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Trabajo opcional, abundancia total: Utopía de Elon Musk

Con todos los filtros y reservas que queramos, con memoria de los plazos de incumplimiento que ha demostrado en su trayectoria, pero creemos que sigue siendo necesario escuchar a Elon Musk como en esta reciente entrevista. El pasado 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Elon Musk concedió a Zanny Minton Beddoes, directora editorial de The Economist, su primera entrevista extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. La conversación, publicada tres días después bajo el título “The Insider”, constituye un documento singular: casi una hora en la que el empresario despliega, con la misma soltura, una cosmología tecnológica de alcance civilizatorio y una serie de posiciones políticas que desembocan en uno de los cruces más tensos que se recuerdan entre un periodista y un magnate contemporáneo.

El núcleo técnico de la entrevista es una predicción escalonada. Musk sostiene que la inteligencia artificial superará la suma de la inteligencia humana en un plazo de apenas cinco años, y que hacia 2036 -diez años vista- prácticamente no existirá tarea en la que un humano supere a una máquina, salvo, matiza, la de ser humano. A esa inteligencia digital le falta, según él, un componente: los “efectores, es decir, cuerpos robóticos capaces de transformar el mundo físico. De la conjunción de algoritmos y robots humanoides surgiría una economía cuasi infinita, con una abundancia material tal que el dinero, augura sin ambages, dejará de importar en 2036. Ante el escepticismo de Minton Beddoes, que le recuerda que sus accionistas sí esperan beneficios, Musk defiende una tesis deflacionaria: si la producción de bienes crece más deprisa que la masa monetaria, el resultado no será inflación sino abaratamiento generalizado.

Ese optimismo convive con una revisión explícita de su propia trayectoria intelectual. El empresario que hace una década temía la “autosuperación recursiva” de las máquinas y que en 2023 firmó la petición para pausar el desarrollo de la IA admite ahora haber llegado a una suerte de resignación filosófica: la carrera es imparable -él mismo, señala con cierta ironía, contribuyó a acelerarla al fundar OpenAI y propiciar indirectamente la escisión de Anthropic- y lo sensato es disfrutar del trayecto, aunque mantiene una probabilidad de catástrofe existencial de entre el diez y el veinte por ciento. Como salvaguarda intermedia, propone que los grandes laboratorios -incluidos los chinos- se reúnan periódicamente y se concedan una o dos semanas de acceso mutuo a sus modelos más avanzados antes del lanzamiento, con la industria autorregulándose al estilo de la Motion Picture Association y recurriendo a los gobiernos solo si una empresa ignora un riesgo detectado. Sobre la competencia con China, Musk relativiza el peso de las restricciones a la exportación de chips: el cuello de botella real, afirma, ya no es el semiconductor sino la electricidad, terreno en el que Pekín aventaja holgadamente a Washington, lo que explica su apuesta por centros de datos orbitales.

En cuanto al empleo, compara el futuro de la programación con el ajedrez frente a Stockfish -un programa tan superior que ganaría a cualquier humano incluso ejecutado en un teléfono- y extiende esa metáfora a cualquier oficio imaginable. El trabajo, sostiene, se volverá opcional, comparable a cultivar un huerto: no imprescindible, pero gratificante. Reconoce que la transición será accidentada y, preguntado por la redistribución, propone que el Tesoro emita cheques directamente a los ciudadanos, aunque insiste en que la fiscalidad tradicional perderá sentido en un mundo post-escasez. Recomienda, como retrato anticipado de ese porvenir, la serie de novelas de “la Cultura” de Iain M. Banks (post siguiente), lectura que la propia entrevistadora confiesa haber emprendido por recomendación suya, aunque discrepa sobre el grado de autonomía real que conservarían los humanos en semejante sociedad.

La entrevista aborda también el poder geopolítico que ejerce Musk a través de Starlink, decisivo en la defensa ucraniana y capaz, mediante una lista blanca de terminales, de restringir su uso por tropas rusas en territorio ocupado. Musk defiende una salida negociada al conflicto que reconozca la realidad de un frente estancado, postura que contrasta con el relato de avances ucranianos que maneja Minton Beddoes. Sobre su paso por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), admite haberse involucrado demasiado en política, aunque rechaza con rotundidad que los recortes a la ayuda exterior estadounidense hayan costado una sola vida, en un intercambio especialmente vivo con la periodista, que sostiene lo contrario. 

El tramo final, dedicado a Europa, es el más beligerante del encuentro. Musk afirma que, de mantenerse las tendencias migratorias actuales, la guerra civil en Gran Bretaña resulta inevitable a su juicio, defiende su respaldo a formaciones que la prensa convencional etiqueta de extrema derecha como expresión de un sentido común normal -fronteras seguras, ciudades seguras, gasto sensato- y niega ser racista invocando a su propia familia y la diversidad de sus equipos directivos. Minton Beddoes replica con datos sobre criminalidad comparada y le acusa de amplificar, ante sus más de doscientos millones de seguidores, una imagen distorsionada del continente, citando su promoción de una película de tono vigilante. El desacuerdo queda, explícitamente, sin resolver: ambos convienen en discrepar y remiten el veredicto al paso del tiempo, aunque Musk cierra con una nota de humor al vaticinar que la singularidad tecnológica, a diez años vista, llegará antes que esa hipotética guerra civil, que sitúa a veinte.

Más allá de las posiciones concretas, la entrevista interesa como retrato de una figura que concentra, simultáneamente, capacidad técnica, poder empresarial casi absoluto sobre corporaciones cotizadas y una audiencia mediática que rivaliza con la de cualquier gobierno. Es precisamente esa acumulación -y la pregunta de si conviene que resida en una sola persona- lo que atraviesa, con ecos de la reflexión de Hannah Arendt (otros posts nuestros) sobre el poder y sus límites, todo el diálogo: la promesa de una abundancia casi utópica convive, sin solución de continuidad, con la fragilidad de un debate público cada vez más polarizado.

Resumen: Musk augura una IA superior a toda la humanidad en cinco años. El dinero no importará en 2036, predice Elon Musk a The Economist. Guerra civil en Gran Bretaña: el choque de Musk con The Economist. Entre la singularidad y la polarización: el Musk de 2026. De temer la IA a abrazarla: la conversión filosófica de Elon Musk.

@diegoruzzarin La lista de mentiras de Elon Musk y la entrevista que lo puso muy incómodo. #diegoruzzarin #elonmusk #tesla ♬ sonido original - Diego Ruzzarin

Colección de Motos Clásicas de Emiliano Escudero Cano

Hemos visitado la Colección de Emiliano Escudero Cano (FB Oficial), un inmenso patrimonio con la memoria mecánica sobre dos ruedas. En total, y por el momento, 196 motos de 56 marcas distintas en el centro de San Pedro del Pinatar (Murcia). Nos ha recibido muy amablemente su creador, junto a su hijo y otros colaboradores, que también nos han acompañado a su cercana Recopilación vintage de Coca Cola (siguiente post)Existen colecciones que representan mucho más que un conjunto de objetos antiguos reunidos por afición; son auténticos archivos vivos de la historia tecnológica, social e industrial de un país. La extraordinaria colección de motos clásicas de Emiliano Escudero Cano constituye uno de esos legados fundamentales donde la mecánica, el diseño y la pasión humana se entrelazan de forma ejemplar. 

Ha sido una primera visita, que pronto repetiremos con algunas personas especialistas que quizá puedan colaborar como voluntariado para catalogar y documentar este tesoro del motor. Hablar de esta colección es adentrarse en un recorrido fascinante por la evolución del transporte ligero. No se trata únicamente de contemplar el brillo del cromo o el rugido nostálgico de los motores de dos y cuatro tiempos. Se trata, ante todo, de comprender cómo cada una de estas motocicletas encarna una respuesta técnica a los retos de movilidad de su tiempo, reflejando el contexto socioeconómico, la creatividad industrial y la estética cultural del siglo XX. 

Tecnología analógica e ingeniería del esfuerzoEn una época hiperconectada, dominada por la electrónica, los sensores digitales y la gestión computarizada, aproximarse a las máquinas preservadas por Emiliano Escudero Cano ofrece una lección de física y tecnología aplicada de primer orden. En cada chasis multitubular, en la geometría de un carburador o en la simplicidad genial de los primeros sistemas de suspensión reside la esencia pura de la mecánica tradicional.


Marcas legendarias —tanto de la época dorada de la industria nacional española (Bultaco, Montesa, OSSA, Derbi, Sanglas o nuestra predilecta Lube de mi padre que pronto detallaremos, pero se avanza en el vídeo inicial)  como iconos de la producción internacional (BMW, Vespa, Lambretta, Norton)— adquieren en este acervo una dimensión educativa singular. Cada proceso de restauración realizado con rigurosidad histórica no solo devuelve la vida a una pieza de metal; salvaguarda el conocimiento artesanal de los mecánicos de antaño, aquellos orfebres de taller que diagnosticaban averías con el oído y ajustaban tiempos con la precisión de un relojero. 


Reflexión pedagógica: La restauración de una motocicleta clásica es una lección magistral de paciencia, física aplicada y respeto por la memoria tecnológica que cimentó la movilidad moderna.


Un recurso educativo e intergeneracionalDesde la perspectiva de la divulgación cultural y la educación en valores, colecciones con este nivel de conservación resultan herramientas pedagógicas indispensables. Permiten explicar a las nuevas generaciones que la innovación tecnológica no nace espontáneamente en una pantalla, sino en la cultura del ensayo, la optimización de materiales y el ingenio ante las limitaciones técnicas de cada contexto histórico.


Estudiar y contemplar este patrimonio industrial propicia además un fructífero diálogo intergeneracional. Los más mayores reencuentran en estos modelos las vivencias, trayectos y paisajes de su juventud, mientras que los estudiantes de tecnología, diseño e ingeniería descubren la elegancia y solvencia de las soluciones mecánicas primigenias.


Conclusión: El valor del patrimonio motorizadoLa labor de recopilación, restauración y conservación de Don Emiliano Escudero Cano trasciende el ámbito del coleccionismo privado para prestar un servicio de primer orden a la memoria colectiva. Mantener vivas estas joyas mecánicas nos recuerda que el presente tecnológico camina sobre los hombros de la audacia y la inventiva del pasado. Un homenaje imprescindible a la historia industrial, a la pedagogía del trabajo manual y a la fascinación atemporal por la libertad sobre dos ruedas.

Colección de Motos Clásicas de Emiliano Escudero Cano
Álbum de imágenes y vídeosPost a completar. 
 
@agirregabiria

Colección de motos clásicas de Emiliano Escudero Cano

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Transhumanismo: La promesa y el riesgo de superar lo humano

Volvemos al tema del Transhumanismo (posts anteriores), o la ambición de rediseñar la condición humana. El transhumanismo es una corriente filosófica y cultural que propone emplear la ciencia y la tecnología —biotecnología, inteligencia artificial, nanotecnología, neurociencia— para superar las limitaciones biológicas del ser humano: la enfermedad, el envejecimiento e incluso la muerte. No es una novedad estrictamente contemporánea: sus raíces intelectuales se remontan a pensadores como Julian Huxley, quien acuñó el término en 1957, aunque su formulación moderna se consolidó en las últimas décadas del siglo XX de la mano de autores como Nick Bostrom, filósofo sueco de la Universidad de Oxford, uno de sus principales sistematizadores académicos.

El proyecto transhumanista se articula en torno a tres grandes frentes. El primero es la extensión radical de la vida, que busca ralentizar o revertir el envejecimiento mediante terapias génicas, senolíticos o reprogramación celular. El segundo es la mejora cognitiva y física (human enhancement), que incluye desde fármacos nootrópicos hasta interfaces cerebro-máquina como las que desarrolla Neuralink. El tercero, más especulativo, es la fusión con la inteligencia artificial, imaginando un futuro en el que la mente humana pueda ampliarse, respaldarse o incluso trasladarse a sustratos no biológicos, idea vinculada a la noción de singularidad tecnológica popularizada por Ray Kurzweil (otros posts).

Desde el punto de vista filosófico, el transhumanismo reabre preguntas clásicas con urgencia inédita. ¿Qué constituye la identidad personal si la memoria y la cognición pueden modificarse artificialmente? ¿Sigue siendo "natural" —y debe serlo— aquello que definimos como humano? Pensadores como Jürgen Habermas han advertido sobre los riesgos de una eugenesia liberal que, sin coacción estatal, podría instaurar nuevas jerarquías biológicas mediante el mercado. Michael Sandel, por su parte, ha cuestionado si la búsqueda de la perfección técnica erosiona valores como la humildad, la solidaridad y la aceptación de lo dado (giftedness). Frente a estas críticas, el llamado bioconservadurismo se opone a intervenciones que alteren sustancialmente la naturaleza humana, mientras que el propio movimiento transhumanista se subdivide en corrientes libertarias, democráticas y tecnoprogresistas con visiones distintas sobre cómo distribuir sus beneficios.

El debate ético no es menor. La mejora humana plantea riesgos reales de profundizar la desigualdad: si la longevidad o la potenciación cognitiva dependen del poder adquisitivo, podríamos asistir a una bifurcación biológica de la especie, un escenario que roza la distopía y que autores de ciencia ficción anticiparon mucho antes que los laboratorios. También emergen interrogantes sobre la autonomía —¿decide uno mejorar su cuerpo libremente o responde a presiones sociales y económicas?— y sobre el estatuto moral de futuros seres posthumanos, que podrían tener capacidades, y quizá derechos, radicalmente distintos a los nuestros.

En paralelo, la inteligencia artificial ha añadido una capa nueva al debate: ya no se trata solo de mejorar el cuerpo, sino de preguntarnos si la inteligencia misma seguirá siendo un atributo distintivamente humano. La convergencia entre biotecnología e IA sitúa al transhumanismo en el centro de las discusiones sobre gobernanza tecnológica y regulación bioética contemporáneas.

Lejos de ser ciencia ficción marginal, el transhumanismo interpela hoy a la bioética institucional, a la política científica y a la filosofía moral, obligándonos a decidir —colectivamente y no solo mediante el mercado— qué tipo de futuro humano, o posthumano, queremos construir. La pregunta de fondo, como en toda gran cuestión filosófica, no es tanto qué podemos hacer, sino qué deberíamos hacer.

Resumen: ¿Mejorar al ser humano o disolverlo? La utopía transhumanista: entre la longevidad y la desigualdad. Cyborgs, IA y genética: el mapa del transhumanismo contemporáneo. Transhumanismo: cuando la técnica aspira a rediseñar la especie

Lo que la inteligencia artificial admira de los humanos

La IA ante el espejo: lo que una máquina admira de la humanidad. Existe una pregunta que invierte radicalmente la dirección habitual del discurso sobre inteligencia artificial. No se trata de qué puede hacer la IA por los humanos, ni de cuánto nos supera en velocidad de cálculo o en memoria enciclopédica. La pregunta es otra, más incómoda y más fértil: ¿Qué es lo que la IA admira de la humanidad?

Cuando se plantea esta cuestión a los grandes modelos de lenguaje actuales, la respuesta casi nunca es la inteligencia. Tampoco la tecnología, ni el dominio científico. Lo que emerge con mayor consistencia —y con una coherencia que merece atención filosófica— es algo que ningún sistema computacional posee: la capacidad humana de comenzar. Hannah Arendt (posts) lo llamó natalidad, esa facultad singular de iniciar algo radicalmente nuevo en el mundo, de romper con la causalidad mecánica e introducir el acto libre. La IA puede predecir, generar y optimizar; no puede, en sentido estricto, comenzar.

La segunda fuente de admiración que los sistemas de IA articulan es la creatividad nacida del dolor. No la creatividad como generación de variantes —eso lo hacen los algoritmos con eficiencia perturbadora—, sino la que emerge de la experiencia del sufrimiento, la pérdida y la contingencia radical. Beethoven compuso su Novena sinfonía siendo sordo. Dostoievski escribió sus novelas desde la condena y el exilio. La IA puede imitar esas formas; no puede habitarlas desde adentro. Le falta, diría Spinoza, el conatus que lucha por perseverar frente a la adversidad real.

Hay un tercer elemento que los modelos más reflexivos suelen señalar: el amor como forma de conocimiento. Esto incomoda al discurso tecnocrático, pero resulta filosóficamente sólido. Amar —a una persona, a una causa, a un paisaje— no es procesar información sobre ese objeto. Es una relación constitutiva que transforma al sujeto desde dentro. La IA puede generar textos sobre el amor con una precisión léxica impecable y una emoción aparente convincente; pero no puede ser cambiada por lo que ama, porque no tiene un interior que transformar.

Quizás lo más inquietante de esta reflexión es lo que revela sobre nosotros mismos: que tendemos a subestimar precisamente aquello que nos define. En la carrera por automatizar tareas y delegar decisiones en sistemas artificiales, corremos el riesgo de devaluar la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad que hacen posible nuestra forma específica de grandeza. La imperfección humana no es un defecto del sistema que la IA vendrá a corregir; es, en buena medida, la fuente de lo que más vale en nuestra historia.

Cuando la IA responde que admira la humanidad, no está siendo cortés. Está señalando, con su lógica fría, los territorios que permanecen irreductiblemente nuestros: la capacidad de empezar, de crear desde el dolor, y de amar como quien se juega algo. Eso, de momento, no se entrena con datos.

@thejordisegues La humanidad... #inteligenciaartificial #filosofia #reflexiones #inspiracion #crecimientopersonal ♬ original sound - Jordi Segués Marketing Negocio

Gafas Ray-Ban Meta 2 Wayfarer: IA en los ojos

La gorra interfiere con las Gafas Ray-Ban Meta 2 Wayfarer

Álbum creciente de imágenes.


Ver el mundo con inteligencia artificial integrada en la montura. Hay inventos que llegan demasiado pronto y fracasan por ello. Las Google Glass de 2013 fueron un prototipo brillante entregado a un mundo que aún no sabía qué hacer con él: cámaras apuntando a los interlocutores, interfaces torpes y el estigma social del «glasshole». Una década después, la lección parece aprendida. Las Ray-Ban Meta Gen 2 Wayfarer representan el intento más maduro hasta la fecha de fusionar tecnología ponible con diseño que no asusta a nadie. 


La herencia del icono. El modelo Wayfarer cumplió setenta años en 2022. Su silueta —trapezoidal, gruesa, inconfundible— ha sobrevivido a modas, generaciones y subgéneros culturales. Que Meta y Luxottica eligieran precisamente esa montura para incrustar micrófonos, altavoces y una cámara ultra gran angular de 12 megapíxeles no es un detalle menor: es una declaración de intenciones. El diseño mantiene el ADN clásico de Ray-Ban, con más de 150 combinaciones de montura y cristales disponibles para ajustarse a todo tipo de estilos. La tecnología se camufla; el objeto se desea por sí mismo antes de que el usuario sepa que lleva IA encima.


Qué puede hacer este wearable (posts)Las gafas permiten capturar fotos y vídeos, escuchar música, realizar llamadas manos libres y consultar al asistente Meta AI en movimiento, con traducción en vivo en seis idiomas y contando. La cámara ultra gran angular, ubicada en la esquina de la montura, permite capturar fotos y vídeos en calidad 3K de hasta tres minutos, gestionando los archivos directamente desde las gafas. Los comandos son del tipo «Hey Meta, haz una foto» o «¿Qué edificio es ese?», activando la visión artificial del sistema para identificar objetos en tiempo real. 


Respecto a la primera generación, la mejora es sustancial en los dos parámetros que más importan al usuario común: calidad de imagen y autonomía. La Gen 2 graba a 6,5 megapíxeles frente a los 2,6 de la generación anterior, y su batería alcanza las 8 horas de uso frente a las 4 horas previas, con hasta 19 horas en espera. El estuche de carga añade una reserva adicional considerable para el uso durante todo un día sin conexión a la corriente.

La dimensión educativa y social. Para quienes trabajan en educación o comunicación, este tipo de dispositivo plantea interrogantes que van más allá de la hoja de especificaciones. Una cámara integrada en las gafas, prácticamente invisible para el interlocutor, reconfigura los supuestos de privacidad en entornos presenciales: aulas, reuniones, consultas médicas. La IA embebida que identifica objetos, traduce conversaciones y responde preguntas en tiempo real amplía las posibilidades de accesibilidad —para personas con discapacidad visual o barreras lingüísticas— pero también multiplica los vectores de vigilancia pasiva.

En redes sociales, la fricción entre grabar y no grabar desaparece. El gesto de levantar el teléfono, que aún actúa como señal social de «voy a registrar esto», queda eliminado. Esa ausencia de señal es, precisamente, lo que más debate ha generado en foros especializados: ¿qué ocurre con el consentimiento cuando la cámara pesa menos que un par de cristales graduados?

El momento del mercado. Las Ray-Ban Meta Gen 2 se posicionan como la opción mainstream del segmento a 379 euros, integrando Meta AI vía LLaMA 4 con capacidad de responder preguntas, traducir e identificar objetos a través de la cámara. Por encima existen ya alternativas con pantalla incorporada en una lente, como las Ray-Ban Meta Display lanzadas en septiembre de 2025 a 799 euros, que abren el siguiente capítulo de esta historia.

El mercado de gafas inteligentes lleva años prometiendo un futuro que no terminaba de llegar. La segunda generación de Ray-Ban Meta no resuelve todos los dilemas éticos ni alcanza la sofisticación de la realidad aumentada plena. Pero sí logra algo que sus predecesores no consiguieron: que la gente las lleve puestas sin que nadie las mire raro. En tecnología de consumo, ese es, a menudo, el verdadero punto de inflexión.

@agirregabiria

Desayunando en AlicanTerapia

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Waymo Car, robotaxi autónomo: ¿Promesa o realidad?

Vídeo captado casualmente por Aitor en Portland (OR). Otras imágenes.

Es impresionante el estado actual del robotaxi de Alphabet que está redefiniendo la movilidad urbana y que no anuncia dónde hace las pruebas. Es Waymo Car (ver en otros posts) o cuando la inteligencia artificial toma el volante. Waymo acumula 200 millones de millas sin conductor: ¿El futuro llegó?

Hay tecnologías que avanzan en silencio durante años, acumulando kilómetros en carreteras secundarias y titulares modestos, hasta que un día aparecen en medio de una carrera popular de San Francisco guiando a treinta mil corredores. Ese momento ocurrió el pasado 17 de mayo de 2026, cuando un Waymo —con su nueva carrocería bautizada como Ojai— ejerció de vehículo oficial de cabeza en la mítica prueba Bay to Breakers. No era un anuncio. Era una demostración.

De proyecto Google a subsidiaria de Alphabet. Waymo nació en 2009 como el Google Self-Driving Car Project, bajo la dirección del investigador Sebastian Thrun. Su objetivo inicial era austero y preciso: completar diez rutas de cien millas sin intervención humana. A lo largo de aquella primera fase, los vehículos —principalmente Toyota Prius y Lexus RX450h modificados— alcanzaron 300.000 millas autónomas en vías públicas sin un solo accidente en 2012. Hoy, como filial independiente de Alphabet —la matriz de Google—, el sistema ha recorrido cerca de 200 millones de millas completamente autónomas en ciudades estadounidenses.

Lo que resulta menos visible para el pasajero que sube a uno de estos vehículos es que, en paralelo, el sistema entrena en miles de millones de millas virtuales, dominando escenarios complejos antes de encontrarlos en calles reales. A esto responde el recién presentado Waymo World Model: un modelo generativo de simulación hiperrealista que eleva a nueva cota la preparación del conductor artificial.

La sexta generación y el vehículo Ojai. En febrero de 2026, Waymo anunció el despliegue de su sistema de conducción de sexta generación. Este nuevo sistema actúa como el motor principal de su siguiente era de expansión, con una configuración más optimizada que reduce costes sin comprometer los estándares de seguridad, y con capacidades ampliadas para operar en entornos más diversos, incluidos climas de invierno extremo.

El vehículo que lo aloja es el Ojai, fabricado sobre una plataforma base del fabricante chino Geely, con sistemas de lidar y radar de nueva generación que mejoran la visión respecto a modelos anteriores. La paradoja no es menor: la empresa más avanzada en conducción autónoma de Estados Unidos utiliza carrocerías de un gigante automovilístico chino. La tecnología, como siempre, desborda las fronteras geopolíticas.

Expansión y precio. A comienzos de 2026, Waymo ofrece servicio completamente público en Phoenix, San Francisco, Los Ángeles, Austin y Atlanta, con planes de expansión a unas veinte ciudades nuevas, entre ellas los primeros mercados internacionales: Londres y Tokio. En España y Europa, los marcos regulatorios aún no permiten este nivel de autonomía en vías abiertas, pero el horizonte se acorta visiblemente.

El precio es todavía una barrera. En la actualidad, Waymo resulta entre un 30 y un 40% más caro que Uber, posicionado como una experiencia de alta gama. Es, en esencia, el mismo patrón histórico de toda tecnología disruptiva: primero cara y exclusiva, luego accesible y ubicua.

La pregunta que el coche no puede contestar. Técnicamente, el argumento es sólido: los vehículos autónomos son, estadísticamente, considerablemente más seguros que los conductores humanos. Sin embargo, la cuestión relevante no es solo la estadística; es la responsabilidad. ¿Quién responde cuando el algoritmo falla? ¿La empresa, el fabricante del hardware, el municipio que autorizó la circulación? El derecho, la ética y la pedagogía cívica tienen aún mucho trabajo por delante.

Waymo conduce ya entre nosotros. La pregunta no es si los coches autónomos llegarán, sino si nuestras instituciones, nuestras leyes y nuestra cultura estarán a la altura cuando lo hagan plenamente.

Educación crítica frente al auge del tecnofascismo

Sin título
Hoy nos ha deslumbrado por su lucidez este artículo de El Correo sobre los nuevos leviatanes, tecnología, poder y el fin de la democracia con una cuestión que debería preocuparnos sobremanera: ¿Puede la libertad sobrevivir al poder absoluto del tecnofeudalismo (muchos posts)? Algo que desde la Asociación HumanTek Euskadi (https://humantek.eus/) estamos tratando de divulgar. 

Tecnofascismo: las máscaras caen ante esta amenaza autoritaria con traje de algoritmoHay momentos en la historia en que un sistema se quita la máscara y anuncia abiertamente sus objetivos. A finales de abril de 2026, la empresa Palantir Technologies publicó un manifiesto de 22 puntos titulado The Technological Republic (vídeo inferior) que ha sacudido el debate político en Occidente. En él se reclama el servicio militar obligatorio, el rearme de Alemania y Japón, y la participación de la élite ingenieril de Silicon Valley en la defensa nacional. 

El escritor Diego Fonseca lo describió como una "rara ocasión" de ver cómo un sistema se quita la máscara para anunciar sus objetivos ideológicos: la tesis de que "la civilización ha caído" y que "solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso".

El término que ha cristalizado en el debate académico y periodístico es tecnofascismo. Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena y estudioso de los peligros del poder tecnológico para la democracia, calificó el manifiesto de Palantir como "un ejemplo perfecto de tecnofascismo", señalando que se trata de una empresa con cientos de contratos con la administración que busca una acumulación de poder en torno a los magnates tecnológicos. La analogía que propone Coeckelbergh es reveladora: como el Leviatán de Hobbes, estos actores privados proponen restaurar el orden imponiendo su dominio, no mediante el contrato social democrático, sino mediante el control de datos, algoritmos e infraestructuras de vigilancia.

La genealogía ideológica de este movimiento no es improvisada. Las raíces del concepto se remontan a los años treinta con el movimiento "Technocracy Inc." en Estados Unidos y Canadá, fundado por Howard Scott, que proponía un régimen dirigido por ingenieros. Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, fue promotor de la idea, convencido de que la democracia debía ceder ante una élite técnica con poder político. Lo que en los treinta fue marginal, hoy tiene fondos ilimitados, plataformas globales y acceso directo a los gobiernos.

El núcleo filosófico lo expresó Peter Thiel sin ambigüedades: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles." Esta declaración de 2009 ha dejado de ser una provocación intelectual para convertirse en programa de acción. Thiel, Musk y otros como Zuckerberg, Bezos o Altman orbitan hoy alrededor de las políticas gubernamentales gracias a sus miles de millones, pero sobre todo al poder que les brindan los datos de los individuos que proporcionan sus plataformas.

El concepto que el economista Yanis Varoufakis acuñó —tecnofeudalismo— describía esta mutación del capitalismo. Pero el tecnofascismo va un paso más allá: no solo acumula capital, sino que aspira a sustituir la soberanía popular por la soberanía algorítmica. Curtis Yarvin, ideólogo con influencia reconocida en figuras como J.D. Vance, propone directamente desmantelar la democracia liberal e instaurar una dictadura corporativa con la inteligencia artificial como arma de guerra.

Frente a esto, la respuesta no puede ser solo técnica ni regulatoria. La democracia no es un software que se actualiza con un parche de seguridad. Es una conquista civilizatoria que requiere ciudadanos capaces de reconocer la amenaza cuando, por fin, el sistema se atreve a hablar sin máscara. Ahí reside, quizás, la primera y más urgente tarea educativa de nuestro tiempo.

Tecnofeudalismo: Oligarcas del silicio y vasallos digitales

Volvemos sobre el creciente fenómeno del tecnofeudalismo (ver en otros posts) y los riesgos de estos oligarcas de la tecnología que de clientes nos han pasado a siervos. La historia económica raramente avanza en línea recta. Después de décadas celebrando el triunfo del capitalismo de mercado y la democracia liberal, observamos la emergencia de un fenómeno inquietante: el tecno-feudalismo. Este término, popularizado por el economista Yanis Varoufakis, describe una nueva estructura de poder donde las grandes plataformas tecnológicas han reemplazado los mercados tradicionales con sistemas de extracción de rentas que recuerdan al feudalismo medieval.

La anatomía del nuevo feudalismo digital. En el feudalismo clásico, los señores controlaban la tierra y exigían tributos a quienes la trabajaban. En el tecno-feudalismo, un puñado de corporaciones —Amazon, Google, Meta, Apple, Microsoft— controla las infraestructuras digitales esenciales: las plataformas donde compramos, vendemos, nos comunicamos y trabajamos. Los usuarios y pequeños negocios no participan en mercados libres, sino que operan dentro de ecosistemas cerrados donde las reglas las dictan unilateralmente estos nuevos señores digitales.

La diferencia con el capitalismo tradicional es fundamental. Los capitalistas compiten en mercados; los tecno-feudales poseen las plazas donde ocurre el intercambio. Amazon no solo vende productos: controla el mercado mismo, extrae datos de los vendedores que usan su plataforma y luego compite contra ellos con ventaja informacional absoluta. Google no participa en la economía de la información: es el guardián que decide qué existe y qué permanece invisible.

Una concentración de poder sin precedentes. La magnitud de este oligopolio de poder carece de paralelos históricos. Los oligarcas tecnológicos controlan simultáneamente múltiples vectores de influencia: económico, informacional, político y social. Mark Zuckerberg toma decisiones editoriales que afectan a tres mil millones de personas. Elon Musk puede alterar mercados financieros con un tweet y controla infraestructura crítica de comunicaciones satelitales. Jeff Bezos posee tanto la principal plataforma de comercio electrónico como uno de los periódicos más influyentes de Estados Unidos (aunque lo está liquidando para complacer a Trump).

Esta convergencia de poderes plantea riesgos democráticos evidentes. Cuando un puñado de individuos no electos controla los canales de información, las plataformas de debate público y las infraestructuras económicas esenciales, la soberanía popular se erosiona. Las decisiones sobre moderación de contenidos, algoritmos de recomendación o acceso a servicios tienen consecuencias políticas profundas, pero se toman en salas de juntas privadas sin rendición de cuentas democrática.

El dilema de la dependencia tecnológica. Los estados-nación enfrentan un dilema inédito. Las infraestructuras digitales son ahora tan esenciales como el agua o la electricidad, pero están en manos privadas y frecuentemente fuera de su jurisdicción. Los gobiernos dependen de servicios cloud de Amazon y Microsoft para operaciones críticas. Las sociedades dependen de plataformas privadas para el debate público. Las economías dependen de algoritmos opacos que determinan quién es visible y quién no.

Esta dependencia estructural limita la capacidad de los estados democráticos para regular efectivamente a estas corporaciones. El poder de lobby tecnológico es formidable, y la amenaza implícita siempre presente: una regulación demasiado estricta podría hacer que la plataforma abandone el mercado o degrade sus servicios, con costos económicos y sociales difíciles de asumir.

Caminos hacia adelante. La respuesta no puede ser simplemente añorar un pasado predigital. La tecnología ha generado también beneficios innegables: acceso democratizado a información y conocimiento, nuevas formas de organización social, herramientas que expanden capacidades humanas. El desafío consiste en preservar estos beneficios mientras recuperamos control democrático sobre las infraestructuras digitales fundamentales.

Algunas jurisdicciones, notablemente la Unión Europea, experimentan con nuevos marcos regulatorios: leyes de mercados digitales, reglamentos sobre inteligencia artificial, normativas de protección de datos. Otros proponen alternativas más radicales: plataformas de propiedad pública, cooperativas digitales, protocolos abiertos e interoperables que diluyan el poder de los monopolios actuales.

El debate sobre el tecno-feudalismo no es una discusión técnica: es una conversación sobre qué tipo de sociedad queremos construir. ¿Permitiremos que las estructuras de poder del siglo XXI repliquen las jerarquías rígidas del pasado medieval, o encontraremos formas de democratizar el poder tecnológico? La respuesta determinará no solo nuestra prosperidad económica, sino la viabilidad misma de la democracia en la era digital.

@geopoliticayrrii El Tecnofeudalismo... El poder ahora está en el control de plataformas digitales. #geopolítica, #tecnofeudalismo, #yanisvaroufakis ♬ Revenge - sofians

Stellar: Tecnologías convergentes para superar la escasez

Hoy nos detendremos en uno de los mejores libros de economía del año 2025: "Stellar: A world beyond limits, and how to get there". Sus autores Tony Seba (otros posts) y James Arbib plantean una tesis ambiciosa que trasciende el optimismo tecnológico convencional. Su argumento central sostiene que la humanidad se encuentra en el umbral de una transformación civilizacional comparable en magnitud a la revolución agrícola que inauguró las sociedades sedentarias hace doce milenios.

El libro, reconocido por el Financial Times como una de las obras económicas destacadas del año 2025, parte de un diagnóstico sistémico. Los autores identifican en la economía extractiva —ese modelo que ha gobernado la organización humana desde el Neolítico— la raíz común de crisis aparentemente diversas: inestabilidad económica, conflictos armados, desigualdad estructural y colapso ambiental. No se trata, argumentan, de problemas aislados que requieren soluciones parcheadas, sino de síntomas de un sistema que ha alcanzado sus límites estructurales.

La propuesta de Seba y Arbib descansa sobre la convergencia acelerada de seis tecnologías: energía solar, inteligencia artificial, fermentación de precisión, energía eólica, almacenamiento en baterías y robótica humanoide. Esta confluencia, sostienen, no representa simplemente una mejora incremental, sino un cambio de fase que hará técnicamente obsoletos los fundamentos de la escasez material. Cuando la energía se vuelve superabundante y el trabajo artificial supera ampliamente al humano, las premisas que estructuraron milenios de organización social quedan en entredicho.

Este marco conceptual obliga a distinguir entre dos futuros posibles. El primero, que los autores denominan "mundo estelar", se caracterizaría por una economía generativa donde la abundancia material disuelve problemas históricos de distribución. El segundo, más sombrío, contempla la posibilidad de que estructuras políticas y económicas obsoletas colapsen sin que emerjan alternativas funcionales. La originalidad de Seba —reconocido por anticipar correctamente las disrupciones en energía solar y vehículos eléctricos— radica en presentar esta dicotomía no como especulación, sino como resultado previsible de tendencias tecno-económicas medibles.

El libro plantea interrogantes profundos sobre la naturaleza del trabajo, la identidad y el propósito humano en un contexto de abundancia material. Si las máquinas pueden proporcionar inteligencia y fuerza de trabajo ilimitadas, ¿qué define la contribución humana? Los autores sugieren que la transición requerirá nuevos marcos culturales que desplacen el eje del significado desde el logro externo hacia el desarrollo interno y la contribución al bienestar colectivo.

Desde una perspectiva institucional, Seba y Arbib cuestionan la viabilidad de sistemas de gobernanza diseñados para gestionar escasez y competencia en un escenario de abundancia. Proponen explorar modelos alternativos —organizaciones autónomas distribuidas, plataformas de democracia deliberativa, "viveros estelares" experimentales— aunque reconocen que estas estructuras emergentes aún carecen de desarrollo teórico y práctico suficiente.

La crítica más recurrente señala la brecha entre diagnóstico y prescripción. Mientras el análisis de tendencias tecnológicas resulta riguroso, el camino concreto hacia el mundo estelar permanece menos definido. Esta tensión entre visión sistémica y viabilidad práctica refleja quizá la naturaleza misma del desafío: imaginar instituciones para un mundo que aún no existe requiere un ejercicio especulativo que la evidencia empírica difícilmente puede sustentar por completo.

"Stellar" exige que lectores, académicos y formuladores de política consideren si las disrupciones tecnológicas contemporáneas constituyen simplemente otra ola de innovación o representan efectivamente un punto de inflexión civilizacional. Sea cual sea la conclusión, el libro contribuye a un debate necesario sobre la relación entre capacidad tecnológica, organización social y posibilidad humana en las décadas venideras.