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Agua fresca para beber más, y nunca muy caliente

Hoy responderemos a una pregunta que nos hacemos a menudo: ¿A qué temperatura conviene beber el agua? Veamos lo que dicen los investigaciones. ¿Importa la temperatura del agua que bebemos? Sí, y los datos advierten más precaución del calor que del frío. Casi todo lo que sabemos cabe en tres ideas: no beber demasiado caliente, preferir lo fresco con calor o ejercicio y no temer en exceso al frío.

Empecemos por lo más sólido. El 15 de junio de 2016, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) clasificó las bebidas muy calientes, por encima de 65 °C, como probablemente cancerígenas para los humanos (grupo 2A), por su relación con el cáncer de esófago. Los estudios venían de China, Irán, Turquía y Sudamérica, donde té y mate se suelen tomar a unos 70 °C. El foco es la temperatura, no la bebida: café y mate a temperaturas normales quedaron en el grupo 3, «no clasificables». 

En la provincia iraní de Golestán, un estudio publicado en el BMJ el 27 de marzo de 2009 comparó a 300 personas con cáncer de esófago y 571 controles. Quienes decían tomar el té muy caliente tenían un riesgo unas ocho (8) veces mayor (razón de odds de 8,16) que quienes lo tomaban templado. También pesaba la prisa: beberlo antes de dos (2) minutos tras servirlo daba una razón de 5,41 frente a esperar cuatro (4) o más. Son estudios observacionales: muestran una asociación, no una prueba definitiva. En todo caso, esperar unos minutos cuesta poco.

El agua fresca tiene a su favor algo sencillo: se bebe más. Ya en enero de 1996, el American College of Sports Medicine recomendaba (Medicine & Science in Sports & Exercise) que los líquidos del ejercicio estuvieran más fríos que la temperatura ambiente, entre 15 y 22 °C. La revisión sistemática de Catriona Burdon y su equipo (2012), con catorce (14) estudios, halló que las bebidas por debajo de 22 °C gustaban más (diez estudios), se bebían cerca de un 50 % más (cinco) y reducían la deshidratación del ejercicio en un 1,3 % del peso corporal (cuatro).

¿Y la creencia de que el agua fría «corta la digestión»? En lo que hemos consultado, lo medido es transitorio: en un estudio de la Universidad de Sheffield (Gut, 1988) con una bebida de naranja, la de 4 °C salió del estómago más despacio al principio que la de 37 °C, y el estómago recuperó la temperatura corporal en veinte o treinta (20-30) minutos. Quien tenga sensibilidad dental o molestias al tragar suele notar más el frío, y quizá prefiera el agua templada.

Lo decisivo es beber lo suficiente. El 26 de marzo de 2010, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) consideró adecuados 2,0 litros diarios de agua para las mujeres y 2,5 para los hombres (agua total, también la de los alimentos. Si una temperatura nos ayuda a llegar a esa cantidad, bienvenida; si nos aparta de ella, estorba.

Recomendamos, pues, tres gestos: agua fresca (por debajo de 22 °C) cuando hace calor o hacemos deporte; agua templada si el frío molesta; y cuatro (4) minutos de espera antes del primer sorbo de cualquier bebida recién servida. Un termómetro de cocina de pocos euros permite comprobarlo en casa. Una cita: «Ἄριστον μὲν ὕδωρ»: «Lo mejor es el agua». Píndaro, Olímpica I (476 a. C.), compuesta para Hierón de Siracusa.

Os proponemos una tarea con plazos. Lectura: el resumen de la IARC (15-06-2016), comentado en casa o en clase. Activismo: pedir fuentes de agua accesibles en colegios e institutos. Objetivos: a dos (2) años, que cada centro de nuestro entorno las tenga y funcionen; a diez (10) años, que esperar antes de beber lo caliente sea un hábito familiar. Evaluación: cada octubre, contar las fuentes operativas y preguntar en casa quién respeta ya los cuatro (4) minutos.

Número de Avogadro, 6.022 × 10²³, o la inmensidad de átomos

Imagina que dejas caer una gota de agua en el Mediterráneo. Dentro de esa gota diminuta nadan, apretadas, tantas moléculas de H₂O como gotas cabrían en todo el mar que acaba de recibirla. La comparación no es una licencia poética: es, casi, aritmética exacta. Y es también la puerta de entrada más honesta a un número que ninguna mente humana está preparada para imaginar sin ayuda: 6,02214076 × 10²³, la constante de Avogadro. 

Esa inmensa cifra en notación científica expresa 0,6 cuatrillones de átomos, moléculas o iones (cuántas entidades) que caben en cada mol de sustancia. Por ejemplo, en 12 gramos de carbono-12 contienen exactamente ese número de átomos; 18 gramos de agua (H₂O = 2+16), ese mismo número de moléculas. Es lo que une el mundo macroscópico que tocamos —gramos, litros, cucharadas— con el mundo microscópico que no vemos —átomos, electrones, iones—. 

Una hipótesis que tardó un siglo en confirmarse. El nombre honra al físico turinés Amedeo Avogadro, que en 1811 propuso una idea entonces heterodoxa: volúmenes iguales de gases distintos, a la misma presión y temperatura, contienen el mismo número de partículas. Avogadro murió en 1856 sin haber calculado jamás su propio número; ni siquiera sabía que llegaría a existir como tal. Fue el químico Stanislao Cannizzaro quien, en el Congreso de Karlsruhe de 1860, rescató la hipótesis del olvido y la convirtió en herramienta de trabajo para toda una generación de químicos.

El primero en aventurar una cifra fue el físico austriaco Josef Loschmidt, en 1865, a partir de la teoría cinética de los gases. Pero la confirmación experimental decisiva llegó con Jean Perrin, que entre 1908 y 1909 observó el movimiento browniano de partículas en suspensión y dedujo, con una precisión notable para la época, un valor cercano al actual. Perrin fue quien bautizó la cifra como «constante de Avogadro» y por ese trabajo recibió el Nobel de Física en 1926. Poco después, los experimentos de Robert Millikan sobre la carga del electrón permitieron afinarla todavía más.

De medida experimental a definición exacta. Durante más de un siglo, el número de Avogadro fue, precisamente, un número medido: una cifra que los laboratorios perfeccionaban década tras década, con su correspondiente margen de incertidumbre. Eso cambió el 20 de mayo de 2019, cuando entró en vigor la revisión del Sistema Internacional de Unidades. Desde entonces, la constante de Avogadro ya no se mide: se define. Su valor, 6,02214076 × 10²³ por mol, es exacto por decreto científico internacional, y es esa cifra fija la que ahora define qué es un mol, en lugar de al revés. La ciencia, en este punto concreto, invirtió el orden habitual entre medida y definición.

Contar lo incontable, para pensar mejor. Lo más notable del número de Avogadro no es sólo su magnitud, sino lo que enseña sobre el método científico: una hipótesis audaz, sostenida sin pruebas directas durante décadas, verificada después por caminos independientes —cinética de gases, movimiento browniano, carga eléctrica— que convergieron en la misma cifra. Esa convergencia, más que el número en sí, es la lección que merece sobrevivir a cualquier examen de química.

Propongo llevar esa lección a las aulas de secundaria y bachillerato: que cada centro dedique, dentro de su programación anual de ciencias, un taller de «cifras que cambiaron la ciencia» donde el alumnado reconstruya, con datos y manos propias, cómo se llega a un número como este por vías distintas. El objetivo, medible curso a curso mediante encuestas de percepción sobre la ciencia y el porcentaje de alumnado que elige optativas científicas, sería duplicar en un plazo de cinco años el interés declarado por la química entre los quince y los diecisiete años, y consolidar el taller, en la próxima década, como parte ordinaria del currículo.

Preguntas de Fermi para estimar lo aparentemente imposible

Hoy repasamos las Preguntas de Fermi, para aprender a calcular sin conocer todos los datos. ¿Cuántos afinadores de piano trabajan en una gran ciudad? ¿Cuántos granos de arroz caben en un estadio? ¿Cuántas gotas de agua contiene una piscina olímpica? ¿Cuántos pelos tiene una persona? A primera vista, parecen preguntas destinadas al fracaso: carecemos de los datos necesarios para responderlas con precisión. Sin embargo, precisamente ahí reside su interés.

Las preguntas de Fermi son problemas que pueden resolverse mediante estimaciones razonables, descomponiendo una cuestión aparentemente imposible en varias preguntas más sencillas. Reciben su nombre de Enrico Fermi, uno de los grandes físicos del siglo XX, célebre tanto por sus contribuciones a la física nuclear como por su capacidad para realizar cálculos aproximados mentalmente. La cuestión no consiste en acertar una cifra exacta. Consiste en aprender a pensar cuando la información es incompleta.

Del problema imposible a una cadena de preguntas. Imaginemos la pregunta clásica: ¿cuántos afinadores de piano puede haber en una ciudad? No necesitamos conocer el número real. Podemos comenzar suponiendo que la ciudad tiene un millón de habitantes. Quizá uno de cada cien hogares posea un piano; serían 10.000 pianos. Si cada piano necesita una afinación aproximadamente una vez al año y un afinador puede realizar unas cuatro afinaciones al día durante 250 días laborales, cada profesional podría efectuar unas 1.000 al año. La división final —10.000 entre 1.000— proporciona una estimación de unos diez afinadores.

La cifra puede estar equivocada. Incluso puede estarlo por un factor de dos o tres. Pero el razonamiento es transparente: cualquiera puede revisar las hipótesis, modificarlas y comprobar cómo cambia el resultado. Ese procedimiento constituye una pequeña lección de metodología científica: suposición, modelo, cálculo, contraste y revisión.

La importancia del orden de magnitud. Las preguntas de Fermi enseñan una habilidad especialmente valiosa en física y en ingeniería: distinguir entre 10, 100 y 1.000 resulta mucho más importante que decidir entre 237 y 241. El concepto de orden de magnitud permite trabajar con potencias de diez y reconocer rápidamente si un resultado es plausible. Un cálculo aproximado puede revelar que una respuesta publicada es imposible, incluso sin disponer de todos los datos necesarios para reconstruirla. Esta competencia tiene además una dimensión crítica. En una sociedad saturada de cifras, porcentajes, gráficos y estadísticas, saber estimar ayuda a detectar afirmaciones absurdas, errores de escala y conclusiones exageradas. 

Una herramienta educativa extraordinariamente fértil. Las preguntas de Fermi poseen un particular valor pedagógico porque no tienen necesariamente una única vía de solución. Permiten combinar matemáticas, física, razonamiento lógico, conocimientos cotidianos e imaginación.

Un profesor puede plantear, por ejemplo: ¿cuánta energía consume una ciudad durante un día?, ¿cuántas palabras pronunciamos durante nuestra vida?, ¿cuántos autobuses serían necesarios para transportar a todos los habitantes de una localidad?, ¿cuánta lluvia cae sobre un campo durante una tormenta? El objetivo no debería ser penalizar una estimación imperfecta, sino analizar qué hipótesis se han utilizado y cuáles son más determinantes. Aquí aparece una enseñanza profunda: cuando desconocemos algo, no siempre debemos detenernos. Podemos construir un modelo provisional y mejorarlo progresivamente.

De Fermi a la inteligencia artificial. La actualidad concede a estas preguntas una nueva relevancia. Los buscadores y la inteligencia artificial pueden proporcionar rápidamente cifras concretas, pero disponer de un número no garantiza comprenderlo. Una pregunta de Fermi obliga a recorrer el camino inverso: primero razonar, después calcular y finalmente comprobar. Incluso cuando una máquina ofrece la respuesta, necesitamos criterio para evaluar si resulta coherente.

En realidad, la lección de Fermi trasciende la física. Investigar significa a menudo trabajar con incertidumbre, datos incompletos y modelos imperfectos. La ciencia no siempre comienza con una respuesta; muchas veces comienza con una buena pregunta. Las preguntas de Fermi nos recuerdan, por tanto, que pensar bien no significa saberlo todo. Significa saber qué podemos inferir de lo que conocemos, reconocer nuestras incertidumbres y convertir un problema enorme en una sucesión de problemas manejables. Y quizá esa sea una de las formas más sencillas —y más poderosas— de enseñar ciencia: pedir a alguien que estime lo que parece imposible y preguntarle, sobre todo, cómo ha llegado hasta allí.

A continuación 12 ejemplos muy variados, evitando el clásico de los afinadores de pianos de Chicago:

  1. 🚕 ¿Cuántos taxis circulan ahora mismo por Getxo?  Población → personas que usan taxi → viajes diarios → horas de actividad → taxis necesarios.
  2. ☕ ¿Cuántos cafés se beben cada día en Bilbao? Habitantes → porcentaje que toma café → cafés/persona/día → consumo fuera de casa.
  3. 🏟️ ¿Cuántas pelotas de fútbol cabrían en San Mamés? Volumen del estadio → volumen aproximado de una pelota → factor de empaquetamiento.
  4. ✈️ ¿Cuántos aviones están volando sobre Europa en este momento?Vuelos diarios → duración media → horas del día → distribución geográfica.
  5. 📱 ¿Cuántos teléfonos móviles hay encendidos ahora mismo en Francia? Población → móviles por persona → porcentaje encendido → dispositivos secundarios.
  6. 🌳 ¿Cuántos árboles hay en Bilbao? Superficie urbana → superficie arbolada → densidad media de árboles → parques y calles.
  7. 🍕  ¿Cuántas pizzas se venden en Navarra un sábado por la noche? Hogares → porcentaje que pide pizza → frecuencia → pizzas por pedido.
  8. 🚿 ¿Cuántos litros de agua se gastan en Alicante mientras alguien se ducha? Población → duchas/día → duración → litros/minuto.
  9. 🧑‍🏫 ¿Cuántos profesores hacen falta para enseñar a todos los niños de Europa? Población infantil → alumnos por profesor → horas lectivas → organización escolar.
  10. 📚 ¿Cuántos libros cabrían en una biblioteca de 1.000 m²? Superficie útil → estanterías → metros lineales → libros por metro.
  11. 🌧️ ¿Cuántos litros de agua caen sobre Bilbao durante una tormenta? Superficie afectada × precipitación acumulada. Una excelente ocasión para convertir milímetros de lluvia en litros.
  12. 💶 ¿Cuántas monedas de un euro harían falta para llenar una bañera? Volumen de la bañera → volumen de una moneda → huecos entre monedas → número total.

Una especialmente buena para educación: ¿Cuántas veces se abre una puerta en Bilbao en un día? Parece absurda, pero obliga a formular hipótesis: número de habitantes, hogares, oficinas, comercios, colegios, entradas y salidas, puertas por edificio, aperturas por persona… Y ahí está precisamente la gracia de Fermi: la calidad de la respuesta depende menos de acertar el número que de construir un razonamiento defendible.

Educar en preguntas de Fermi es, en última instancia, educar en una forma de coraje intelectual: la de atreverse a responder algo razonable cuando lo cómodo sería callar por falta de certeza absoluta. Post relacionado: Paradoja de Fermi.

Cambiar el agua de las flores: Literatura y ética del cuidado

Hay libros que merecen ser revisados pronto, aunque esta novela ya tiene una adaptación cinematográfica como contamos al final: Su título es Cambiar el agua de las flores: la vida custodiada desde el cementerio. Porque el títulos anuncia, con una humildad casi doméstica, la hondura de lo que va a contar. Cambiar el agua de las flores, la obra con la que la francesa Valérie Perrin (Remiremont, 1967) alcanzó una difusión mundial en 2018, es uno de ellos: bajo el gesto cotidiano de renovar el agua de un jarrón se esconde una reflexión completa sobre el duelo, la memoria y la extraña dignidad de los oficios que cuidan a los muertos.  


Valérie Perrin, fotógrafa de rodaje y guionista antes que novelista —colaboradora habitual del cineasta Claude Lelouch, con quien se casaría en 2023—, había debutado en 2015 con Les Oubliés du dimanche. Pero fue esta segunda novela, publicada por Albin Michel y galardonada con el Prix Maison de la Presse de 2018, la que la convirtió en fenómeno editorial: traducida a más de treinta idiomas, se transformó en una de las lecturas más comentadas durante los confinamientos europeos de 2020, cuando llegó a ser el libro más vendido del año en Italia.

La protagonista, Violette Toussaint, es guarda de un cementerio en un pequeño pueblo de Borgoña. Su jornada transcurre entre los epitafios que copia en un cuaderno, el café que ofrece a los deudos y, en efecto, el agua que renueva cada mañana en las flores dejadas sobre las tumbas: un ritual mínimo que sostiene, sin aspavientos, el orden simbólico de los vivos frente a sus muertos. La llegada de Julien Seul, un policía que busca esparcir las cenizas de su madre en la tumba de un desconocido, desencadena la reconstrucción de una historia de amor oculta y obliga a Violette —cuya propia biografía guarda una hija perdida y un marido desaparecido— a mirar de frente su pasado.

Leída con cierta distancia crítica, la novela puede entenderse como una exploración literaria de lo que Michel Foucault llamó heterotopía: el cementerio como espacio "otro", suspendido entre la vida cotidiana del pueblo y el tiempo detenido de la muerte, donde Violette ejerce de mediadora casi litúrgica. Esa vocación de custodiar la memoria ajena —anotar quién visita, quién guarda silencio, quién no vuelve— dialoga, salvando las distancias, con la reflexión de Paul Ricoeur sobre la memoria como forma de justicia hacia los ausentes. 

Conviene no idealizar el resultado literario: la crítica más exigente ha señalado en ocasiones un exceso de artificio en los golpes de efecto y una estructura de vaivenes temporales que roza, a veces, la fórmula del best seller sentimental. Pero incluso esa objeción confirma lo que hace interesante al libro desde un punto de vista educativo: Perrin demuestra que la novela popular contemporánea puede tratar la muerte, el luto y la memoria sin caer en el sensacionalismo, devolviendo protagonismo narrativo a oficios invisibles —sepultureros, guardas, enterradores— que rara vez ocupan el centro de un relato.

La reciente adaptación cinematográfica, dirigida por Jean-Pierre Jeunet —el realizador de Amélie— y protagonizada por Leïla Bekhti, confirma la vigencia de esta historia y la llevará, en los próximos meses, a un público aún más amplio. Entre la página y la pantalla, Cambiar el agua de las flores insiste en una idea sencilla y necesaria: que cuidar de las flores de los muertos es, también, una forma de seguir cuidando de los vivos.

"No fui feliz": Borges ante la felicidad perdida

El soneto que Jorge Luis Borges escribió en julio de 1975 —apenas unos días después de la muerte de su madre, Leonor Acevedo— ocupa un lugar singular en su obra. Publicado primero en el diario La Nación y recogido después en La moneda de hierro (1976), el poema lleva por título El remordimiento, aunque millones de lectores lo recuerdan por su estribillo: «No fui feliz». Es, en efecto, una de las contadas ocasiones en que el escritor argentino abandonó el disfraz alegórico —el laberinto, el espejo, la daga— para hablar en primera persona, sin cortapisas, desde la herida. 

La estructura es la de un soneto clásico: dos cuartetos, dos tercetos, endecasílabos que alternan ritmos sáficos y heroicos con una pulcritud que contrasta con la turbulencia del contenido. Borges, que tanto había teorizado sobre la ficción como artificio, opta aquí por la transparencia. El poema no necesita descifre: confiesa. Y la confesión es terrible. «He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer», afirma en la primera línea, estableciendo una escala moral inusitada en su universo, habitado más por la ironía que por la culpa. El pecado, sin embargo, no es un crimen contra el prójimo ni una herejía, sino algo íntimo y, a la vez, colectivo: no haber sido feliz.

La infelicidad se entiende aquí como una deuda contraída con los padres, que «me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego». La enumeración de los cuatro elementos remite a la física presocrática, pero también a una idea de plenitud vital que el yo lírico siente haber traicionado. La vida como juego, como aventura elemental, fue sustituida por «las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías». La literatura —ese universo que Borges había cultivado con devoción— aparece súbitamente como vanidad, como distracción insustancial frente al imperativo de la existencia.

Sin embargo, el lector atento percibe una tensión que el propio autor no resuelve. Si el arte es nadería, ¿por qué la expresión de esa nadería alcanza una perfección formal que conmueve? Si la felicidad es el deber supremo, ¿por qué el poema que la niega resulta tan poderosamente «feliz» en su ejecución estética? Borges, que en El otro, el mismo había cantado los dones de la lectura y del intelecto, se contradice aquí con una sinceridad que no admite réplica. El remordimiento no es retórica; es luto. La pérdida de la madre —su interlocutora, su lectora primigenia, su compañera de silencios— desmorona el edificio de ironías y deja al descubierto al hombre: «No me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado». 

Desde una perspectiva filosófica, el poema interroga la noción de felicidad como deontológica. Borges asume la herencia de una ética vitalista —la vida como obligación gozosa— y se declara en quiebra. Pero al mismo tiempo, al escribirlo, convierte la quiebra en forma, la culpa en belleza. Es la paradoja del creador: la obra nace de la insuficiencia vital y, sin embargo, compensa esa insuficiencia. Como recordaba Nietzsche, el artista paga sus deudas con lo único que posee: la capacidad de nombrarlas.

En el aula, El remordimiento ofrece una oportunidad invaluable para discutir la relación entre experiencia y escritura. ¿Es legítimo leer este poema como autobiografía? ¿O la voz poética, incluso en su máximo grado de desnudez, sigue siendo una construcción? Borges mismo, entrevistado años después por Joaquín Soler Serrano, confirmó las circunstancias de su composición, pero eso no cierra el debate. Lo que sí queda fuera de toda duda es que, en catorce versos, el autor logró algo que toda su vasta obra no siempre lograba: hacernos sentir, sin intermediarios, el peso exacto de una vida.

Quizá el verdadero mérito del poema no esté en la confesión de infelicidad, sino en el coraje de haberla confesado. Porque, al final, Borges sí fue valiente: tuvo la valentía de escribir que no la tuvo para vivir como se esperaba de él. Y en esa rendición, paradójicamente, nos legó uno de sus textos más humanos.

Elementos químicos que forman el cuerpo humano

Cuando Carl Sagan afirmó que somos "polvo de estrellas", no recurría a una metáfora poética gratuita, sino a una descripción rigurosamente científica de nuestra composición material. El cuerpo humano, en su intrincada arquitectura biológica, no es sino una disposición particular de átomos forjados en el interior de estrellas que murieron mucho antes de que existiera el sistema solar. Comprender qué elementos químicos nos constituyen, y en qué proporciones, es adentrarse en una de las conexiones más profundas entre la física, la química y la biología.

Aproximadamente el 96% de la masa corporal humana se concentra en solo cuatro elementos: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno. El oxígeno, el más abundante con cerca del 65% del peso corporal, no se encuentra libre sino combinado mayoritariamente en forma de agua, que constituye entre el 55% y el 60% de nuestra masa. El carbono, columna vertebral de toda química orgánica, ronda el 18% y es el elemento que permite la formación de las cadenas y anillos moleculares sobre los que se sostienen proteínas, lípidos, carbohidratos y ácidos nucleicos. El hidrógeno, presente en casi todas las moléculas orgánicas y en el agua misma, aporta cerca del 10%, mientras que el nitrógeno, esencial en aminoácidos y bases nitrogenadas, contribuye con algo más del 3%.

Un segundo grupo de elementos, minoritarios en masa pero indispensables en función, completa buena parte del resto: calcio y fósforo, protagonistas de huesos y dientes pero también del metabolismo energético celular; potasio y sodio, reguladores del equilibrio hídrico y de la transmisión de impulsos nerviosos; azufre, presente en ciertos aminoácidos y en la estructura terciaria de las proteínas; cloro, ligado al equilibrio electrolítico; y magnesio, cofactor de cientos de reacciones enzimáticas.

Más allá de estos elementos mayoritarios, el organismo alberga una veintena de elementos traza, entre ellos hierro, zinc, cobre, yodo, selenio, manganeso, cromo, cobalto, molibdeno y flúor, presentes en cantidades minúsculas, a veces miligramos o incluso microgramos, pero cuya ausencia resulta incompatible con la vida. El hierro, componente de la hemoglobina, permite el transporte de oxígeno; el yodo es indispensable para la síntesis de hormonas tiroideas; el zinc participa en la actividad de cientos de enzimas y en la expresión génica. La química de la vida, se diría, opera tanto por acumulación como por escasez calculada. 

Lo verdaderamente notable de este inventario elemental no es solo su diversidad, sino su origen. Salvo el hidrógeno, formado en los primeros minutos tras el Big Bang, el resto de los elementos que componen nuestro cuerpo se sintetizó en el interior de estrellas, mediante procesos de fusión nuclear, o en las explosiones catastróficas de supernovas que dispersaron esos átomos por el cosmos. El calcio de nuestros huesos, el hierro de nuestra sangre, el oxígeno que respiramos: todo procede de hornos estelares extinguidos hace miles de millones de años. Esta perspectiva, lejos de disolver la singularidad humana en un frío inventario químico, invita a una forma distinta de asombro: la de reconocernos como el resultado transitorio y organizado de una historia cósmica que nos antecede y nos excede con largueza.

La biología, en este sentido, no contradice a la química ni a la física, sino que las culmina: organiza la materia dispersa en sistemas capaces de metabolizar, reproducirse y, en el caso humano, de preguntarse por su propio origen. Saber de qué estamos hechos no resuelve el misterio de la existencia, pero sí lo sitúa en su escala justa: la de una materia que, tras miles de millones de años de evolución cósmica, ha aprendido, contra toda probabilidad, a mirarse a sí misma.


El cuerpo humano está constituido por unos 60 elementos químicos, aunque casi el 99% de su masa total se concentra en tan solo seis de ellos.

Elemento

Símbolo

% en masa

Función principal

Oxígeno

O

65,0%

Formación del agua celular y respiración oxidativa.

Carbono

C

18,5%

Esqueleto estructural de las moléculas orgánicas (proteínas, lípidos, glúcidos).

Hidrógeno

H

9,5%

Componente del agua y de la mayoría de compuestos orgánicos.

Nitrógeno

N

3,2%

Presente en aminoácidos, proteínas y ácidos nucleicos (ADN y ARN).

Calcio

Ca

1,5%

Rigidez en huesos y dientes, contracción muscular y transmisión nerviosa.

Fósforo

P

1,0%

Estructura ósea, membranas celulares y transferencia de energía (ATP).

Potasio

K

0,4%

Regulación de impulsos nerviosos y volumen celular.

Azufre

S

0,25%

Componente de aminoácidos esenciales como la cisteína y la metionina.

Sodio

Na

0,2%

Control de la presión arterial y transmisión de impulsos eléctricos.

Cloro

Cl

0,15%

Mantenimiento del equilibrio de fluidos y digestión (ácido clorhídrico).

Magnesio

Mg

0,1%

Cofactor en más de 300 reacciones enzimáticas metabólicas.


Oligoelementos o elementos traza (< 0,1% en conjunto)

El porcentaje restante, aunque diminuto, resulta biológicamente imprescindible para el correcto funcionamiento del organismo: Hierro (Fe): ~0,006% (transporte de oxígeno en la hemoglobina). Zinc (Zn): ~0,0033% (sistema inmunitario y división celular). Otros elementos microscópicos: Cobre (Cu), Yodo (I), Flúor (F), Manganeso (Mn), Selenio (Se), Cromo (Cr), Molibdeno (Mo), Cobalto (Co) y Silicio (Si). Aunque esta distribución varía ligeramente según la edad, la masa muscular y el nivel de hidratación individual, el agua (H_2O) representa entre el 55% y el 65% del peso total de un adulto, lo que explica la alta presencia de oxígeno e hidrógeno.