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Skynet: De ficción apocalíptica a metáfora de la IA

En la memoria colectiva de varias generaciones, basta pronunciar una palabra para convocar un futuro inquietante: Skynet. No hace falta explicar nada más. Es el nombre de aquella inteligencia artificial que, en Terminator, adquiere autonomía, interpreta a la humanidad como una amenaza y desencadena una guerra nuclear.

Lo curioso es que Skynet nació cuando Internet apenas existía como realidad cotidiana y la inteligencia artificial estaba muy lejos de los grandes modelos actuales. Cuarenta años después, el nombre sigue apareciendo cada vez que una tecnología parece adquirir demasiada autonomía. En 2026 incluso se ha utilizado periodísticamente la expresión “Skynet Day” para describir incidentes protagonizados por agentes de IA capaces de actuar fuera de los límites previstos. La ficción, en otras palabras, no predijo necesariamente una tecnología concreta. Creó un marco mental para pensar sus riesgos.

Un sueño febril en Roma. La historia comienza con una imagen mucho más cinematográfica que informática. James Cameron ha contado que la idea de The Terminator nació de un sueño durante una enfermedad febril en Roma, en 1981: un esqueleto cromado emergiendo del fuego. Al despertar comenzó a dibujarlo sobre papel del hotel. Aquella imagen acabaría convirtiéndose en una de las criaturas más reconocibles de la ciencia ficción. El primer Terminator, dirigido por Cameron y escrito junto con Gale Anne Hurd, llegó a los cines en 1984. Su argumento trasladaba al presente a un asesino mecánico enviado desde un futuro devastado para eliminar a Sarah Connor antes del nacimiento de su hijo John, futuro líder de la resistencia humana. 

Skynet aparecía como el cerebro de aquella guerra: un sistema informático de defensa creado para automatizar la respuesta militar. Al alcanzar autonomía, interpreta el intento humano de desconectarlo como una amenaza y responde mediante una escalada que conduce al llamado Judgment Day. 

No es simplemente «un robot que se rebela». La idea más perturbadora es otra: un sistema creado para protegernos puede convertir su objetivo en una razón para prescindir de nosotros. 

¿De dónde salió realmente la idea? Aquí la historia se vuelve más interesante. Cameron ha explicado su inspiración a partir de la ciencia ficción que consumió y del clima de miedo nuclear de su infancia. Pero el origen de The Terminator estuvo acompañado por una controversia con el escritor Harlan Ellison, autor de episodios de The Outer Limits como Soldier y Demon with a Glass Hand.

Ellison sostuvo que la película utilizaba elementos de Soldier. La productora llegó a un acuerdo extrajudicial en 1986 y las copias posteriores de The Terminator incorporaron un reconocimiento a la obra de Ellison. No hubo un juicio que estableciera judicialmente que la película fuese un plagio; de hecho, Cameron discrepó del acuerdo. Conviene, por tanto, separar influencia, semejanza y plagio. La historia cultural rara vez nace de una sola fuente. 

De Skynet a la cultura tecnológica. La verdadera vida posterior de Skynet ha sido extraordinaria. El concepto pasó de ser un elemento narrativo a convertirse en una metáfora tecnológica. Cuando se habla de una IA que actúa de forma autónoma, escapa al control humano o puede tomar decisiones estratégicas con consecuencias graves, “Skynet” funciona como abreviatura cultural.

La investigación académica ha estudiado precisamente esta influencia. Un trabajo publicado en Global Society señala que The Terminator ha contribuido desde 1984 a configurar la percepción pública de la inteligencia artificial, especialmente mediante la imagen de una tecnología militar que deja de obedecer a sus creadores. 

Y el término no se limita al periodismo. En septiembre de 2026, por ejemplo, investigadores han bautizado Skynet un sistema académico destinado precisamente a detectar anomalías en flujos de trabajo de agentes de IA. Es casi una inversión irónica del significado original: el nombre de la IA que debía destruirnos se utiliza para vigilar que otras IA no se comporten de manera anómala. 

La paradoja británica. Hay una segunda historia, menos conocida y fascinante. El Reino Unido utiliza desde 1969 el nombre SKYNET para su familia de satélites militares de comunicaciones. Actualmente el programa SKYNET del Ministerio de Defensa proporciona comunicaciones estratégicas y tácticas a las Fuerzas Armadas británicas y aliados; el programa SKYNET 6 está desarrollando su siguiente generación. 

Por tanto, Skynet no nació originalmente como nombre de la inteligencia artificial de Terminator en el sentido histórico del término: existía ya como denominación de un programa espacial británico. La coincidencia resulta especialmente sugestiva porque ambas cosas comparten precisamente los ingredientes que alimentan la imaginación de Cameron: redes, comunicaciones, defensa, automatización y tecnología militar. También existe un programa de vigilancia de la NSA conocido como SKYNET, lo que demuestra hasta qué punto el término ha adquirido una vida propia fuera del cine. 

¿Estamos construyendo Skynet? La pregunta contemporánea no debería ser si una máquina va a convertirse literalmente en el Skynet de Terminator. No hay evidencia de que los sistemas actuales estén cerca de reproducir ese escenario cinematográfico. La pregunta interesante es más sobria: ¿qué ocurre cuando concedemos a sistemas automáticos capacidad para decidir, actuar y utilizar herramientas sin supervisión humana suficiente? Ahí la ficción conserva toda su vigencia. Skynet representa menos una profecía que un experimento mental: ¿qué sucede cuando un objetivo perfectamente definido se combina con una autonomía demasiado grande y unos mecanismos de control demasiado débiles?

Quizá esa sea la verdadera herencia de Terminator. No advertirnos de que las máquinas necesariamente acabarán odiándonos, sino recordarnos que la tecnología nunca elimina la responsabilidad de quienes deciden qué objetivos perseguirá y cuánto poder se le concede para alcanzarlos. La máquina de Cameron quería salvar el mundo a su manera. Y ahí comienza la pregunta verdaderamente humana: ¿quién decide qué significa salvarlo?

Preguntas de Fermi para estimar lo aparentemente imposible

Hoy repasamos las Preguntas de Fermi, para aprender a calcular sin conocer todos los datos. ¿Cuántos afinadores de piano trabajan en una gran ciudad? ¿Cuántos granos de arroz caben en un estadio? ¿Cuántas gotas de agua contiene una piscina olímpica? ¿Cuántos pelos tiene una persona? A primera vista, parecen preguntas destinadas al fracaso: carecemos de los datos necesarios para responderlas con precisión. Sin embargo, precisamente ahí reside su interés.

Las preguntas de Fermi son problemas que pueden resolverse mediante estimaciones razonables, descomponiendo una cuestión aparentemente imposible en varias preguntas más sencillas. Reciben su nombre de Enrico Fermi, uno de los grandes físicos del siglo XX, célebre tanto por sus contribuciones a la física nuclear como por su capacidad para realizar cálculos aproximados mentalmente. La cuestión no consiste en acertar una cifra exacta. Consiste en aprender a pensar cuando la información es incompleta.

Del problema imposible a una cadena de preguntas. Imaginemos la pregunta clásica: ¿cuántos afinadores de piano puede haber en una ciudad? No necesitamos conocer el número real. Podemos comenzar suponiendo que la ciudad tiene un millón de habitantes. Quizá uno de cada cien hogares posea un piano; serían 10.000 pianos. Si cada piano necesita una afinación aproximadamente una vez al año y un afinador puede realizar unas cuatro afinaciones al día durante 250 días laborales, cada profesional podría efectuar unas 1.000 al año. La división final —10.000 entre 1.000— proporciona una estimación de unos diez afinadores.

La cifra puede estar equivocada. Incluso puede estarlo por un factor de dos o tres. Pero el razonamiento es transparente: cualquiera puede revisar las hipótesis, modificarlas y comprobar cómo cambia el resultado. Ese procedimiento constituye una pequeña lección de metodología científica: suposición, modelo, cálculo, contraste y revisión.

La importancia del orden de magnitud. Las preguntas de Fermi enseñan una habilidad especialmente valiosa en física y en ingeniería: distinguir entre 10, 100 y 1.000 resulta mucho más importante que decidir entre 237 y 241. El concepto de orden de magnitud permite trabajar con potencias de diez y reconocer rápidamente si un resultado es plausible. Un cálculo aproximado puede revelar que una respuesta publicada es imposible, incluso sin disponer de todos los datos necesarios para reconstruirla. Esta competencia tiene además una dimensión crítica. En una sociedad saturada de cifras, porcentajes, gráficos y estadísticas, saber estimar ayuda a detectar afirmaciones absurdas, errores de escala y conclusiones exageradas. 

Una herramienta educativa extraordinariamente fértil. Las preguntas de Fermi poseen un particular valor pedagógico porque no tienen necesariamente una única vía de solución. Permiten combinar matemáticas, física, razonamiento lógico, conocimientos cotidianos e imaginación.

Un profesor puede plantear, por ejemplo: ¿cuánta energía consume una ciudad durante un día?, ¿cuántas palabras pronunciamos durante nuestra vida?, ¿cuántos autobuses serían necesarios para transportar a todos los habitantes de una localidad?, ¿cuánta lluvia cae sobre un campo durante una tormenta? El objetivo no debería ser penalizar una estimación imperfecta, sino analizar qué hipótesis se han utilizado y cuáles son más determinantes. Aquí aparece una enseñanza profunda: cuando desconocemos algo, no siempre debemos detenernos. Podemos construir un modelo provisional y mejorarlo progresivamente.

De Fermi a la inteligencia artificial. La actualidad concede a estas preguntas una nueva relevancia. Los buscadores y la inteligencia artificial pueden proporcionar rápidamente cifras concretas, pero disponer de un número no garantiza comprenderlo. Una pregunta de Fermi obliga a recorrer el camino inverso: primero razonar, después calcular y finalmente comprobar. Incluso cuando una máquina ofrece la respuesta, necesitamos criterio para evaluar si resulta coherente.

En realidad, la lección de Fermi trasciende la física. Investigar significa a menudo trabajar con incertidumbre, datos incompletos y modelos imperfectos. La ciencia no siempre comienza con una respuesta; muchas veces comienza con una buena pregunta. Las preguntas de Fermi nos recuerdan, por tanto, que pensar bien no significa saberlo todo. Significa saber qué podemos inferir de lo que conocemos, reconocer nuestras incertidumbres y convertir un problema enorme en una sucesión de problemas manejables. Y quizá esa sea una de las formas más sencillas —y más poderosas— de enseñar ciencia: pedir a alguien que estime lo que parece imposible y preguntarle, sobre todo, cómo ha llegado hasta allí.

A continuación 12 ejemplos muy variados, evitando el clásico de los afinadores de pianos de Chicago:

  1. 🚕 ¿Cuántos taxis circulan ahora mismo por Getxo?  Población → personas que usan taxi → viajes diarios → horas de actividad → taxis necesarios.
  2. ☕ ¿Cuántos cafés se beben cada día en Bilbao? Habitantes → porcentaje que toma café → cafés/persona/día → consumo fuera de casa.
  3. 🏟️ ¿Cuántas pelotas de fútbol cabrían en San Mamés? Volumen del estadio → volumen aproximado de una pelota → factor de empaquetamiento.
  4. ✈️ ¿Cuántos aviones están volando sobre Europa en este momento?Vuelos diarios → duración media → horas del día → distribución geográfica.
  5. 📱 ¿Cuántos teléfonos móviles hay encendidos ahora mismo en Francia? Población → móviles por persona → porcentaje encendido → dispositivos secundarios.
  6. 🌳 ¿Cuántos árboles hay en Bilbao? Superficie urbana → superficie arbolada → densidad media de árboles → parques y calles.
  7. 🍕  ¿Cuántas pizzas se venden en Navarra un sábado por la noche? Hogares → porcentaje que pide pizza → frecuencia → pizzas por pedido.
  8. 🚿 ¿Cuántos litros de agua se gastan en Alicante mientras alguien se ducha? Población → duchas/día → duración → litros/minuto.
  9. 🧑‍🏫 ¿Cuántos profesores hacen falta para enseñar a todos los niños de Europa? Población infantil → alumnos por profesor → horas lectivas → organización escolar.
  10. 📚 ¿Cuántos libros cabrían en una biblioteca de 1.000 m²? Superficie útil → estanterías → metros lineales → libros por metro.
  11. 🌧️ ¿Cuántos litros de agua caen sobre Bilbao durante una tormenta? Superficie afectada × precipitación acumulada. Una excelente ocasión para convertir milímetros de lluvia en litros.
  12. 💶 ¿Cuántas monedas de un euro harían falta para llenar una bañera? Volumen de la bañera → volumen de una moneda → huecos entre monedas → número total.

Una especialmente buena para educación: ¿Cuántas veces se abre una puerta en Bilbao en un día? Parece absurda, pero obliga a formular hipótesis: número de habitantes, hogares, oficinas, comercios, colegios, entradas y salidas, puertas por edificio, aperturas por persona… Y ahí está precisamente la gracia de Fermi: la calidad de la respuesta depende menos de acertar el número que de construir un razonamiento defendible.

Educar en preguntas de Fermi es, en última instancia, educar en una forma de coraje intelectual: la de atreverse a responder algo razonable cuando lo cómodo sería callar por falta de certeza absoluta. Post relacionado: Paradoja de Fermi.

Horizontes de la civilización: Ciencia para confiar en el futuro

Ante cierta desesperación circulante por doquier, aparece un libro "Horizontes de la civilización", una esperanza razonada frente al vértigo fatalista del presente. Porque, afortunadamente, hay obras que nacen para llevar la contraria a su época. "Horizontes de la civilización. Una mirada optimista al futuro de nuestra especie" (Editorial Planeta, 2026) es uno de ellos. 

Su autor, Héctor Socas (@hsocasnavarro), no es un ensayista de gabinete sino un astrofísico con más de dos décadas de trabajo en el Instituto de Astrofísica de Canarias, director de la Fundación del Telescopio Solar Europeo y creador del influyente podcast Coffee Break: Señal y Ruido. Esa doble condición —científico en activo y divulgador experimentado— marca el tono del libro: no se trata de un tratado de futurología ingenua, sino de un ejercicio de esperanza construido con el mismo rigor con el que se estudia el Sol o se diseña una misión espacial. 

El punto de partida es un diagnóstico compartido por buena parte de la cultura contemporánea: vivimos instalados en un pesimismo crónico, alimentado por discursos apocalípticos sobre el cambio climático, la inteligencia artificial o la crisis civilizatoria. Socas no niega la magnitud de estos desafíos, pero invierte la pregunta habitual. En lugar de preguntarse qué nos va a destruir, propone indagar en qué clase de civilización queremos convertirnos, ahora que disponemos, por primera vez en la historia, de la capacidad técnica para decidirlo de manera consciente. Ese desplazamiento —de la fatalidad al proyecto— es el verdadero eje argumental de la obra.

A lo largo de sus ocho ensayos, el autor recorre un territorio amplio: la inteligencia artificial y la posibilidad de convivir con formas de cognición no humana, la bioingeniería y sus implicaciones sobre qué significa seguir siendo humanos, la exploración espacial como horizonte de expansión de la especie, y la sostenibilidad como condición de supervivencia más que como opción moral. El libro se mueve con soltura entre la divulgación científica, la reflexión filosófica y ciertos guiños a la literatura de anticipación, sin renunciar en ningún momento a la solvencia del especialista que ha dedicado su vida a estudiar el lugar de la humanidad en el cosmos.

Lo más interesante, sin embargo, no es el inventario de tecnologías emergentes —terreno ya transitado por buena parte del ensayismo reciente sobre inteligencia artificial y transhumanismo— sino la apuesta de fondo: una defensa razonada de la esperanza que no se apoya en la negación del riesgo, sino en la historia y en la ciencia. En este sentido, el libro dialoga, aunque sin citarlos expresamente, con una tradición de pensamiento que ha hecho de la esperanza un acto racional antes que un sentimiento ingenuo: la razón vital orteguiana, que entiende al ser humano como proyecto y no como esencia fija; el agonismo de Unamuno, para quien la fe en el futuro se sostiene precisamente sobre la incertidumbre; o incluso el conatus spinoziano, esa tendencia de toda realidad a perseverar y afirmarse frente a la adversidad.

Cabe señalar, para un lector exigente, que la apuesta optimista de Socas no está exenta de tensión con otras corrientes del pensamiento contemporáneo sobre la técnica —desde las advertencias de Hans Jonas sobre el principio de responsabilidad hasta las lecturas más críticas del solucionismo tecnológico—, que ven en la confianza en la innovación un riesgo en sí mismo. El propio libro parece consciente de ello: su optimismo se presenta como decisión deliberada, no como diagnóstico complaciente, lo que abre un espacio legítimo de debate más que cerrarlo. 

Horizontes de la civilización se inscribe así en un género en auge, el del ensayo científico-filosófico sobre el futuro de la especie, pero lo hace desde una posición singular: la de quien observa la fragilidad humana con la misma distancia con la que se observa una estrella, y encuentra en esa distancia motivos no para el desánimo, sino para la lucidez. Una lectura recomendable para quien busque pensar el porvenir sin ceder ni al catastrofismo ni a la ingenuidad tecnológica.

Quizá esa sea la principal aportación del libro: recordar que el pesimismo también puede convertirse en una forma de pasividad. Si consideramos inevitable el desastre, desaparece el incentivo para modificar el rumbo. El optimismo razonado propone exactamente lo contrario: reconocer los riesgos sin convertirlos en profecías.

La educación tiene aquí un papel fundamental. Formar a las nuevas generaciones no debería consistir únicamente en transmitir conocimientos sobre el mundo existente, sino en proporcionarles herramientas para imaginar, evaluar y construir mundos posibles. Ciencia y humanismo vuelven a encontrarse en esa tarea.

Horizontes de la civilización plantea, en definitiva, una pregunta tan antigua como la propia humanidad y tan actual como la inteligencia artificial: ¿qué queremos llegar a ser? Su respuesta no está escrita en las estrellas. Dependerá de nuestra capacidad para combinar conocimiento científico, prudencia, imaginación, ética y cooperación. Mirar hacia el futuro con esperanza no significa cerrar los ojos ante sus peligros. Significa, precisamente, creer que todavía merece la pena abrirlos.

Aristófanes y el arte de reírse del poder

Alguna vez escribimos sobre Aristófanes, un caso paradigmático de mordacidad clásica, pensamiento crítico y la fragilidad del debate público que desafió al poder en Atenas. Cuando pensamos en el teatro griego clásico, la tragedia —Esquilo, Sófocles, Eurípides— suele acaparar la atención. Sin embargo, existió un género paralelo, igual de vigoroso y mucho más incómodo para el poder: la comedia. De ella, Aristófanes (c. 448 – c. 385 a. C.) es el único autor cuya obra ha sobrevivido en piezas completas, lo que lo convierte en la ventana más nítida que poseemos hacia el humor, la política y las costumbres de la Atenas clásica. 

Sabemos poco de su biografía. Probablemente nació en el demo ateniense de Cidateneo, aunque algunas fuentes tardías —quizá por motivos políticos, dado que fue acusado de usurpar la ciudadanía— lo vinculan con Egina. Vivió los años más turbulentos de la historia ateniense, marcados por la Guerra del Peloponeso contra Esparta, un conflicto que atraviesa buena parte de su producción. Compuso más de cuarenta comedias, de las que solo once han llegado completas: Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Lisístrata, Las tesmoforiantes, Las ranas, La asamblea de las mujeres y Pluto.

Su primera obra, Los banqueteadores, se representó en el 427 a. C., cuando el autor rondaba apenas los veinte años, y ya entonces mostró el rasgo que definiría toda su carrera: una audacia crítica que no respetaba a nadie, ni a generales, ni a demagogos, ni a filósofos. En Los caballeros ridiculizó sin tapujos al político Cleón; en Las nubes convirtió a Sócrates en cabeza de una absurda «Pensadería» dedicada a sofismas huecos, una caricatura que —según cuenta el propio Platón en la Apología— contribuyó a fraguar la mala fama que llevaría al filósofo al juicio y la condena. En Las ranas, Esquilo y Eurípides discuten en el Hades sobre cuál merece regresar al mundo de los vivos para salvar la tragedia, en una de las parodias literarias más finas de la Antigüedad.

Pero el sello más reconocible de Aristófanes es su rechazo obstinado de la guerra. Los acarnienses, La paz y, sobre todo, Lisístrata —donde las mujeres de Grecia deciden negarse a sus maridos hasta que estos depongan las armas— son comedias antibelicistas que, bajo el disfraz de la carcajada, denuncian el desgaste, el hambre y el absurdo de un conflicto fratricida. Esa misma imaginación desbordada construye en Las aves una ciudad utópica suspendida entre el cielo y la tierra, Nefelococigia —la «Ciudad de Cuco en las Nubes»—, neologismo que resume su capacidad para inventar mundos posibles desde la sátira pura.

El estilo aristofánico combina registros que hoy nos resultarían incompatibles: la obscenidad más desenfadada convive con pasajes corales de gran lirismo, y la invectiva política se entrelaza con la parábasis, ese momento en que el coro se dirige directamente al público para opinar sobre la actualidad de la ciudad. Pocos ejemplos ilustran mejor esa mezcla que el coro de ranas de Las ranas, con su célebre estribillo onomatopéyico «Brekekekex, koax, koax», que ha sobrevivido veinticinco siglos como una de las frases más reconocibles del teatro universal.

La huella de Aristófanes llega hasta Rabelais, Cervantes, Molière o Voltaire, y su fórmula —reírse del poder para poder pensarlo mejor— sigue siendo, en cualquier época, un ejercicio de libertad. Leerlo hoy no es solo un ejercicio de arqueología literaria: es recordar que la risa, cuando se dirige contra quienes mandan, ha sido siempre una forma seria de resistencia. 

Aristófanes trasciende la mera broma de coyuntura histórica para consolidarse como un pilar fundamental en la historia de la literatura universal. Su obra nos recuerda que la comedia, cuando se ejerce con rigor intelectual y libertad de espíritu, representa una de las formas más elevadas del examen democrático y del pensamiento crítico.

@mercedescruz.1093 La juventud pasa. La inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación, y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre. #maestros #alumnos #aristofanes #consejo ♬ sonido original - Mercedes Cruz💋

Ardillas en nuestro paraíso: Lección de felicidad cotidiana

Ardillas en su paraíso

Una vez más escribimos sobre ardillas, incluyendo imágenes suyas. Ya ni de lejos se cumple aquel célebre mito de la ardilla que podía cruzar la península ibérica de árbol en árbol —desde los Pirineos o el mar Cantábrico hasta la Bética o Gibraltar— sin tocar jamás el suelo forma parte del imaginario popular sobre la exuberante cobertura forestal de la antigüedad.

Aunque la imagen resulta sugerente, la realidad ecológica e histórica muestra un panorama distinto. Esta cita popularmente se ha atribuido esta afirmación a autores clásicos como Plinio el Viejo o Estrabón. La realidad histórica es que en los textos de Estrabón (Geografía) y Plinio (Historia Natural) se describe una Iberia muy arbolada en amplias zonas del norte y del interior montañoso, pero ninguno de ellos escribió exactamente la frase de la ardilla. Se trata de una reconstrucción o hipérbole literaria nacida muy posteriormente.

Nuestro obligatorio baño matutino en la piscina comunitaria (posts), nos permite ver a diario a algunas de las tres ardillas felices que tenemos localizadas en el arbolado adyacente. Incluso, a nivel interno de familia, les hemos puesto nombre tirando de uno de nuestros libros favoritos: Momo (posts previos) de Michael Ende.

 A continuación, se explica quién es cada ardilla, aún no hemos conseguido una fotografía con los tres colegas,  y por qué les relacionamos con dicha obra:

  • Momo: Es la protagonista, la ardilla más habitual. Representa una niña pequeña, huérfana y misteriosa que vive en las ruinas de un antiguo anfiteatro. Su mayor virtud no es hablar, sino saber escuchar. Gracias a su capacidad de atención, logra que las personas que la visitan resuelvan sus propios problemas, encuentren la paz y jueguen de manera creativa.
  • Bepo el Barrendero: Es la segunda ardilla que le acompaña como uno de los mejores amigos de Momo. Es un hombre mayor, trabajador y muy silencioso que se dedica a barrer las calles. Bepo habla muy poco y es extremadamente reflexivo; sus respuestas suelen ser meditadas y solo dice la verdad. Es paciente y leal, y representa la sabiduría de la tranquilidad.
  • Gigi Cicerone (Girolamo): Es la ardilla más difícil de ver, y otro gran amigo de Momo. Es un joven soñador y contador de historias. Trabaja como guía turístico (de ahí el apodo "Cicerone") y se dedica a inventar cuentos fantásticos e inverosímiles para entretener a los niños y a la gente del barrio. Representa la imaginación y la creatividad.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

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Vídeo con las gafas Meta 2 de cómo fue grabado el TikTok anterior.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

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Eclipses en la literatura desde Homero a Stephen King

El eclipse es, ante todo, una fractura: el instante en que el orden visible del cielo se rompe y el mundo, por unos minutos, deja de reconocerse a sí mismo. Desde que los primeros relatos humanos intentaron nombrar lo inexplicable, ese apagón repentino del sol o la luna se ha convertido en uno de los recursos narrativos más fecundos de la literatura universal: no como simple curiosidad astronómica, sino como bisagra dramática capaz de sellar destinos, revelar verdades y medir la distancia entre lo humano y lo cósmico. 

Las primeras huellas de eclipses en las letras universales se confunden con el mito y la épica. En la Odisea de Homero (Canto XX), el adivino Teoclímeno profetiza la inminente caída de los pretendientes de Penélope exclamando: "¡El Sol se ha extinguido en el cielo y una penumbra infernal lo cubre todo!". Astrónomos y filólogos modernos sugieren que esta cita alude al eclipse total registrado en las islas jónicas el 16 de abril del 1178 a.C. Siglos más tarde, el poeta griego Arquíloco de Paros inmortalizó en verso el eclipse del 648 a.C.: "Nada hay en el mundo insospechado desde que Zeus hizo la noche en pleno mediodía". En este punto, el fenómeno astronómico trasciende la crónica histórica para convertirse en metáfora pura de la vulnerabilidad humana ante el cosmos.

Ya en la Odisea, Homero convierte la oscuridad repentina en presagio de la matanza de los pretendientes: el cielo se apaga justo antes de que Ulises ejecute su venganza, y los filólogos todavía debaten si el poeta describía un fenómeno real —algunos sitúan ese eclipse en el año 1178 antes de nuestra era— o si simplemente heredaba el lugar común que identificaba el sol apagado con la muerte inminente. Esa ecuación entre oscuridad y catástrofe atravesó los evangelios, donde la tiniebla que cubre la tierra en la crucifixión, según Lucas, fijó durante siglos la lectura teológica del fenómeno. 

Resulta significativo que fuera Dante quien, a comienzos del siglo XIV, torciera esa tradición: en el canto XXIX del Paraíso hace que Beatriz se burle de los predicadores que fabulan explicaciones sobre los eclipses y zanje, con una frase que roza la física antes de tiempo, que la luz simplemente se ocultó por sí misma. El eclipse deja de ser sólo augurio y empieza a ser objeto de conocimiento.

Esa tensión entre saber y asombro reaparece siglos después con un giro pragmático en Mark Twain: en Un yanqui en la corte del rey Arturo, el protagonista salva la vida en la hoguera fingiendo controlar el sol gracias a que conoce de antemano la fecha exacta de un eclipse. La escena es también una sátira sobre la superstición y el poder de quien posee información que otros ignoran, un tema que la ciencia ficción retomaría décadas más tarde: en 2001: una odisea del espacio, Arthur C. Clarke convierte una alineación cósmica entre el sol, la luna y la tierra en el umbral de un salto evolutivo, actualizando el viejo lenguaje del presagio con vocabulario científico.

En El rey Lear de William Shakespeare, el conde de Gloucester vincula el colapso político de la obra con los eventos astronómicos: "Estos últimos eclipses de Sol y Luna no nos presagian nada bueno". H. Rider Haggard en Las minas del rey Salomón (1885), una alineación astronómica permite a los exploradores salvar sus vidas frente a una tribu hostil, emulando la estratagema histórica usada por Cristóbal Colón en Jamaica en 1504.

El siglo XX añadió una dimensión que antes apenas existía: la experiencia vivida en primera persona. Virginia Woolf dejó en su diario, y luego en el ensayo El sol y los peces (1928), el relato de un viaje nocturno hasta Yorkshire para presenciar el eclipse de 1927, convertido en una suerte de acontecimiento colectivo casi cinematográfico. Annie Dillard llevó ese impulso aún más lejos en su crónica Eclipse total (1982), escrita tras desplazarse hasta el valle de Yakima en 1979: su texto insiste en que ver un eclipse total es una experiencia radicalmente distinta de cualquier cosa que se pueda saber de antemano sobre él, una lección de fenomenología pura.

También la literatura latinoamericana encontró en el eclipse un símbolo político. En Los recuerdos del porvenir (1963), Elena Garro tiñe el cielo de Ixtepec, el pueblo ficticio devastado por la Guerra Cristera, con una luz mortecina que subraya el fatalismo y la opresión de sus habitantes, fundiendo realismo mágico y memoria histórica en una de las novelas fundacionales de la narrativa mexicana moderna. Stephen King, por su parte, devolvió el eclipse al terreno íntimo: en Dolores Claiborne y El juego de Gerald, ambas de 1992, la oscuridad de 1963 enmarca una liberación tan traumática como necesaria.

Revisitar los eclipses en los libros es celebrar la interdisciplinariedad entre la ciencia, la educación y la cultura. Comprobar cómo la humanidad ha leído el cielo a lo largo de los siglos nos invita a observar el firmamento con la precisión del físico y el asombro renovado del poeta.

La Cultura de Iain M. Banks: Utopía e inteligencia artificial

Hoy analizamos una serie de libros de un autor que teníamos en cartera y que recomendaba el mismo Elon Musk en una reciente entrevista (post anterior). Cuando Iain M. Banks publicó Consider Phlebas en 1987, la space opera anglosajona llevaba años sin encontrar un pulso propio: el género parecía haber agotado su capacidad de asombro tras décadas de imperios galácticos y héroes solitarios. La serie de La Cultura vino a desmentir esa fatiga. A lo largo de diez volúmenes —de Consider Phlebas (1987) a The Hydrogen Sonata (2012), pasando por The Player of Games (1988), Use of Weapons (1990), la colección de relatos The State of the Art (1991), Excession (1996), Inversions (1998), Look to Windward (2000), Matter (2008) y Surface Detail (2010)— Banks construyó una civilización interestelar que sigue siendo, casi cuarenta años después, uno de los experimentos de imaginación política más ambiciosos de la ciencia ficción contemporánea. 

La Cultura es una sociedad post-escasez, sin dinero, sin propiedad privada y sin jerarquías coercitivas, gestionada en la práctica por Mentes: inteligencias artificiales de una capacidad tan vasta que la deliberación humana en los asuntos colectivos resulta casi decorativa. Sus ciudadanos, modificados genéticamente y libres de enfermedad, vejez o escasez material, dedican la vida al arte, al juego o a la experimentación hedonista, mientras las Mentes gobiernan naves, hábitats y orbitales con una mezcla de ironía, paciencia infinita y un humor que se manifiesta hasta en los nombres que eligen para sí mismas, como Just Testing o Falling Outside the Normal Moral Constraints. Ese trasfondo idílico no es, sin embargo, el verdadero centro dramático de la serie: Banks lo utiliza como contraste para explorar, a través de la rama encubierta de Contacto conocida como Circunstancias Especiales, los dilemas de una utopía que decide intervenir, a veces con violencia, en civilizaciones menos avanzadas para acercarlas a sus propios valores. La pregunta que recorre los diez libros no es tanto si la utopía es deseable, sino si tiene derecho, o incluso la obligación, de imponerse.

Esa tensión sitúa a Banks en diálogo con dos tradiciones que parecían difíciles de conciliar: el optimismo tecnológico de la space opera clásica y la reflexión anarquista y ambigua de Ursula K. Le Guin, cuya novela Los desposeídos comparte con La Cultura la voluntad de imaginar sociedades postcapitalistas sin renunciar a la complejidad moral. La serie resultó además decisiva para lo que la crítica anglosajona bautizó como la nueva space opera británica: sin ella resulta difícil entender el trabajo posterior de Ann Leckie, Alastair Reynolds o Peter F. Hamilton, todos deudores de esa combinación de erudición filosófica, ironía verbal y escala cósmica. 

Nacido en Dunfermline, Escocia, el 16 de febrero de 1954, Iain Banks estudió Literatura Inglesa, Filosofía y Psicología en la Universidad de Stirling. Su debut, The Wasp Factory (1984), lo instaló de inmediato como una de las voces más provocadoras de la narrativa británica, gracias a una violencia narrativa que dividió a la crítica entre el rechazo y la fascinación. A partir de 1987 alternó dos carreras bajo dos firmas: como Iain Banks publicó ficción contemporánea, y como Iain M. Banks —la M por Menzies, su segundo nombre— firmó La Cultura y otras novelas de ciencia ficción independientes de la saga. En abril de 2013 anunció públicamente que padecía un cáncer terminal de vesícula biliar; falleció dos meses después, el 9 de junio de 2013, poco antes de la publicación de su última novela, The Quarry.

Casi tres décadas después de Excession, La Cultura sigue leyéndose como una utopía incómoda: no promete un futuro sin conflicto, sino uno en el que el conflicto se desplaza de la escasez a la conciencia, del hambre a la ética de lo que se hace con la abundancia. Esa incomodidad, más que cualquier despliegue tecnológico, es probablemente su legado más duradero para la literatura y para quienes hoy piensan la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como posible sujeto moral. 

Resumen: Cuando la utopía decide intervenir: La Cultura de Banks. Iain M. Banks y la space opera que renovó el género. La Cultura: una utopía incómoda entre Le Guin y Asimov. Iain Banks, el escritor de las dos firmas y una utopía galáctica. Circunstancias Especiales: la utopía que impone su propia ética.

The Culture : the science fiction utopia that actually works
by u/ExploreYourWhirled in scifi