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24º Salón del Cómic de Getxo: 40 puestos, 3 días y gratis

24º Salón del Cómic de Getxo: 40 puestos, 3 días y gratis

¿Puede un comic o un tebeo enseñar a leer mejor que un manual? Quienes hemos pasado media vida entre aulas y bibliotecas sabemos que sí, y que además lo hace sonriendo. Hoy, viernes 16 de octubre de 2026, arranca en Getxo la vigésima cuarta edición del Salón del Cómic de Getxo, que se prolonga hasta el domingo 18 con entrada gratuita.

Un detalle de calendario: la cita adelanta este año sus fechas habituales para no coincidir con la San Diego Comic-Con de Málaga. La zona comercial se reparte entre la plaza Estación de Las Arenas, la calle Ibaiondo y la plaza Santa Eugenia, con cuarenta (40) puestos de librerías, fanzines y editoriales, entre ellas Astiberri, Joker, Elkar y Harriet. El horario es de 11:00 a 14:30 y de 17:00 a 21:00 (el domingo, hasta las 20:00). Las charlas, los talleres y las firmas se concentran en Romo Kultur Etxea. 

Lo más literario del programa llega hoy mismo. A las 19:00 se entregan los premios del Salón a dos trayectorias: el autor gallego Miguelanxo Prado y el editor y divulgador Laureano Domínguez. Después, a las 19:15, Domínguez conversa sobre «El placer de editar tebeos» y, a las 20:00, Prado sobre «Trazos de tinta». Quien edita decide qué llega a las manos del lector, y quien dibuja decide cómo se lee. Dos oficios que merecen homenaje.

Para quienes educamos, hay una cita señalada. A las 11:00 de esta mañana, la charla «Las chicas leen y hacen cómics», con Higinia Garay y Josune Muñoz, estaba dirigida al alumnado de 6.º de Primaria (11-12 años). Leer y dibujar son las dos mitades de una misma alfabetización.

Entre los invitados figuran Teresa Valero, autora del thriller social Contrapaso, y Juan Díaz Canales, Premio Nacional del Cómic y creador, junto a Juanjo Guarnido, de Blacksad. Acuden también Lorenzo Montatore, Miguel Brieva y Clara y Olivia Cábez. Conversan este sábado sobre «La fuerza del cómic europeo», una prueba más de que la novela gráfica ya no necesita pedir permiso a la literatura.

"El cómic es un arte secuencial que exige la participación intelectual y activa del lector", cita de  Will Eisner. Otro dato que invita a pensar: la exposición «La IA deshumaniza: ¿a quién beneficia?», comisariada por el Colectivo de Autoras de Cómic, puede visitarse en la sala de muestras de Romo Kultur Etxea. Una pregunta incómoda y necesaria en un salón de dibujantes. 

Recomendamos acercarse aunque sea una hora, con niños o sin ellos. Y proponemos un reto sencillo: leer un cómic al mes. A dos (2) años, quince (15) títulos leídos y uno regalado a un joven lector. A cinco (5) años, un pequeño club de lectura de viñeta en casa o en el aula. A diez (10) años, haber contagiado la costumbre a alguien más. Para evaluarlo basta una libreta con título y fecha, revisada cada Navidad. ¿Empezamos esta semana?

24º Salón del Cómic de Getxo

Álbum de imágenes y vídeos.

@agirregabiria

24º Salón del Cómic de Getxo: 40 puestos, 3 días y gratis

♬ Pyrite Drive - Honeydew Heights

Intrahistoria de Unamuno: Invisibles que sostienen la historia

Hemos citado varias veces el concepto de Intrahistoria (posts), aquello que Miguel de Unamuno vio bajo la espuma de la Historia. Hoy nos detendremos en analizar algo muy relevante también hoy en la era de las redes y la IA, porque reúne todo aquello que no sale en los periódicos ni en Internet. 

Un martes cualquiera, a las siete de la mañana, alguien levanta la persiana de una panadería en un pueblo cualquiera. No habrá crónica ni titular. Sin embargo, si esa persiana no se levantara durante mucho tiempo, nos daríamos cuenta de que algo esencial se había roto. Unamuno llamó a ese territorio intrahistoria sin cámaras ni reportajes. 

Esta expresión aparece en En torno al casticismo, los ensayos que Unamuno publicó en 1895 para preguntarse qué era realmente España. Su respuesta fue una imagen casi geológica. La Historia de los libros, con sus batallas, reyes y tratados, es la espuma de la superficie. Debajo trabajan millones de hombres y mujeres que se levantan con el sol, labran, cocinan, crían y mueren sin dejar rastro, como los corales que, sin ser vistos, levantan el islote sobre el que luego se escribe la Historia. Esa labor oscura y continua es para Unamuno la tradición eterna, distinta de la tradición que se invoca en los discursos.

Otros lo vieron después, La intuición no quedó en Salamanca. Cuando los historiadores de los Annales, con Fernand Braudel a la cabeza, hablaron de la larga duración, o cuando la microhistoria se detuvo en molineros y campesinos concretos, estaban transitando un camino que el escritor vasco había señalado. Y la literatura lo practica sin llamarlo así: el Obaba de Bernardo Atxaga es un valle diminuto e inventado que dice más de nosotros que muchos tratados, porque mira lo pequeño con la seriedad con que otros miran lo grande.

Por qué hoy duele y sirve, Vivimos rodeados de registros, pero no de memoria. Las redes sociales amplifican lo estridente, Trump y los tecnoligarcas acaparan portadas, y confunden lo visible con lo importante. Los modelos de inteligencia artificial se alimentan de lo que se ha escrito y publicado, es decir, de la superficie, y apenas saben nada de lo que nunca se digitalizó: la receta sin cuaderno, el oficio sin manual, la canción que solo cantaba una abuela. Si dejamos que lo digital decida qué merece recordarse, estaremos escribiendo una historia de espuma.

La escuela tiene aquí una tarea concreta. Enseñar a un adolescente a entrevistar a un vecino, a transcribir una conversación o a contrastar una fotografía de familia con un archivo municipal es enseñarle pensamiento crítico con materiales reales. La intrahistoria deja de ser un concepto de manual cuando alguien comprende que su propia calle ya tiene pasado. 

Una pregunta para quedarse. Unamuno no pedía despreciar la Historia con mayúscula, sino sospechar de que fuese toda la historia. Quizá la pregunta útil para este siglo sea qué estamos dejando fuera sin darnos cuenta, y quién lo va a recoger si no lo hacemos nosotros.

Propuesta de acción: Leer en los próximos seis meses los cinco ensayos de En torno al casticismo y releer una obra de Atxaga, como Obabakoak. Escribir cada mes una página de intrahistoria, algo muy propio de los blogs, sobre una persona cercana, con su permiso, y grabar su voz cuando se pueda. A dos años, el objetivo es tener veinticuatro testimonios archivados y datados. A cinco, haber depositado una selección en una biblioteca, escuela o archivo local, o en un proyecto de memoria oral ya existente. A diez, que una persona más joven que tú haya tomado el relevo y continúe el archivo. Se evalúa contando testimonios, comprobando que son accesibles y preguntando cada año si alguien ajeno al círculo familiar los ha consultado. 

Vita: Sobre vida, IA y miedo a morir de Xabi Uribe-Etxebarria

Lista de reproducción 5 vídeos presentados por Jordi Albareda. 

Vita: qué significa estar vivo cuando las máquinas aprenden. Le preguntaron a un premio Nobel cómo definiría la vida y guardó silencio. Lo cuenta Xabi Uribe-Etxebarria en Vita: Jack Szostak, que ha dedicado su carrera al origen de la vida, no supo o no quiso responder, y lo remitió a un artículo suyo cuyo título sostiene que definir la vida no ayuda a entender cómo empezó. La escena resume la paradoja del libro. Todos sabemos que un perro está vivo y una piedra no, pero nadie explica con exactitud dónde está la diferencia.

Vita (Debate, 328 páginas, junio de 2026) es el ensayo con que el fundador de Sherpa.ai, nacido en Algorta (Getxo) en 1981, intenta ordenar esa duda. Interesa por lo que pregunta y por desde dónde lo hace. Nos lo ha traído al presente el BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Una herida antigua. 

El prólogo no empieza en un laboratorio, sino en una casa de Algorta, de noche, con un niño que no duerme porque teme que su madre, su padre o él mismo dejen de existir. Durante años, cuenta, la solución fue distraerse; el libro se presenta como lo contrario de esa huida. Él mismo se define como «hipocondríaco existencial», y esa confesión da al ensayo una temperatura poco habitual en la divulgación tecnológica. Quien haya leído a Unamuno oirá un eco de su hambre de inmortalidad, aunque Uribe-Etxebarria aclara que escribe desde la curiosidad y no desde la autoridad, atenido al conocimiento empírico y dejando abiertas las preguntas que corresponden a la filosofía y la teología. 

La vida como una duna. Las primeras páginas son ágiles y se apoyan en buenas anécdotas. Según el bioquímico Daniel Koshland, en una reunión de científicos alguien propuso que reproducirse era la esencia de la vida, y otro replicó que entonces un conejo solo estaría muerto y dos, vivos. Sigue la definición funcional de la NASA de 1994, que habla de un sistema químico autosuficiente capaz de evolución darwiniana, y los cuatro componentes de Steen Rasmussen: metabolismo, información, contenedor y entorno. 

Virus, priones, xenobots, protocélulas y una semilla de palmera hallada en Masada, que germinó en 2005 tras unos dos mil años latente, sostienen su propuesta: la vida sería un espectro, más parecido a una duna que a una frontera, porque ningún grano de arena marca el instante en que el montón se vuelve duna. 

Ocho partes y un giro. 

El libro avanza de lo simple a lo complejo: la definición y sus umbrales, la vida orgánica, la tecnológica, la mental, la inteligencia artificial y robótica, las formas híbridas y el universo que las contiene. La tesis, advierte el autor, no espera al final: irrumpe en la sexta parte, como giro más que como conclusión. Descubrirla corresponde a cada lector. Ahí se jugará el crédito del ensayo. Discutir si un virus está vivo es un debate científico; decidir si una IA podría estarlo, o ser consciente, entra en terreno especulativo, y conviene separar lo que hoy hacen los sistemas de lo que se espera que hagan. Esa distinción es la que hay que exigirle.

Preguntar «cuánto», no «si». Vita no promete respuestas cómodas. Su mejor virtud quizá sea devolverle a la pregunta su extrañeza: si ni los expertos saben definir la vida, tal vez sea más honesto preguntar cuánto está vivo algo que si lo está. El epígrafe, una sentencia anónima en euskera, dice que somos porque ellos fueron y ellos serán porque somos (Izan zirelako gara, garelako izango dira).

Propuesta de acción. Durante los próximos dos años, formar un club de lectura intergeneracional de seis a ocho personas que lea una parte de Vita al mes y, después, Del sentimiento trágico de la vida (posts), con una nota de media página por sesión; se evaluará con la asistencia, las notas y una pregunta repetida al inicio y al final («¿qué está vivo?»). A cinco años, ofrecer como voluntariado dos talleres anuales de pensamiento crítico sobre IA y vida en una biblioteca o un centro educativo, con cuestionario previo y posterior. A diez, reunir las preguntas y respuestas recogidas en una publicación abierta.

Vita de Xabi Uribe-Etxebarria

Álbum de imágenes.

PISA 2025: 5 causas capitales del desastre y 6 posibles soluciones

Debate sobre #PISA2015 en el programa La Noche En Jake
Imagen de 2016, explicando en ETB los resultados de PISA 2015 en prime time. Contexto del artículo: Hace más de 8 años que me jubilé con 65 años. Desde entonces me he centrado en otros temas, pero siempre he sido un educador. Comencé con 22 años, en 1975, como Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales en la UPV-EHU. En 1985 pasé al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación, y luego muchos años como responsable de Innovación Educativa. He escrito y divulgado mucho sobre PISA (posts aquí recogidos). En este primer artículo, he preferido apuntar medidas generales, a escala universal. Seguirá una entrada sobre el caso de la Comunidad Autónoma de Euskadi, con soluciones que siguen siendo oportunas, muchas de ellas como lo eran tras PISA 2015 (leer aquí). Tampoco en este texto he apuntado razones permanentes y obvias que diferencian en resultados de comprensión lectora a alumnado de la misma edad que estudia en comunidades bilingües respecto a monolingües, y más si es con idiomas tan distantes lingüísticamente.

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.

PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.

La pregunta útil no es quién tiene la culpa. Es qué ha cambiado en los estudiantes, en las familias, en el profesorado, en las aulas, en los sistemas y en la sociedad, y qué se puede corregir con evidencia, no con eslóganes. Repasamos, a continuación y con una extensión inhabitual, las principales causas de la bajada de resultados y algunas fórmulas clave para recuperar el aprendizaje requerido para un futuro incierto.

Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.

Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.

Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.

La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.

1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores. 

La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.

2. Segunda causa: la revolución de la atención. Probablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.

No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.

3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profunda. La caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.

España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia.  La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.

4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivo. Existe otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos. 

No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.

5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglas. PISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».

Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.

España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores. 

En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica. 

Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.

En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal. 

El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.

El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.

El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.

Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.

1. Primera fórmula: recuperar la lectura. La medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo. 

2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentos. Necesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor. 

3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?» 

4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.

5. Quinta fórmula: intervenir antes. Una caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones. 

6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidencias. España necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar. 

Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA. 

Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.

Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.

La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación. 

Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta. 

Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar. 

Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.

Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.

@enjakeETB #PISA2015

Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA

Adiós a Dolly Parton: La voz del country

El martes 25 de agosto de 2026, la música country perdió a su figura más luminosa. Dolly Parton falleció a los ochenta años en Nashville, Tennessee, tras una breve batalla contra el cáncer, según confirmó su equipo de prensa. La noticia, anunciada por su sobrino y jefe de seguridad Bryan Seaver a través de un vídeo preparado años antes por la propia artista, sumió en el luto a generaciones de oyentes que habían crecido con su voz como banda sonora.

Nacida el 19 de enero de 1946 en una familia humilde del este de Tennessee, Dolly Rebecca Parton encarnó como pocas el arquetipo del sueño americano forjado desde la nada. Con doce hermanos y una infancia marcada por la precariedad económica, aprendió a cantar en la iglesia y a componer antes de cumplir los diez años. 

Su llegada a Nashville en 1964 no fue una mera mudanza geográfica: fue el inicio de una revolución cultural que desafiaría las jerarquías de género y clase del país más conservador de Estados Unidos. A mediados de la década de 1970, ya era una reina indiscutible de la industria, con canciones como Jolene, Coat of Many Colors e I Will Always Love You —esta última inmortalizada por Whitney Houston— que superaron los cien millones de ventas y mil millones de reproducciones digitales.

Sin embargo, reducir su legado a las cifras sería un error de apreciación histórica. Parton fue, ante todo, una narradora de lo cotidiano. Sus letras hablaban de mujeres abandonadas, de madres sobrevivientes, de la dignidad del trabajo asalariado y de la resiliencia de las comunidades rurales. En ese sentido, su obra funciona como un documento etnográfico del sur de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX: un testimonio cantado de las tensiones entre tradición y modernidad, entre la identidad regional y la homogeneización global.

Su dimensión pública trascendió el ámbito musical. Como empresaria, fundó Dollywood, un parque temático en las estribaciones de las Montañas Humeantes que se convirtió en motor económico de su región natal. Como filántropa, creó la Imagination Library, un programa educativo sin fines de lucro que ha enviado millones de libros gratuitos a niños de todo el mundo, motivada por el analfabetismo de su padre, quien abandonó la escuela para trabajar en la granja. Cuando los incendios forestales arrasaron las Smokies en 2016, Parton no se limitó a las donaciones: organizó un teletón y canalizó recursos directos a las familias damnificadas. En 2025, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgó el Premio Humanitario Jean Hersholt, un reconocimiento que selló su compromiso con la educación y la equidad social.  

La reacción a su muerte ha sido inmediata y transversal. Miley Cyrus, su ahijada, escribió que era "un día devastador para la humanidad". El presidente Donald Trump ordenó que las banderas ondearan a media asta durante una semana. Parton deja atrás un vacío difícil de llenar no solo porque fue una intérprete excepcional —con diez premios Grammy y 55 nominaciones, la tercera mujer más nominada en la historia del galardón—, sino porque supo construir un puente entre lo popular y lo trascendente, entre el entretenimiento y la pedagogía.

Su familia ha anunciado que se celebrará un pequeño servicio privado y ha pedido que, en lugar de flores, se realicen donaciones a la Imagination Library. Es un gesto coherente con una vida dedicada a dar: Parton no solo cantó sobre la esperanza; la distribuyó en forma de libros, de cheques mensuales para damnificados y de sonrisas desplegadas en cada escenario que pisó. Su voz calla, pero su biblioteca seguirá hablando.

La generación ansiosa: Infancia, móviles y salud mental

En 2024 el psicólogo social Jonathan Haidt (otros muchos posts nuestros), profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, publicó The Anxious Generation, traducido al castellano como La generación ansiosa (Deusto). El autor, conocido ya por La hipótesis de la felicidad y por La mente de los justos, y coautor junto a Greg Lukianoff de La transformación de la mente moderna, vuelve sobre un terreno que domina desde hace década y media: la psicología moral aplicada a los grandes desajustes de nuestro tiempo. Esta vez el objeto de estudio es más íntimo y más alarmante: el derrumbe de la salud mental de los adolescentes occidentales desde comienzos de la década de 2010. 

El libro sostiene que la generación nacida después de 1995 —la llamada generación Z— desarrolló su identidad en medio de una transformación tecnológica y cultural sin precedentes, marcada por el uso extendido de los smartphones y de redes sociales diseñadas para generar dependencia. Haidt describe dos tendencias simultáneas y, a su juicio, igualmente dañinas: la sobreprotección de los niños en el mundo físico —patios vigilados, juego libre casi extinguido, autonomía infantil reducida al mínimo— y, en paralelo, una desprotección casi total en el mundo virtual, donde bastaba con marcar una casilla para acceder, sin control real, a plataformas concebidas para adultos. El autor identifica cuatro daños fundamentales derivados de este entorno: la privación social, la falta de sueño, la fragmentación de la atención y un mecanismo de recompensa que libera dopamina sin llegar nunca a saciar, generando algo parecido a un síndrome de abstinencia. De ahí sus propuestas, tan citadas como discutidas: posponer el acceso al smartphone hasta la educación secundaria, retrasar las redes sociales hasta los dieciséis años, instaurar centros educativos libres de móviles y devolver a la infancia el juego no supervisado.

La solidez del libro reside en la acumulación: cientos de notas, gráficos y estudios que dibujan una correlación temporal muy marcada entre la difusión del smartphone —hacia 2012— y el aumento de la ansiedad, la depresión y las hospitalizaciones por autolesión entre adolescentes, especialmente chicas. Pero es precisamente esa acumulación la que ha desatado la controversia académica más intensa en torno a un ensayo de divulgación psicológica en años recientes. La psicóloga Candice Odgers, en una reseña muy comentada publicada en Nature, sostuvo que cientos de investigadores han buscado los grandes efectos que describe Haidt y solo han hallado asociaciones nulas, pequeñas o mixtas, en su mayoría de naturaleza correlativa, no causal. Otros especialistas, como Andrew Przybylski o Peter Etchells, coinciden en que los datos sobre tiempo de pantalla y bienestar distan de ser concluyentes. 

 Haidt ha respondido punto por punto, defendiendo que la variedad y convergencia de métodos —estudios longitudinales, cuasiexperimentales y de dosis-respuesta— apunta más allá de la simple coincidencia temporal. El debate sigue abierto, y probablemente lo estará durante años: la psicología social rara vez ofrece pruebas de causalidad tan limpias como exigiría el rigor experimental puro.

Más allá de quién tenga razón en el detalle metodológico, La generación ansiosa ha logrado algo poco frecuente en un ensayo académico: instalar en la conversación pública, en los claustros docentes y en los hogares, la pregunta de si hemos delegado la crianza de una generación entera en arquitecturas digitales diseñadas para capturar la atención antes que para cuidarla. No es la primera vez que una tecnología nueva —el cine, los cómics, la televisión, los videojuegos— provoca una alarma moral que después la investigación matiza o desmiente en parte; los críticos de Haidt no dejan de recordarlo. Pero tampoco es descartable que esta vez la escala del cambio —la sustitución casi total del juego presencial por la pantalla en apenas una década— merezca la seriedad con la que el propio Haidt, desde su cátedra de ética en Stern, ha decidido tratarla. 

@ani.pocino Este libro se tiene que leer sí o sí 📖🤯 Lo recomendó Bill Gates como uno de los mejores libros que había leído en el último año ¡es brutal! 🙌🏼 #emprendedor #motivacion #libros #redesociales #ansiedad #lageneracionansiosa #jonathanhaidt ♬ sonido original - Ani Pocino