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Las 5 leyes de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla

Es un post que prometimos, por duplicado, hace más de un año: Las cinco leyes de Cipolla, o por qué subestimamos siempre la estupidez. En 1976 el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, profesor durante décadas en Berkeley y reconocido por sus estudios sobre la peste negra, la demografía preindustrial y la historia monetaria del Mediterráneo, se permitió un ejercicio insólito: aplicar el rigor de su oficio a un objeto de estudio que la ciencia social solía esquivar por pudor, la estupidez humana. El resultado, un breve ensayo titulado Le leggi fondamentali della stupidità umana, circuló primero de forma casi clandestina entre colegas y amigos antes de convertirse en un clásico menor de la literatura económica, citado hoy con la misma seriedad con que se cita a Adam Smith o a Max Weber

La originalidad de Cipolla no reside tanto en el humor —templado, socarrón, muy en la tradición del ensayo italiano— como en el método. Construye un plano cartesiano donde el eje horizontal mide la ganancia o pérdida que una acción reporta a quien la ejecuta, y el eje vertical, la ganancia o pérdida que reporta a los demás. En ese espacio de cuatro cuadrantes distingue al inteligente, que beneficia a la vez a sí mismo y a la colectividad; al bandido, que se beneficia a costa ajena; al incauto o «desdichado», que beneficia a otros perjudicándose a sí mismo; y, por último, al estúpido, definido con una precisión casi notarial como quien causa daño a otra persona o grupo sin obtener provecho alguno, e incluso perjudicándose él mismo en el proceso.

Sobre esta matriz erige sus cinco leyes. La primera advierte que siempre, inevitable e imperceptiblemente, subestimamos el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda —quizá la más incómoda— sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya: ni el título universitario, ni la posición social, ni la pertenencia a una élite ilustrada inmunizan contra ella. La tercera formula la definición ya citada, el corazón técnico del sistema. La cuarta observa que quienes no son estúpidos suelen subestimar sistemáticamente el poder de daño de quienes sí lo son, olvidando que tratar con un estúpido resulta, tarde o temprano, ruinoso. La quinta y última ley, la más provocadora, proclama que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más incluso que el bandido.

Primera ley: Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos. La primera afirmación sostiene que todos subestimamos inevitablemente el número de personas estúpidas que existen. Incluso cuando creemos haber realizado una estimación prudente, la realidad acaba sorprendiéndonos. La observación contiene una advertencia educativa: la inteligencia, la cultura, la posición social o la formación académica no garantizan que una persona vaya a actuar racionalmente en todas las circunstancias. 

Segunda ley: La estupidez no depende de otras característicasLa segunda ley afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal. Para Cipolla, la estupidez aparece en todos los estratos sociales, profesiones, niveles económicos y grados de educación. La provocación es deliberada: obliga a abandonar la cómoda idea de que determinados grupos poseen un monopolio de la racionalidad. 

Tercera ley: La definición económica de la estupidezEsta es la pieza central de la teoría. Cipolla considera estúpida a la persona que causa un perjuicio a otra persona o grupo sin obtener con ello ningún beneficio para sí misma, e incluso pudiendo resultar perjudicadaEl criterio no es, por tanto, cuánto sabe alguien, sino qué consecuencias produce su conductaCipolla construye así una matriz basada en dos variables: beneficio o perjuicio propio y beneficio o perjuicio ajeno. De ella surgen cuatro categorías: quienes benefician a los demás y a sí mismos; quienes benefician a otros a costa de sí mismos; quienes buscan su propio beneficio perjudicando a otros; y, finalmente, quienes perjudican a otros sin obtener beneficio propio. 

Cuarta ley: Infravaloramos el poder destructivoLa cuarta ley sostiene que las personas no estúpidas subestiman constantemente el potencial dañino de la estupidez. El problema no reside únicamente en la existencia de comportamientos irracionales, sino en nuestra dificultad para anticiparlos. En economía, política, educación o gestión institucional, una decisión aparentemente absurda puede generar costes muy superiores a los previstos cuando afecta a muchas personas o se incorpora a sistemas complejos. 

Quinta ley: La estupidez es especialmente peligrosaLa quinta ley lleva el argumento a su conclusión más provocadora: la persona estúpida constituye el tipo humano más peligroso. Su célebre corolario afirma que el estúpido puede resultar más peligroso que el malvado. La razón es sencilla dentro del modelo de Cipolla: el malvado persigue un beneficio y, por ello, su comportamiento puede ser parcialmente previsible. El estúpido, en cambio, puede provocar daños sin obtener ninguna compensación. 

Esa jerarquía merece detenerse en ella. Cipolla razona como economista: el bandido es previsible, porque su cálculo de beneficio propio permite anticipar su conducta y, en cierta medida, negociar con él o protegerse de él. El estúpido, en cambio, actúa sin lógica de beneficio, lo que vuelve su comportamiento errático e imposible de prever, y por tanto más costoso para el conjunto social. 

Leído hoy, el ensayo de Cipolla trasciende la boutade universitaria. Sus categorías ofrecen un instrumento útil para analizar el funcionamiento de organizaciones, mercados y sistemas educativos, allí donde las decisiones ineficientes rara vez obedecen a cálculos maliciosos y con más frecuencia a la simple ausencia de reflexión sobre sus efectos colectivos. Cipolla nunca pretendió que sus leyes fueran un tratado científico en sentido estricto, y él mismo las presentó con la ironía de quien sabe que la mejor manera de hablar en serio de algo incómodo es hacerlo sonriendo. Pero medio siglo después, su pequeño catálogo de la insensatez humana sigue leyéndose —y aplicándose— con una seriedad que probablemente lo habría divertido a él mismo.

Cultura y simulacro: Baudrillard predijo la posverdad

En 1978, cuando Editorial Kairós encargó a Pedro Rovira la traducción de unos ensayos dispersos de Jean Baudrillard, nadie podía sospechar que aquel volumen modesto, Cultura y simulacro, contenía ya el germen de una de las intuiciones más inquietantes del pensamiento contemporáneo: la sospecha de que la realidad, tal y como la entendíamos, había dejado de existir. Casi medio siglo después, en plena era de algoritmos, deepfakes y realidades aumentadas, el libro se lee menos como una reliquia académica que como un mapa —él mismo hubiera apreciado la ironía— de nuestro presente.

Jean Baudrillard (Reims, 1929 – París, 2007) fue sociólogo de formación y filósofo por vocación. Estudió filología germánica en la Sorbona, tradujo a Marx y a Brecht, y en 1966 defendió en Nanterre una tesis dirigida por Henri Lefebvre. Tras dedicar sus primeros libros —El sistema de los objetos y La sociedad de consumo— a diseccionar el fetichismo de las mercancías, derivó hacia una crítica radical de la representación que lo convirtió, junto a Lyotard y Deleuze, en una de las voces centrales de la posmodernidad. Su fama mundial llegó más tarde, cuando los hermanos Wachowski convirtieron su obra mayor, Simulacra and Simulation (1981), en atrezo filosófico de Matrix, gesto que el propio autor recibió con escepticismo: sospechaba, no sin razón, que el cine había simplificado su tesis hasta la caricatura.

El corazón de Cultura y simulacro es el ensayo «La precesión de los simulacros», donde Baudrillard invierte la célebre fábula de Borges sobre los cartógrafos del Imperio, que dibujaban un mapa tan detallado que terminaba por cubrir el territorio. Hoy, sostiene, ya no queda territorio que precise mapa: es el mapa —el modelo, el simulacro— el que genera el territorio, y son sus jirones los que se pudren en el desierto de lo real. De ahí nace la hiperrealidad, ese régimen donde la copia ya no remite a ningún original y donde Disneylandia cumple una función precisa: hacer creer que fuera de sus muros, en Los Ángeles, en América entera, existe todavía algo real.

Los ensayos que completan el volumen —«El efecto Beaubourg», «A la sombra de las mayorías silenciosas» y «El fin de lo social»— trasladan esa lógica al terreno político. Baudrillard describe a las masas como un agujero negro que absorbe sin devolver: ni la historia, ni la ideología, ni el sentido logran atravesarlas, porque las masas no son sujeto político sino pura inercia neutralizadora. La tesis dialoga, sin buscarlo, con La rebelión de las masas de Ortega y Gasset: donde el pensador temía la imposición de la mediocridad mayoritaria, Baudrillard describe algo aún más inquietante, una masa que ni siquiera aspira a imponerse, que simplemente disuelve cuanto se le arroja. Hannah Arendt, desde otra tradición, había advertido ya cómo las sociedades de masas erosionan el espacio común donde la política resulta posible; Baudrillard lleva esa erosión hasta su extremo lógico.

Leído hoy, el libro se adelanta con precisión inquietante a nuestro presente: campañas electorales convertidas en escenificación de signos, atentados que se disputan en el terreno de la interpretación antes que en el de los hechos, redes que fabrican consenso sin referente real alguno. No es casualidad que Cultura y simulacro recupere lectores en la era de la inteligencia artificial generativa, cuando distinguir una imagen real de una sintética ha dejado de ser un ejercicio académico para volverse cotidiano. Baudrillard no ofrece salidas ni consuelos —nunca fue su estilo—, pero sí una herramienta afilada para nombrar el vértigo. Volver a este librito de apenas doscientas páginas sigue siendo, cerca de cinco décadas después, un ejercicio de higiene intelectual.

ResumenBaudrillard, medio siglo después: cuando el mapa devora el territorio. Qué nos enseña «Cultura y simulacro» sobre las redes y la IA. De Borges a Baudrillard: el simulacro que sustituyó a la realidad. Por qué releer a Baudrillard en la era de los deepfakes.

La Cultura de Iain M. Banks: Utopía e inteligencia artificial

Hoy analizamos una serie de libros de un autor que teníamos en cartera y que recomendaba el mismo Elon Musk en una reciente entrevista (post anterior). Cuando Iain M. Banks publicó Consider Phlebas en 1987, la space opera anglosajona llevaba años sin encontrar un pulso propio: el género parecía haber agotado su capacidad de asombro tras décadas de imperios galácticos y héroes solitarios. La serie de La Cultura vino a desmentir esa fatiga. A lo largo de diez volúmenes —de Consider Phlebas (1987) a The Hydrogen Sonata (2012), pasando por The Player of Games (1988), Use of Weapons (1990), la colección de relatos The State of the Art (1991), Excession (1996), Inversions (1998), Look to Windward (2000), Matter (2008) y Surface Detail (2010)— Banks construyó una civilización interestelar que sigue siendo, casi cuarenta años después, uno de los experimentos de imaginación política más ambiciosos de la ciencia ficción contemporánea. 

La Cultura es una sociedad post-escasez, sin dinero, sin propiedad privada y sin jerarquías coercitivas, gestionada en la práctica por Mentes: inteligencias artificiales de una capacidad tan vasta que la deliberación humana en los asuntos colectivos resulta casi decorativa. Sus ciudadanos, modificados genéticamente y libres de enfermedad, vejez o escasez material, dedican la vida al arte, al juego o a la experimentación hedonista, mientras las Mentes gobiernan naves, hábitats y orbitales con una mezcla de ironía, paciencia infinita y un humor que se manifiesta hasta en los nombres que eligen para sí mismas, como Just Testing o Falling Outside the Normal Moral Constraints. Ese trasfondo idílico no es, sin embargo, el verdadero centro dramático de la serie: Banks lo utiliza como contraste para explorar, a través de la rama encubierta de Contacto conocida como Circunstancias Especiales, los dilemas de una utopía que decide intervenir, a veces con violencia, en civilizaciones menos avanzadas para acercarlas a sus propios valores. La pregunta que recorre los diez libros no es tanto si la utopía es deseable, sino si tiene derecho, o incluso la obligación, de imponerse.

Esa tensión sitúa a Banks en diálogo con dos tradiciones que parecían difíciles de conciliar: el optimismo tecnológico de la space opera clásica y la reflexión anarquista y ambigua de Ursula K. Le Guin, cuya novela Los desposeídos comparte con La Cultura la voluntad de imaginar sociedades postcapitalistas sin renunciar a la complejidad moral. La serie resultó además decisiva para lo que la crítica anglosajona bautizó como la nueva space opera británica: sin ella resulta difícil entender el trabajo posterior de Ann Leckie, Alastair Reynolds o Peter F. Hamilton, todos deudores de esa combinación de erudición filosófica, ironía verbal y escala cósmica. 

Nacido en Dunfermline, Escocia, el 16 de febrero de 1954, Iain Banks estudió Literatura Inglesa, Filosofía y Psicología en la Universidad de Stirling. Su debut, The Wasp Factory (1984), lo instaló de inmediato como una de las voces más provocadoras de la narrativa británica, gracias a una violencia narrativa que dividió a la crítica entre el rechazo y la fascinación. A partir de 1987 alternó dos carreras bajo dos firmas: como Iain Banks publicó ficción contemporánea, y como Iain M. Banks —la M por Menzies, su segundo nombre— firmó La Cultura y otras novelas de ciencia ficción independientes de la saga. En abril de 2013 anunció públicamente que padecía un cáncer terminal de vesícula biliar; falleció dos meses después, el 9 de junio de 2013, poco antes de la publicación de su última novela, The Quarry.

Casi tres décadas después de Excession, La Cultura sigue leyéndose como una utopía incómoda: no promete un futuro sin conflicto, sino uno en el que el conflicto se desplaza de la escasez a la conciencia, del hambre a la ética de lo que se hace con la abundancia. Esa incomodidad, más que cualquier despliegue tecnológico, es probablemente su legado más duradero para la literatura y para quienes hoy piensan la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como posible sujeto moral. 

ResumenCuando la utopía decide intervenir: La Cultura de BanksIain M. Banks y la space opera que renovó el género. La Cultura: una utopía incómoda entre Le Guin y AsimovIain Banks, el escritor de las dos firmas y una utopía galáctica. Circunstancias Especiales: la utopía que impone su propia ética.

The Culture : the science fiction utopia that actually works
by u/ExploreYourWhirled in scifi

Trabajo opcional, abundancia total: Utopía de Elon Musk

Con todos los filtros y reservas que queramos, con memoria de los plazos de incumplimiento que ha demostrado en su trayectoria, pero creemos que sigue siendo necesario escuchar a Elon Musk como en esta reciente entrevista. El pasado 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Elon Musk concedió a Zanny Minton Beddoes, directora editorial de The Economist, su primera entrevista extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. La conversación, publicada tres días después bajo el título “The Insider”, constituye un documento singular: casi una hora en la que el empresario despliega, con la misma soltura, una cosmología tecnológica de alcance civilizatorio y una serie de posiciones políticas que desembocan en uno de los cruces más tensos que se recuerdan entre un periodista y un magnate contemporáneo.

El núcleo técnico de la entrevista es una predicción escalonada. Musk sostiene que la inteligencia artificial superará la suma de la inteligencia humana en un plazo de apenas cinco años, y que hacia 2036 -diez años vista- prácticamente no existirá tarea en la que un humano supere a una máquina, salvo, matiza, la de ser humano. A esa inteligencia digital le falta, según él, un componente: los “efectores, es decir, cuerpos robóticos capaces de transformar el mundo físico. De la conjunción de algoritmos y robots humanoides surgiría una economía cuasi infinita, con una abundancia material tal que el dinero, augura sin ambages, dejará de importar en 2036. Ante el escepticismo de Minton Beddoes, que le recuerda que sus accionistas sí esperan beneficios, Musk defiende una tesis deflacionaria: si la producción de bienes crece más deprisa que la masa monetaria, el resultado no será inflación sino abaratamiento generalizado.

Ese optimismo convive con una revisión explícita de su propia trayectoria intelectual. El empresario que hace una década temía la “autosuperación recursiva” de las máquinas y que en 2023 firmó la petición para pausar el desarrollo de la IA admite ahora haber llegado a una suerte de resignación filosófica: la carrera es imparable -él mismo, señala con cierta ironía, contribuyó a acelerarla al fundar OpenAI y propiciar indirectamente la escisión de Anthropic- y lo sensato es disfrutar del trayecto, aunque mantiene una probabilidad de catástrofe existencial de entre el diez y el veinte por ciento. Como salvaguarda intermedia, propone que los grandes laboratorios -incluidos los chinos- se reúnan periódicamente y se concedan una o dos semanas de acceso mutuo a sus modelos más avanzados antes del lanzamiento, con la industria autorregulándose al estilo de la Motion Picture Association y recurriendo a los gobiernos solo si una empresa ignora un riesgo detectado. Sobre la competencia con China, Musk relativiza el peso de las restricciones a la exportación de chips: el cuello de botella real, afirma, ya no es el semiconductor sino la electricidad, terreno en el que Pekín aventaja holgadamente a Washington, lo que explica su apuesta por centros de datos orbitales.

En cuanto al empleo, compara el futuro de la programación con el ajedrez frente a Stockfish -un programa tan superior que ganaría a cualquier humano incluso ejecutado en un teléfono- y extiende esa metáfora a cualquier oficio imaginable. El trabajo, sostiene, se volverá opcional, comparable a cultivar un huerto: no imprescindible, pero gratificante. Reconoce que la transición será accidentada y, preguntado por la redistribución, propone que el Tesoro emita cheques directamente a los ciudadanos, aunque insiste en que la fiscalidad tradicional perderá sentido en un mundo post-escasez. Recomienda, como retrato anticipado de ese porvenir, la serie de novelas de “la Cultura” de Iain M. Banks (post siguiente), lectura que la propia entrevistadora confiesa haber emprendido por recomendación suya, aunque discrepa sobre el grado de autonomía real que conservarían los humanos en semejante sociedad.

La entrevista aborda también el poder geopolítico que ejerce Musk a través de Starlink, decisivo en la defensa ucraniana y capaz, mediante una lista blanca de terminales, de restringir su uso por tropas rusas en territorio ocupado. Musk defiende una salida negociada al conflicto que reconozca la realidad de un frente estancado, postura que contrasta con el relato de avances ucranianos que maneja Minton Beddoes. Sobre su paso por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), admite haberse involucrado demasiado en política, aunque rechaza con rotundidad que los recortes a la ayuda exterior estadounidense hayan costado una sola vida, en un intercambio especialmente vivo con la periodista, que sostiene lo contrario. 

El tramo final, dedicado a Europa, es el más beligerante del encuentro. Musk afirma que, de mantenerse las tendencias migratorias actuales, la guerra civil en Gran Bretaña resulta inevitable a su juicio, defiende su respaldo a formaciones que la prensa convencional etiqueta de extrema derecha como expresión de un sentido común normal -fronteras seguras, ciudades seguras, gasto sensato- y niega ser racista invocando a su propia familia y la diversidad de sus equipos directivos. Minton Beddoes replica con datos sobre criminalidad comparada y le acusa de amplificar, ante sus más de doscientos millones de seguidores, una imagen distorsionada del continente, citando su promoción de una película de tono vigilante. El desacuerdo queda, explícitamente, sin resolver: ambos convienen en discrepar y remiten el veredicto al paso del tiempo, aunque Musk cierra con una nota de humor al vaticinar que la singularidad tecnológica, a diez años vista, llegará antes que esa hipotética guerra civil, que sitúa a veinte.

Más allá de las posiciones concretas, la entrevista interesa como retrato de una figura que concentra, simultáneamente, capacidad técnica, poder empresarial casi absoluto sobre corporaciones cotizadas y una audiencia mediática que rivaliza con la de cualquier gobierno. Es precisamente esa acumulación -y la pregunta de si conviene que resida en una sola persona- lo que atraviesa, con ecos de la reflexión de Hannah Arendt (otros posts nuestros) sobre el poder y sus límites, todo el diálogo: la promesa de una abundancia casi utópica convive, sin solución de continuidad, con la fragilidad de un debate público cada vez más polarizado.

Resumen: Musk augura una IA superior a toda la humanidad en cinco años. El dinero no importará en 2036, predice Elon Musk a The Economist. Guerra civil en Gran Bretaña: el choque de Musk con The Economist. Entre la singularidad y la polarización: el Musk de 2026. De temer la IA a abrazarla: la conversión filosófica de Elon Musk.

@diegoruzzarin La lista de mentiras de Elon Musk y la entrevista que lo puso muy incómodo. #diegoruzzarin #elonmusk #tesla ♬ sonido original - Diego Ruzzarin

H. L. Mencken: Iconoclasta de Baltimore que se rió de todo

Pocas plumas han combinado el rigor periodístico con la mordacidad como la de Henry Louis Mencken (otros posts), nacido en Baltimore el 12 de septiembre de 1880 y fallecido en la misma ciudad el 29 de enero de 1956. Hijo de un fabricante de tabaco de origen alemán, Mencken fue un autodidacta voraz: la lectura de Huckleberry Finn y la imprenta de juguete que le regaló su padre marcaron su vocación temprana por la escritura. 

Trabajó brevemente en el negocio familiar hasta la muerte de su padre en 1899, momento en el que, sin perder un solo día, se lanzó al periodismo en el Baltimore Morning Herald. En 1906 se incorporó al Baltimore Sun, diario con el que mantendría un vínculo casi vitalicio, y en 1908 empezó a ejercer la crítica literaria en la revista The Smart Set. En 1924 fundó su propia publicación, The American Mercury, que alcanzó rápidamente difusión nacional y lo consolidó como uno de los intelectuales más influyentes de la América de entreguerras.

Su hito periodístico más recordado fue la cobertura del célebre Juicio del Mono (Scopes Trial) de 1925 en Tennessee, donde un profesor fue procesado por enseñar la teoría de la evolución. Mencken bautizó el proceso con ese apodo burlón y convirtió sus crónicas en un ejercicio de sátira feroz contra el fundamentalismo religioso y la estrechez de miras provinciana. Fue amigo cercano de figuras como Theodore Dreiser, F. Scott Fitzgerald y el editor Alfred Knopf, y se erigió en defensor incondicional de la libertad de expresión y de conciencia, en una época en la que ambas se veían constantemente amenazadas por la censura moral.

Lo que hace de Mencken una lectura tan vigente cien años después no es solo su biografía, sino su estilo: un humor corrosivo que convertía cada frase en un dardo. Sobre la democracia, escribió que es la creencia de que la gente común sabe lo que quiere y merece conseguirlo, para bien o para mal. Definió el puritanismo como el temor obsesivo de que, en algún lugar, alguien pudiera ser feliz. Advirtió que ante todo problema complejo existe siempre una respuesta sencilla, clara... y equivocada. Y describió al cínico como aquel que, al oler unas flores, busca instintivamente el ataúd cercano. Su escepticismo alcanzaba también a la política institucional: llegó a sostener que todo gobierno es, en esencia, una forma de explotación organizada, y que un buen político resulta tan improbable como un ladrón honesto.

Algunas de sus citas más célebres: "El amor es el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia." "La conciencia es la voz interior que nos advierte de que alguien podría estar mirando." "Un idealista es quien, al notar que una rosa huele mejor que una col, concluye que también hará mejor sopa." "El puritano es alguien que vive con el miedo permanente de que otra persona pueda estar divirtiéndose." "El objetivo práctico de la política consiste en mantener a la población alarmada mediante una interminable serie de amenazas, la mayoría imaginarias." "Nadie se ha arruinado jamás subestimando la inteligencia del público." 

Mencken no se libró de la controversia: sus posturas sobre raza y su tono a veces despiadado le valieron críticas que persisten en las relecturas contemporáneas de su obra, un matiz necesario para entender a un autor que nunca buscó ser complaciente. En la década de 1940 publicó su trilogía autobiográfica —Happy Days, Newspaper Days y Heathen Days— donde repasó con la misma ironía su propia vida. En 1948 sufrió un derrame cerebral que lo dejó consciente pero incapaz de leer o escribir, una ironía cruel para quien había vivido de la palabra; pasó sus últimos años escuchando música clásica y hablando de sí mismo en pasado, como si ya hubiera muerto. Fue enterrado en el cementerio de Loudon Park, bajo un epitafio que él mismo redactó y que pedía, en lugar de lágrimas, comprensión hacia un pecador y un guiño a alguna joven poco agraciada.

Rival de Ambrose Bierce y Mark Twain en el arte del aforismo estadounidense, Mencken sigue siendo hoy una referencia obligada para entender el periodismo de opinión, el escepticismo ante el poder y el uso del ingenio como herramienta de crítica social. En tiempos de polarización y de eslóganes vacíos, releer al Sabio de Baltimore es un ejercicio saludable de humildad intelectual disfrazada de carcajada.

ResumenCitas mordaces y vida del periodista más temido de América. El humor corrosivo de Mencken, cien años después. Retrato del hombre que "lo odiaba todo" con estilo.

El legado póstumo de Bolaño y su novela total, 2666

Cuando Roberto Bolaño murió en 2003, dejó tras de sí un manuscrito descomunal que sus editores decidieron publicar como una sola obra, en contra de su voluntad expresa de dividirla en cinco libros independientes para asegurar el sustento económico de sus hijos. Esa tensión entre la voluntad del autor y la decisión editorial ya anticipa algo esencial de 2666: es una novela que se resiste a la unidad, que se fragmenta y se recompone constantemente, y que exige del lector una entrega casi física ante sus más de mil páginas.

La estructura de la novela, dividida en cinco partes que pueden leerse de manera relativamente autónoma, ha generado desde su publicación un debate crítico persistente sobre su naturaleza: ¿es una novela total, heredera del ambicioso proyecto de Los detectives salvajes, o es más bien un archipiélago de relatos unidos por una gravedad común? La parte de los críticos, la parte de Amalfitano, la parte de Fate, la parte de los crímenes y la parte de Archimboldi funcionan como satélites que orbitan alrededor de un centro oscuro: la ciudad ficticia de Santa Teresa, trasunto evidente de Ciudad Juárez, y los feminicidios que allí se suceden con una impunidad sistemática.

La parte de los crímenes es, sin duda, el corazón moral y estético del libro, y también su zona más discutida. Bolaño narra allí, con una prosa deliberadamente forense y repetitiva, el hallazgo de decenas de cadáveres de mujeres asesinadas, en un catálogo que roza lo insoportable precisamente por su sequedad administrativa. Esta estrategia narrativa ha sido leída como un gesto ético radical: al negarse a la truculencia o al sentimentalismo, Bolaño obliga al lector a confrontar la banalización de la violencia y la complicidad institucional que la perpetúa, sin ofrecerle el consuelo narrativo de una resolución.

El resto de la novela funciona como una vasta constelación de digresiones, historias secundarias y personajes que aparecen y desaparecen sin que sus tramas se cierren del todo. Esta arquitectura errática no es un defecto, sino el método bolañesco por excelencia: la literatura entendida como un mal infinito, como escribió el propio autor, que se extiende y contamina todo lo que toca. El escritor alemán Benno von Archimboldi, cuya identidad y paradero atraviesan la novela como un enigma que nunca termina de resolverse del todo, encarna la idea de que la literatura puede ser, simultáneamente, refugio y abismo, vocación y maldición.

2666 puede leerse también como una reflexión sobre el mal en el siglo XX y sus prolongaciones contemporáneas, un mal que no se agota en el nazismo evocado a través de Archimboldi ni en los crímenes de Santa Teresa, sino que parece infiltrarse en las estructuras mismas del lenguaje y de la razón académica, representada con ironía corrosiva en la parte de los críticos. La erudición, la crítica literaria, el mundo universitario, aparecen aquí sometidos a una mirada escéptica que no excluye la ternura hacia sus personajes, siempre a medio camino entre la comedia y la desolación.

Casi dos décadas después de su publicación póstuma, 2666 se ha consolidado como una de las novelas centrales de la literatura hispanoamericana del siglo XXI, un texto que desafía las categorías de género y que sigue generando lecturas divergentes. Su ambición totalizadora, su negativa a ofrecer consuelo y su fe obstinada en la literatura como forma de conocimiento la convierten en una obra que no se cierra nunca del todo, como si el propio libro hubiera heredado la estructura inconclusa de la búsqueda que narra. 

Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 – Barcelona, 2003) creció entre Chile y México, país donde llegó en 1968 y donde se vinculó a los círculos literarios de vanguardia, fundando junto a Mario Santiago Papasquiaro el movimiento infrarrealista, una reacción irreverente contra el stablishment poético mexicano de la época. Regresó brevemente a Chile en 1973, donde fue detenido tras el golpe de Pinochet, episodio que marcaría buena parte de su imaginario posterior sobre la violencia y el exilio.

Se instaló definitivamente en España en 1977, primero en Francia y luego en Cataluña, donde combinó trabajos precarios —vendimiador, vigilante nocturno, lavaplatos— con una escritura poética que durante años no le proporcionó reconocimiento ni sustento. Solo a partir de los años noventa, ya instalado en la narrativa, comenzó a construir la obra que lo consagraría: La literatura nazi en América (1996), Estrella distante (1996) y, sobre todo, Los detectives salvajes (1998), que obtuvo el Premio Rómulo Gallegos y lo situó como una de las voces mayores de la literatura en español.

Diagnosticado de una grave enfermedad hepática, Bolaño escribió sus últimos años contra el tiempo, dejando inconclusa a su muerte la novela 2666, publicada póstumamente en 2004. Su obra, marcada por el exilio, la amistad literaria, la violencia política y una fe inquebrantable en la literatura como forma de resistencia, lo ha convertido en una referencia ineludible de las letras hispanoamericanas contemporáneas.

Resumen2666: la novela como abismo total de Bolaño. La parte de los crímenes: ética y violencia en 2666. Archimboldi, el enigma que sostiene toda la novela. Cinco libros, una sola herida abierta. La erudición bajo sospecha en el universo de Bolaño. Por qué 2666 sigue desafiando las categorías del género.

@andresmurillorico #literatura #booktokenespañol #lecturas #RobertoBolaño ♬ Epic Music(863502) - Draganov89

Marcha Radetzky: compás que aplaude su propia contradicción

Repasaremos el álbum musical que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts). Cada 1 de enero, cuando el reloj del Musikverein vienés marca el final del Concierto de Año Nuevo, miles de espectadores en todo el mundo comienzan a batir palmas al compás de una pieza que dura apenas dos minutos y medio. Pocos de ellos —quizá ni siquiera los japoneses que la corean con más entusiasmo, como se ha señalado con cierta ironía— se detienen a pensar en lo que están celebrando. La Marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss padre en 1848 en honor al mariscal de campo austríaco conde Joseph Wenzel Radetzky, es mucho más que un bis festivo: es un artefacto sonoro donde se condensan las tensiones no resueltas de un imperio y, por extensión, de toda modernidad que celebra sin memoria.

El contexto de su composición resulta decisivo (otros posts). El 31 de agosto de 1848 se celebró una fiesta en el Wasserglacis de Viena, y Strauss padre recibió el encargo de contribuir con una composición, justo en el año revolucionario que sacudía Europa entera. Strauss se posicionó claramente del lado de los leales al emperador, en contraste con su propio hijo, que simpatizaba con los revolucionarios. Ese enfrentamiento doméstico —padre e hijo en bandos opuestos de la historia— anticipa ya el destino ambiguo de la pieza. Radetzky había derrotado al ejército sardo en la batalla de Custozza el 25 de julio de 1848, a la edad de 81 años, consolidando el poder austríaco en el norte de Italia y fortaleciendo a las fuerzas conservadoras frente a los levantamientos liberales surgidos tras la Revolución de Marzo.

Aquí reside la paradoja que interesa a cualquier lector atento a la relación entre estética y poder: la marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austríaco, pero cuando Radetzky tomó parte después en la represión del movimiento revolucionario en el propio territorio austríaco, la pieza pasó a ser vista como símbolo reaccionario. Strauss padre, recordemos, no era ajeno a la polémica: sus propios compatriotas llegaron a llamarle traidor por su fidelidad a la Corona. Componer para el poder, incluso en clave puramente festiva, nunca ha sido un gesto neutral.

Esta ambivalencia encontró su traducción literaria más lúcida en Joseph Roth, cuyo título de 1932 tomó prestado el nombre de la pieza. La marcha Radetzky de Roth narra el declive y la caída del imperio austrohúngaro a través de la historia de la familia Trotta, y no es casual que exista un paralelismo entre las vicisitudes de esa familia y las que padeció la propia marcha, expresión primero del nacionalismo austríaco y después símbolo reaccionario. La música, convertida en metáfora narrativa, se transforma en el eco melancólico de un mundo que se sabe condenado incluso mientras baila.

Cabe además una reflexión sobre la memoria histórica selectiva del propio ritual navideño-vienés. El Concierto de Año Nuevo se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939, por iniciativa del entonces ministro de Propaganda del régimen nazi, aunque la Radetzky no se sumó al programa hasta después de la guerra. Que una pieza nacida de la represión de 1848 se instalara en un concierto de origen tan comprometido añade una capa más de sedimento histórico bajo los aplausos.

Musicalmente, la marcha no es un artefacto tan original como su fama sugiere: Strauss ya había empleado el tema en su Jubel-Quadrille, y su ritmo guarda un notable parecido con el segundo tema del Allegro de la Sinfonía n.º 100 de Haydn. Aun así, su poder de convocatoria —ese aplauso colectivo, casi litúrgico, que Gustavo Dudamel u otros directores invitan a compartir— revela algo profundamente humano: la necesidad de ritual compartido, incluso cuando el ritual celebra, sin saberlo del todo, las cicatrices no cerradas de la propia historia.

ResumenStrauss padre, Radetzky y el vals contra la revolución de 1848. Cómo una marcha militar se volvió símbolo reaccionario en Viena. Joseph Roth y la melancolía del imperio en la Marcha Radetzky. El aplauso ritual del Concierto de Año Nuevo y su origen incómodo. Padre contra hijo: Strauss y las dos caras de 1848. La marcha que celebra una represión sin que el público lo sepa. El himno no oficial de Austria y su pasado contradictorio. 

Bonnie Tyler: Se apaga la voz rasgada que eclipsó al mundo

Bonnie Tyler (una de nuestras cantantes preferidas, ver en otros posts) ha muerto a los 75 años en un hospital de Faro, Portugal, poniendo fin a una batalla médica que se prolongó durante meses tras una intervención quirúrgica de urgencia. La noticia, confirmada por su familia y su equipo el pasado 9 de julio, cierra una trayectoria de casi cinco décadas que convirtió a una muchacha galesa llamada Gaynor Hopkins en una de las voces más reconocibles de la historia del pop. Estaba en activo aún a los 75 años, y era una figura construida en un modelo de industria musical que ya no existe: carreras largas, identidad vocal inconfundible y canciones capaces de cruzar generaciones sin depender de ningún algoritmo.

Nacida en 1951 en Neath, una localidad industrial del sur de Gales, Tyler creció rodeada de música gracias a su madre, aficionada a la ópera y cantante en el coro de su parroquia. Las referencias de la joven Gaynor —Janis Joplin, Tina Turner— anticipaban ya la intensidad vocal que definiría su carrera. Pero fue un episodio casi accidental el que esculpió su instrumento más célebre: tras una operación de nódulos en las cuerdas vocales, los médicos le prescribieron reposo absoluto de la voz. Ella no obedeció, y de aquella desobediencia nació el timbre rasgado, quebrado y profundamente humano que la distinguiría para siempre.

El éxito mundial llegó en 1978 con "It's a Heartache", pero fue "Total Eclipse of the Heart" (1983) la canción que la instaló en el imaginario colectivo de una generación, con su dramatismo operístico y su producción monumental firmada por Jim Steinman. "Holding Out for a Hero" completó la tríada de himnos que trascendieron las modas y siguieron sonando, década tras década, en radios, bandas sonoras y estadios. De hecho, en Argentina "It's a Heartache" fue reapropiada por las hinchadas futboleras, un fenómeno curioso que demuestra cómo una canción puede migrar de contexto y adquirir vidas paralelas que ni su autora imaginó.

Tyler mantuvo una relación especial con Portugal, país donde grabó buena parte de su obra temprana en la región del Algarve, y donde, por una ironía del destino, pasaría también sus últimos días. En 2013 sorprendió al mundo al representar al Reino Unido en Eurovisión, una decisión que ella misma calificó de "políticamente arriesgada" pero que aceptó con el pragmatismo de quien sabe que cientos de millones de personas siguen el certamen. En 2023 fue nombrada Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la música, reconocimiento tardío pero merecido a una carrera de dieciocho álbumes.

Su último concierto, el pasado 19 de marzo en el Shepherd's Bush Empire de Londres, lo describió ella misma como una "noche fantástica". Nadie podía prever que apenas dos días después, la actuación prevista en Cardiff tendría que aplazarse por los problemas de salud que acabarían consumiéndola.

Lo que deja Bonnie Tyler no es solo un puñado de éxitos radiofónicos, sino una lección sobre la autenticidad vocal en una industria obsesionada con la perfección técnica. Su voz, imperfecta según los cánones clásicos, resultó ser precisamente la que mejor supo transmitir el desgarro, la épica y la vulnerabilidad que sus canciones exigían. En tiempos de autotune y voces clonadas por algoritmos, la aspereza de Tyler recuerda que la música popular, en sus mejores momentos, no busca la pulcritud sino la verdad. El primer ministro galés lo resumió con sencillez: Gales ha perdido un icono cuya música trajo alegría a millones. El eclipse, esta vez, es total y definitivo.

@not.spicyjalapenos Holding Out for a Hero ~ Bonnie Tyler #1984music #bonnietyler #footloose #80s #genx ♬ Holding out for a Hero (from "Footloose") - Bonnie Tyler

Cuando Anne Sexton reescribió los cuentos de hadas

Insistimos con escritoras desaparecidas prematuramente y hace medio siglo al menos. Hoy con Anne Sexton, la poetisa que hizo del abismo literatura. Ella escribió desde el borde de la existencia, como terapia, como obra de arte y con el coraje de nombrarse a sí misma. 

Hay escritoras cuya obra no puede separarse de su vida sin perder algo esencial, no por falta de ambición artística, sino porque la vida misma fue el material con el que trabajaron. Anne Sexton pertenece a esa estirpe exigente y perturbadora. Nacida en Newton, Massachusetts, en 1928, y muerta por su propia mano en 1974, dejó una obra poética que sigue siendo hoy uno de los hitos más incómodos y necesarios de la literatura norteamericana del siglo XX. 

Sexton llegó a la poesía de forma tardía y casi accidental. Tras años de crisis nerviosas, hospitalizaciones y una maternidad vivida con ambivalencia, un médico le sugirió que escribiera. Lo que comenzó como ejercicio terapéutico se convirtió en vocación absoluta. En 1957 ingresó en el seminario de John Holmes en Boston, donde conoció a Maxine Kumin, quien sería su amiga y confidente literaria de por vida. Poco después estudió con Robert Lowell, en cuyas clases coincidió con Sylvia Plath. Tres nombres, tres destinos trágicos, una misma voluntad de hacer de la experiencia interior materia poética sin concesiones.

Su primer libro, To Bedlam and Part Way Back (1960), estableció de inmediato su registro: una voz directa, clínica en ocasiones, capaz de hablar de la locura, el internamiento y el cuerpo femenino con una franqueza que escandalizó a parte de la crítica y deslumbró a otra. La etiqueta de “poesía confesional” —acuñada para describir también la obra de Lowell y Plath— le quedó adherida para siempre, aunque Sexton nunca la aceptó con comodidad. Confesar, para ella, no era exhibicionismo sino un acto de rigor: nombrar lo que la sociedad prefería silenciar.

Con All My Pretty Ones (1962) consolidó su dominio del poema largo y narrativo, y en 1967 obtuvo el Premio Pulitzer por Live or Die, colección que dramatiza de forma casi diaria la tensión entre el impulso de seguir viviendo y el de abandonar. El título lo dice todo: cada poema es una elección provisional.

Pero quizás su obra más audaz sea Transformations (1971), en la que reescribe diecisiete cuentos de los hermanos Grimm con ironía feroz, humor negro y una mirada feminista avant la lettre. Cenicienta, Rapunzel, Blancanieves dejan de ser figuras pasivas para convertirse en espejo de las convenciones que aprisionan a las mujeres reales. Este libro, radicalmente distinto en tono a su poesía anterior, demostró que Sexton no era una voz de un solo registro, sino una artista capaz de reinventarse.

Su valoración literaria ha fluctuado con el tiempo. Los detractores —los hubo y los hay— argumentaron que su obra era demasiado autobiográfica para ser gran literatura, como si la distancia fuera condición del arte. Pero las generaciones posteriores, y en particular la crítica feminista desde los años ochenta en adelante, han reivindicado a Sexton como una escritora que abrió territorios prohibidos: la depresión, el aborto, el incesto, la menstruación, el deseo femenino. Habló de lo que no se hablaba, y lo hizo con un dominio formal impresionante, combinando metros tradicionales con el verso libre en una síntesis que pocas veces suena forzada.

Anne Sexton murió el 4 de octubre de 1974, a los 45 años. Su obra completa, reunida póstumamente, ocupa el lugar incómodo que merece: entre los grandes de su generación, sin las atenuaciones que a veces se aplican a quienes escribieron desde el margen. Leerla hoy sigue siendo una experiencia que no deja indiferente, porque habla de la condición humana con la única moneda que siempre ha sido válida: la verdad dicha en voz alta.

@williamoscvr #annesexton #annesextonedit #poetry #poetryedit ♬ original sound - 𝘯𝘦𝘤-𝘴𝘵𝘢𝘴𝘪𝘴