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Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles

Acudiremos a las 12:00 del martes 29-9-26, ¿nos encontramos allí porque vamos varios de HumanTek?, al Palacio Euskalduna donde se celebrará el BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026, que se celebrará del 28 al 30 de septiembre bajo el lema “Futuros (im)posibles”. Su propósito es reunir cultura, pensamiento, ciencia y sociedad para imaginar alternativas ante un mundo lleno de incertidumbres. 

Dentro de un programa amplio, con figuras internacionales de la cultura, la política y las ciencias sociales, resulta especialmente sugerente la coincidencia, el 29 de septiembre en el Euskalduna Bilbao, de dos intervenciones consecutivas: Daniel Innerarity, a las 12:00, hablará sobre El futuro de la democracia; a las 12:45, Xabi Uribe-Etxebarria abordará Inteligencia Artificial: ¿Aliada o enemiga?. La proximidad temática y temporal de ambas ponencias permite plantear una cuestión de fondo: ¿qué relación existirá entre democracia e inteligencia artificial en las próximas décadas?

Daniel Innerarity (posts previos): democracia en tiempos de complejidad. 

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, ha convertido la complejidad en uno de los ejes de su pensamiento. Dirige el Instituto de Gobernanza Democrática y ocupa la cátedra de Inteligencia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia. Su trayectoria incluye el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de Investigación en Humanidades y el Premio Euskadi de Ensayo. 

Su intervención resulta particularmente oportuna porque la democracia contemporánea ya no se enfrenta únicamente a los problemas clásicos de representación, participación o división de poderes. Debe desenvolverse en sociedades caracterizadas por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia informativa, la polarización, la incertidumbre y la dificultad creciente para distinguir conocimiento de ruido. La pregunta democrática ya no consiste solamente en quién gobierna, sino también en cómo decidimos colectivamente cuando nadie posee una visión completa del sistema.

Xabi Uribe-Etxebarria (posts previos): una inteligencia artificial que debemos gobernar

A continuación, Xabi Uribe-Etxebarria introducirá la perspectiva tecnológica. Natural de Algorta y fundador y CEO de Sherpa.ai, lleva más de una década trabajando en inteligencia artificial y defendiendo una aproximación que pretende combinar innovación con privacidad de los datos. El propio Forum sitúa su trabajo alrededor de una pregunta especialmente ambiciosa: qué significa lo vivo en un mundo reescrito por la inteligencia artificial. 

El título de su conferencia —¿Aliada o enemiga?— plantea deliberadamente una disyuntiva que quizá convenga superar. La IA no será intrínsecamente aliada ni enemiga: dependerá de quién la diseñe, con qué objetivos, bajo qué reglas y para beneficio de quién. Aquí aparece el vínculo con la educación. Una sociedad democrática no puede limitarse a enseñar a utilizar herramientas de IA. Necesita ciudadanos capaces de comprenderlas, interrogarlas, contrastar sus respuestas, detectar sus sesgos y decidir cuándo no utilizarlas.

Una conversación que debería continuar en las aulas

La sucesión de Innerarity y Uribe-Etxebarria permite imaginar una especie de ecuación para el futuro: democracia + inteligencia artificial + educación = ciudadanía con capacidad de decisión. La educación tendrá que enseñar algo más importante que el manejo instrumental de ChatGPT, Gemini o cualquier sistema que aparezca mañana. Tendrá que recuperar y reforzar competencias aparentemente clásicas: lectura profunda, matemáticas, argumentación, ética, historia, filosofía, pensamiento crítico y capacidad de diálogo.

Porque el verdadero desafío no consiste en conseguir máquinas cada vez más inteligentes. Consiste en lograr sociedades suficientemente inteligentes para decidir qué hacer con ellas. Ese es, probablemente, uno de los grandes aciertos del BBK Bilbao Kultura Social Forum: no presentar el futuro como una predicción inevitable, sino como un territorio abierto a la deliberación. Su metáfora del kintsugi —reconstruir a partir de las fracturas— resume bien esa perspectiva. 

Entre la democracia que debemos preservar y la inteligencia artificial que debemos aprender a gobernar se encuentra una tarea esencial: educar para un futuro que todavía no está escrito. Y quizá esa sea la pregunta verdaderamente importante que Bilbao debería llevarse de estas dos ponencias: no qué futuro nos espera, sino qué futuro estamos dispuestos a construir juntos. 

Información y programa: BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles
Prometemos crónica detallada de ambos encuentros.

PISA 2025: 5 causas capitales del desastre y 6 posibles soluciones

Debate sobre #PISA2015 en el programa La Noche En Jake
Imagen de 2016, explicando en ETB los resultados de PISA 2015 en prime time. Contexto del artículo: Hace más de 8 años que me jubilé con 65 años. Desde entonces me he centrado en otros temas, pero siempre he sido un educador. Comencé con 22 años, en 1975, como Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales en la UPV-EHU. En 1985 pasé al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación, y luego muchos años como responsable de Innovación Educativa. He escrito y divulgado mucho sobre PISA (posts aquí recogidos). En este primer artículo, he preferido apuntar medidas generales, a escala universal. Seguirá una entrada sobre el caso de la Comunidad Autónoma de Euskadi, con soluciones que siguen siendo oportunas, muchas de ellas como lo eran tras PISA 2015 (leer aquí). Tampoco en este texto he apuntado razones permanentes y obvias que diferencian en resultados de comprensión lectora a alumnado de la misma edad que estudia en comunidades bilingües respecto a monolingües, y más si es con idiomas tan distantes lingüísticamente.

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.

PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.

La pregunta útil no es quién tiene la culpa. Es qué ha cambiado en los estudiantes, en las familias, en el profesorado, en las aulas, en los sistemas y en la sociedad, y qué se puede corregir con evidencia, no con eslóganes. Repasamos, a continuación y con una extensión inhabitual, las principales causas de la bajada de resultados y algunas fórmulas clave para recuperar el aprendizaje requerido para un futuro incierto.

Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.

Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.

Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.

La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.

1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores. 

La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.

2. Segunda causa: la revolución de la atención. Probablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.

No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.

3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profunda. La caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.

España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia.  La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.

4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivo. Existe otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos. 

No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.

5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglas. PISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».

Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.

España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores. 

En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica. 

Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.

En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal. 

El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.

El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.

El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.

Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.

1. Primera fórmula: recuperar la lectura. La medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo. 

2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentos. Necesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor. 

3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?» 

4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.

5. Quinta fórmula: intervenir antes. Una caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones. 

6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidencias. España necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar. 

Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA. 

Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.

Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.

La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación. 

Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta. 

Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar. 

Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.

Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.

@enjakeETB #PISA2015

Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA

Felicidad según Harvard: Genética, entorno y hábitos

¿Se puede aprender a ser feliz? La neurociencia y la educación responden desde Harvard. Descubriremos cómo la neurociencia y la pedagogía transforman la felicidad en una disciplina de aprendizaje vital. Analizamos el modelo de Arthur C. Brooks en la Universidad de Harvard.

Durante siglos, la felicidad ha sido tratada como un enigma poético, un golpe de fortuna o un estado anímico puramente efímero. Sin embargo, la investigación contemporánea en neurociencia, psicología cognitiva y ciencias sociales está cambiando radicalmente esta perspectiva. En la Universidad de Harvard, el profesor e investigador Arthur C. Brooks aboga por un enfoque estructurado: la felicidad no es una emoción pasiva que simplemente nos ocurre, sino un conjunto de competencias científicas y hábitos conscientes que se pueden estudiar, entrenar y divulgar.


La ecuación del bienestar: genoma, entorno y hábitos. Uno de los aportes centrales del trabajo de Brooks radica en desmitificar el origen del bienestar subjetivo. A través de la síntesis de datos empíricos, la ciencia propone una fórmula orientativa para comprender nuestra predisposición al bienestar:


Factor

Peso

Impacto y margen de transformación

Genética

~50%

Heredada; define el punto de partida neurobiológico y la homeostasis emocional.

Contexto

~25%

Circunstancias externas efímeras (nivel de ingresos, estatus, eventos fortuitos).

Hábitos

~25%

La palanca clave: modula la expresión biológica y transforma el entorno.

A primera vista, un 25% para los hábitos personales podría parecer una porción modesta. No obstante, la neurobiología demuestra que este porcentaje actúa como un catalizador decisivo: las rutinas conscientes tienen la capacidad de modificar cómo percibimos el entorno y modular la respuesta de nuestros genes ante el estrés.


Sentimientos frente a felicidad real: la perspectiva neurocientífica. Uno de los errores conceptuales más frecuentes en la sociedad contemporánea es confundir las emociones placenteras con la felicidad misma. Como señala Brooks, los sentimientos no son la felicidad en sí, sino la evidencia de que esta existe.


El verdadero bienestar humano se construye sobre la interacción entre la corteza prefrontal, el sistema límbico y redes hormonales mediadas por la oxitocina y la dopamina. Mientras que las emociones impulsivas son pasajeras, la felicidad profunda requiere arquitectura mental y cuatro pilares fundamentales:

  1. Familia: Relaciones afectivas estables, profundas e incondicionales.
  2. Amistades auténticas: Conexiones reales basadas en la empatía y la vulnerabilidad compartida.
  3. Trabajo con sentido: Una vocación que aporte valor a la comunidad y sirva al bien común.
  4. Propósito trascendente: Una dimensión filosófica, espiritual o humanista que supere el propio ego.

Educación y liderazgo: convertir la ciencia en impacto social. El verdadero valor pedagógico de esta investigación estriba en su vocación de servicio público. A través del Leadership & Happiness Laboratory en la Harvard Kennedy School, el objetivo trasciende el aula universitaria para capacitar a educadores, líderes sociales y ciudadanía. 


Si enseñamos la neurobiología de las emociones y las estrategias psicológicas de autorregulación con la misma rigurosidad que las matemáticas o la física, capacitamos a las personas para liderar sus vidas de manera más empática, crítica y constructiva.


Conclusión: una llamada al aprendizaje consciente (una de nuestras obsesiones como demuestran estos posts). La felicidad no es un destino estático ni una utopía inalcanzable; es una praxis diaria. En una época dominada por la prisa y la sobreestimulación digital, la ciencia nos recuerda que el bienestar duradero se siembra en las aulas, se cultiva en el tejido social y se consolida a través de hábitos fundamentados en el conocimiento y el sentido vital.


Como bonus, un vídeo anterior de Arthur C. Brooks, 

Aprender haciendo: Robot Academy y STEAM en Bilbao

Robot Academy y STEAM en Bilbao
Álbum de imágenes.

Robot Academy Bilbao: Sembrando curiosidad tecnológica desde la infancia. En el paisaje educativo de Bilbao, donde la tradición industrial convive con la innovación urbana, Robot Academy propone un enfoque práctico y lúdico para introducir a niñas y niños en la robótica educativa, la programación y la electrónica. Su presencia en la ciudad —con actividades pensadas por edades y niveles— responde a una necesidad evidente: convertir el interés por la tecnología en competencias reales y transferibles que preparen a las nuevas generaciones para un futuro profesional y cívico cada vez más ligado a lo digital. 

Dirigida por dos grandes profesionales (y amigos nuestros), Juan de la Herrán y Josu Garro, Robot Academy desarrolla su actividad en espacios vinculados a Alltek (Alameda Recalde, 47, Bilbao) y mantiene canales de contacto prácticos como el teléfono/WhatsApp, lo que facilita a las familias informarse y matricularse rápidamente. Su localización en Bilbao posiciona la escuela como un recurso accesible para la ciudad y su área metropolitana, fortaleciendo la red local de iniciativas STEAM. 

La oferta formativa de Robot Academy se articula en ciclos que abarcan desde la iniciación hasta niveles superiores, combinando montaje de kits, programación por bloques y —para niveles avanzados— conceptos de electrónica y machine learning adaptados a la edad de los alumnos. El modelo pedagógico apuesta por el “aprender haciendo”: los estudiantes diseñan, prueban y mejoran prototipos, lo que favorece el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la creatividad. 

Para las familias bilbaínas, la logística también cuenta: el centro ofrece horarios extraescolares y actividades semanales que facilitan la conciliación con la vida escolar y laboral. Además de los cursos regulares, se organizan clubes y talleres intensivos —por ejemplo en vacaciones— pensados para profundizar proyectos concretos (concursos, retos STEAM, impresoras 3D y competiciones de diseño de robots). Esta estructura modular permite que el aprendizaje sea continuado y acumulativo, desde los primeros años de primaria hasta la adolescencia.

Es importante enmarcar la labor de Robot Academy dentro de un contexto más amplio: Bilbao está reforzando en los últimos años su apuesta por la educación tecnológica (proyectos de formación juvenil y centros especializados), y la aparición de iniciativas como Robot Academy contribuye a crear un ecosistema donde las oportunidades formativas se multiplican y se diversifican. Ese entorno permite además que los aprendizajes de aula conecten con programas municipales, eventos y otros actores educativos.

¿Por qué elegir una academia de robótica como complemento educativo? Porque más allá de la destreza técnica, la robótica educativa cultiva competencias transversales —trabajo en equipo, comunicación de ideas, tolerancia a la frustración y diseño iterativo— que las empresas, las universidades y las instituciones culturales valoran cada vez más. En suma: enseñar a programar un robot es, también, enseñar a preguntar mejor y a imaginar soluciones en un mundo complejo.

@agirregabiria

Robot Academy Bilbao 1/2

♬ TATTOO by LOREEN_hellodisco remix - hellodisco

El descuido paternal de los '60 y ´70 forjó gran resiliencia adulta

Según este reciente artículo "El descuido benévolo que forjó la generación más resiliente del siglo XX", el hecho de crecer relativamente solos por alta ocupación de sus padres, generó accidentalmente en los años 60 y 70 que aquellas infancias derivasen en adultos emocionalmente robustos y resilientes de la historia moderna.

No fue por una crianza superior, sino por una especie de "negligencia benigna": los padres, ocupados con trabajos múltiples y sus propios problemas, dejaban a los niños solos gran parte del tiempo, obligándolos a autorregularse, resolver problemas y desarrollar "callos emocionales" que la comodidad actual hace casi imposible cultivar. 

El autor contrasta esto con la infancia moderna: hipervigilada, estructurada, con validación constante y protección extrema contra cualquier incomodidad. La ironía paradójica es que al intentar ser "mejores padres", hemos creado una generación con menos habilidades de regulación emocional y resiliencia ante adversidades.

Hay una imagen que muchos adultos mayores de cincuenta años reconocen de inmediato: niños que salen a la calle por la mañana y regresan cuando los faroles se encienden. Sin teléfonos, sin agenda, sin adulto a la vista. Una infancia que, vista desde hoy, parece casi irresponsable. Y sin embargo, la psicología del desarrollo empieza a plantear una pregunta incómoda: ¿fue precisamente esa falta de supervisión lo que produjo una de las generaciones emocionalmente más capaces de la historia reciente?

La tesis no es nostálgica ni trivial. Parte de una observación clínica y sociológica cada vez más documentada: los niños criados en los años sesenta y setenta en contextos occidentales desarrollaron, de forma no planificada, una serie de competencias emocionales y cognitivas que hoy se consideran difíciles de enseñar en entornos estructurados. Autorregulación emocional, tolerancia a la frustración, resolución autónoma de conflictos, capacidad de aburrirse sin desmoronarse. No lo aprendieron en talleres de inteligencia emocional. Lo aprendieron porque no había otra opción.

La adversidad mínima como laboratorio. La psicología del desarrollo lleva décadas estudiando el concepto de estrés tolerable: aquella dosis de dificultad que, lejos de traumatizar, activa mecanismos de adaptación. Cuando un niño se aburre y no hay adulto que lo entretenga, cuando pierde un juego y nadie gestiona su decepción, cuando debe negociar con otros niños sin árbitro adulto, está ejercitando circuitos emocionales que solo se consolidan a través del uso. La experiencia repetida de resolver pequeñas adversidades construye lo que algunos investigadores denominan capital emocional: una reserva interna de recursos que se activa ante las dificultades de la vida adulta.

Las generaciones de posguerra no aplicaban ninguna teoría pedagógica. Los padres, muchos de ellos ocupados en la reconstrucción económica y social, simplemente no tenían tiempo ni herramientas para una crianza intensiva. Lo que en apariencia era dejadez era, en términos funcionales, un espacio de autonomía que el cerebro infantil aprovechó para madurar.

El giro hacia la hiperparentalidad. A partir de los años ochenta y noventa, la cultura occidental fue adoptando progresivamente un modelo de crianza radicalmente distinto: más supervisión, más estructuración del tiempo libre, mayor intervención en los conflictos entre iguales. Las motivaciones son comprensibles —y en muchos aspectos legítimas—: mayor conciencia de los riesgos físicos, entornos urbanos más complejos, acceso a información sobre el desarrollo infantil. Sin embargo, la consecuencia no prevista ha sido privar a muchos niños de las condiciones en las que, precisamente, se desarrolla la resiliencia.

El psicólogo Jonathan Haidt, entre otros investigadores, ha documentado cómo el incremento de la ansiedad, la depresión y la intolerancia a la frustración en las generaciones más jóvenes coincide temporalmente con este viraje hacia una infancia cada vez más protegida y administrada. No se trata de una relación causal simple, pero sí de una correlación que merece atención.

Ni nostalgia ni regreso al pasado. Sería un error leer esta evidencia como una invitación a la negligencia o como una idealización acrítica del pasado. Los años sesenta y setenta presentaban déficits reales en protección infantil, sensibilidad emocional y atención a las necesidades individuales de los niños. La dirección no es volver atrás, sino integrar lo aprendido.

Lo que la psicología contemporánea sugiere es más matizado: que el bienestar infantil no se construye solo eliminando el malestar, sino también permitiendo que el niño lo experimente en dosis manejables y lo procese con creciente autonomía. Que estar presente como figura de apoyo no equivale a resolver cada dificultad antes de que el niño tenga ocasión de intentarlo. Que la incomodidad, cuando no es traumática, puede ser formativa.

La generación de los '60 y '70 no fue forjada por mejores padres. Fue forjada, en parte, por la ausencia calculada —aunque involuntaria— de su intervención. Es una lección que la pedagogía y la psicología familiar todavía están aprendiendo a traducir en recomendaciones prácticas para un mundo que ha cambiado, pero cuya biología infantil permanece, en lo esencial, igual que siempre.