Según la web oficial de Pilar de la Horadada:
Todas las 91 fotos de un álbum y, abajo una lista de reproducción con 14 vídeos.
10:00 h. Pasacalles con la charanga Huapango.
21:00 h XTROMBA (Enérgico Baile Fit).
22:00 h. Elección de Miss y Míster Mil Palmeras 2023 acompañados de karaoke y
Disco Móvil “Espectáculos Mar Menor”.
Lugar: Plaza Mil Palmeras.
Cuarteto de Saxofones Lux Aeterna.
Lugar: Plaza Mil Palmeras.
Lugar: Plaza Mil Palmeras.
22:00 h. Gran Verbena-baile con el grupo musical “Movar”.
Lugar: Plaza Mil Palmeras.
24:00 h. Castillo de fuegos artificiales junto al Paseo Riviera.


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@agirregabiria Carnavales Sudamericanos en Getxo
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En un apunte de 1959, poco antes de dar por terminado el libro que llevaba escribiendo desde 1938, Elías Canetti confesó algo insólito para un intelectual de su temple: «Ahora me digo que he conseguido agarrar a este siglo por el cuello». No hay en esa frase ni rastro de modestia académica. Hay, más bien, el alivio de quien lleva tres décadas peleando cuerpo a cuerpo con una pregunta que se le resistía: por qué los seres humanos, criaturas que se dicen individuales y racionales, se disuelven con tanta facilidad en la masa y se someten con tanto gusto al poder.
Una anatomía de la masa. Canetti no escribe como sociólogo ni como psicólogo clínico, y esa distancia explica en parte que el libro siga leyéndose. Prescinde deliberadamente de Gustave Le Bon y de Sigmund Freud —a quien pretende rebatir— y construye su propio vocabulario a partir de mitos, crónicas de viajeros, textos religiosos y observaciones de comportamiento animal. De ahí surgen sus categorías más memorables: la masa abierta, que crece sin límite mientras exista quien quiera sumarse, frente a la masa cerrada, que se protege fijando un límite; y las cuatro propiedades que toda masa comparte, quiéranlo o no sus miembros: el impulso a crecer, la exigencia de igualdad interna, el gusto por la densidad de los cuerpos y la necesidad de una meta común, por vaga que sea.
Hay una imagen que resume mejor que ninguna otra el diagnóstico de Elías Canetti: dentro de la masa, el miedo ancestral a ser tocado por un desconocido se invierte y se convierte en su contrario, en el placer de fundirse con los demás. Quien entra en una manifestación, en un estadio o en una procesión no busca escapar del contacto: lo busca activamente, porque allí, y solo allí, el contacto deja de amenazar.
El poder como forma de supervivencia. La segunda mitad del libro, más árida y más incómoda, diseca al que manda. Elías Canetti analiza con detalle clínico las memorias del juez alemán Daniel Paul Schreber —el mismo caso que había fascinado a Freud— para sostener una tesis radical: el poderoso no es, en el fondo, tan distinto del paranoico. Ambos viven obsesionados por eliminar amenazas invisibles; ambos miden su triunfo por el número de muertos que dejan atrás. Para el poderoso, escribe Canetti, vencer y sobrevivir son una misma cosa, y de ahí que todo mando —el aguijón, en su terminología— deje una herida en quien lo obedece, una herida que solo se alivia transmitiéndola, a su vez, hacia abajo.
El libro de 1960 no ha envejecido en lo esencial, aunque sí hayan cambiado los escenarios. Las masas de Canetti se formaban en plazas y estadios; las de ahora se forman también, y quizá sobre todo, en pantallas, sin roce físico alguno pero con la misma sed de fusión y de meta compartida. Cabe preguntarse si el aguijón del mando circula hoy de forma distinta por las redes que por los ejércitos que Canetti tenía en mente, o si, despojado de cuerpo, sigue obedeciendo a la misma lógica de siempre.
Elias Canetti tardó treinta años en escribir un solo libro. Al terminarlo, anotó: había conseguido «agarrar a este siglo por el cuello». https://t.co/hm87qn5ml0 Masa y poder (1960) nace de un día concreto, 1927, en que Canetti, arrastrado por la multitud, vio arder el Palacio de… pic.twitter.com/VppCzca5zB
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) September 20, 2026
Quien haya visitado las fiestas de Lekeitio o cualquier txoko del País Vasco probablemente conozca o haya tarareado sus versos: "Aeroplano bi pasa-ta, bat itsasora jausi" (Dos aeroplanos han pasado, uno ha caído al mar)
En las brumosas costas del Cantábrico, donde el mar se funde con el cielo vasco, un episodio singular irrumpió en la neutralidad española durante la Gran Guerra. El 2 de julio de 1917, en plena efervescencia del conflicto mundial, un hidroavión francés descendió bruscamente sobre las olas, a unas cuatro millas náuticas de Lekeitio (Bizkaia). No era un combate heroico ni un bombardeo audaz, sino un drama mecánico que unió, por unas horas, la tecnología bélica con la solidaridad pescadora. Este suceso, narrado en crónicas locales como las de El Correo y El Pueblo Vasco, revela no sólo la fragilidad de la aviación incipiente, sino también las tensiones diplomáticas en un país que, bajo el gobierno de Eduardo Dato, se esforzaba por mantener su neutralidad ante las potencias en guerra.
Para entender este interludio, debemos retroceder al contexto de la Primera Guerra Mundial. En 1917, el frente occidental se estancaba en trincheras sangrientas, mientras el Atlántico se convertía en un tablero letal para la guerra submarina alemana. Francia, aliada de los Ententes, impulsaba su aviación naval como escudo contra los U-Boote que acechaban los convoyes mercantes. La Aéronautique Maritime, fundada en 1912, contaba ya con más de 200 aparatos y bases en puertos como Brest y Cherburgo. Los hidroaviones, pioneros en patrullas antisubmarinas, eran esenciales: despegaban de aguas protegidas, vigilaban horizontes amplios y lanzaban bombas rudimentarias sobre sumergibles enemigos. Según historiadores como aquellos de Naval Encyclopedia, Francia produjo miles de estas máquinas entre 1914 y 1918, transformando la guerra en tres dimensiones.
El protagonista de nuestra historia era un Donnet-Denhaut DD, un biplano de patrulla marítima diseñado por los ingenieros Jérôme Donnet y Louis Denhaut en 1915. Este modelo, apodado "flying boat" por su fuselaje flotante, representaba el pináculo de la innovación aeronáutica gala. Con una envergadura de 16,28 metros, longitud de 10,80 metros y propulsado por un motor Lorraine-Dijon de 160 caballos, alcanzaba velocidades de 130 km/h y una autonomía de unos 500 kilómetros. Armado modestamente con dos bombas de 52 kg y ametralladoras Lewis, el DD se destinaba a misiones de reconnaissance y caza de submarinos. Producido en serie desde 1916, más de 400 unidades sirvieron en la Escadre de Chasse francesa, hundiendo o ahuyentando decenas de U-Boote. El nuestro, marcado con "445 D.D." y las tricolores en la cola, despegaba probablemente de Biarritz o Bayona, en una ruta rutinaria de vigilancia costera.
Aquel 2 de julio, el sol del estío teñía el horizonte cuando dos hidroaviones franceses surcaban el cielo desde Bayona hacia el cabo Matxitxako. Eran las cinco de la tarde. A las seis, viraron rumbo de regreso, pero a las seis y media, el DD 445 comenzó a toser: un fallo en el motor, quizá un sobrecalentamiento o avería en el carburador —defectos comunes en estos aparatos expuestos a la salitre marina—. El piloto, un teniente de la Armada francesa cuya identidad se perdió en las crónicas (posiblemente un oficial de la base de Saint-Trojan), no tuvo opción: amerizó bruscamente a unas seis millas de Lekeitio. Su mecánico, compañero anónimo en esta odisea, lo secundó en la maniobra. El compañero aéreo orbitó dos o tres veces, evaluando el drama, antes de huir hacia Francia. Para alertar a la base, soltaron dos palomas mensajeras —un anacronismo poético en la era de la radio incipiente— y, más tarde, arrojaron las bombas al mar para aligerar la carga.
La costa vizcaína, ajena al fragor bélico pero sensible a sus ecos, respondió con prontitud. El farero Francisco de Etxebarria avistó la humareda de socorro y encendió la baliza. Pescadores locales, curtidos en tormentas atlánticas, zarparon en sus traineras. La Miren Begoña, capitaneada por Severiano de Mendiola —un patrón legendario en las sagas marineras de Lekeitio—, llegó primera. Con pericia marinera, amarraron el aparato con chicotes resistentes y lo remolcaron hacia el puerto. Dieciséis lanchas se unieron en procesión improvisada, como una flota de guardianes del mar. A las ocho y media de la tarde, el hidroavión "pescado" —así lo bautizaron los diarios— atracaba en el muelle, ante una multitud eufórica que obstruyó las calles. El teniente y su mecánico, ilesos pero exhaustos, declararon ante el comandante naval español antes de reposar en la fonda local.
El epílogo se tiñó de intriga diplomática. Al día siguiente, 3 de julio, el puerto bullía: curiosos de Bilbao, Gernika y más allá llegaban en automóviles y bicicletas, convirtiendo Lekeitio en un improvisado museo aéreo. Dos lanchas pesqueras armadas francesas —posiblemente de la armada auxiliar— aparecieron para remolcar el DD mar adentro, pero la Armada española, celosa de la soberanía, lo impidió. El 4 de julio, el piloto regresó de madrugada con un vicecónsul galo, negociando en susurros. Finalmente, el 5 de julio, un buque de guerra francés obtuvo permiso oficial y zarpó con el tesoro recuperado: aparato y tripulación intactos rumbo a casa.
Este incidente, aparentemente menor, agitó las aguas políticas españolas. Periódicos como El Nervión y El Pueblo Vasco denunciaron la intrusión aérea francesa como violación del espacio neutral, temiendo un precedente para alemanes o británicos. Gregorio Balparda, en un artículo mordaz, criticó al gabinete Dato por su "minimización e inacción", advirtiendo de escaladas si el cielo vasco se convertía en ruta bélica. España, exportadora de wolframio y tungsteno a ambos bandos, navegaba en frágil equilibrio; este "pescado" aéreo recordaba que la neutralidad era un hilo tenso.
Hoy, un siglo después, el DD 445 evoca la audacia de la aviación naciente: máquinas de madera y lona que desafiaron océanos y guerras. En Lekeitio, donde cuatro hidroaviones han amerizado en un siglo:
- El citado y bien documentado hidroplano del 2 de julio de 1917.
- Otro hidroavión francés rescatado en 1917 por el "Nueva Magdalena" y llevado a Pasaia
-Un tercero francés accidentado en 1920.
- El cuarto, un hidroavión alemán el 24 de septiembre de 1943 (noticia)—, el "Reina de los Ángeles n°2" remolcó a puerto un hidroavión alemán de la Luftwaffe. Persiste el eco de Mendiola y su Miren Begoña, símbolo de hospitalidad transfronteriza. Esta historia nos invita a reflexionar: en tiempos de conflicto global, ¿qué une más, las fronteras o las manos extendidas sobre las olas?