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H. L. Mencken: Iconoclasta de Baltimore que se rió de todo

Pocas plumas han combinado el rigor periodístico con la mordacidad como la de Henry Louis Mencken (otros posts), nacido en Baltimore el 12 de septiembre de 1880 y fallecido en la misma ciudad el 29 de enero de 1956. Hijo de un fabricante de tabaco de origen alemán, Mencken fue un autodidacta voraz: la lectura de Huckleberry Finn y la imprenta de juguete que le regaló su padre marcaron su vocación temprana por la escritura. 

Trabajó brevemente en el negocio familiar hasta la muerte de su padre en 1899, momento en el que, sin perder un solo día, se lanzó al periodismo en el Baltimore Morning Herald. En 1906 se incorporó al Baltimore Sun, diario con el que mantendría un vínculo casi vitalicio, y en 1908 empezó a ejercer la crítica literaria en la revista The Smart Set. En 1924 fundó su propia publicación, The American Mercury, que alcanzó rápidamente difusión nacional y lo consolidó como uno de los intelectuales más influyentes de la América de entreguerras.

Su hito periodístico más recordado fue la cobertura del célebre Juicio del Mono (Scopes Trial) de 1925 en Tennessee, donde un profesor fue procesado por enseñar la teoría de la evolución. Mencken bautizó el proceso con ese apodo burlón y convirtió sus crónicas en un ejercicio de sátira feroz contra el fundamentalismo religioso y la estrechez de miras provinciana. Fue amigo cercano de figuras como Theodore Dreiser, F. Scott Fitzgerald y el editor Alfred Knopf, y se erigió en defensor incondicional de la libertad de expresión y de conciencia, en una época en la que ambas se veían constantemente amenazadas por la censura moral.

Lo que hace de Mencken una lectura tan vigente cien años después no es solo su biografía, sino su estilo: un humor corrosivo que convertía cada frase en un dardo. Sobre la democracia, escribió que es la creencia de que la gente común sabe lo que quiere y merece conseguirlo, para bien o para mal. Definió el puritanismo como el temor obsesivo de que, en algún lugar, alguien pudiera ser feliz. Advirtió que ante todo problema complejo existe siempre una respuesta sencilla, clara... y equivocada. Y describió al cínico como aquel que, al oler unas flores, busca instintivamente el ataúd cercano. Su escepticismo alcanzaba también a la política institucional: llegó a sostener que todo gobierno es, en esencia, una forma de explotación organizada, y que un buen político resulta tan improbable como un ladrón honesto.

Algunas de sus citas más célebres: "El amor es el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia." "La conciencia es la voz interior que nos advierte de que alguien podría estar mirando." "Un idealista es quien, al notar que una rosa huele mejor que una col, concluye que también hará mejor sopa." "El puritano es alguien que vive con el miedo permanente de que otra persona pueda estar divirtiéndose." "El objetivo práctico de la política consiste en mantener a la población alarmada mediante una interminable serie de amenazas, la mayoría imaginarias." "Nadie se ha arruinado jamás subestimando la inteligencia del público." 

Mencken no se libró de la controversia: sus posturas sobre raza y su tono a veces despiadado le valieron críticas que persisten en las relecturas contemporáneas de su obra, un matiz necesario para entender a un autor que nunca buscó ser complaciente. En la década de 1940 publicó su trilogía autobiográfica —Happy Days, Newspaper Days y Heathen Days— donde repasó con la misma ironía su propia vida. En 1948 sufrió un derrame cerebral que lo dejó consciente pero incapaz de leer o escribir, una ironía cruel para quien había vivido de la palabra; pasó sus últimos años escuchando música clásica y hablando de sí mismo en pasado, como si ya hubiera muerto. Fue enterrado en el cementerio de Loudon Park, bajo un epitafio que él mismo redactó y que pedía, en lugar de lágrimas, comprensión hacia un pecador y un guiño a alguna joven poco agraciada.

Rival de Ambrose Bierce y Mark Twain en el arte del aforismo estadounidense, Mencken sigue siendo hoy una referencia obligada para entender el periodismo de opinión, el escepticismo ante el poder y el uso del ingenio como herramienta de crítica social. En tiempos de polarización y de eslóganes vacíos, releer al Sabio de Baltimore es un ejercicio saludable de humildad intelectual disfrazada de carcajada.

ResumenCitas mordaces y vida del periodista más temido de América. El humor corrosivo de Mencken, cien años después. Retrato del hombre que "lo odiaba todo" con estilo.

La mediocridad ha tomado el poder, según Alain Deneault

La Médiocratie: cuando la medianía se convierte en norma de poder, En 2015, el filósofo quebequés Alain Deneault publicó en Lux éditeur un ensayo breve pero incisivo, La Médiocratie, que en apenas 224 páginas propuso una tesis tan sencilla como perturbadora: los mediocres han tomado el poder. No se trata de la incompetencia ni de la torpeza, aclara Deneault, sino de algo más sutil y más extendido: la elevación de lo mediano, de lo funcional y sumiso, al rango de autoridad. La medianía —lo que en francés no tiene un sustantivo propio, "moyenneté", y debe nombrarse con la palabra "mediocridad"— deja de ser una simple estadística para convertirse en una exigencia normativa que atraviesa todos los ámbitos de la vida social.

La mediocracia no es, según explica el propio autor, un anatema moral contra los individuos corrientes. Ser mediocre en algo —tocar el piano a un nivel discreto, cocinar una tortilla aceptable— no constituye un defecto. El problema, sostiene Deneault, surge cuando ese estado medio se instala como modelo de gobierno, cuando las instituciones —la universidad, la empresa, el arte, la política— premian sistemáticamente a quienes juegan el juego de la conformidad aparente, respetando las reglas en la superficie mientras las vacían de contenido por dentro. En ese régimen, la competencia central ya no es el saber ni la creación, sino el reconocimiento mutuo entre medianías: "la principal competencia de un mediocre es saber reconocer a otro mediocre".

El libro recorre distintos escenarios de esta captura silenciosa: la universidad, convertida en mercado de estudiantes, investigadores y saberes vendibles a intereses privados; la figura del experto, cuyo pensamiento nunca es propiamente suyo sino la traducción técnica de un orden ideológico ya decidido; el lenguaje, sometido a una neolengua gerencial que sustituye la palabra por la gestión; y la democracia misma, erosionada por lo que Deneault llamará después, en obras complementarias como Gouvernance y Politique de l'extrême centre, un centrismo que convierte el compromiso permanente en sustituto de la deliberación política. El resultado es una sociedad en la que las ideas y las personas se vuelven intercambiables, paramétricas, fáciles de clasificar.

Inspirándose libremente en Aristóteles y dialogando, aunque sin citarlo como fuente central, con la sátira del lógico soviético Aleksandr Zinóviev sobre la mediocridad como fórmula de éxito social, Deneault no ofrece un programa cerrado de transformación. Su propuesta, más modesta y más exigente a la vez, consiste en identificar a los mediocres allí donde ejercen su poder, para poder situarse frente a ellos, y en recuperar el gusto por el pensamiento crítico, la lectura exigente y la palabra con sentido como formas de resistencia. 

Alain Deneault nació en 1970 en la región del Outaouais, en Quebec. Doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII bajo la dirección de Jacques Rancière, con estancia de investigación en el Centro Marc Bloch de Berlín, orientó sus primeros estudios hacia la filosofía alemana del siglo XIX y el pensamiento francés del XX, con especial atención a Georg Simmel. Ha enseñado ciencia política y sociología en la Universidad de Quebec en Montreal, dirigido programas en el Collège international de philosophie de París y actualmente enseña en el campus de Shippagan de la Universidad de Moncton. Antes de La Médiocratie, se dio a conocer por Noir Canada (2008), una investigación sobre la industria minera canadiense en África que le valió una demanda judicial de la empresa Barrick Gold, resuelta finalmente fuera de los tribunales. Su obra posterior, reunida en lo que él llama sus "folletines teóricos" sobre la economía, y su reciente Faire que! (finalista del Premio del Gobernador General 2025), confirman una trayectoria consagrada a desmontar, con rigor filosófico y estilo mordaz, los lenguajes del poder contemporáneo.

Resumen: Cuando la mediocridad se convierte en régimen político. Alain Deneault: retrato filosófico de una sociedad paramétrica. Del anatema a la norma: la mediocridad como sistema. La Médiocratie, un libro que nombra a su enemigo. Alain Deneault, el filósofo que desafió a las mineras y a la mediocridad.

Retomamos el blog, tras una estancia de nietos

Visita de nietos (pixelados)
Dos de los nietos pequeños pixelados en su vuelta en avión.

Tras una estancia de nueve días con todos nuestros nietos (desde el 30 de junio), retomamos el ritmo habitual de publicación del blog. El verano trae consigo una paradoja que muchos abuelos blogueros conocemos bien: el tiempo que ganamos con los nietos es, precisamente, el tiempo que antes dedicábamos a escribir. Compatibilizar vacaciones con nietos y la disciplina de un blog no es tarea sencilla, y seguramente no debería serlo porque la prioridad de los nietos es indudable.

Escribir exige silencio, concentración, mucha lectura de temas innovadores y una cierta soledad productiva. Las vacaciones familiares, en cambio, están hechas de ruido, interrupciones felices y presencia constante. Cuando un nieto reclama atención —para un baño en la playa, un cuento antes de la siesta, una partida de ajedrez improvisada— la escritura pierde, y gana la vida. No es una derrota: es una jerarquía de prioridades que el verano nos obliga a hacer explícita.

Hay, sin embargo, una compensación intelectual en esta tensión. Las vacaciones con nietos son también una fuente inagotable de materia prima narrativa. Las relaciones intergeneracionales —el modo en que los abuelos transmiten valores, curiosidad y memoria a las nuevas generaciones— constituyen uno de los temas más fértiles para quien reflexiona sobre educación, tecnología y familia. Cada verano compartido con nietos deja anécdotas, preguntas y aprendizajes que, tarde o temprano, encontrarán su lugar en el blog, aunque sea con retraso.

La clave quizás no esté en escribir más durante el verano, sino en observar mejor. Tomar notas mentales, fotografiar momentos, dejar que las ideas maduren sin la presión de publicar de inmediato. El blog puede esperar unas semanas; la infancia de los nietos, no. Septiembre siempre trae tiempo para transformar en palabras lo que julio y agosto regalaron en experiencia. Al final, esta incompatibilidad estacional entre crianza compartida y escritura no es ningún problema a resolver, sino un ritmo natural que conviene aceptar con serenidad.

El mundo de ayer, obra de Stefan Zweig, ante el nazismo

Hace poco leíamos leíamos en El Correo a una librera de Getxo que apuntaba este libro como el más leído en nuestro municipio. Y nunca le habíamos dedicado un post, aunque sí varios a su autor Zweig. El mundo de ayer (leer parte en PDF) es la memoria de una Europa que el odio destruyó. 

El autor, Stefan Zweig, ciudadano del mundo sin patria, nació en Viena el 28 de noviembre de 1881, en el seno de una familia judía acomodada de la alta burguesía austro-húngara. Formado en la Viena imperial —ese crisol cultural irrepetible donde convivían Mahler, Freud, Schnitzler y Klimt—, estudió Filosofía y Letras en Viena y Berlín, y pronto se convirtió en uno de los escritores en lengua alemana más leídos del mundo. Traductor, biógrafo, dramaturgo y narrador, Zweig cultivó una prosa de precisión quirúrgica y extraordinaria sensibilidad psicológica.

En 1934, acosado por el ascenso del nazismo y el antisemitismo, abandonó Austria y emprendió un exilio que lo llevó a Londres, Nueva York y finalmente a Petrópolis, en Brasil. Allí, en la madrugada del 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig y su segunda esposa, Charlotte Altmann, pusieron fin a sus vidas mediante una sobredosis de barbitúricos. Había terminado de escribir El mundo de ayer apenas unas semanas antes de su muerte. El libro se publicó póstumamente en 1942. 

La obra: autobiografía de un siglo en llamasEl mundo de ayer. Memorias de un europeo (Die Welt von Gestern. Erinnerungen eines Europäers) no es exactamente una autobiografía convencional. Zweig apenas habla de su vida privada; en cambio, convierte su propia trayectoria en el hilo conductor de un retrato exhaustivo y elegíaco de la civilización europea entre 1880 y 1940. El libro es, simultáneamente, un memorial, una denuncia y un testamento espiritual.

La obra se articula en grandes capítulos que van desde la juventud dorada en Viena —la ciudad de la cultura, la tolerancia y el refinamiento— hasta la irrupción de la Primera Guerra Mundial, la efímera ilusión de la República de Weimar, el terror nazi y la Segunda Guerra Mundial. Zweig describe la Belle Époque con una nostalgia que no es meramente sentimental, sino política y filosófica: aquella Europa de fronteras abiertas, de pasaportes innecesarios y de intercambio cultural sin trabas representaba para él la promesa más alta de la modernidad.

El naufragio de esa promesa ocupa el centro dramático del relato. Con una lucidez estremecedora, Zweig narra cómo el nazismo, la propaganda, el miedo y el resentimiento fueron desmontando, pieza a pieza, el edificio de la convivencia ilustrada que él había conocido. El antisemitismo, la quema de libros, la persecución de los intelectuales, el exilio de la inteligencia europea: todo ello desfila ante el lector con una verosimilitud que ningún manual de historia puede igualar.

Zweig también dedica páginas memorables a sus encuentros con figuras como Rodin, Rilke, Romain Rolland, Gorki, Freud, Joyce, Hofmannsthal y Herzl —cuya visión sionista comprendió tarde, como él mismo reconoce—. Estos retratos funcionan como pequeños lienzos de época, pero revelan también la fe de Zweig en la cultura como antídoto frente a la barbarie, una fe que los hechos acabarían desmintiendo. 

Voces del libro: citas para la memoria"Nunca había sido la Tierra más bella, nunca había sido la libertad más grande, nunca había sido la riqueza más abundante, nunca había sido la fe en el progreso más ardiente." "El judío europeo era, de todos los europeos, el más europeo; había asimilado mejor que ningún otro pueblo la cultura occidental." "Antes de la Primera Guerra Mundial, el mundo pertenecía a todos. Cada uno podía ir adonde quisiera y quedarse cuanto tiempo le pareciese. No existían permisos, no existían visados." "Quizás la mayor tragedia de mi generación es que hayamos vivido en tres mundos distintos sin poder adaptarnos a ninguno de ellos." "He visto cómo las grandes ideologías colectivas destruyen al individuo, al que solo le queda la opción de someterse o ser destruido."

Vigencia: un espejo para el presenteLeer El mundo de ayer en el siglo XXI no es un ejercicio de nostalgia histórica. Es una advertencia. Zweig describe con precisión los mecanismos mediante los cuales una sociedad cultivada puede deslizarse hacia la intolerancia, el autoritarismo y la violencia. La rapidez del derrumbe —apenas una década separa la República de Weimar del Tercer Reich— interpela directamente a cualquier lector que viva en una democracia y crea que los avances civilizatorios son irreversibles. 

La escritura de Zweig es al mismo tiempo elegante y urgente, íntima y universal. Su mirada sobre Europa —una mirada que amó ese continente con la intensidad de quien lo perdió todo— convierte este libro en una de las grandes obras de la literatura del siglo XX y en una lectura imprescindible para quien quiera entender cómo el odio organizado puede arrasar en pocos años lo que tardó generaciones en construirse. 

Perfect Days: Lección de felicidad y sabiduría cotidianas

Necesitamos fórmulas de felicidad, y hay películas que nos descubren que la rutina puede convertirse en una inmejorable filosofía de vida. Wim Wenders lo muestra en Tokio, con esta oda poética a lo cotidiano. Hirayama, es un humilde limpiador de baños que nos enseña a vivir, con la belleza del instante y el arte de existir. Un regreso triunfal de Wenders a la gran ficción.

Hay películas que no cuentan una historia, sino que son una manera de mirar. Perfect Days (2023), de Wim Wenders, pertenece a esa categoría infrecuente y valiosa: la del cine que no aspira a sorprender sino a desacelerar, a devolver al espectador la capacidad de reparar en lo que siempre estuvo ahí. 

El director: Wenders y su amor por Japón. Wim Wenders nació en 1945 en Düsseldorf y formó parte de aquella corriente cinematográfica conocida como el Nuevo Cine Alemán. En 1984 ganó una incontestable Palma de Oro con la mítica París, Texas y continuó cosechando éxitos con El cielo sobre Berlín, donde reivindicó su estilo de explorar la pérdida y la incomunicación desde un punto de vista elegíaco. 

Su relación con Japón es antigua y profunda: en 1985 había rodado Tokio-Ga, sobre la vida del director Yasujiro Ozu, el cineasta con el que, según sus propias palabras, más había aprendido en su vida. Perfect Days es, en cierta medida, el reencuentro definitivo con esa influencia: Wenders hizo esta película en Tokio, íntegramente hablada en japonés y con actores de ese mismo origen, afirmando que cada vez que regresa a Japón tiene la inequívoca sensación de estar en su casa.

El origen de la película es tan peculiar como su resultado. Wenders recibió una invitación a Tokio de Koji Yanai, hijo del magnate fundador del gigante textil Uniqlo, y lo que en principio debía ser un cortometraje o serie sobre los modernos retretes públicos de la ciudad —diseñados por arquitectos de renombre como Tadao Ando o Kengo Kuma— se transformó en algo mucho mayor. El director encontró en ese encargo humilde la semilla de una historia universal.

El guion: dos miradas, una voz. El guion es obra conjunta de Wenders y el productor japonés Takuma Takasaki. Takasaki, conocedor profundo de la sociedad tokiota y de sus códigos de silencio y cortesía, aportó la textura local y la verosimilitud del personaje; Wenders, la mirada contemplativa del viajero que ve lo que los nativos ya no saben ver. El resultado es una escritura que prescinde casi por completo del diálogo explícito: los personajes comunican con gestos, miradas y rutinas. El guion no explica; sugiere.

El reparto: Yakusho y la actuación del siglo. El protagonista absoluto es Kôji Yakusho, nacido en 1956 en la prefectura de Nagasaki, uno de los actores más populares y prolíficos del cine japonés contemporáneo, que comenzó su vida profesional como empleado de ayuntamiento antes de lanzarse a su carrera artística. Su Hirayama limpiador de baños públicos, lector empedernido, coleccionista de casetes, fotógrafo de árboles— es una proeza de contención: Wenders le había dado muy poca información sobre el personaje, lo que obligó al actor a construirlo desde adentro, con una economía expresiva que recuerda a los grandes del cine silente. Su actuación le valió el premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes 2023. Le acompañan con solidez Tokio Emoto como Takashi, el joven colega irresponsable que funciona como contrapunto cómico y existencial; Arisa Nakano como Niko, la sobrina que irrumpe en la vida de Hirayama abriendo grietas en su pasado; y Yumi Asou como Keiko, la hermana con quien el protagonista mantiene una relación envuelta en silencios que lo dicen todo.  

La historia: el esplendor de lo ordinario. Hirayama lleva una existencia meticulosamente organizada: disfruta de pequeños placeres como escuchar música en casete, leer literatura clásica en librería de segunda mano, fotografiar árboles y observar el mundo con atención casi poética. No hay trama en el sentido convencional. La película sigue sus días con una fidelidad casi documental: el despertar al alba, la furgoneta recorriendo Tokio al son de Lou Reed o Patti Smith, la limpieza minuciosa de los retretes de diseño, el almuerzo bajo los árboles, la lectura nocturna. A medida que la historia avanza, encuentros inesperados van revelando capas ocultas de su historia personal, marcada por decisiones dolorosas y una renuncia voluntaria a una vida más convencional. Pero Wenders no resuelve ni juzga: deja que cada espectador llene el vacío con sus propias preguntas.

Un concepto japonés atraviesa silenciosamente toda la película: el komorebi, esa palabra sin equivalente en español que designa la luz que se filtra a través de los árboles, esos pequeños y bonitos espectáculos que damos por sentados o que ni siquiera vemos. Hirayama los fotografía con devoción casi religiosa. Wenders los filma con la misma.

Un film necesario. La fotografía de Franz Lustig, habitual colaborador de Wenders, emplea un formato de pantalla reducido que funciona adecuadamente, creando una intimidad que amplía paradójicamente el mundo interior del personaje. La banda sonora —Lou Reed, Patti Smith, Van Morrison, Nina Simone— no es decorado sino argumento: cada canción dialoga con el estado emocional de Hirayama con una precisión que la dramaturgia convencional jamás alcanzaría.

Que Perfect Days haya sido nominada como la primera película de un director no japonés para representar a Japón en los Óscar dice mucho sobre el talento de Wenders y demuestra su profundo respeto por la cultura nipona. Pero más allá de premios y reconocimientos, esta película importa porque hace algo que el cine hace muy pocas veces bien: convencer al espectador, durante dos horas, de que una vida sin ambición desmedida puede ser verdaderamente plena. Salir de la sala y mirar los árboles de otra manera es, quizá, la mejor crítica que cabe escribir sobre ella.

El testimonio vital e incómodo de Agota Kristof

Comprobamos con sorpresa que nunca antes escribimos sobre Agota Kristof, escritora que nos habla del territorio del exilio. Fue la suya una vida en los márgenes. Nació en 1935 en Csikvánd, una pequeña localidad húngara, y murió en Neuchâtel (Suiza) en 2011, a los setenta y cinco años. Entre esas dos fechas transcurre una de las biografías más desgarradas de la literatura europea del siglo XX: la huida de Hungría tras la revolución aplastada de 1956, el cruce de la frontera con su marido y una hija de cuatro meses en brazos, el largo exilio en la Suiza francófona trabajando en una fábrica de relojes, y el aprendizaje tardío —y nunca del todo reconciliado— de una nueva lengua. Kristof llamó al francés su "lengua enemiga": el idioma en que escribió toda su obra, y al que jamás sintió como propio. Esa tensión irresuelta entre la lengua materna perdida y la lengua adoptada hostilmente atraviesa cada línea de su escritura. 

La Trilogía de los gemelos: el gran edificio. Su obra narrativa fundamental es la llamada Trilogía de los gemelos, compuesta por El gran cuaderno (1986), La prueba (1988) y La mentira de un tercero (1991). Las tres novelas construyen un universo cerrado, despiadado y de una coherencia brutal, ambientado en un país innominado —reconociblemente centroeuropeo, claramente húngaro— bajo una dictadura que el lector no necesita que le nombren.

El gran cuaderno arranca con una premisa memorable: dos gemelos son enviados por su madre a casa de la abuela durante la guerra. Allí, para sobrevivir, se imponen un programa de adiestramiento moral y físico que incluye aprender a no sentir dolor, no llorar y observar la realidad con objetividad clínica. El estilo refleja exactamente esa ética: frases cortas, sin adjetivos innecesarios, sin psicología introspectiva, sin compasión retórica. "Escribimos hechos, sólo hechos", dicen los gemelos de sí mismos; podría decirlo Kristof de su propia poética.

La prueba y La mentira de un tercero desdoblan el relato, lo cuestionan y lo destruyen desde dentro. Lo que parecía cierto se vuelve incierto; los personajes se fragmentan; la identidad se disuelve. La trilogía no es solo una alegoría del totalitarismo: es una meditación sobre la memoria, la culpa, el testimonio y los límites de la verdad narrativa. Kristof construye y deconstruye su propio artefacto literario con una maestría que pocos escritores del siglo pasado igualaron. 

El analfabetismo y la voz propia. En 2004 Agota Kristof publicó El analfabetismo, un breve texto autobiográfico de apenas cuarenta páginas que es, sin embargo, uno de los documentos más conmovedores sobre el exilio lingüístico. Kristof narra su llegada a Suiza, la humillación de no poder comunicarse, los años de aprendizaje del francés en clases nocturnas tras las jornadas en la fábrica, y la paradoja de haberse convertido en una escritora reconocida en un idioma que nunca dejó de sentir ajeno. El libro es también una elegía por el húngaro perdido, la lengua de la infancia que pervive intacta en la memoria afectiva pero que ya no sirve para escribir. 

La obra de Agota Kristof ocupa un lugar singular en la literatura europea contemporánea. Su influencia sobre escritores posteriores —desde Herta Müller hasta Emmanuel Carrère— es reconocida pero raramente analizada con la profundidad que merece. Su prosa pertenece a la tradición del minimalismo radical, emparentada con Beckett y con la primera Duras, pero su materia es distinta: no la angustia existencial abstracta, sino la historia concreta, el cuerpo concreto, el hambre concreta.

Kristof demostró que la literatura más perturbadora no necesita adornos: que el horror puede contarse con la misma frialdad con que los gemelos anotan sus ejercicios en el gran cuaderno. Esa elección estética no es cinismo; es, paradójicamente, la forma más ética de testimoniar lo que no debería haberse visto.

Para lectores y docentes interesados en la relación entre literatura y memoria histórica, en el lenguaje como territorio de pertenencia y extrañeza, o simplemente en la narrativa del siglo XX que sobrevivirá a su propio tiempo, la trilogía de Kristof es lectura inexcusable.

Paul Ricœur y la ética del reconocimiento mutuo

Hoy dedicamos un post a Paul Ricoeur, el filósofo que nos enseñó a leer la vida como un texto. Toda una referencia es su hermenéutica que nos interpretar el mundo para habitar en él. Su posición entre Freud y el Evangelio, entre Marx y la esperanza nos ofrece una identidad narrativa: somos lo que contamos de nosotros. Paul Ricoeur es el arte de pensar sin rendirse al cinismo. 

Hay pensadores que irrumpen en la filosofía como relámpagos y hay quienes la habitan como arquitectos pacientes. Paul Ricoeur (1913-2005) pertenece decididamente a la segunda categoría. Durante más de seis décadas construyó una de las obras filosóficas más vastas, rigurosas y humanamente generosas del siglo XX, un edificio intelectual en el que caben la fenomenología y el psicoanálisis, la teología y el marxismo, la lingüística y la ética, sin que ninguno de sus inquilinos expulse a los demás.

Nacido en Valence y educado bajo la severa luz del protestantismo francés —huérfano de madre a los dos años, de padre durante la Primera Guerra Mundial—, Ricoeur aprendió pronto que la existencia humana exige interpretación. No como lujo académico, sino como necesidad vital. Esa intuición fundacional recorre toda su obra: somos seres que necesitan entender lo que les ocurre, y para entenderlo lo narran.

La hermenéutica como filosofía de la condición humanaRicoeur tomó el concepto de hermenéutica —el arte de interpretar textos, heredado de Schleiermacher y Dilthey— y lo transformó en una filosofía de pleno derecho. Si Heidegger había ontologizado la comprensión y Gadamer había convertido la tradición en horizonte de sentido, Ricoeur fue más lejos: propuso que la interpretación no es solo un método sino el modo en que los seres humanos nos relacionamos con la realidad. El mundo no se nos da como dato bruto sino como texto que exige lectura.

Su Teoría de la interpretación (1976) y la monumental trilogía Tiempo y narración (1983-1985) desarrollan esta idea con una precisión casi matemática: el tiempo humano —a diferencia del tiempo físico— solo se vuelve inteligible cuando se configura narrativamente. Contamos historias porque de otro modo el tiempo nos aplastaría con su incoherencia. La novela, la historiografía y el mito no son entretenimientos opcionales; son las prótesis cognitivas con las que la humanidad hace habitable el paso de los años.

Identidad narrativa: somos el relato que construimosQuizá la contribución más influyente de Ricoeur a la filosofía contemporánea sea el concepto de identidad narrativa, desarrollado en Sí mismo como otro (1990). Frente a la ilusión de un yo sustancial e inmutable —el cogito cartesiano como roca—, Ricoeur propone que la identidad personal es dinámica, frágil y narrativa: somos lo que contamos de nosotros mismos y lo que los demás cuentan de nosotros. El idem —lo que permanece igual— y el ipse —lo que se mantiene fiel a sus promesas— se tensan en un equilibrio nunca resuelto del todo.

Esta distinción tiene consecuencias éticas y políticas de primer orden. Si la identidad es narrativa, puede reescribirse. Los individuos y las comunidades tienen la capacidad —y la responsabilidad— de narrar de otra manera su pasado para abrir un futuro diferente. La memoria no es un archivo sino una tarea.

Memoria, olvido y perdónSu obra tardía La memoria, la historia, el olvido (2000) confrontó el problema más urgente del final del siglo XX: ¿cómo recordar las atrocidades colectivas sin quedar atrapados en ellas? Ricoeur rechazó tanto la amnesia cómoda como la memoria paralizante. Propuso una «política justa de la memoria» que reconozca el sufrimiento sin convertirlo en identidad definitiva. El perdón —no la impunidad— aparece como horizonte ético: no borra el pasado, pero libera a los actores de su determinismo.

Una filosofía para tiempos rotosEn un presente marcado por la polarización identitaria, la desinformación y el colapso de los relatos compartidos, Ricoeur resulta más necesario que nunca. Su insistencia en que toda interpretación es parcial pero no por ello arbitraria, en que el conflicto de las interpretaciones es condición de la democracia y no su patología, en que comprender al otro exige un «rodeo» por sus textos y sus historias, ofrece una alternativa filosófica al cinismo y al dogmatismo que hoy compiten por el espacio público.

Leer a Ricoeur no resuelve los problemas. Pero enseña a plantearlos con mayor honestidad, mayor paciencia y mayor respeto por la complejidad irreductible de lo humano. En eso, precisamente, consiste la filosofía cuando está a la altura de su nombre.

Lo raro es una advertencia, según Schweblin en "El buen mal"

Hoy repasamos «El buen mal», de Samanta Schweblin, cuando las buenas intenciones nos borran. Hay libros que se leen deprisa y se digieren despacio. El buen mal (Penguin Random House / Seix Barral, 2025), el cuarto volumen de cuentos de la argentina Samanta Schweblin, pertenece con toda justicia a esa categoría. Son apenas 120 páginas —«tan delgado que un abejorro enfurecido pudiera traspasarlo», ha escrito algún reseñista— y sin embargo su peso específico sobre el lector se extiende durante días. Galardonado con el Premio Aena de Narrativa como el mejor libro de la literatura hispanoamericana de 2025, el título ya circula en inglés como Good and Evil and Other Stories, en la traducción de Megan McDowell para Knopf.

La autora es una voz que lidera un nuevo canon latinoamericano. Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. Sus dos primeros libros de cuentos, antologados en Pájaros en la boca y otros cuentos, obtuvieron los premios Fondo Nacional de las Artes y Casa de las Américas 2008. Su primera novela, Distancia de rescate (2014), fue nominada al Premio Booker Internacional, obtuvo los premios Shirley Jackson y Tournament of Books, y fue llevada al cine por Claudia Llosa para Netflix. En 2018 publicó su segunda novela, Kentukis, nominada también al Premio Booker Internacional. Siete casas vacías (2015) obtuvo el Premio Narrativa Breve Ribera del Duero y el National Book Award en 2022. Traducida a cuarenta lenguas, Schweblin reside desde hace más de diez años en Berlín, desde donde escribe y enseña escritura creativa. Ha sido finalista del International Booker Prize en tres ocasiones: un récord que la sitúa en la primera línea de la narrativa mundial en español.

El libro: seis relatos en el filo de lo cotidiano. El epígrafe que abre el libro es de Silvina Ocampo: «Lo raro siempre es más cierto». Una declaración de principios que resume con exactitud el universo narrativo de Schweblin. El buen mal contiene seis cuentos que juegan con lo familiar y lo extraño, llevando a los personajes a situaciones cotidianas que, de repente, se vuelven inquietantes. En uno de los más celebrados, «Bienvenida a la comunidad», una mujer que ha intentado suicidarse sin éxito regresa a casa, esconde sus notas y retoma mecánicamente el ritmo de la vida doméstica, mientras su percepción del mundo adquiere una cualidad onírica e inquietante.

Los cuentos plantean hasta dónde las supuestas buenas intenciones pueden socavar nuestras vidas: la sobreprotección, la necesidad de perdón, la culpa, e incluso el amor y la empatía, pueden atentar contra la propia singularidad. El título mismo es un oxímoron que la autora no resuelve, sino que habita con maestría: el bien y el mal no son aquí fuerzas opuestas, sino facetas indistinguibles de los mismos vínculos humanos.

Las voces que lo celebran. La crítica internacional ha respondido con entusiasmo. Joyce Carol Oates describe los relatos como «poderosamente evocadores e inquietantes, como sueños febriles que flotan entre las reconfortantes familiaridades de la vida doméstica y los visionarios vuelos del inconsciente». Por su parte, Colum McCann señala que «los personajes se encuentran en un punto sin retorno, atrapados en el instante en que lo siniestro irrumpe en sus vidas. Algunos se transforman, otros se aíslan, otros se debaten entre la culpa y la ternura. Todos están impulsados por la incertidumbre».

Especialmente reveladora es la lectura de Ute Pappelbaum: «Los personajes hablan en primera persona, pero este "yo" no es un centro, sino un eco. Las barreras que separan lo deseado de lo indeseado, lo inofensivo de lo violento, son tan porosas que resultan inexistentes».

Por qué leerlo ahora. El buen mal está pensado y escrito para los amantes de las paradojas, para los que entienden la vida como un juego entre la realidad y el milagro. En un contexto cultural donde la narrativa de género —el thriller, el romance— domina las listas de ventas, Schweblin propone algo más exigente y más duradero: una literatura que no explica, no consuela y no cierra. Una literatura que, precisamente por eso, permanece. George Saunders la llama «una de las escritoras más fascinantes del mundo», y Enrique Vila-Matas afirma que leerla produce «un antes y un después». Pocas veces el consenso crítico resulta tan unánime —y tan merecido.

@silmar.ebooks En cada uno de los cuentos de El buen mal, Samanta Schweblin nos abduce a otra dimensión donde quedamos en contacto íntimo con sus personajes. Si querés leer este libro o estas buscando algún otro no dudes en consultarnos. #el buen mal #Samanta Schweblin #libro #ebook #epub #pdf #digital #librodigital #silmar ♬ sonido original - Silmar Ebooks

Biarritz en dos días: Guía culta entre historia y costa vasca

Biarritz (otros posts): una ciudad de capas históricas. Biarritz, ubicada en el extremo norte de la costa vasca francesa, representa uno de los casos más interesantes de transformación urbana del siglo XIX europeo. De un pueblo ballenero medieval pasó a convertirse en destino de la aristocracia y la burguesía industrial gracias a los caprichos de Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III. Esta metamorfosis dejó huellas arquitectónicas que todavía estructuran la experiencia contemporánea de la ciudad, haciendo que cualquier visita breve adquiera una dimensión histórica incapaz.

Primer día: la costa y la arquitectura Belle Époque. Una jornada bien aprovechada comienza en la Playa del Ayuntamiento o la Grande Plage, desde donde la geografía urbana revela su lógica decimonónica. El paseo marítimo, con sus construcciones señoriales del XIX, comunica visualmente con el Casino, edificio emblemático de 1903 diseñado por el arquitecto Coquet. No se trata simplemente de admirar estructuras, sino de leer en la piedra y el hierro forjado las aspiraciones de una época que creía en el progreso material como vía hacia el refinamiento.

Desde allí, el recorrido hacia el norte conduce al Museo del Mar (Musée de la Mer), instalado en una construcción Art Déco que aloja una colección que ilustra tanto la historia ballenera de la región como la ecología marina atlántica contemporánea. La visita se complementa ascendiendo al Faro de Biarritz, desde donde la perspectiva panorámica permite captar la lógica geográfica y urbanística de la ciudad.

Por la tarde, conviene transitar por el barrio histórico alrededor de la Iglesia de Nuestra Señora del Atalay, núcleo medieval preservado donde la textura urbana premoderna aún respira. Una caminata hacia el sur, hacia la Roca de la Virgen, ofrece tanto puntos de vista privilegiados como reflexión sobre cómo el simbolismo religioso ha estructurado los paisajes costeros europeos.

Segundo día: naturaleza, cultura y pensamiento. El segundo día puede dedicarse a una exploración más reflexiva. Los acantilados de Côte des Basques constituyen un espacio donde naturaleza y práctica cultural (el surf) convergen de forma paradigmática. Es útil desayunar en un café próximo y observar cómo la modernidad del deporte acuático dialoga con la geomorfología ancestral.

Una visita al Museo Asiático (colección privada de arte oriental) amplía la perspectiva cosmopolita de Biarritz: la ciudad no solo mira hacia Europa, sino que históricos viajes comerciales y exotismo decimonónico dejaron marcas en sus colecciones. Por la tarde, el Château de Marracq (ahora hotel, pero su estructura es visitables desde sus espacios públicos) ejemplifica cómo la arquitectura residencial de élite operaba como manifestación del gusto burgués.

Recorrer Biarritz en dos días no significa agotar sus atractivos, sino comprender cómo una ciudad costera se convierte en palimpsesto: estratos medievales bajo capas Belle Époque, todo ello dialogando con la presencia atlántica permanente. Es un ejercicio de lectura urbana donde el viajero culto descubre que el ocio balneario nunca fue únicamente hedonista, sino expresión de transformaciones sociales, técnicas y estéticas profundas.

Álbum de imágenes públicas.

@gukgreen 🌊 5 COSAS QUE HACER EN BIARRITZ 🌊 1️⃣ ROCHER DE LA VIERGE 📍 Un icónico peñasco con una estatua de la Virgen María, accesible por un puente. 📸 No te olvides de sacarte una foto en su arco con el mar de fondo. 🌅 Vistas espectaculares del océano y la costa vasca. 2️⃣ PUERTO DE LOS PESCADORES 📍 Un pequeño y colorido puerto lleno de encanto. 🐟 Restaurantes con marisco fresco y ambiente marinero. 🚶‍♂️ Ideal para un paseo tranquilo mientras disfrutas de la brisa del mar. 3️⃣ CALLEJEAR Y DESCUBRIR SU ARQUITECTURA 📍 Recorre sus calles comerciales llenas de vida y tiendas. ⛪ Iglesia de Santa Eugenia: arquitectura neogótica con vistas al puerto. ⛪ Iglesia Ortodoxa de San Alejandro: un pedazo de Rusia en Biarritz. 💡 No te pierdas el Faro de Biarritz, con vistas de postal desde lo alto. 4️⃣ BUSCAR EL OSO DEL BALCÓN 👀 Un curioso detalle escondido en la ciudad, ¿serás capaz de encontrarlo? 📸 Una foto con el famoso ‘oso del balcón’ es casi obligatoria. 🔎 Pista: mira hacia arriba en los edificios de la calle comercial mas famosa. 5️⃣ DISFRUTAR DE SUS PLAYAS Y ATARDECERES 🌊 La Grande Plage y la Côte des Basques son perfectas para relajarse o surfear. 🌅 Atardeceres de ensueño, considerados de los mejores de toda Francia. 📸 No olvides capturar ese momento dorado y dejar relajarte ✨ Ideal para: amantes del postureo 🤣🤪 #Biarritz #PaísVascoFrancés #Francia #Surf #Viajes #Atardeceres #gukgreen #paysbasque #basquecountry #Euskadi #paisvasco ♬ In the Mood - Glenn Miller