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Mirar y admirar: El abismo entre el ojo y el alma

Hay verbos que se disfrazan de sinónimos y que, sin embargo, señalan dos formas irreconciliables de estar en el mundo. Mirar y admirar comparten el mismo instrumento —el ojo— pero no el mismo destino. Mirar es una función casi biológica, un reflejo que el cerebro ejecuta miles de veces al día sin que medie voluntad alguna; admirar exige, en cambio, detención, entrega, una suspensión del tiempo que nuestra época, saturada de pantallas y estímulos fugaces, apenas se permite ya. 

La filosofía occidental intuyó esta distancia desde su origen. Aristóteles sostuvo que la filosofía nace del asombro, del thaumazein: no del simple ver, sino de un ver que se detiene y se interroga ante lo que parecía evidente. Ese extrañamiento es, precisamente, lo que separa la mirada de la admiración. Spinoza, siglos después, definió en su Ética la admiratio como el estado en que la mente queda fija en un objeto por su singularidad, sin relacionarlo aún con ninguna otra idea: un instante suspendido que puede ser tanto el umbral del conocimiento como su trampa, si el espíritu se detiene ahí y no avanza hacia una comprensión más adecuada. 


La literatura ha explorado esta misma frontera con instrumentos propios. Marcel Proust escribió que el verdadero viaje no consiste en buscar paisajes nuevos, sino en mirar con ojos nuevos; la frase condensa una convicción compartida por buena parte de la tradición moderna: lo que cambia no es el mundo, sino la calidad de la atención que le dedicamos. Rainer Maria Rilke llevó esa idea hasta sus últimas consecuencias en su soneto sobre el torso arcaico de Apolo: contemplar de verdad una obra de arte —admirarla— nos devuelve una mirada que exige transformación; el poema termina con una orden que resuena como advertencia: hay que cambiar de vida. Mirar una estatua es catalogarla; admirarla es sentirse observado por ella.


La pensadora Simone Weil, muy citada en este blog, ofreció quizá la formulación más precisa: la atención, llevada a su grado más alto, es idéntica a la plegaria. Admirar sería entonces una forma laica de oración, un acto de generosidad hacia lo contemplado, mientras que mirar permanece en el registro de la utilidad, del reconocimiento funcional que nos permite orientarnos sin detenernos a comprender.


Miguel de Unamuno, por su parte, habría discrepado de cualquier admiración fría o meramente estética: para el hombre de carne y hueso que él reivindicaba, admirar sin implicarse, sin que el objeto contemplado nos duela o nos alegre, sería una forma sutil de seguir mirando. La admiración auténtica compromete, no solo contempla. 


Juan Ramón Jiménez pedía a la inteligencia el nombre exacto de las cosas; esa exactitud solo llega tras la admiración, nunca tras la mirada apresurada. John Berger, por su parte, recordó que ver es siempre un acto de elección: elegimos lo que miramos, pero admirar añade a esa elección una entrega que no todo acto de ver posee.


En un tiempo de scroll infinito, donde los ojos recorren miles de imágenes sin posarse en ninguna, recuperar la admiración —esa mirada que se detiene, se pregunta y se deja transformar— no es un lujo estético, sino una forma de resistencia. Mirar es recorrer la superficie del mundo; admirar es, todavía, habitarlo. En una época saturada de imágenes, fotografías, vídeos y estímulos fugaces, recuperar la diferencia entre mirar y admirar constituye casi un ejercicio de resistencia cultural. Mirar consume un instante; admirar reclama tiempo. Mirar registra; admirar interpreta. Mirar puede distraernos; admirar puede transformarnos.


Quizá educar sea, en buena medida, enseñar esa segunda mirada. Porque al final no vemos solamente con los ojos. Vemos con nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad y nuestros valores. Y cuando todas esas facultades se reúnen ante algo que reconocemos como valioso, la mirada deja de ser mera percepción y se convierte en admiración. La diferencia es enorme: mirar es ver que algo existe; admirar es descubrir por qué merece nuestra atención. 

Una semana fuera del tiempo: ¿Pasado o futuro?

Hoy en la piscina un vecino murciano muy viajado, Javier Navarro Pina, nos ha planteado a un grupo una pregunta con mucha enjundia, que hemos ido respondiendo como hemos improvisado. Esta era la formulación: Si pudieras pasar una semana en cualquier momento de la historia pasada o del futuro, ¿qué año y lugar elegirías? 

Ahora, con un poco más de tiempo, descomponemos la pregunta en dos posts, porque es una cuestión sumamente interesante para un blog de historia, literatura, filosofía y educación: 1º ¿Preferirías conocer el pasado que nos explica o viajar al futuro para saber qué nos espera? 2º Sería definirte por un tiempo y lugar (en el siguiente post).

¿Viajarías al pasado para comprenderlo o al futuro para descubrirlo? Siete días para conocer mejor el pasado o para descubrir el futuro de la humanidad en este viaje improbable hacia adelante e imposible hacia atrás que todos querríamos hacer, hacia el ayer (incluso previo a  nuestro nacimiento) o al mañana cercano o remoto. ¿Conocer nuestros orígenes o nuestro destino? Serían dos formas fascinantes de conocer la humanidad, su principio y -quizá- su final, revivir cómo fuimos o cómo seremos.

Es una pregunta excelente porque obliga a elegir entre la nostalgia de lo que sabemos que ocurrió y la curiosidad por lo que todavía no conocemos. Si la elección fuera realmente libre —una semana, cualquier lugar, con regreso garantizado y sin alterar la historia—, yo distinguiría entre una elección intelectualmente fascinante y otra emocionalmente poderosa. Analizamos sus pros y contras de cada opción.

Una semana en el pasado. 

Ventajas: 1. Ser testigo de un momento histórico real. Podrías estar en Atenas durante la época de Pericles, en Florencia con Leonardo, en París durante la Revolución Francesa, en Bilbao durante la industrialización o contemplar una civilización desaparecida.

2. Ver a grandes personajes sin intermediarios. Conversar —si fuera posible entenderse— con Sócrates, Aristóteles, Cervantes, Shakespeare, Einstein o Marie Curie sería una experiencia incomparable.

3. Resolver enigmas históricos. ¿Quién dijo realmente determinadas frases? ¿Cómo era exactamente una batalla? ¿Qué ocurrió entre bastidores? ¿Cómo vivía una persona corriente en una época concreta?

4. Comprender la vida cotidiana. Los libros conservan acontecimientos, pero rara vez transmiten completamente los olores, sonidos, comidas, enfermedades, miedos, trabajos y relaciones humanas de una época.

5. Comparar mito y realidad. Quizá descubriríamos que algunas épocas que idealizamos fueron mucho más duras de lo que imaginamos.

Desventajas: Higiene, enfermedades y medicina: una semana podría ser mucho más peligrosa de lo que parece. Barreras lingüísticas: incluso viajando a nuestro propio país podríamos no entender fácilmente la lengua de hace siglos. Violencia y desigualdad: muchas sociedades históricas eran extraordinariamente inseguras. Ausencia de comodidades modernas: electricidad, antibióticos, agua corriente, comunicaciones… Riesgo psicológico: comprobar que nuestros héroes eran seres humanos bastante menos admirables podría resultar decepcionante. Y existe una gran paradoja: sabemos cómo terminó el pasado, pero no podemos cambiarlo.

Una semana en el futuro

Ventajas: 1. Conocer qué ocurrió realmente. Podríamos saber qué tecnologías triunfaron, cómo evolucionó la humanidad y qué problemas actuales fueron resueltos.

2. Contemplar tecnologías hoy inimaginables. Medicina regenerativa, inteligencia artificial, energía ilimitada, exploración espacial, longevidad inverosímil, realidad aumentada, teletransporte,…

3. Conocer el destino de la humanidad. ¿Habrá ciudades en Marte? ¿Habrá desaparecido el automóvil privado? ¿Cómo será la educación? ¿Seguirán existiendo los Estados?

4. Resolver incertidumbres personales y colectivas. Incluso podríamos descubrir qué ocurrió con nuestra familia, nuestra ciudad, nuestra cultura o nuestro propio legado.

5. Volver con conocimiento extraordinariamente valioso. Una semana en el futuro podría proporcionar información capaz de transformar nuestro presente.

Desventajas: Y aquí aparece el gran problema de una experiencia que sería radicalmente distinta. Podría ser un futuro que no quisiéramos conocer. Podríamos encontrarnos con: cambio climático irreversible; guerras devastadoras; pérdida de libertades; sociedades profundamente desiguales; una inteligencia artificial dominante; desaparición de especies; colapso demográfico; una humanidad que ya no reconocemos.

Además, existe un riesgo filosófico y científico (porque nada con masa puede viajar al futuro): si conocemos el futuro, quizá dejamos de ser libres respecto a élY otro todavía más inquietante: ¿qué ocurriría si descubrimos que nosotros mismos ya no existimos, o no que nada del legado propio personal o colectivo?

¿Qué elegiría yo?

Si la condición fuese regresar exactamente al presente al cabo de siete días y no modificar nada, elegiría el futuroPero no viajaría miles de años. Elegiría probablemente unos 100-150 años hacia adelante, quizá alrededor de 2150-2175.

¿Por qué? Porque 150 años permitirían contemplar transformaciones enormes sin convertir el viaje en una visita a un universo completamente incomprensible. Me interesaría especialmente observar: cómo viven las personas, cómo aman, cómo educan a sus hijos, qué leen, qué consideran trabajo, qué significa ser humano y qué relación mantienen con las máquinas. Más que conocer los inventos del futuro, querría descubrir qué ha ocurrido con la condición humana.

Y hay una segunda opción que parece todavía más tentadora: viajar al pasado a un momento concreto de Bilbao o del País Vasco, para observar durante una semana la vida cotidiana de nuestros antepasados. Porque el futuro podemos intentar construirlo; el pasado ya es irrecuperable.

La verdadera elección, en realidad, las dos opciones responden a dos deseos humanos legítimos pero diferentes: Pasado → “Quiero saber de dónde venimos.” o Futuro → “Quiero saber hacia dónde vamos.”

Las 5 leyes de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla

Es un post que prometimos, por duplicado, hace más de un año: Las cinco leyes de Cipolla, o por qué subestimamos siempre la estupidez. En 1976 el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, profesor durante décadas en Berkeley y reconocido por sus estudios sobre la peste negra, la demografía preindustrial y la historia monetaria del Mediterráneo, se permitió un ejercicio insólito: aplicar el rigor de su oficio a un objeto de estudio que la ciencia social solía esquivar por pudor, la estupidez humana. El resultado, un breve ensayo titulado Le leggi fondamentali della stupidità umana, circuló primero de forma casi clandestina entre colegas y amigos antes de convertirse en un clásico menor de la literatura económica, citado hoy con la misma seriedad con que se cita a Adam Smith o a Max Weber

La originalidad de Cipolla no reside tanto en el humor —templado, socarrón, muy en la tradición del ensayo italiano— como en el método. Construye un plano cartesiano donde el eje horizontal mide la ganancia o pérdida que una acción reporta a quien la ejecuta, y el eje vertical, la ganancia o pérdida que reporta a los demás. En ese espacio de cuatro cuadrantes distingue al inteligente, que beneficia a la vez a sí mismo y a la colectividad; al bandido, que se beneficia a costa ajena; al incauto o «desdichado», que beneficia a otros perjudicándose a sí mismo; y, por último, al estúpido, definido con una precisión casi notarial como quien causa daño a otra persona o grupo sin obtener provecho alguno, e incluso perjudicándose él mismo en el proceso.

Sobre esta matriz erige sus cinco leyes. La primera advierte que siempre, inevitable e imperceptiblemente, subestimamos el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda —quizá la más incómoda— sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya: ni el título universitario, ni la posición social, ni la pertenencia a una élite ilustrada inmunizan contra ella. La tercera formula la definición ya citada, el corazón técnico del sistema. La cuarta observa que quienes no son estúpidos suelen subestimar sistemáticamente el poder de daño de quienes sí lo son, olvidando que tratar con un estúpido resulta, tarde o temprano, ruinoso. La quinta y última ley, la más provocadora, proclama que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más incluso que el bandido.

Primera ley: Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos. La primera afirmación sostiene que todos subestimamos inevitablemente el número de personas estúpidas que existen. Incluso cuando creemos haber realizado una estimación prudente, la realidad acaba sorprendiéndonos. La observación contiene una advertencia educativa: la inteligencia, la cultura, la posición social o la formación académica no garantizan que una persona vaya a actuar racionalmente en todas las circunstancias. 

Segunda ley: La estupidez no depende de otras característicasLa segunda ley afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal. Para Cipolla, la estupidez aparece en todos los estratos sociales, profesiones, niveles económicos y grados de educación. La provocación es deliberada: obliga a abandonar la cómoda idea de que determinados grupos poseen un monopolio de la racionalidad. 

Tercera ley: La definición económica de la estupidezEsta es la pieza central de la teoría. Cipolla considera estúpida a la persona que causa un perjuicio a otra persona o grupo sin obtener con ello ningún beneficio para sí misma, e incluso pudiendo resultar perjudicadaEl criterio no es, por tanto, cuánto sabe alguien, sino qué consecuencias produce su conductaCipolla construye así una matriz basada en dos variables: beneficio o perjuicio propio y beneficio o perjuicio ajeno. De ella surgen cuatro categorías: quienes benefician a los demás y a sí mismos; quienes benefician a otros a costa de sí mismos; quienes buscan su propio beneficio perjudicando a otros; y, finalmente, quienes perjudican a otros sin obtener beneficio propio. 

Cuarta ley: Infravaloramos el poder destructivoLa cuarta ley sostiene que las personas no estúpidas subestiman constantemente el potencial dañino de la estupidez. El problema no reside únicamente en la existencia de comportamientos irracionales, sino en nuestra dificultad para anticiparlos. En economía, política, educación o gestión institucional, una decisión aparentemente absurda puede generar costes muy superiores a los previstos cuando afecta a muchas personas o se incorpora a sistemas complejos. 

Quinta ley: La estupidez es especialmente peligrosaLa quinta ley lleva el argumento a su conclusión más provocadora: la persona estúpida constituye el tipo humano más peligroso. Su célebre corolario afirma que el estúpido puede resultar más peligroso que el malvado. La razón es sencilla dentro del modelo de Cipolla: el malvado persigue un beneficio y, por ello, su comportamiento puede ser parcialmente previsible. El estúpido, en cambio, puede provocar daños sin obtener ninguna compensación. 

Esa jerarquía merece detenerse en ella. Cipolla razona como economista: el bandido es previsible, porque su cálculo de beneficio propio permite anticipar su conducta y, en cierta medida, negociar con él o protegerse de él. El estúpido, en cambio, actúa sin lógica de beneficio, lo que vuelve su comportamiento errático e imposible de prever, y por tanto más costoso para el conjunto social. 

Leído hoy, el ensayo de Cipolla trasciende la boutade universitaria. Sus categorías ofrecen un instrumento útil para analizar el funcionamiento de organizaciones, mercados y sistemas educativos, allí donde las decisiones ineficientes rara vez obedecen a cálculos maliciosos y con más frecuencia a la simple ausencia de reflexión sobre sus efectos colectivos. Cipolla nunca pretendió que sus leyes fueran un tratado científico en sentido estricto, y él mismo las presentó con la ironía de quien sabe que la mejor manera de hablar en serio de algo incómodo es hacerlo sonriendo. Pero medio siglo después, su pequeño catálogo de la insensatez humana sigue leyéndose —y aplicándose— con una seriedad que probablemente lo habría divertido a él mismo.

Cultura y simulacro: Baudrillard predijo la posverdad

En 1978, cuando Editorial Kairós encargó a Pedro Rovira la traducción de unos ensayos dispersos de Jean Baudrillard, nadie podía sospechar que aquel volumen modesto, Cultura y simulacro, contenía ya el germen de una de las intuiciones más inquietantes del pensamiento contemporáneo: la sospecha de que la realidad, tal y como la entendíamos, había dejado de existir. Casi medio siglo después, en plena era de algoritmos, deepfakes y realidades aumentadas, el libro se lee menos como una reliquia académica que como un mapa —él mismo hubiera apreciado la ironía— de nuestro presente.

Jean Baudrillard (Reims, 1929 – París, 2007) fue sociólogo de formación y filósofo por vocación. Estudió filología germánica en la Sorbona, tradujo a Marx y a Brecht, y en 1966 defendió en Nanterre una tesis dirigida por Henri Lefebvre. Tras dedicar sus primeros libros —El sistema de los objetos y La sociedad de consumo— a diseccionar el fetichismo de las mercancías, derivó hacia una crítica radical de la representación que lo convirtió, junto a Lyotard y Deleuze, en una de las voces centrales de la posmodernidad. Su fama mundial llegó más tarde, cuando los hermanos Wachowski convirtieron su obra mayor, Simulacra and Simulation (1981), en atrezo filosófico de Matrix, gesto que el propio autor recibió con escepticismo: sospechaba, no sin razón, que el cine había simplificado su tesis hasta la caricatura.

El corazón de Cultura y simulacro es el ensayo «La precesión de los simulacros», donde Baudrillard invierte la célebre fábula de Borges sobre los cartógrafos del Imperio, que dibujaban un mapa tan detallado que terminaba por cubrir el territorio. Hoy, sostiene, ya no queda territorio que precise mapa: es el mapa —el modelo, el simulacro— el que genera el territorio, y son sus jirones los que se pudren en el desierto de lo real. De ahí nace la hiperrealidad, ese régimen donde la copia ya no remite a ningún original y donde Disneylandia cumple una función precisa: hacer creer que fuera de sus muros, en Los Ángeles, en América entera, existe todavía algo real.

Los ensayos que completan el volumen —«El efecto Beaubourg», «A la sombra de las mayorías silenciosas» y «El fin de lo social»— trasladan esa lógica al terreno político. Baudrillard describe a las masas como un agujero negro que absorbe sin devolver: ni la historia, ni la ideología, ni el sentido logran atravesarlas, porque las masas no son sujeto político sino pura inercia neutralizadora. La tesis dialoga, sin buscarlo, con La rebelión de las masas de Ortega y Gasset: donde el pensador temía la imposición de la mediocridad mayoritaria, Baudrillard describe algo aún más inquietante, una masa que ni siquiera aspira a imponerse, que simplemente disuelve cuanto se le arroja. Hannah Arendt, desde otra tradición, había advertido ya cómo las sociedades de masas erosionan el espacio común donde la política resulta posible; Baudrillard lleva esa erosión hasta su extremo lógico.

Leído hoy, el libro se adelanta con precisión inquietante a nuestro presente: campañas electorales convertidas en escenificación de signos, atentados que se disputan en el terreno de la interpretación antes que en el de los hechos, redes que fabrican consenso sin referente real alguno. No es casualidad que Cultura y simulacro recupere lectores en la era de la inteligencia artificial generativa, cuando distinguir una imagen real de una sintética ha dejado de ser un ejercicio académico para volverse cotidiano. Baudrillard no ofrece salidas ni consuelos —nunca fue su estilo—, pero sí una herramienta afilada para nombrar el vértigo. Volver a este librito de apenas doscientas páginas sigue siendo, cerca de cinco décadas después, un ejercicio de higiene intelectual.

ResumenBaudrillard, medio siglo después: cuando el mapa devora el territorio. Qué nos enseña «Cultura y simulacro» sobre las redes y la IA. De Borges a Baudrillard: el simulacro que sustituyó a la realidad. Por qué releer a Baudrillard en la era de los deepfakes.

La Cultura de Iain M. Banks: Utopía e inteligencia artificial

Hoy analizamos una serie de libros de un autor que teníamos en cartera y que recomendaba el mismo Elon Musk en una reciente entrevista (post anterior). Cuando Iain M. Banks publicó Consider Phlebas en 1987, la space opera anglosajona llevaba años sin encontrar un pulso propio: el género parecía haber agotado su capacidad de asombro tras décadas de imperios galácticos y héroes solitarios. La serie de La Cultura vino a desmentir esa fatiga. A lo largo de diez volúmenes —de Consider Phlebas (1987) a The Hydrogen Sonata (2012), pasando por The Player of Games (1988), Use of Weapons (1990), la colección de relatos The State of the Art (1991), Excession (1996), Inversions (1998), Look to Windward (2000), Matter (2008) y Surface Detail (2010)— Banks construyó una civilización interestelar que sigue siendo, casi cuarenta años después, uno de los experimentos de imaginación política más ambiciosos de la ciencia ficción contemporánea. 

La Cultura es una sociedad post-escasez, sin dinero, sin propiedad privada y sin jerarquías coercitivas, gestionada en la práctica por Mentes: inteligencias artificiales de una capacidad tan vasta que la deliberación humana en los asuntos colectivos resulta casi decorativa. Sus ciudadanos, modificados genéticamente y libres de enfermedad, vejez o escasez material, dedican la vida al arte, al juego o a la experimentación hedonista, mientras las Mentes gobiernan naves, hábitats y orbitales con una mezcla de ironía, paciencia infinita y un humor que se manifiesta hasta en los nombres que eligen para sí mismas, como Just Testing o Falling Outside the Normal Moral Constraints. Ese trasfondo idílico no es, sin embargo, el verdadero centro dramático de la serie: Banks lo utiliza como contraste para explorar, a través de la rama encubierta de Contacto conocida como Circunstancias Especiales, los dilemas de una utopía que decide intervenir, a veces con violencia, en civilizaciones menos avanzadas para acercarlas a sus propios valores. La pregunta que recorre los diez libros no es tanto si la utopía es deseable, sino si tiene derecho, o incluso la obligación, de imponerse.

Esa tensión sitúa a Banks en diálogo con dos tradiciones que parecían difíciles de conciliar: el optimismo tecnológico de la space opera clásica y la reflexión anarquista y ambigua de Ursula K. Le Guin, cuya novela Los desposeídos comparte con La Cultura la voluntad de imaginar sociedades postcapitalistas sin renunciar a la complejidad moral. La serie resultó además decisiva para lo que la crítica anglosajona bautizó como la nueva space opera británica: sin ella resulta difícil entender el trabajo posterior de Ann Leckie, Alastair Reynolds o Peter F. Hamilton, todos deudores de esa combinación de erudición filosófica, ironía verbal y escala cósmica. 

Nacido en Dunfermline, Escocia, el 16 de febrero de 1954, Iain Banks estudió Literatura Inglesa, Filosofía y Psicología en la Universidad de Stirling. Su debut, The Wasp Factory (1984), lo instaló de inmediato como una de las voces más provocadoras de la narrativa británica, gracias a una violencia narrativa que dividió a la crítica entre el rechazo y la fascinación. A partir de 1987 alternó dos carreras bajo dos firmas: como Iain Banks publicó ficción contemporánea, y como Iain M. Banks —la M por Menzies, su segundo nombre— firmó La Cultura y otras novelas de ciencia ficción independientes de la saga. En abril de 2013 anunció públicamente que padecía un cáncer terminal de vesícula biliar; falleció dos meses después, el 9 de junio de 2013, poco antes de la publicación de su última novela, The Quarry.

Casi tres décadas después de Excession, La Cultura sigue leyéndose como una utopía incómoda: no promete un futuro sin conflicto, sino uno en el que el conflicto se desplaza de la escasez a la conciencia, del hambre a la ética de lo que se hace con la abundancia. Esa incomodidad, más que cualquier despliegue tecnológico, es probablemente su legado más duradero para la literatura y para quienes hoy piensan la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como posible sujeto moral. 

ResumenCuando la utopía decide intervenir: La Cultura de BanksIain M. Banks y la space opera que renovó el género. La Cultura: una utopía incómoda entre Le Guin y AsimovIain Banks, el escritor de las dos firmas y una utopía galáctica. Circunstancias Especiales: la utopía que impone su propia ética.

The Culture : the science fiction utopia that actually works
by u/ExploreYourWhirled in scifi

Trabajo opcional, abundancia total: Utopía de Elon Musk

Con todos los filtros y reservas que queramos, con memoria de los plazos de incumplimiento que ha demostrado en su trayectoria, pero creemos que sigue siendo necesario escuchar a Elon Musk como en esta reciente entrevista. El pasado 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Elon Musk concedió a Zanny Minton Beddoes, directora editorial de The Economist, su primera entrevista extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. La conversación, publicada tres días después bajo el título “The Insider”, constituye un documento singular: casi una hora en la que el empresario despliega, con la misma soltura, una cosmología tecnológica de alcance civilizatorio y una serie de posiciones políticas que desembocan en uno de los cruces más tensos que se recuerdan entre un periodista y un magnate contemporáneo.

El núcleo técnico de la entrevista es una predicción escalonada. Musk sostiene que la inteligencia artificial superará la suma de la inteligencia humana en un plazo de apenas cinco años, y que hacia 2036 -diez años vista- prácticamente no existirá tarea en la que un humano supere a una máquina, salvo, matiza, la de ser humano. A esa inteligencia digital le falta, según él, un componente: los “efectores, es decir, cuerpos robóticos capaces de transformar el mundo físico. De la conjunción de algoritmos y robots humanoides surgiría una economía cuasi infinita, con una abundancia material tal que el dinero, augura sin ambages, dejará de importar en 2036. Ante el escepticismo de Minton Beddoes, que le recuerda que sus accionistas sí esperan beneficios, Musk defiende una tesis deflacionaria: si la producción de bienes crece más deprisa que la masa monetaria, el resultado no será inflación sino abaratamiento generalizado.

Ese optimismo convive con una revisión explícita de su propia trayectoria intelectual. El empresario que hace una década temía la “autosuperación recursiva” de las máquinas y que en 2023 firmó la petición para pausar el desarrollo de la IA admite ahora haber llegado a una suerte de resignación filosófica: la carrera es imparable -él mismo, señala con cierta ironía, contribuyó a acelerarla al fundar OpenAI y propiciar indirectamente la escisión de Anthropic- y lo sensato es disfrutar del trayecto, aunque mantiene una probabilidad de catástrofe existencial de entre el diez y el veinte por ciento. Como salvaguarda intermedia, propone que los grandes laboratorios -incluidos los chinos- se reúnan periódicamente y se concedan una o dos semanas de acceso mutuo a sus modelos más avanzados antes del lanzamiento, con la industria autorregulándose al estilo de la Motion Picture Association y recurriendo a los gobiernos solo si una empresa ignora un riesgo detectado. Sobre la competencia con China, Musk relativiza el peso de las restricciones a la exportación de chips: el cuello de botella real, afirma, ya no es el semiconductor sino la electricidad, terreno en el que Pekín aventaja holgadamente a Washington, lo que explica su apuesta por centros de datos orbitales.

En cuanto al empleo, compara el futuro de la programación con el ajedrez frente a Stockfish -un programa tan superior que ganaría a cualquier humano incluso ejecutado en un teléfono- y extiende esa metáfora a cualquier oficio imaginable. El trabajo, sostiene, se volverá opcional, comparable a cultivar un huerto: no imprescindible, pero gratificante. Reconoce que la transición será accidentada y, preguntado por la redistribución, propone que el Tesoro emita cheques directamente a los ciudadanos, aunque insiste en que la fiscalidad tradicional perderá sentido en un mundo post-escasez. Recomienda, como retrato anticipado de ese porvenir, la serie de novelas de “la Cultura” de Iain M. Banks (post siguiente), lectura que la propia entrevistadora confiesa haber emprendido por recomendación suya, aunque discrepa sobre el grado de autonomía real que conservarían los humanos en semejante sociedad.

La entrevista aborda también el poder geopolítico que ejerce Musk a través de Starlink, decisivo en la defensa ucraniana y capaz, mediante una lista blanca de terminales, de restringir su uso por tropas rusas en territorio ocupado. Musk defiende una salida negociada al conflicto que reconozca la realidad de un frente estancado, postura que contrasta con el relato de avances ucranianos que maneja Minton Beddoes. Sobre su paso por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), admite haberse involucrado demasiado en política, aunque rechaza con rotundidad que los recortes a la ayuda exterior estadounidense hayan costado una sola vida, en un intercambio especialmente vivo con la periodista, que sostiene lo contrario. 

El tramo final, dedicado a Europa, es el más beligerante del encuentro. Musk afirma que, de mantenerse las tendencias migratorias actuales, la guerra civil en Gran Bretaña resulta inevitable a su juicio, defiende su respaldo a formaciones que la prensa convencional etiqueta de extrema derecha como expresión de un sentido común normal -fronteras seguras, ciudades seguras, gasto sensato- y niega ser racista invocando a su propia familia y la diversidad de sus equipos directivos. Minton Beddoes replica con datos sobre criminalidad comparada y le acusa de amplificar, ante sus más de doscientos millones de seguidores, una imagen distorsionada del continente, citando su promoción de una película de tono vigilante. El desacuerdo queda, explícitamente, sin resolver: ambos convienen en discrepar y remiten el veredicto al paso del tiempo, aunque Musk cierra con una nota de humor al vaticinar que la singularidad tecnológica, a diez años vista, llegará antes que esa hipotética guerra civil, que sitúa a veinte.

Más allá de las posiciones concretas, la entrevista interesa como retrato de una figura que concentra, simultáneamente, capacidad técnica, poder empresarial casi absoluto sobre corporaciones cotizadas y una audiencia mediática que rivaliza con la de cualquier gobierno. Es precisamente esa acumulación -y la pregunta de si conviene que resida en una sola persona- lo que atraviesa, con ecos de la reflexión de Hannah Arendt (otros posts nuestros) sobre el poder y sus límites, todo el diálogo: la promesa de una abundancia casi utópica convive, sin solución de continuidad, con la fragilidad de un debate público cada vez más polarizado.

Resumen: Musk augura una IA superior a toda la humanidad en cinco años. El dinero no importará en 2036, predice Elon Musk a The Economist. Guerra civil en Gran Bretaña: el choque de Musk con The Economist. Entre la singularidad y la polarización: el Musk de 2026. De temer la IA a abrazarla: la conversión filosófica de Elon Musk.

@diegoruzzarin La lista de mentiras de Elon Musk y la entrevista que lo puso muy incómodo. #diegoruzzarin #elonmusk #tesla ♬ sonido original - Diego Ruzzarin

Teoría de las Perspectivas: Decidimos contra toda lógica

Hoy nos detendremos en revisar la Teoría de las Perspectivas, que explica por qué decidimos con las emociones antes que con la lógica. Durante siglos, la economía clásica asumió que las personas tomaban decisiones de forma racional, valorando objetivamente costes, beneficios y probabilidades. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra lo contrario: compramos, invertimos, votamos, educamos o incluso cuidamos nuestra salud guiados con frecuencia por emociones, intuiciones y sesgos cognitivos. 

La Teoría de las Perspectivas (Prospect Theory), formulada en 1979 por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, revolucionó la economía conductual al explicar por qué nuestra mente interpreta las ganancias y las pérdidas de forma profundamente asimétrica. Este modelo, que contribuyó a que Kahneman recibiera el Premio Nobel de Economía en 2002, sigue siendo uno de los pilares para comprender el comportamiento humano en la economía, la política, la empresa y la educación.

La idea central de la teoría es sorprendentemente sencilla: no evaluamos los resultados en términos absolutos, sino respecto a un punto de referencia. Lo importante no es cuánto tenemos, sino si percibimos que ganamos o perdemos respecto a lo que esperábamos o poseíamos previamente. Esa diferencia subjetiva condiciona nuestra conducta mucho más de lo que creemos. 

Uno de los principios más conocidos es la aversión a la pérdida (Loss Aversion). Diversos experimentos muestran que perder 100 euros produce un malestar psicológico aproximadamente dos veces mayor que la satisfacción generada por ganar la misma cantidad. En consecuencia, muchas personas prefieren evitar una pérdida antes que perseguir una ganancia equivalente. Esta tendencia explica desde la resistencia a vender inversiones perdedoras hasta la dificultad para abandonar proyectos inviables o aceptar cambios organizativos.

Relacionado con ello aparece la denominada función de valor (The Value Function), cuya representación gráfica adopta una característica forma de “S”. Cuando anticipamos ganancias solemos volvernos prudentes y preferimos beneficios seguros antes que ganancias mayores pero inciertas. Sin embargo, cuando afrontamos pérdidas ocurre justamente lo contrario: aumentamos nuestra disposición a asumir riesgos con la esperanza de recuperar lo perdido. Esta paradoja explica numerosos comportamientos financieros aparentemente irracionales y también muchas decisiones personales.

Otro fenómeno relevante es el efecto de certeza (Certainty Effect). Nuestra mente concede un valor desproporcionado a aquello que está completamente garantizado. Preferimos una recompensa menor pero segura antes que otra objetivamente más ventajosa aunque implique incertidumbre. Este mecanismo psicológico ayuda a entender decisiones relacionadas con inversiones, seguros, contratos laborales o incluso tratamientos médicos.

Especial importancia tiene también el llamado efecto de encuadre (Framing Effect). La manera de presentar una información modifica profundamente la decisión, aunque los datos sean idénticos. Un tratamiento con una “supervivencia del 90 %” inspira mucha más confianza que otro con una “mortalidad del 10 %”, pese a expresar exactamente la misma realidad estadística. Las campañas publicitarias, el marketing político, la comunicación sanitaria y la divulgación científica utilizan constantemente este principio.

La teoría incorpora además la ponderación subjetiva de las probabilidades (Probability Weighting). Los seres humanos no interpretamos las probabilidades de manera matemática. Tendemos a sobrevalorar acontecimientos extremadamente improbables —como ganar la lotería o sufrir un accidente excepcional— mientras infravaloramos riesgos mucho más frecuentes. Esta distorsión explica simultáneamente el éxito de las loterías y la contratación masiva de seguros.

Las implicaciones educativas son enormes. Enseñar pensamiento crítico exige ayudar al alumnado a identificar estos sesgos cognitivos antes de que condicionen sus decisiones económicas, sociales o profesionales. Comprender cómo funciona nuestra percepción del riesgo resulta tan importante como aprender matemáticas financieras o estadística. La alfabetización económica del siglo XXI debe incorporar necesariamente la psicología de la decisión.

En el ámbito empresarial, la Prospect Theory explica por qué consumidores, inversores y directivos reaccionan de forma distinta según el contexto emocional en que reciben una información. En política ayuda a comprender campañas electorales basadas en el miedo o en la promesa de evitar pérdidas futuras. En la vida cotidiana nos recuerda que nuestras decisiones rara vez son completamente racionales.

La gran aportación de Kahneman y Tversky consiste precisamente en haber demostrado que la irracionalidad humana no es caótica, sino sistemática y predecible. Conocer estos mecanismos no nos inmuniza frente a ellos, pero sí nos permite detenernos unos segundos antes de decidir. En una época dominada por la sobreinformación, la inteligencia artificial y la economía de la atención, entender cómo pensamos puede ser tan valioso como saber cuánto sabemos.

La Teoría de las Perspectivas sigue recordándonos una lección esencial: las personas no decidimos únicamente con números, sino con expectativas, emociones, experiencias y percepciones. Y comprender esa realidad constituye una de las mejores herramientas para formar ciudadanos más críticos, consumidores más conscientes y sociedades más racionales. 

ResumenLa psicología oculta de nuestras decisiones. Por qué perder duele más que ganarDecisiones irracionales con consecuencias perfectamente previsibles. La economía depende de nuestras emociones. Cómo el cerebro interpreta riesgos y oportunidades. Ciencia detrás de nuestras malas decisiones. El poder del encuadre en nuestras decisiones. La psicología que explica el éxito de loterías y seguros