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2ª Medida para mejorar PISA 2025: Now, Education

2ª Medida para mejorar PISA 2025: Now, Education

Proseguimos con las medidas para mejorar PISA 2025 (ver otros posts). El orden será reorganizado cuando alcancemos las 25 propuestas para superar los resultados en la CAPV (Comunidad Autónoma de Euskadi). Hoy nos tendremos en una clave que es condición imprescindible, necesaria y casi suficiente: Que la educación sea el tema primero y central del debate y del acuerdo político. Esto es algo que nunca se ha dado, y menos en nuestro escenario vasco, estatal o europeo.

Esta reflexión trae recuerdos de hace 50 ó 25 años,... Cuando comencé a educar en 1975 en la universidad, con la Didáctica de las Matemáticas y las Ciencias Experimentales, y cuando entre 2002 y 2003 tuve el honor de ser el redactor único de Hezkuntza XXI: "Libro Blanco para la Educación Vasca del Siglo XXI". 

Sus conclusiones, resumidas en 11 apartados y presentadas por Josu Jon Imaz en 2004, siguen siendo un faro que podría guiar cómo persistir en lo válido y reconducir en lo innovador el complejo sistema educativo vasco. El undécimo (con toda la carga de hamaika en euskera) y final punto declaraba: "Somos muchos quienes creemos firmemente que sólo existe un cauce social de equidad, solidaridad, cohesión social, progreso y futuro: la Educación". 

Pero premisa preliminar es otorgar a la educación el rol social en toda su singular trascendencia y grandiosa magnitud, siendo coherentes con recursos y prioridades acordes con la función que desempeña a través de todos los agentes implicados. Se ha manoseado la educación en algunos debates politiqueros, pero nadie -ni aún- lo ha puesto en la cúspide de las promesas de futuro. 

Hace un cuarto de siglo, aquel un libro Hezkuntza XXI de 550 páginas ya hablaba de «escuela expandida», de software libre, de weblogs y de pasar de la New Education a la Now, Education. Lo releo veinticinco años después, con la IA llamando o esperando a la puerta del aula, y me quedo con una cautela que ha envejecido muy bien: las tecnologías digitales exigen cosas nuevas, pero presuponen las antiguas, y la primera es (era y será) saber leer. 

Toda comunidad política decide, lo quiera o no, qué clase de ciudadanos tendrá, y lo decide sobre todo educando; por eso la educación es menos una política sectorial que la medida primera de todas las demás. Montesquieu lo condensó al abrir el libro IV de El espíritu de las leyes: las leyes de la educación son «las primeras que recibimos», y nos preparan para ser ciudadanos. Kant fue más lejos: el ser humano, sostuvo en su Pedagogía, «no es nada sino lo que la educación hace de él». 

Que tradiciones tan distintas coincidan en este primado no resuelve, sin embargo, para qué educar. Dewey escribió en 1916 (hace 110 años) que la democracia debe «nacer de nuevo en cada generación» y que la educación es su partera; Mill, que defendía obligar a todos a recibir instrucción, advertía en Sobre la libertad que una educación estatal general es «un mero artificio para moldear a las personas» con el molde que prefiera el poder dominante. Entre ambas posiciones se juega el dilema que ya planteaba Kant: cómo cultivar la libertad en medio de la coacción. Quizá el mínimo común de una política plural sea formar ciudadanos capaces de sostener las instituciones sin renunciar a examinarlas. 

La primacía pedagógica dentro de la praxis gubernamental no constituye un mero recurso retórico, sino la condición ontológica de cualquier proyecto cívico perdurable. Como bien señalaba Jules Michelet al inquirir sobre las prioridades fundamentales de la polis, «¿cuál es la primera parte de la política? La educación. ¿Cuál la segunda? La educación. ¿Y la tercera? La educación». Esta intuición encuentra su correlato clásico en el ideal platónico expuesto en La República, donde la paideia deja de ser un instrumento secundario del Estado para convertirse en su propia arquitectura constitutiva. Si la política aspira a estructurar la convivencia y la justicia, debe reconocer que ninguna institución subsiste sin la formación deliberada de las mentes que la sostienen; toda reforma institucional que prescinda de la maduración intelectual del ciudadano queda, indefectiblemente, condenada a la esterilidad formal.

Por otra parte, articular la acción pública en torno a la enseñanza implica entender la libertad no como un dato previo, sino como un logro formativo. Con precisión lapidaria, Epicteto de Frigia sentenció que «sólo las personas que han recibido educación son libres», presupuesto que siglos más tarde reinterpretaría la teoría crítica al concebir el aprendizaje como un acto eminentemente emancipador. Sin un pensamiento educado para el discernimiento autónomo y la duda metódica, la participación ciudadana corre el riesgo de degenerar en simple automatismo autómata o en mera reacción pasiva ante la demagogia. En consecuencia, situar la educación en el centro del diseño político trasciende la asignación presupuestaria: representa el compromiso ético de dotar a la sociedad de las herramientas epistémicas necesarias para auto-determinarse y construir su propio porvenir.

El lema «Education, education, education!», asociado a Tony Blair, sintetizó una de las prioridades políticas del Nuevo Laborismo británico en la década de 1990: situar la educación en el centro de la modernización económica y social. La fórmula, pronunciada durante la campaña electoral de 1996, antes de la victoria laborista de 1997, convirtió una política pública en un mensaje de extraordinaria fuerza comunicativa. Blair desarrolló estas ideas en su discurso de Ruskin College, en diciembre de 1996, defendiendo también la alfabetización temprana, la formación docente y el aprendizaje permanente. Tres palabras memorables, en definitiva, que siguen planteando una pregunta esencial: ¿cómo convertir la educación en una prioridad presupuestaria, pedagógica y social, y no solo electoral?

Aquel libro, Hezkuntza XXI, merece una relectura 25 años después. Sugiere augurios y esperanzas: más acceso, más autonomía, más aprendizaje. Contiene, sin embargo, una cautela que ha envejecido mejor que muchos de sus entusiasmos. Recoge un pasaje según el cual las tecnologías digitales exigen cosas nuevas pero presuponen las antiguas, y la más importante es la lectura. En 2026, con sistemas capaces de producir texto sin esfuerzo, esa idea pesa más: cuando cualquiera obtiene una respuesta, escasea quien sabe decidir si merece confianza. Cuánto de lo proyectado se cumplió en las aulas vascas es otra cuestión; responderla exigiría cruzar la obra con evaluaciones externas como PISA.

Vita: Sobre vida, IA y miedo a morir de Xabi Uribe-Etxebarria

Lista de reproducción 5 vídeos presentados por Jordi Albareda. 

Vita: qué significa estar vivo cuando las máquinas aprenden. Le preguntaron a un premio Nobel cómo definiría la vida y guardó silencio. Lo cuenta Xabi Uribe-Etxebarria en Vita: Jack Szostak, que ha dedicado su carrera al origen de la vida, no supo o no quiso responder, y lo remitió a un artículo suyo cuyo título sostiene que definir la vida no ayuda a entender cómo empezó. La escena resume la paradoja del libro. Todos sabemos que un perro está vivo y una piedra no, pero nadie explica con exactitud dónde está la diferencia.

Vita (Debate, 328 páginas, junio de 2026) es el ensayo con que el fundador de Sherpa.ai, nacido en Algorta (Getxo) en 1981, intenta ordenar esa duda. Interesa por lo que pregunta y por desde dónde lo hace. 

Una herida antigua. 

El prólogo no empieza en un laboratorio, sino en una casa de Algorta, de noche, con un niño que no duerme porque teme que su madre, su padre o él mismo dejen de existir. Durante años, cuenta, la solución fue distraerse; el libro se presenta como lo contrario de esa huida. Él mismo se define como «hipocondríaco existencial», y esa confesión da al ensayo una temperatura poco habitual en la divulgación tecnológica. Quien haya leído a Unamuno oirá un eco de su hambre de inmortalidad, aunque Uribe-Etxebarria aclara que escribe desde la curiosidad y no desde la autoridad, atenido al conocimiento empírico y dejando abiertas las preguntas que corresponden a la filosofía y la teología. 

La vida como una duna. Las primeras páginas son ágiles y se apoyan en buenas anécdotas. Según el bioquímico Daniel Koshland, en una reunión de científicos alguien propuso que reproducirse era la esencia de la vida, y otro replicó que entonces un conejo solo estaría muerto y dos, vivos. Sigue la definición funcional de la NASA de 1994, que habla de un sistema químico autosuficiente capaz de evolución darwiniana, y los cuatro componentes de Steen Rasmussen: metabolismo, información, contenedor y entorno. 

Virus, priones, xenobots, protocélulas y una semilla de palmera hallada en Masada, que germinó en 2005 tras unos dos mil años latente, sostienen su propuesta: la vida sería un espectro, más parecido a una duna que a una frontera, porque ningún grano de arena marca el instante en que el montón se vuelve duna. 

Ocho partes y un giro. 

El libro avanza de lo simple a lo complejo: la definición y sus umbrales, la vida orgánica, la tecnológica, la mental, la inteligencia artificial y robótica, las formas híbridas y el universo que las contiene. La tesis, advierte el autor, no espera al final: irrumpe en la sexta parte, como giro más que como conclusión. Descubrirla corresponde a cada lector. Ahí se jugará el crédito del ensayo. Discutir si un virus está vivo es un debate científico; decidir si una IA podría estarlo, o ser consciente, entra en terreno especulativo, y conviene separar lo que hoy hacen los sistemas de lo que se espera que hagan. Esa distinción es la que hay que exigirle.

Preguntar «cuánto», no «si». Vita no promete respuestas cómodas. Su mejor virtud quizá sea devolverle a la pregunta su extrañeza: si ni los expertos saben definir la vida, tal vez sea más honesto preguntar cuánto está vivo algo que si lo está. El epígrafe, una sentencia anónima en euskera, dice que somos porque ellos fueron y ellos serán porque somos (Izan zirelako gara, garelako izango dira).

Propuesta de acción. Durante los próximos dos años, formar un club de lectura intergeneracional de seis a ocho personas que lea una parte de Vita al mes y, después, Del sentimiento trágico de la vida (posts), con una nota de media página por sesión; se evaluará con la asistencia, las notas y una pregunta repetida al inicio y al final («¿qué está vivo?»). A cinco años, ofrecer como voluntariado dos talleres anuales de pensamiento crítico sobre IA y vida en una biblioteca o un centro educativo, con cuestionario previo y posterior. A diez, reunir las preguntas y respuestas recogidas en una publicación abierta.

Vita de Xabi Uribe-Etxebarria

Álbum de imágenes.

El futuro de la democracia, según Daniel Innerarity

Siempre es un placer y un aprendizaje escuchar a Daniel Innerarity (posts previos), a quien puede conocer en persona y conversar largo y tendido en Getxo allá por 2002, gracias a Josune Ariztondo. Hoy lo hemos escuchado de nuevo, y recogemos su intervención, así como una reseña de su muy recomendable libro "El futuro de la democracia". Al final también recogemos recogemos recientes vídeos sobre este mismo tema. 

Encontrar Waterloo en Waterloo: Innerarity y el futuro de la democracia. Fabrizio del Dongo huye de Italia para sumarse al ejército de Napoleón y acaba estando en una batalla sin verla. Corre de un lado a otro, oye los cañones, pasa junto al emperador sin reconocerlo y, al final, solo sabría contar su asombro por no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo. Con esa escena de La cartuja de Parma abre Daniel Innerarity su ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, mayo de 2026). No es un adorno: la pregunta que recorre el libro es cómo ser un buen contemporáneo cuando el estruendo de las noticias impide distinguir lo decisivo de lo llamativo.

Theodor Adorno dejó una divisa para esa dificultad: mantener viva la conciencia de que, entre la ostentación y el alboroto, algo falta. Innerarity la aplica a la democracia, un régimen del que no sabemos si reclama indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia. 

Un título prestado a Bobbio. El título es de Norberto Bobbio, cuyo ensayo de 1984 nació de una conferencia en el Congreso de los Diputados en 1983. Entonces la democracia vivía un momento triunfal; hoy sabemos que puede retroceder, y eso cambia la manera de preguntar. Innerarity no cuenta su historia sino su porvenir, y arranca con una paradoja: hablar del futuro de la democracia es hablar de algo que no existe, porque lo propio de este régimen es poner el futuro en nuestras manos. La democracia de mañana será distinta de la de hoy; si fuera idéntica, no tendría futuro. 

Los malos y los males. La distinción más fértil del primer capítulo separa a los malos (autoritarios, golpistas, demagogos) de los males: desinformación, desigualdad, complejidad, instituciones mal diseñadas. Preferimos un culpable a una explicación estructural, enemigos a rivales, corrupción a torpeza. Pero si un gobernante sin escrúpulos puede hacer daño, argumenta el autor, es porque las instituciones estaban mal pensadas: los errores personales solo adquieren gran tamaño donde hay fallos de sistema. Hay malos, pero tal vez los males sean más dañinos. 

La fascinación de lo peor. Más incómodo es su segundo movimiento. El relato que lo explica todo por la brutalidad de los fuertes, con House of Cards como retrato, nos convierte en espectadores y desactiva la indignación. Innerarity pregunta a quién beneficia esa explicación derrotista, y apunta a los autoritarios, interesados en que creamos que pueden más de lo que pueden. Su aliado es Maquiavelo, que enseñó a los príncipes a conquistar, pero también a los pueblos a resistir. Con su imagen de la inundación: cuando llega, poco se puede hacer; en tiempo de calma se levantan los diques. 

Un mapa por recorrer. Estas líneas se apoyan en la introducción, el primer capítulo y el índice, disponibles en la web de la editorial. El índice anuncia diez partes y un epílogo: polarización, crisis de la democracia liberal, extrema derecha, políticas de identidad, democratizar el trabajo, la migración y el dinero, inteligencia artificial y tiempo. Algunos títulos, como una defensa de las políticas de la identidad o un capítulo contra el antiwokismo, toman partido en asuntos que dividen; conviene discutirlos con el texto entero delante y no con el titular. 

Buenos contemporáneos. En una entrevista, Innerarity dice partir del orgullo por una democracia a la que hay que hacer muchos ajustes, «sin arrojarla por la ventana». Quizá esa sea la forma más sobria de ser buen contemporáneo: no buscar la batalla donde más truena el cañón, sino preguntarse qué falta en el paisaje. ¿Qué falta hoy en nuestro Waterloo, y quién se ocupa de mirar?

Propuesta de acción. En lectura, a dos años: leer el libro junto al de Bobbio en un grupo de seis personas, una sesión mensual durante seis meses, y evaluar cuántos desacuerdos razonados es capaz de formular cada miembro. En escritura, a cinco años: llevar un cuaderno de «lo que falta», con una nota trimestral sobre algo que el ruido público omite, y revisar al final cuáles de esas intuiciones se confirmaron. En voluntariado, a diez años: participar en un órgano ciudadano local (asociación vecinal, consejo escolar, presupuestos participativos), con indicadores de asistencia, propuestas presentadas y mejoras logradas, evaluados cada dos años con otra persona.

El futuro de la democracia, Daniel Innerarity
Álbum de imágenes. Hace tres meses,...

Hace nueve meses,...

Hace un año,...

La paradoja del cuadrado perdido: El triángulo que no lo era

Hoy de noche hemos logrado 21 millones de visitas (que ya no posteamos), tras 11 días desde el anterior vigésimo millón. Tomemos cuatro piezas de cartulina: dos triángulos rectángulos y dos figuras en forma de escuadra. Colocadas de un modo, componen un triángulo de 13 unidades de base y 5 de altura. Recolocadas de otro, componen aparentemente el mismo triángulo, pero ahora con un agujero de una unidad cuadrada. Nadie ha cortado ni añadido nada. La ilusión del cuadrado perdido plantea una pregunta incómoda: ¿de dónde sale el hueco?

La aritmética no admite trampas. Basta sumar. El triángulo rojo mide 12 unidades de área, el azul 5, y las dos escuadras 8 y 7. Total: 32. Un triángulo de 13 por 5 tendría 32,5. Ninguna de las dos figuras coincide con esa cifra, y ahí está la pista: ninguna es un triángulo. Lo que parece la hipotenusa está quebrada. El triángulo rojo tiene una pendiente de 3/8, unos 20,6 grados; el azul, de 2/5, unos 21,8. Esa diferencia de poco más de un grado, invisible a simple vista, se va abriendo a lo largo de 13 unidades hasta encerrar exactamente un cuadrado. Una figura es un cuadrilátero cóncavo de 32 unidades; la otra, convexo, de 33.

Fibonacci, el cómplice discreto. Las medidas 2, 3, 5, 8 y 13 no son casuales: son términos consecutivos de la sucesión de Fibonacci. Los cocientes 2/5 y 3/8 se parecen tanto que las pendientes casi coinciden, y una propiedad de la sucesión (3 × 8 = 24 frente a 5² = 25; 5 × 13 = 65 frente a 8² = 64) garantiza que el desajuste sea siempre de una sola unidad. Es el mismo principio de la paradoja del tablero de ajedrez, que convierte un cuadrado de 8 × 8 en un rectángulo de 5 × 13: sesenta y cuatro casillas que, por arte de geometría, pasan a ser sesenta y cinco.

Un origen con muchos nombres. Martin Gardner atribuyó esta versión al mago aficionado neoyorquino Paul Curry, en 1953, y de ahí el nombre de «triángulo de Curry» (que nada tiene que ver con la paradoja lógica homónima). Pero el principio es muy anterior. Los rompecabezas de disección se conocen desde el siglo XVI; William Hooper publicó una versión en sus Rational Recreations a finales del XVIII (paradoja de Hooper); Sam Loyd afirmaba haber presentado la del tablero en un congreso de ajedrez en 1858; y Oskar Schlömilch la publicó en 1868. Las fuentes discrepan sobre quién fue primero, y conviene desconfiar de las paternidades únicas. Gardner la recoge en Mathematics, Magic and Mystery. 

Lo que enseña un triángulo con trampa. En papel, el grosor de las líneas tapa la curvatura y el corte impreciso hace el resto. El ojo, dispuesto a ver un triángulo, no busca lo que lo desmiente. Spinoza pedía «no reír, no llorar, no detestar, sino comprender»; aquí bastaría un matiz: no dejarse deslumbrar antes de medir. Quien dibuje la figura con regla sobre papel cuadriculado verá cómo la hipotenusa se dobla.

Una propuesta para los próximos años. En lectura, propongo recorrer en dos años el capítulo de Gardner y un libro de matemática recreativa por año. En escritura, una serie anual de al menos cuatro entradas sobre ilusiones que enseñan a pensar. En voluntariado, a cinco años, un taller de una hora con cartulina y papel cuadriculado en dos centros escolares o bibliotecas, abierto a adolescentes y a sus abuelos, con el horizonte de una pequeña red de talleres a diez. Como evaluación, un cuestionario antes y después sobre si los participantes comprueban medidas antes de afirmar, el recuento anual de asistentes y una revisión cada dos años.

@jasantaolalla misterio resuelto #fibonacci #aprendecontiktok #cienciaentiktok ♬ sonido original - Javi Santaolalla

1ª Medida para mejorar PISA 2025: Anular la repetición de curso

1ª Medida para mejorar PISA 2025: Anular la repetición de curso

Comenzaremos con una medida urgente que llevamos décadas defendiendo (aunque necesitará un período de implantación y perfeccionamiento del profesorado) para corregir el hábito escolar más caro de Euskadi, España, Francia,... que repercute negativamente en PISA porque demasiado alumnado de 15 años (objetivo de las pruebas) no está en el máximo nivel posible de la ESO (4º ó 3º). Necesitamos una innovación del calado de la promoción automática, reduciendo al mínimo la repetición de curso. En la CAPV sería pasar del 16% a menos del 3%. Múltiples estudios (incluidos los informes PISA de la OCDE) demuestran que repetir las mismas materias con la misma metodología no garantiza que se comprendan la segunda vez. 

La tendencia internacional avalada por la OCDE se inclina hacia la reducción al mínimo de la repetición de curso. Sin embargo, la transición de un modelo a otro no funciona simplemente "prohibiendo" repetir; requiere transformar las escuelas para que la promoción automática venga acompañada de planes de refuerzo personalizados, codocencia (dos profesores en el aula) y flexibilización del currículo. La repetición debería dejar de ser una respuesta ordinaria al fracaso escolar y convertirse, si acaso, en una medida sumamente excepcional. La evidencia ofrece mejores razones para invertir en detección temprana, apoyo personalizado y acompañamiento que para hacer recorrer de nuevo al alumno el mismo camino.

España repite como en ningún otro rincón de la Unión Europea: el 22% de los quinceañeros ha repetido alguna vez, casi el doble de la media de la OCDE (9,8%) y tercer puesto mundial en este ranking poco honroso. Peor aún, se repite demasiado y sin ningún acompañamiento intensivo. Repasemos los argumentos más sólidos para defender la postura de la no repetición (o su uso sólo como último recurso excepcional, jamás automático).

1. El coste no se corresponde con el dudoso beneficio. A escala del Estado repetir curso significa pagar más y no aprender más. Repetir cuesta al erario público español 1.441 millones de euros al año —el 6,2% del gasto en primaria y secundaria, equivalente al presupuesto educativo de todas las islas Canarias juntas— para un resultado académico que ni siquiera está claramente demostrado. Esa inversión debería financiar refuerzo educativo para ese alumnado rezagado. Es preferible dedicar el esfuerzo con el alumnado necesitado en el aula, no en obligarles a repetir el curso entero.

2. La evidencia acumulada apunta en contra. Las síntesis de John Hattie sobre cientos de metaanálisis sitúan la repetición entre las pocas prácticas educativas con efecto medio negativo sobre el aprendizaje; un metaanálisis específico sobre primaria (1990-2010) encontró que los alumnos repetidores acaban puntuando 0,5 desviaciones típicas por debajo de sus compañeros promocionados. El argumento de "darle más tiempo" no se traduce en más aprendizaje real.

3. No es neutral: amplifica la desigualdad. Con la misma nota en PISA, un alumno de nivel socioeconómico bajo tiene hasta cuatro veces más probabilidades de repetir que uno de familia acomodada; el alumnado de origen migrante, el doble. Esto sugiere que la repetición no corrige déficits de aprendizaje de forma objetiva, sino que penaliza más a quien ya parte con menos recursos.

4. Tiene un coste psicológico documentado. La investigación asocia la repetición con una caída significativa de la autoestima y del esfuerzo, con estigmatización por parte de los compañeros y con problemas de ajuste socioemocional, especialmente cuando se produce en cursos más avanzados.

5. Es uno de los mejores predictores del abandono escolar. Repetir —y sobre todo repetir más de una vez— tiene un efecto causal reconocido sobre el abandono temprano: cuantos más años de retraso acumula un alumno, menos probable es que termine la educación obligatoria.

6. Existe una alternativa que funciona a gran escala. Finlandia, con menos del 3% de repetición —ocho veces menos que España, bajo normativas comparables—, lleva décadas entre los mejores sistemas educativos del mundo en PISA. Su modelo no elimina el problema del alumno rezagado: lo aborda mes a mes mediante niveles escalonados de apoyo (general, intensivo, especial) en lugar de esperar a una decisión administrativa en junio.

7. La disparidad entre territorios con la misma ley delata que es cultural, no pedagógica. Dentro de España, Asturias y el País Vasco repiten en torno al 16-17% frente a más del 20% en media docena de comunidades, con la misma normativa estatal. Eso indica que la repetición obedece más a hábitos y creencias del profesorado y los centros —lo que la Comisión Europea llama "cultura de la repetición"— que a una necesidad objetiva del alumnado.

Dos alumnos de quince años sacan la misma nota en el mismo examen. Uno repetirá curso el año que viene; el otro no. La diferencia no está en sus respuestas, sino en la renta de sus padres: según el análisis de Save the Children sobre los datos de PISA, un adolescente de nivel socioeconómico bajo tiene hasta cuatro veces más probabilidades de repetir que uno de familia acomodada con idéntico rendimiento. Ese dato resume mejor que cualquier discusión pedagógica abstracta lo que está realmente en juego al hablar de repetición de curso.

Dos países ilustran mejor que cualquier teoría lo que de verdad importa. Finlandia apenas repite —menos del 3% del alumnado—, no porque prohíba la práctica, sino porque la hace innecesaria: un sistema de apoyo escalonado detecta las dificultades mes a mes y las atiende antes de que se acumulen en un suspenso de junio. En el extremo opuesto, Misisipi, uno de los estados más pobres de Estados Unidos, decidió en 2013 retener en tercero a los niños que no leían al nivel exigido, pero acompañó la medida con noventa minutos diarios de instrucción intensiva en lectura. El resultado, bautizado como el "milagro de Misisipi", fue que esos alumnos obtuvieron en sexto curso resultados muy superiores a los de sus compañeros que habían promocionado raspando el aprobado.

Quien quiera profundizar puede leer el informe "Repetir no es aprender" de Save the Children, que desmonta con datos los mitos más repetidos sobre esta práctica. Y quien tenga relación con un centro escolar —como madre, padre, docente o miembro de un consejo escolar— puede hacer algo más concreto: preguntar si existe un plan de refuerzo temprano, como exige la LOMLOE, y pedir que se mida su efecto. Un objetivo razonable sería reducir a la mitad la tasa de repetición del propio centro en cinco años, revisando cada curso cuántos alumnos reciben apoyo antes de junio, no después.

Masa y poder: Canetti y la anatomía del siglo XX

En un apunte de 1959, poco antes de dar por terminado el libro que llevaba escribiendo desde 1938, Elías Canetti confesó algo insólito para un intelectual de su temple: «Ahora me digo que he conseguido agarrar a este siglo por el cuello». No hay en esa frase ni rastro de modestia académica. Hay, más bien, el alivio de quien lleva tres décadas peleando cuerpo a cuerpo con una pregunta que se le resistía: por qué los seres humanos, criaturas que se dicen individuales y racionales, se disuelven con tanta facilidad en la masa y se someten con tanto gusto al poder.

La pregunta no nació en un despacho, sino en la calle. Canetti tenía dieciséis años cuando presenció en Fráncfort las manifestaciones que siguieron al asesinato del político Walther Rathenau, y veintidós cuando, el 15 de julio de 1927, se dejó arrastrar por la multitud que incendió el Palacio de Justicia de Viena. De aquel día recordaría, décadas después, no la indignación ni la ideología, sino algo más inquietante: la sensación de haber dejado de ser él mismo para convertirse en una célula de un organismo mayor. Esa experiencia, y no ninguna lectura previa, es la semilla de Masa y poder (Masse und Macht, 1960), el ensayo Crowds and Power que le valdría el Nobel de Literatura en 1981.  

Una anatomía de la masa. Canetti no escribe como sociólogo ni como psicólogo clínico, y esa distancia explica en parte que el libro siga leyéndose. Prescinde deliberadamente de Gustave Le Bon y de Sigmund Freud —a quien pretende rebatir— y construye su propio vocabulario a partir de mitos, crónicas de viajeros, textos religiosos y observaciones de comportamiento animal. De ahí surgen sus categorías más memorables: la masa abierta, que crece sin límite mientras exista quien quiera sumarse, frente a la masa cerrada, que se protege fijando un límite; y las cuatro propiedades que toda masa comparte, quiéranlo o no sus miembros: el impulso a crecer, la exigencia de igualdad interna, el gusto por la densidad de los cuerpos y la necesidad de una meta común, por vaga que sea.

Hay una imagen que resume mejor que ninguna otra el diagnóstico de Elías Canetti: dentro de la masa, el miedo ancestral a ser tocado por un desconocido se invierte y se convierte en su contrario, en el placer de fundirse con los demás. Quien entra en una manifestación, en un estadio o en una procesión no busca escapar del contacto: lo busca activamente, porque allí, y solo allí, el contacto deja de amenazar. 

El poder como forma de supervivencia. La segunda mitad del libro, más árida y más incómoda, diseca al que manda. Elías Canetti analiza con detalle clínico las memorias del juez alemán Daniel Paul Schreber —el mismo caso que había fascinado a Freud— para sostener una tesis radical: el poderoso no es, en el fondo, tan distinto del paranoico. Ambos viven obsesionados por eliminar amenazas invisibles; ambos miden su triunfo por el número de muertos que dejan atrás. Para el poderoso, escribe Canetti, vencer y sobrevivir son una misma cosa, y de ahí que todo mando —el aguijón, en su terminología— deje una herida en quien lo obedece, una herida que solo se alivia transmitiéndola, a su vez, hacia abajo.

El libro de 1960 no ha envejecido en lo esencial, aunque sí hayan cambiado los escenarios. Las masas de Canetti se formaban en plazas y estadios; las de ahora se forman también, y quizá sobre todo, en pantallas, sin roce físico alguno pero con la misma sed de fusión y de meta compartida. Cabe preguntarse si el aguijón del mando circula hoy de forma distinta por las redes que por los ejércitos que Canetti tenía en mente, o si, despojado de cuerpo, sigue obedeciendo a la misma lógica de siempre.

Geronymonstre: Club de lectura que desafía los estereotipos

Hay fenómenos culturales que sorprenden no porque inventen algo completamente nuevo, sino porque consiguen colocar lo conocido en un escenario inesperado. Geronymonstre pertenece a esa categoría. Desde un barrio de Avignon, un grupo de jóvenes ha convertido la conversación sobre los grandes autores y pensadores en un espectáculo callejero difundido por las redes sociales. Marx, Zola, Flaubert, Molière, Rimbaud, George Sand o Simone de Beauvoir aparecen así entre chándales, zapatillas deportivas, humor, lenguaje coloquial y debates improvisados. 

La propuesta tiene algo deliberadamente contradictorio. Si imaginamos un club de lectura, probablemente pensamos en una biblioteca, una librería, un aula o una sala tranquila. Geronymonstre desplaza ese escenario a un aparcamiento situado junto a bloques de viviendas populares. Allí, la literatura deja de presentarse como un territorio reservado a quienes dominan determinados códigos culturales y se convierte en conversación, juego y enfrentamiento intelectual. Le Monde ha descrito el proyecto como una iniciativa de jóvenes de la periferia de Avignon que organizan auténticas «batallas literarias» entre grandes figuras del pensamiento. 

El fenómeno resulta especialmente interesante desde la educación, más aún tras la debacle de PISA 2025. Durante décadas hemos debatido cómo conseguir que los jóvenes lean. Con frecuencia, la respuesta institucional ha consistido en seleccionar obras, establecer lecturas obligatorias, elaborar cuestionarios y evaluar posteriormente su comprensión. Geronymonstre plantea una posibilidad diferente: quizá antes de pedir a un adolescente que lea un clásico haya que conseguir que perciba que la literatura también habla su lenguaje y puede formar parte de su mundo social.

No se trata, sin embargo, de simplificar los clásicos hasta hacerlos irreconocibles. Precisamente una de las virtudes del proyecto es mantener la ambición intelectual mientras cambia el registro comunicativo. La ironía, el argot, la escenificación y el humor funcionan como puertas de entrada hacia contenidos complejos. El resultado no es necesariamente una reducción de la cultura, sino una recontextualización.

Aquí aparece una cuestión educativa de fondo. ¿Quién determina qué aspecto debe tener una persona culta? Durante mucho tiempo existió una asociación bastante rígida entre cultura, apariencia, instituciones y determinados comportamientos. Geronymonstre desmonta esa asociación visual: jóvenes que podrían ser estereotipados socialmente como poco interesados en la cultura aparecen hablando de filosofía, literatura e historia de las ideas. El contraste es parte esencial de su mensaje.

También importa su dimensión digital. El proyecto comenzó en un entorno físico muy concreto, pero su difusión mediante Instagram, TikTok y otras plataformas ha multiplicado su alcance. La cuenta de Geronymonstre reúne cientos de miles de seguidores y ha llamado incluso la atención de instituciones culturales. 

Esto permite reconsiderar la relación entre libro y redes sociales. Con frecuencia se presentan como enemigos: el móvil distrae y el libro concentra; TikTok fragmenta y la lectura profundiza. La experiencia de Geronymonstre sugiere una relación menos sencilla. Una red social puede ser también un escaparate que despierte curiosidad por autores, obras y debates que después requieren una atención mucho más prolongada.

Naturalmente, conviene evitar la idealización. Un vídeo viral sobre Flaubert no equivale a leer Madame Bovary, del mismo modo que una batalla entre Marx y Adam Smith no sustituye el estudio de sus textos. La divulgación tiene límites y la cultura digital puede convertir cualquier obra compleja en una caricatura. El verdadero éxito educativo se produce cuando el espectáculo inicial conduce hacia la lectura, la argumentación y el pensamiento propio.

Por eso Geronymonstre merece atención más allá de su dimensión anecdótica. Su principal lección quizá no sea que los jóvenes franceses leen clásicos, sino que la cultura puede cambiar de escenario sin perder necesariamente su profundidad.

La literatura no necesita solemnidad para ser importante. Necesita lectores, conversación y preguntas. Si un aparcamiento de Avignon consigue que cientos de miles de personas vuelvan a hablar de Zola, Marx o Rimbaud, quizá la pregunta educativa no deba ser por qué esos jóvenes leen de una manera tan poco convencional, sino qué podríamos aprender de su manera de hacer que leer vuelva a parecer una aventura colectiva. 

Pierre Bourdieu habría reconocido de inmediato el mecanismo en juego: el capital cultural, ese patrimonio de referencias que distingue a quien "tiene derecho" a hablar de Flaubert de quien no. Geronymonstre no destruye ese capital, lo redistribuye: lo saca del salón burgués y lo devuelve a la calle sin perder rigor ni la palabra justa.

Un lector vasco reconocerá enseguida el parecido con la bertsolaritza, la improvisación oral en verso que Bernardo Atxaga situó siempre en el corazón vivo de la literatura vasca: dos voces, un tema impuesto, métrica exigente y el público como juez inmediato. La batalla de Aviñón y el bertso improvisado en una plaza vasca comparten una intuición muy anterior a internet: la literatura se conserva mejor cuando se dice en voz alta y se disputa, que cuando se archiva en vitrinas.

Para la educación, el fenómeno plantea una pregunta incómoda. Si un aparcamiento genera más entusiasmo lector que muchas aulas, quizá lo que falla no sea el contenido enseñado, sino el envoltorio institucional en que se presenta. La forma agonal —el debate, la disputatio medieval, el diálogo socrático— ha sido siempre uno de los motores más eficaces del pensamiento; Geronymonstre no ha inventado nada, ha recordado algo que la escuela olvida a veces: que las ideas se aprenden mejor cuando se defienden en voz alta, entre iguales, con algo en juego.

Queda por ver si el fenómeno sobrevivirá a su propia viralidad o se disolverá, como tantos otros, en el ciclo veloz de las redes. Pero mientras dure, recuerda una verdad incómoda para instituciones y minorías cultas por igual: la literatura no pertenece a nadie en particular, y menos aún a quienes creen poseer en exclusiva la llave de su vocabulario.

@anacabo17 ¿qué os parece esta iniciativa? #lectura #geronymonstre #francia #datoscuriosos #booktokenespañol ♬ sonido original - Ana Cabo

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles

Acudiremos a las 12:00 del martes 29-9-26, ¿nos encontramos allí porque vamos varios de HumanTek?, al Palacio Euskalduna donde se celebrará el BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026, que se celebrará del 28 al 30 de septiembre bajo el lema “Futuros (im)posibles”. Su propósito es reunir cultura, pensamiento, ciencia y sociedad para imaginar alternativas ante un mundo lleno de incertidumbres. 

Dentro de un programa amplio, con figuras internacionales de la cultura, la política y las ciencias sociales, resulta especialmente sugerente la coincidencia, el 29 de septiembre en el Euskalduna Bilbao, de dos intervenciones consecutivas: Daniel Innerarity, a las 12:00, hablará sobre El futuro de la democracia; a las 12:45, Xabi Uribe-Etxebarria abordará Inteligencia Artificial: ¿Aliada o enemiga?. La proximidad temática y temporal de ambas ponencias permite plantear una cuestión de fondo: ¿qué relación existirá entre democracia e inteligencia artificial en las próximas décadas?

Daniel Innerarity (posts previos): democracia en tiempos de complejidad. 

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, ha convertido la complejidad en uno de los ejes de su pensamiento. Dirige el Instituto de Gobernanza Democrática y ocupa la cátedra de Inteligencia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia. Su trayectoria incluye el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de Investigación en Humanidades y el Premio Euskadi de Ensayo. 

Su intervención resulta particularmente oportuna porque la democracia contemporánea ya no se enfrenta únicamente a los problemas clásicos de representación, participación o división de poderes. Debe desenvolverse en sociedades caracterizadas por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia informativa, la polarización, la incertidumbre y la dificultad creciente para distinguir conocimiento de ruido. La pregunta democrática ya no consiste solamente en quién gobierna, sino también en cómo decidimos colectivamente cuando nadie posee una visión completa del sistema.

Xabi Uribe-Etxebarria (posts previos): una inteligencia artificial que debemos gobernar

A continuación, Xabi Uribe-Etxebarria introducirá la perspectiva tecnológica. Natural de Algorta y fundador y CEO de Sherpa.ai, lleva más de una década trabajando en inteligencia artificial y defendiendo una aproximación que pretende combinar innovación con privacidad de los datos. El propio Forum sitúa su trabajo alrededor de una pregunta especialmente ambiciosa: qué significa lo vivo en un mundo reescrito por la inteligencia artificial. 

El título de su conferencia —¿Aliada o enemiga?— plantea deliberadamente una disyuntiva que quizá convenga superar. La IA no será intrínsecamente aliada ni enemiga: dependerá de quién la diseñe, con qué objetivos, bajo qué reglas y para beneficio de quién. Aquí aparece el vínculo con la educación. Una sociedad democrática no puede limitarse a enseñar a utilizar herramientas de IA. Necesita ciudadanos capaces de comprenderlas, interrogarlas, contrastar sus respuestas, detectar sus sesgos y decidir cuándo no utilizarlas.

Una conversación que debería continuar en las aulas

La sucesión de Innerarity y Uribe-Etxebarria permite imaginar una especie de ecuación para el futuro: democracia + inteligencia artificial + educación = ciudadanía con capacidad de decisión. La educación tendrá que enseñar algo más importante que el manejo instrumental de ChatGPT, Gemini o cualquier sistema que aparezca mañana. Tendrá que recuperar y reforzar competencias aparentemente clásicas: lectura profunda, matemáticas, argumentación, ética, historia, filosofía, pensamiento crítico y capacidad de diálogo.

Porque el verdadero desafío no consiste en conseguir máquinas cada vez más inteligentes. Consiste en lograr sociedades suficientemente inteligentes para decidir qué hacer con ellas. Ese es, probablemente, uno de los grandes aciertos del BBK Bilbao Kultura Social Forum: no presentar el futuro como una predicción inevitable, sino como un territorio abierto a la deliberación. Su metáfora del kintsugi —reconstruir a partir de las fracturas— resume bien esa perspectiva. 

Entre la democracia que debemos preservar y la inteligencia artificial que debemos aprender a gobernar se encuentra una tarea esencial: educar para un futuro que todavía no está escrito. Y quizá esa sea la pregunta verdaderamente importante que Bilbao debería llevarse de estas dos ponencias: no qué futuro nos espera, sino qué futuro estamos dispuestos a construir juntos. 

Información y programa: BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles
Prometemos crónica detallada de ambos encuentros.

PISA 2025: 5 causas capitales del desastre y 6 posibles soluciones

Debate sobre #PISA2015 en el programa La Noche En Jake
Imagen de 2016, explicando en ETB los resultados de PISA 2015 en prime time. Contexto del artículo: Hace más de 8 años que me jubilé con 65 años. Desde entonces me he centrado en otros temas, pero siempre he sido un educador. Comencé con 22 años, en 1975, como Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales en la UPV-EHU. En 1985 pasé al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación, y luego muchos años como responsable de Innovación Educativa. He escrito y divulgado mucho sobre PISA (posts aquí recogidos). En este primer artículo, he preferido apuntar medidas generales, a escala universal. Seguirá una entrada sobre el caso de la Comunidad Autónoma de Euskadi, con soluciones que siguen siendo oportunas, muchas de ellas como lo eran tras PISA 2015 (leer aquí). Tampoco en este texto he apuntado razones permanentes y obvias que diferencian en resultados de comprensión lectora a alumnado de la misma edad que estudia en comunidades bilingües respecto a monolingües, y más si es con idiomas tan distantes lingüísticamente.

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.

PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.

La pregunta útil no es quién tiene la culpa. Es qué ha cambiado en los estudiantes, en las familias, en el profesorado, en las aulas, en los sistemas y en la sociedad, y qué se puede corregir con evidencia, no con eslóganes. Repasamos, a continuación y con una extensión inhabitual, las principales causas de la bajada de resultados y algunas fórmulas clave para recuperar el aprendizaje requerido para un futuro incierto.

Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.

Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.

Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.

La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.

1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores. 

La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.

2. Segunda causa: la revolución de la atención. Probablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.

No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.

3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profunda. La caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.

España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia.  La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.

4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivo. Existe otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos. 

No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.

5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglas. PISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».

Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.

España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores. 

En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica. 

Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.

En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal. 

El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.

El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.

El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.

Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.

1. Primera fórmula: recuperar la lectura. La medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo. 

2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentos. Necesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor. 

3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?» 

4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.

5. Quinta fórmula: intervenir antes. Una caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones. 

6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidencias. España necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar. 

Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA. 

Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.

Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.

La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación. 

Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta. 

Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar. 

Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.

Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.

@enjakeETB #PISA2015

Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA