El 5 de enero de cada año es tiempo de conmoverse con Las abarcas desiertas de Miguel Hernández: ética de la pobreza, memoria y dignidad. La poesía de nuestro admirado Miguel Hernández (de la cercana y pronto revisitada Orihuela alicantina) ocupa un lugar singular en la tradición literaria española del siglo XX. En ella convergen la experiencia vital extrema, la conciencia ética y una voz poética que, sin renunciar a la belleza formal, se compromete con los desposeídos. Las abarcas desiertas , poema incluido en El hombre acecha (1939), constituye uno de los ejemplos más sobrios y conmovedores de esa poética de la dignidad herida.
A diferencia de otros textos más expresamente políticos del autor, Las abarcas desiertas adopta un tono íntimo y casi infantil para abordar un problema estructural: la desigualdad social y la repetición del sufrimiento de generación en generación . El poema evoca la imagen de un niño —el propio poeta en su memoria— que contempla unas abarcas (calzado humilde de campesino) vacías, símbolo de la ausencia, la carencia y la espera frustrada.
Desde una perspectiva ética, el poema plantea una pregunta incómoda: ¿qué significa crecer en un mundo donde la necesidad no es una excepción, sino la norma? Hernández no describe la pobreza como accidente individual, sino como condición social persistente . Las abarcas no están rotas por descuido; están “desiertas”, deshabitadas, porque quien debería calzarlas carece incluso de lo mínimo. El objeto cotidiano se transforma así en signo moral.
En este sentido, el poema puede leerse como una anticipación literaria de lo que hoy llamaríamos una ética de la vulnerabilidad . El niño no es solo un sujeto pasivo del dolor, sino un testigo temprano de la injusticia. La mirada infantil, lejos de suavizar el drama, lo intensifica: la carencia resulta más insoportable cuando afecta a quien aún no ha tenido tiempo de elegir ni de defenderse. Hernández logra, con un lenguaje llano y casi ascético, una potencia crítica comparable a la de los grandes discursos sociales, pero sin retórica ni abstracción.
Desde el ámbito educativo, Las abarcas desiertas ofrece una oportunidad privilegiada para reflexionar sobre el valor de la memoria. El poema no es únicamente recuerdo personal, sino memoria colectiva de un mundo rural empobrecido, frecuentemente ausente de los relatos oficiales del progreso. En una era dominada por indicadores económicos, innovación tecnológica y promesas de crecimiento ilimitado, la voz de Hernández introduce una pregunta fundamental: ¿quién queda fuera del relato del avance?
Esta cuestión conecta de forma directa con debates contemporáneos en ciencia y tecnología. El progreso técnico, si no va acompañado de justicia social, corre el riesgo de reproducir —con medios más sofisticados— desigualdades antiguas. Las abarcas desiertas pueden leerse hoy como metáfora de las brechas digitales, educativas o energéticas : tecnologías disponibles, pero no accesibles; recursos existentes, pero mal distribuidos. El poema nos recuerda que la ausencia no siempre es falta de medios, sino falta de voluntad colectiva.
En el plano estético, destaca la austeridad formal del texto. Hernández renuncia deliberadamente a la exuberancia metafórica para acercarse a una lengua casi oral, marcada por la repetición y el ritmo sencillo. Esta elección no es casual: el estilo refleja el contenido. La pobreza no se adorna; se muestra. La ética del poema se inscribe también en su forma, coherente con una poética de la verdad desnuda.
Por último, Las abarcas desiertas interpela al lector contemporáneo desde una ética de la responsabilidad. No se trata solo de conmoverse ante la miseria pasada, sino de reconocer las continuidades del presente. La educación humanista —especialmente en contextos científicos y tecnológicos— necesita de textos como este para recordar que todo conocimiento tiene consecuencias sociales. La poesía de Hernández no ofrece soluciones técnicas, pero sí algo previo y esencial: una conciencia despierta.
En un mundo cada vez más mediado por algoritmos, datos y automatismos, la voz de Miguel Hernández (ver otros posts) sigue siendo necesaria porque nos obliga a mirar lo que permanece vacío. Las abarcas desiertas no son solo un recuerdo de infancia: son una advertencia ética que atraviesa el tiempo .
¿Es la tecnología el fin de la pobreza o solo una nueva forma de "abarcas desiertas"? 👞❄️
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) January 6, 2026
Miguel Hernández nos habló de la decepción de un niño ante una ventana vacía cada 5 de enero. Hoy, la neurociencia nos dice que ese vacío no es solo emocional: el estrés crónico por… pic.twitter.com/uBd5UTP1kX





















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