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La generación ansiosa: Infancia, móviles y salud mental

En 2024 el psicólogo social Jonathan Haidt (otros muchos posts nuestros), profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, publicó The Anxious Generation, traducido al castellano como La generación ansiosa (Deusto). El autor, conocido ya por La hipótesis de la felicidad y por La mente de los justos, y coautor junto a Greg Lukianoff de La transformación de la mente moderna, vuelve sobre un terreno que domina desde hace década y media: la psicología moral aplicada a los grandes desajustes de nuestro tiempo. Esta vez el objeto de estudio es más íntimo y más alarmante: el derrumbe de la salud mental de los adolescentes occidentales desde comienzos de la década de 2010. 

El libro sostiene que la generación nacida después de 1995 —la llamada generación Z— desarrolló su identidad en medio de una transformación tecnológica y cultural sin precedentes, marcada por el uso extendido de los smartphones y de redes sociales diseñadas para generar dependencia. Haidt describe dos tendencias simultáneas y, a su juicio, igualmente dañinas: la sobreprotección de los niños en el mundo físico —patios vigilados, juego libre casi extinguido, autonomía infantil reducida al mínimo— y, en paralelo, una desprotección casi total en el mundo virtual, donde bastaba con marcar una casilla para acceder, sin control real, a plataformas concebidas para adultos. El autor identifica cuatro daños fundamentales derivados de este entorno: la privación social, la falta de sueño, la fragmentación de la atención y un mecanismo de recompensa que libera dopamina sin llegar nunca a saciar, generando algo parecido a un síndrome de abstinencia. De ahí sus propuestas, tan citadas como discutidas: posponer el acceso al smartphone hasta la educación secundaria, retrasar las redes sociales hasta los dieciséis años, instaurar centros educativos libres de móviles y devolver a la infancia el juego no supervisado.

La solidez del libro reside en la acumulación: cientos de notas, gráficos y estudios que dibujan una correlación temporal muy marcada entre la difusión del smartphone —hacia 2012— y el aumento de la ansiedad, la depresión y las hospitalizaciones por autolesión entre adolescentes, especialmente chicas. Pero es precisamente esa acumulación la que ha desatado la controversia académica más intensa en torno a un ensayo de divulgación psicológica en años recientes. La psicóloga Candice Odgers, en una reseña muy comentada publicada en Nature, sostuvo que cientos de investigadores han buscado los grandes efectos que describe Haidt y solo han hallado asociaciones nulas, pequeñas o mixtas, en su mayoría de naturaleza correlativa, no causal. Otros especialistas, como Andrew Przybylski o Peter Etchells, coinciden en que los datos sobre tiempo de pantalla y bienestar distan de ser concluyentes. 

 Haidt ha respondido punto por punto, defendiendo que la variedad y convergencia de métodos —estudios longitudinales, cuasiexperimentales y de dosis-respuesta— apunta más allá de la simple coincidencia temporal. El debate sigue abierto, y probablemente lo estará durante años: la psicología social rara vez ofrece pruebas de causalidad tan limpias como exigiría el rigor experimental puro.

Más allá de quién tenga razón en el detalle metodológico, La generación ansiosa ha logrado algo poco frecuente en un ensayo académico: instalar en la conversación pública, en los claustros docentes y en los hogares, la pregunta de si hemos delegado la crianza de una generación entera en arquitecturas digitales diseñadas para capturar la atención antes que para cuidarla. No es la primera vez que una tecnología nueva —el cine, los cómics, la televisión, los videojuegos— provoca una alarma moral que después la investigación matiza o desmiente en parte; los críticos de Haidt no dejan de recordarlo. Pero tampoco es descartable que esta vez la escala del cambio —la sustitución casi total del juego presencial por la pantalla en apenas una década— merezca la seriedad con la que el propio Haidt, desde su cátedra de ética en Stern, ha decidido tratarla. 

@ani.pocino Este libro se tiene que leer sí o sí 📖🤯 Lo recomendó Bill Gates como uno de los mejores libros que había leído en el último año ¡es brutal! 🙌🏼 #emprendedor #motivacion #libros #redesociales #ansiedad #lageneracionansiosa #jonathanhaidt ♬ sonido original - Ani Pocino

Progresistas: más abiertos, más amistades, más mundos

La idea de que las personas progresistas tienden a tener un círculo social más amplio que las personas conservadoras puede desarrollarse y fundamentarse desde diversas perspectivas: sociológica, psicológica y empírica. A continuación, se expone una argumentación estructurada, con referencias a investigaciones relevantes y teorías explicativas.

Comencemos con la definición de términos clave:

  • Progresismo: Orientación ideológica que valora el cambio social, la diversidad, la inclusión y los derechos individuales, promoviendo la apertura hacia nuevas ideas y formas de vida.
  • Conservadurismo: Orientación ideológica que prioriza el orden, la tradición, la estabilidad y la preservación de valores culturales o religiosos considerados fundamentales.
  • Círculo social: Conjunto de relaciones interpersonales que una persona mantiene, incluyendo amigos, conocidos, colegas, y otros vínculos sociales más o menos estrechos.

Fundamentación psicológica: 

1) Apertura a la experiencia (Big Five). Según el modelo de los “Cinco Grandes Rasgos de Personalidad” (Big Five), el rasgo de apertura a la experiencia está correlacionado positivamente con posturas progresistas. Este rasgo incluye la curiosidad, la creatividad y la tolerancia hacia lo nuevo y lo diferente. Las personas con alta apertura buscan activamente conocer personas de distintos orígenes, se involucran en contextos sociales diversos (activismo, comunidades creativas, espacios multiculturales) y están más dispuestas a mantener amistades con personas con ideas distintas.

En cambio, las personas con ideologías conservadoras tienden a puntuaciones más bajas en apertura a la experiencia, lo que podría limitar la diversidad y amplitud de su círculo social.

2) Amenaza percibida y sesgo de homofilia. La psicología evolutiva ha mostrado que los conservadores tienden a tener una mayor sensibilidad al riesgo y la amenaza, lo que se traduce en preferencia por grupos conocidos y homogéneos (sesgo de homofilia). Esto puede derivar en círculos sociales más pequeños, compuestos por personas con ideologías similares.

Fundamentación sociológica: Capital social “bridging” vs. “bonding”

El sociólogo Robert Putnam distingue entre: Capital social de vínculo (“bonding”): relaciones cerradas, entre personas similares (ej. familiares, miembros del mismo grupo religioso o ideológico). Frente a ello: Capital social de puente (“bridging”): relaciones abiertas entre personas de distintos grupos sociales o culturales.

Diversos estudios han señalado que los progresistas tienden a generar más capital social de tipo bridging, mientras que los conservadores tienden más al bonding. Esto amplía tanto el tamaño como la diversidad del círculo social de los progresistas.

Datos empíricos y estudios:

Redes sociales y diversidad de contactos: Estudios como los de Pew Research Center y la plataforma Facebook han mostrado que los usuarios con posturas progresistas tienden a tener: Más contactos de distintos orígenes culturales y raciales. Mayor exposición a puntos de vista diversos. Participación más activa en comunidades digitales abiertas. En contraste, los usuarios conservadores tienden a círculos más homogéneos y menor exposición a la diferencia ideológica.

Estudios sobre migración, urbanismo y movilidad social: Los progresistas tienden a vivir en entornos urbanos, más densamente poblados y culturalmente diversos, lo cual facilita una mayor red de contactos. Además, están más abiertos a la movilidad y a cambiar de lugar de residencia, lo cual amplía su red social.

Contraargumentos y matices: El tipo de comunidad importa: En comunidades rurales o religiosas, los conservadores pueden tener redes sociales densas, aunque menos diversas. Pueden ser pequeñas pero muy cohesionadas. No todos los progresistas tienen círculos amplios: Hay progresistas que, por otros factores (introversión, aislamiento, desigualdad), mantienen redes sociales reducidas. Cambios generacionales: La polarización actual puede afectar el tamaño del círculo social de ambos grupos, especialmente si hay intolerancia hacia el disenso.

Síntesis final: En términos generales, y según múltiples estudios en psicología, sociología y ciencia política, las personas con ideología progresista tienden a tener círculos sociales más amplios y diversos que las personas conservadoras. Esta diferencia se explica por factores de personalidad (apertura), preferencia por la diversidad, menor sensibilidad al riesgo, y una mayor disposición al contacto intercultural e interideológico.

Sin embargo, esta tendencia no es absoluta, y debe considerarse en función del contexto cultural, la edad, el entorno geográfico y otros factores individuales. Las ideas abiertas construyen redes abiertas. La diversidad no divide: expande tu mundo. Más allá de la burbuja: cómo piensan quienes tienen más amigos (post previo reciente).

REFERENCIAS EUROPEAS Y ESPAÑOLAS


1. Inglehart & Welzel – Modernization, Cultural Change and Democracy (2005). Contexto: Análisis global, incluyendo Europa. Tesis clave: La modernización lleva a un cambio de valores desde la seguridad (más conservadora) hacia la autoexpresión (más progresista). Las sociedades con valores de autoexpresión (más progresistas) tienden a ser más abiertas, diversas y con redes sociales más amplias. Disponible en español.

2. Fundación BBVA – Estudio europeo de valores (últimas ediciones: 2019 y 2023) 🔗 Fundación BBVA – Valores y cultura democráticaMuestra que los españoles con valores progresistas tienen mayor aceptación de la diversidad cultural, sexual y religiosa, y muestran mayor participación en redes sociales amplias, actividades culturales y ONGs. Comparativa europea: España se sitúa entre los países más abiertos de Europa Occidental, junto con Países Bajos y Suecia.

3. CIS – Centro de Investigaciones Sociológicas (España) 🔗 www.cis.esDiversas encuestas del CIS han mostrado que las personas de ideología progresista tienen mayor participación en movimientos sociales, redes de voluntariado y colectivos culturales. También están más dispuestas a establecer relaciones con personas de otras religiones, razas o nacionalidades. Por ejemplo, la Encuesta sobre actitudes hacia la inmigración y la Encuesta sobre diversidad y convivencia (últimas ediciones 2021–2023).

4. Manuel Castells – La era de la información (1996–2003). Tesis clave: La red es la forma organizativa dominante en la sociedad contemporánea. Castells muestra cómo las personas con valores postmaterialistas (progresistas) se integran más en redes sociales extensas y transnacionales, frente a la lógica de comunidad cerrada tradicional (más conservadora). Autor español de referencia internacional.

5. Observatorio Social de “la Caixa” – Cohesión social, diversidad y polarización en España (2020–2023) 🔗 Observatorio SocialRelevancia: Estudios sobre cómo los valores progresistas promueven mayor contacto con la diversidad y redes sociales más ricas. También relacionan actitudes xenófobas con ideologías conservadoras y círculos sociales más homogéneos.

6. Eurobarómetro – Valores europeos y diversidad cultural (últimas ediciones) 🔗 Eurobarómetro oficialRelevancia: Ciudadanos de orientación progresista son más proclives a aceptar la multiculturalidad, las uniones LGTB, la movilidad y el pluralismo religioso, lo que se correlaciona con redes sociales más diversas y abiertas.

7. Salvador Giner – Sociología (2005). Autor: Sociólogo español, fundador de la revista Revista Internacional de Sociología. Relevancia: En su obra, analiza cómo los valores progresistas tienden a fomentar la sociabilidad abierta, el cosmopolitismo y la flexibilidad en la estructura de las redes sociales.

Estas referencias demuestran que tanto en España como en Europa, los valores progresistas  se correlacionan con mayor apertura hacia la diversidad, favorecen la participación en redes amplias, plurales y dinámicas y contrarrestan el sesgo de homofilia que tiende a caracterizar a los entornos conservadores.

Sigue otra selección de libros, estudios y referencias académicas que respaldan la tesis de que las personas con ideología progresista tienden a tener círculos sociales más amplios y diversos que las personas conservadoras:

1. Jonathan Haidt – The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (2012). Tesis clave: Las diferencias políticas están relacionadas con fundamentos morales distintos. Haidt muestra que los progresistas priorizan valores como la equidad y la novedad, lo que se asocia con mayor apertura social y diversidad en redes.

2. Chris Mooney – The Republican Brain: The Science of Why They Deny Science—and Reality (2012). Tesis clave: Diferencias neurológicas y de personalidad entre progresistas y conservadores. Basado en estudios neurocientíficos que muestran que los progresistas tienen una amígdala menos reactiva al miedo, lo que se traduce en mayor tolerancia a lo distinto y apertura social.

3. Robert Putnam – Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community (2000). Tesis clave: Disminución del capital social en EE. UU. y sus diferencias ideológicas. Introduce las nociones de capital social bonding (cerrado, típico en conservadores) y bridging (abierto, típico en progresistas).

4. Pew Research Center – Political Polarization in the American Public (2014). 🔗 Enlace al estudio (Pew). Muestra que los progresistas tienden a vivir en zonas urbanas más densas y multiculturales, mientras que los conservadores tienden a entornos más homogéneos. Esto influye en la diversidad y tamaño del círculo social.

5. Peter Hatemi y Rose McDermott – Man Is by Nature a Political Animal: Evolution, Biology, and Politics (2011). Tesis clave: La ideología política tiene componentes biológicos y hereditarios. Demuestra que la “apertura a la experiencia” (vinculada a progresismo) se relaciona con actitudes más tolerantes y redes sociales más diversas.

6. Arlie Russell Hochschild – Strangers in Their Own Land (2016). Tesis clave: Estudio etnográfico de conservadores en EE. UU. Contrasta su tendencia a mantener redes sociales cerradas y homogéneas frente al enfoque más expansivo y multicultural de los progresistas.

7. Marc Hetherington & Jonathan Weiler – Authoritarianism and Polarization in American Politics (2009). Tesis clave: Analiza la relación entre autoritarismo, miedo al cambio y conservadurismo. El autoritarismo se relaciona con desconfianza hacia lo diferente, lo que limita la amplitud y diversidad del círculo social.

8. John Hibbing et al. – Predisposed: Liberals, Conservatives, and the Biology of Political Differences (2013). Tesis clave: Diferencias en la percepción de amenaza y novedad. Conservadores reaccionan más intensamente ante estímulos amenazantes, lo que puede reducir la variedad de sus relaciones sociales.

9. Estudio de Kosinski, Stillwell y Graepel (2013) – Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior. (PNAS, Proceedings of the National Academy of Sciences). 🔗 Enlace al estudioA través de datos de Facebook, se encontró que los usuarios con ideología progresista tenían redes de contactos más extensas y diversas.

Humor y consejos con el Mago More


El Mago More habla de Bronnie Ware, onirogramas, resiliencia,..., metáforas como "el jinete y el elefante" con libros como "La hipótesis de la felicidad" de Jonathan Haidt, la diferencia entre fuerza de voluntad (la vela, o el esfuerzo de andar diariamente diez mil pasos o hacerse la cama todos los días) y motivación (la cerilla) o citas como "Cuando hay lo que hay, hay lo hay". 

También los 30 o 21 días para construcción de un hábito de William JamesMaxwell Maltz (y su Psicocibernética),... o revalorizar el sentido del humor. O sus recomendaciones de obras como "Anatomía de una enfermedad" de Norman Cousins,...

El descuido paternal de los '60 y ´70 forjó gran resiliencia adulta

Según este reciente artículo "El descuido benévolo que forjó la generación más resiliente del siglo XX", el hecho de crecer relativamente solos por alta ocupación de sus padres, generó accidentalmente en los años 60 y 70 que aquellas infancias derivasen en adultos emocionalmente robustos y resilientes de la historia moderna.

No fue por una crianza superior, sino por una especie de "negligencia benigna": los padres, ocupados con trabajos múltiples y sus propios problemas, dejaban a los niños solos gran parte del tiempo, obligándolos a autorregularse, resolver problemas y desarrollar "callos emocionales" que la comodidad actual hace casi imposible cultivar. 

El autor contrasta esto con la infancia moderna: hipervigilada, estructurada, con validación constante y protección extrema contra cualquier incomodidad. La ironía paradójica es que al intentar ser "mejores padres", hemos creado una generación con menos habilidades de regulación emocional y resiliencia ante adversidades.

Hay una imagen que muchos adultos mayores de cincuenta años reconocen de inmediato: niños que salen a la calle por la mañana y regresan cuando los faroles se encienden. Sin teléfonos, sin agenda, sin adulto a la vista. Una infancia que, vista desde hoy, parece casi irresponsable. Y sin embargo, la psicología del desarrollo empieza a plantear una pregunta incómoda: ¿fue precisamente esa falta de supervisión lo que produjo una de las generaciones emocionalmente más capaces de la historia reciente?

La tesis no es nostálgica ni trivial. Parte de una observación clínica y sociológica cada vez más documentada: los niños criados en los años sesenta y setenta en contextos occidentales desarrollaron, de forma no planificada, una serie de competencias emocionales y cognitivas que hoy se consideran difíciles de enseñar en entornos estructurados. Autorregulación emocional, tolerancia a la frustración, resolución autónoma de conflictos, capacidad de aburrirse sin desmoronarse. No lo aprendieron en talleres de inteligencia emocional. Lo aprendieron porque no había otra opción.

La adversidad mínima como laboratorio. La psicología del desarrollo lleva décadas estudiando el concepto de estrés tolerable: aquella dosis de dificultad que, lejos de traumatizar, activa mecanismos de adaptación. Cuando un niño se aburre y no hay adulto que lo entretenga, cuando pierde un juego y nadie gestiona su decepción, cuando debe negociar con otros niños sin árbitro adulto, está ejercitando circuitos emocionales que solo se consolidan a través del uso. La experiencia repetida de resolver pequeñas adversidades construye lo que algunos investigadores denominan capital emocional: una reserva interna de recursos que se activa ante las dificultades de la vida adulta.

Las generaciones de posguerra no aplicaban ninguna teoría pedagógica. Los padres, muchos de ellos ocupados en la reconstrucción económica y social, simplemente no tenían tiempo ni herramientas para una crianza intensiva. Lo que en apariencia era dejadez era, en términos funcionales, un espacio de autonomía que el cerebro infantil aprovechó para madurar.

El giro hacia la hiperparentalidad. A partir de los años ochenta y noventa, la cultura occidental fue adoptando progresivamente un modelo de crianza radicalmente distinto: más supervisión, más estructuración del tiempo libre, mayor intervención en los conflictos entre iguales. Las motivaciones son comprensibles —y en muchos aspectos legítimas—: mayor conciencia de los riesgos físicos, entornos urbanos más complejos, acceso a información sobre el desarrollo infantil. Sin embargo, la consecuencia no prevista ha sido privar a muchos niños de las condiciones en las que, precisamente, se desarrolla la resiliencia.

El psicólogo Jonathan Haidt, entre otros investigadores, ha documentado cómo el incremento de la ansiedad, la depresión y la intolerancia a la frustración en las generaciones más jóvenes coincide temporalmente con este viraje hacia una infancia cada vez más protegida y administrada. No se trata de una relación causal simple, pero sí de una correlación que merece atención.

Ni nostalgia ni regreso al pasado. Sería un error leer esta evidencia como una invitación a la negligencia o como una idealización acrítica del pasado. Los años sesenta y setenta presentaban déficits reales en protección infantil, sensibilidad emocional y atención a las necesidades individuales de los niños. La dirección no es volver atrás, sino integrar lo aprendido.

Lo que la psicología contemporánea sugiere es más matizado: que el bienestar infantil no se construye solo eliminando el malestar, sino también permitiendo que el niño lo experimente en dosis manejables y lo procese con creciente autonomía. Que estar presente como figura de apoyo no equivale a resolver cada dificultad antes de que el niño tenga ocasión de intentarlo. Que la incomodidad, cuando no es traumática, puede ser formativa.

La generación de los '60 y '70 no fue forjada por mejores padres. Fue forjada, en parte, por la ausencia calculada —aunque involuntaria— de su intervención. Es una lección que la pedagogía y la psicología familiar todavía están aprendiendo a traducir en recomendaciones prácticas para un mundo que ha cambiado, pero cuya biología infantil permanece, en lo esencial, igual que siempre.

El dilema de las redes sociales, un educativo documental


Hemos vuelto a ver “El dilema de las redes sociales”, un documental de 2020 dirigido por Jeff Orlowski que explora el impacto negativo de las redes sociales en la sociedad. A través de entrevistas con exejecutivos de grandes compañías tecnológicas como Facebook, Google y Twitter, el documental revela cómo estas plataformas están diseñadas para manipular las emociones y comportamientos de los usuarios con el fin de mantenerlos conectados y maximizar los beneficios económicos. 

El documental destaca varios puntos clave: 
  • Adicción y manipulación: Las redes sociales utilizan estrategias sofisticadas para enganchar a los usuarios, como recomendaciones automáticas y notificaciones. 
  • Impacto en la salud mental: Se ha observado un aumento en la depresión y las tasas de suicidio entre adolescentes desde la popularización de las redes sociales. 
  • Capitalismo de vigilancia: Las plataformas recopilan y explotan datos personales para obtener beneficios económicos. 
Aunque el documental ha sido elogiado por su accesibilidad y relevancia, también ha recibido críticas por no ofrecer soluciones concretas a los problemas que presenta. Algunas soluciones y recomendaciones para mitigar estos efectos negativos son: 
  • Desactivar las notificaciones: Justin Rosenstein, creador del botón “Me gusta” en Facebook, sugiere desactivar las notificaciones para reducir las distracciones y la adicción. 
  • Limitar el tiempo de uso: Establecer límites de tiempo para el uso de redes sociales puede ayudar a reducir su impacto negativo en la salud mental. 
  • Alfabetización digital: Promover la educación digital para que los usuarios puedan discernir entre fuentes fiables y no fiables, y evitar la propagación de desinformación. 
  • Regulación y políticas: Implementar regulaciones más estrictas sobre cómo las empresas tecnológicas pueden recopilar y utilizar los datos de los usuarios. 
Estas son algunas de las medidas que se pueden tomar tanto a nivel individual como colectivo para retomar el control sobre el uso de las redes sociales.
Para el debate, algunas críticas, con conceptos como las burbujas-filtro, con referencias a libros como "Hooked" (Enganchado) de Nir Eyal (pronto post),...
@luigicaves #Recuerdos #netflix #documental #socialdilemma #redessociales ♬ sonido original - Luis Cuevas