidad ha sido sustituida por redes sin profundidad.
Política y vigilancia. Finalmente, Han advierte que este “infierno positivo” no es inocente. En un mundo donde todo debe ser visible, comunicable, eficiente y transparente, la vigilancia se vuelve omnipresente y voluntaria. No hace falta represión cuando la gente se autoexpone por voluntad propia. La transparencia, lejos de ser garantía de democracia, puede ser una nueva forma de control totalitario, ya que elimina el espacio interior, la intimidad, la crítica.
Otras citas destacadas: “La comunicación digital no tolera el silencio. Expulsa toda negatividad”. “La sociedad del cansancio ha dado paso a la sociedad de la autoexplotación del yo”. “La desaparición de la distancia destruye también el respeto”. “El infierno de lo igual comienza cuando lo distinto se vuelve sospechoso.”
"La obligación de ser feliz genera una presión devastadora".