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¡Diecinueve millones de visitas en este vuestro blog! ¡Gracias!

19.000.000 visitas: Hoy, jueves 3 de octubre de 2026, en pleno viaje de regreso hacia Getxo este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog.agirregabiria.net ha superado esta cifra de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó. Han transcurrido apenas 22 días desde el millón anterior. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos. 

18.000.000 de visitas: Miércoles 12 de agosto de 2026. Anteriormente, de modo resumido. Ante la aceleración de las cifras, a partir de ahora solamente recogeremos las cifras muy redondas, múltiplos de 5 en millones: 20 millones, 25 millones,....

17.000.000 de visitas: Miércoles 21 de julio de 2026El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas. 

16.000.000 de visitas: Sábado 4 de julio de 2026¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak y EuskoFederpen (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. 

15 millones de visitasSábado 20 de junio de 2026. Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda. 

14 millones de visitas: Martes 19 de mayo de 2026. 13 millones de visitas: Domingo 1 de marzo de 2026. 12 millones de visitas: 12 de diciembre de 2025. 11 millones de visitas: 14 de octubre de 2025. 10 millones de visitas: 28 de julio de 2025. 9 millones de visitas: 13 de mayo de 2024. 8 millones de visitas: 8 de octubre de 2022. 7 millones de visitas: 30 de septiembre de 2021. 6 millones de visitas: 21 de febrero de 2020. 

No celebramos los 5 millones, pero sí cuando alcanzamos las 4.444.444 visitas  el 31-1-16 y el resto de hitos del blog se relatan a continuación. El martes 3 de febrero de 2015, se alcanzaron los CUATRO millones de visitas (ver post) en menos de 10 años desde su creación. Casi dos años y medio para lograr cada millón de visitas, prácticamente el mismo ritmo que para lograr cinco año después otros dos millones de lectores. El tercer millón fue el 15 de junio de 2013 (ver la entrada correspondiente)El segundo millón se alcanzó a principios de 2009, si bien la fecha exacta no está recogida. Os queremos agradecer esta amistad que nos brindáis, especialmente a quienes nos acompañáis desde hace años.

Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque cada día se contabilizan cien mil visitas más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!

Horizontes de la civilización: Ciencia para confiar en el futuro

Ante cierta desesperación circulante por doquier, aparece un libro "Horizontes de la civilización", una esperanza razonada frente al vértigo fatalista del presente. Porque, afortunadamente, hay obras que nacen para llevar la contraria a su época. "Horizontes de la civilización. Una mirada optimista al futuro de nuestra especie" (Editorial Planeta, 2026) es uno de ellos. 

Su autor, Héctor Socas (@hsocasnavarro), no es un ensayista de gabinete sino un astrofísico con más de dos décadas de trabajo en el Instituto de Astrofísica de Canarias, director de la Fundación del Telescopio Solar Europeo y creador del influyente podcast Coffee Break: Señal y Ruido. Esa doble condición —científico en activo y divulgador experimentado— marca el tono del libro: no se trata de un tratado de futurología ingenua, sino de un ejercicio de esperanza construido con el mismo rigor con el que se estudia el Sol o se diseña una misión espacial. 

El punto de partida es un diagnóstico compartido por buena parte de la cultura contemporánea: vivimos instalados en un pesimismo crónico, alimentado por discursos apocalípticos sobre el cambio climático, la inteligencia artificial o la crisis civilizatoria. Socas no niega la magnitud de estos desafíos, pero invierte la pregunta habitual. En lugar de preguntarse qué nos va a destruir, propone indagar en qué clase de civilización queremos convertirnos, ahora que disponemos, por primera vez en la historia, de la capacidad técnica para decidirlo de manera consciente. Ese desplazamiento —de la fatalidad al proyecto— es el verdadero eje argumental de la obra.

A lo largo de sus ocho ensayos, el autor recorre un territorio amplio: la inteligencia artificial y la posibilidad de convivir con formas de cognición no humana, la bioingeniería y sus implicaciones sobre qué significa seguir siendo humanos, la exploración espacial como horizonte de expansión de la especie, y la sostenibilidad como condición de supervivencia más que como opción moral. El libro se mueve con soltura entre la divulgación científica, la reflexión filosófica y ciertos guiños a la literatura de anticipación, sin renunciar en ningún momento a la solvencia del especialista que ha dedicado su vida a estudiar el lugar de la humanidad en el cosmos.

Lo más interesante, sin embargo, no es el inventario de tecnologías emergentes —terreno ya transitado por buena parte del ensayismo reciente sobre inteligencia artificial y transhumanismo— sino la apuesta de fondo: una defensa razonada de la esperanza que no se apoya en la negación del riesgo, sino en la historia y en la ciencia. En este sentido, el libro dialoga, aunque sin citarlos expresamente, con una tradición de pensamiento que ha hecho de la esperanza un acto racional antes que un sentimiento ingenuo: la razón vital orteguiana, que entiende al ser humano como proyecto y no como esencia fija; el agonismo de Unamuno, para quien la fe en el futuro se sostiene precisamente sobre la incertidumbre; o incluso el conatus spinoziano, esa tendencia de toda realidad a perseverar y afirmarse frente a la adversidad.

Cabe señalar, para un lector exigente, que la apuesta optimista de Socas no está exenta de tensión con otras corrientes del pensamiento contemporáneo sobre la técnica —desde las advertencias de Hans Jonas sobre el principio de responsabilidad hasta las lecturas más críticas del solucionismo tecnológico—, que ven en la confianza en la innovación un riesgo en sí mismo. El propio libro parece consciente de ello: su optimismo se presenta como decisión deliberada, no como diagnóstico complaciente, lo que abre un espacio legítimo de debate más que cerrarlo. 

Horizontes de la civilización se inscribe así en un género en auge, el del ensayo científico-filosófico sobre el futuro de la especie, pero lo hace desde una posición singular: la de quien observa la fragilidad humana con la misma distancia con la que se observa una estrella, y encuentra en esa distancia motivos no para el desánimo, sino para la lucidez. Una lectura recomendable para quien busque pensar el porvenir sin ceder ni al catastrofismo ni a la ingenuidad tecnológica.

Quizá esa sea la principal aportación del libro: recordar que el pesimismo también puede convertirse en una forma de pasividad. Si consideramos inevitable el desastre, desaparece el incentivo para modificar el rumbo. El optimismo razonado propone exactamente lo contrario: reconocer los riesgos sin convertirlos en profecías.

La educación tiene aquí un papel fundamental. Formar a las nuevas generaciones no debería consistir únicamente en transmitir conocimientos sobre el mundo existente, sino en proporcionarles herramientas para imaginar, evaluar y construir mundos posibles. Ciencia y humanismo vuelven a encontrarse en esa tarea.

Horizontes de la civilización plantea, en definitiva, una pregunta tan antigua como la propia humanidad y tan actual como la inteligencia artificial: ¿qué queremos llegar a ser? Su respuesta no está escrita en las estrellas. Dependerá de nuestra capacidad para combinar conocimiento científico, prudencia, imaginación, ética y cooperación. Mirar hacia el futuro con esperanza no significa cerrar los ojos ante sus peligros. Significa, precisamente, creer que todavía merece la pena abrirlos.

Pasión y compasión: Amores necesarios para sobrevivir

En distintas ocasiones he citado mis crecientes sentimientos de nostalgia, ternura y compasión (otros muchos posts). Quizá convenga revisar ese tránsito fecundo, que camina con la edad de la vorágine de la pasión a la madurez de la compasiónEn una de sus anotaciones más lúcidas, Albert Camus advirtió que «envejecer es pasar de la pasión a la compasión». La afirmación, formulada por una mente que se apagó prematuramente a los 46 años, encierra una de las intuiciones psicológicas y filosóficas más certeras sobre la evolución de la conciencia humana. 

A simple vista, el enunciado podría interpretarse como una resignada elegía sobre el declive de la intensidad vital. Sin embargo, una mirada pedagógica y literaria revela un significado sustancialmente distinto: la transición de la pasión a la compasión no constituye una renuncia ni una pérdida, sino el acceso a una forma superior de madurez intelectual y afectiva.

Etimológicamente, ambas palabras comparten una misma raíz: el vocablo latino passio, derivado a su vez del griego pathema, que remite a la experiencia del padecer, del sentir vivamente. No obstante, sus itinerarios existenciales divergen de manera drástica. La pasión es por naturaleza centrípeta, volcánica y asimétrica. Se nutre de la urgencia del deseo, de la afirmación del yo frente al mundo y de una imperiosa sed de posesión o autorrealización. En las etapas tempranas de la vida, la pasión actúas como un motor indispensable: moviliza las energías creativas, impulsa los grandes proyectos e incita a la conquista del entorno. Pero la pasión porta también el germen de su propia fragilidad: es ciega a la alteridad y proyecta sobre los demás nuestras propias necesidades y fantasías.


Por el contrario, la compasión (cum passio: padecer con, sentir junto al otro) representa una fuerza de carácter centrífugo. Mientras la pasión busca absorción, la compasión ofrece presencia. No nace de la carencia ni de la pulsión egocéntrica, sino del reconocimiento sereno de la vulnerabilidad compartida. 


Envejecer, en el sentido más noble del término, implica precisamente ese desplazamiento de la mirada. Al acumular lecturas, vivencias, triunfos y inevitables desencantos, el individuo empieza a contemplar el mundo no como un escenario para la autoafirmación, sino como un entramado de seres que comparten una misma fragilidad existencial.


Desde la perspectiva de la educación intergeneracional, esta transformación resulta vital. Una sociedad dominada en exclusiva por el ideal de la pasión permanente corre el riesgo de volverse hiperactiva, impaciente e incapaz de sostener el dolor ajeno. La pasión encandila; la compasión ilumina. La primera busca convencer y dominar; la segunda prefiere comprender y acompañar. Cuando la docencia, la creación literaria o la transmisión de valores se abordan desde la compasión, la pedagogía deja de ser una imposición doctrinal para convertirse en un espacio de acogida y escucha recíproca entre generaciones. 


El diagnóstico de Camus no entraña, por tanto, una condena al desencanto. Pasar de la pasión a la compasión no supone apagar el fuego de la existencia, sino convertir la llamarada voraz e inestable de la juventud en una lumbre constante y bien templada. La verdadera madurez no consiste en dejar de sentir, sino en sentir mejor: desplazar el foco desde el propio drama personal hacia la vasta fraternidad humana. Envejecer bien es aprender a descifrar las grietas del prójimo no como debilidades que juzgar, sino como espejos de nuestra propia e ineludible condición.


Miguel de Unamuno entendió este tránsito como pocos cuando escribió sobre el sentimiento trágico de la vida: la conciencia de la propia finitud no nos vuelve más fríos, sino más porosos al sufrimiento de quienes nos rodean, porque reconocemos en ellos nuestro mismo destino compartido. Hay algo en esta transición que cierta literatura vasca ha sabido narrar con particular delicadeza. Bernardo Atxaga retrata en varios de sus relatos a personajes que solo alcanzan una forma plena de comprensión cuando dejan de perseguir y empiezan simplemente a acompañar. No es casual: la madurez literaria y la madurez vital coinciden en este punto exacto, el de aprender a mirar sin exigir nada a cambio, el de observar al otro sin convertirlo en espejo de las propias urgencias.


Nada de esto significa que la pasión deba desaparecer con los años, ni que sea deseable que lo haga: sería un empobrecimiento, no una ganancia, y muchas vidas fecundas demuestran que ambas fuerzas pueden convivir hasta el final. Lo que Camus describe es, más bien, una traducción progresiva: la misma energía vital, antes dirigida sobre todo hacia el propio deseo, va encontrando un cauce distinto, menos ruidoso pero no necesariamente menos intenso. Envejecer bien, si es que semejante cosa existe, tal vez consista precisamente en esto: no dejar nunca de sentir con fuerza, pero aprender, con los años, a sentir sobre todo por los demás.

Mirar y admirar: El abismo entre el ojo y el alma

Hay verbos que se disfrazan de sinónimos y que, sin embargo, señalan dos formas irreconciliables de estar en el mundo. Mirar y admirar comparten el mismo instrumento —el ojo— pero no el mismo destino. Mirar es una función casi biológica, un reflejo que el cerebro ejecuta miles de veces al día sin que medie voluntad alguna; admirar exige, en cambio, detención, entrega, una suspensión del tiempo que nuestra época, saturada de pantallas y estímulos fugaces, apenas se permite ya. 

La filosofía occidental intuyó esta distancia desde su origen. Aristóteles sostuvo que la filosofía nace del asombro, del thaumazein: no del simple ver, sino de un ver que se detiene y se interroga ante lo que parecía evidente. Ese extrañamiento es, precisamente, lo que separa la mirada de la admiración. Spinoza, siglos después, definió en su Ética la admiratio como el estado en que la mente queda fija en un objeto por su singularidad, sin relacionarlo aún con ninguna otra idea: un instante suspendido que puede ser tanto el umbral del conocimiento como su trampa, si el espíritu se detiene ahí y no avanza hacia una comprensión más adecuada. 


La literatura ha explorado esta misma frontera con instrumentos propios. Marcel Proust escribió que el verdadero viaje no consiste en buscar paisajes nuevos, sino en mirar con ojos nuevos; la frase condensa una convicción compartida por buena parte de la tradición moderna: lo que cambia no es el mundo, sino la calidad de la atención que le dedicamos. Rainer Maria Rilke llevó esa idea hasta sus últimas consecuencias en su soneto sobre el torso arcaico de Apolo: contemplar de verdad una obra de arte —admirarla— nos devuelve una mirada que exige transformación; el poema termina con una orden que resuena como advertencia: hay que cambiar de vida. Mirar una estatua es catalogarla; admirarla es sentirse observado por ella.


La pensadora Simone Weil, muy citada en este blog, ofreció quizá la formulación más precisa: la atención, llevada a su grado más alto, es idéntica a la plegaria. Admirar sería entonces una forma laica de oración, un acto de generosidad hacia lo contemplado, mientras que mirar permanece en el registro de la utilidad, del reconocimiento funcional que nos permite orientarnos sin detenernos a comprender.


Miguel de Unamuno, por su parte, habría discrepado de cualquier admiración fría o meramente estética: para el hombre de carne y hueso que él reivindicaba, admirar sin implicarse, sin que el objeto contemplado nos duela o nos alegre, sería una forma sutil de seguir mirando. La admiración auténtica compromete, no solo contempla. 


Juan Ramón Jiménez pedía a la inteligencia el nombre exacto de las cosas; esa exactitud solo llega tras la admiración, nunca tras la mirada apresurada. John Berger, por su parte, recordó que ver es siempre un acto de elección: elegimos lo que miramos, pero admirar añade a esa elección una entrega que no todo acto de ver posee.


En un tiempo de scroll infinito, donde los ojos recorren miles de imágenes sin posarse en ninguna, recuperar la admiración —esa mirada que se detiene, se pregunta y se deja transformar— no es un lujo estético, sino una forma de resistencia. Mirar es recorrer la superficie del mundo; admirar es, todavía, habitarlo. En una época saturada de imágenes, fotografías, vídeos y estímulos fugaces, recuperar la diferencia entre mirar y admirar constituye casi un ejercicio de resistencia cultural. Mirar consume un instante; admirar reclama tiempo. Mirar registra; admirar interpreta. Mirar puede distraernos; admirar puede transformarnos.


Quizá educar sea, en buena medida, enseñar esa segunda mirada. Porque al final no vemos solamente con los ojos. Vemos con nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad y nuestros valores. Y cuando todas esas facultades se reúnen ante algo que reconocemos como valioso, la mirada deja de ser mera percepción y se convierte en admiración. La diferencia es enorme: mirar es ver que algo existe; admirar es descubrir por qué merece nuestra atención. 

¡Dieciocho millones de visitas en este vuestro blog! ¡Gracias!

18.000.000 visitas: Hoy, miércoles 12 de agosto de 2026 y coincidiendo con el eclipse solar, este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog.agirregabiria.net ha superado esta cifra de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó. Han transcurrido apenas 22 días desde el millón anterior. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos. 

17.000.000 visitas: Miércoles 21 de julio de 2026El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas

16.000.000 de visitas: Sábado 4 de julio de 2026¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak y EuskoFederpen (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. 

15 millones de visitasSábado 20 de junio de 2026. Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda. 

14 millones de visitas: Martes 19 de mayo de 2026. 13 millones de visitas: Domingo 1 de marzo de 2026. 12 millones de visitas: 12 de diciembre de 2025. 11 millones de visitas: 14 de octubre de 2025. 10 millones de visitas: 28 de julio de 2025. 9 millones de visitas: 13 de mayo de 2024. 8 millones de visitas: 8 de octubre de 2022. 7 millones de visitas: 30 de septiembre de 2021. 6 millones de visitas: 21 de febrero de 2020. 

No celebramos los 5 millones, pero sí cuando alcanzamos las 4.444.444 visitas  el 31-1-16 y el resto de hitos del blog se relatan a continuación. El martes 3 de febrero de 2015, se alcanzaron los CUATRO millones de visitas (ver post) en menos de 10 años desde su creación. Casi dos años y medio para lograr cada millón de visitas, prácticamente el mismo ritmo que para lograr cinco año después otros dos millones de lectores. El tercer millón fue el 15 de junio de 2013 (ver la entrada correspondiente)El segundo millón se alcanzó a principios de 2009, si bien la fecha exacta no está recogida. Os queremos agradecer esta amistad que nos brindáis, especialmente a quienes nos acompañáis desde hace años.

Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque cada día se contabilizan cien mil visitas más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!

¡Diecisiete millones de visitas en este vuestro blog! ¡Gracias!

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17.000.000 visitas: Hoy de madrugada, miércoles 21 de julio de 2026, este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog.agirregabiria.net ha superado esta cifra de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó. Han transcurrido apenas 17 días desde el millón anterior. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos. 

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14 millones de visitas: Martes 19 de mayo de 2026. El blog continúa porque vosotros lo hacéis posibleSeguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas. 

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No celebramos los 5 millones, pero sí cuando alcanzamos las 4.444.444 visitas  el 31-1-16 y el resto de hitos del blog se relatan a continuación. El martes 3 de febrero de 2015, se alcanzaron los CUATRO millones de visitas (ver post) en menos de 10 años desde su creación. Casi dos años y medio para lograr cada millón de visitas, prácticamente el mismo ritmo que para lograr cinco año después otros dos millones de lectores. El tercer millón fue el 15 de junio de 2013 (ver la entrada correspondiente)El segundo millón se alcanzó a principios de 2009, si bien la fecha exacta no está recogida. Os queremos agradecer esta amistad que nos brindáis, especialmente a quienes nos acompañáis desde hace años. 

Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque cada día se contabilizan cien mil visitas más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!

Hiperarte Thomasson: Arqueología de lo inútil en la ciudad

Los objetos Thomasson: cuando lo inútil se convierte en arte. Hay un tipo de belleza que solo emerge por accidente. No la buscó ningún arquitecto, no la firmó ningún escultor, y sin embargo late en cada ciudad que envejece: puertas que se abren al vacío, escaleras que no conducen a ninguna parte, barandillas que ya no sostienen nada. A este fenómeno, el artista japonés Genpei Akasegawa lo bautizó en la década de 1980 como "Thomasson" o "Hiperarte Thomasson", un término que designa una estructura inútil, una anomalía arquitectónica que ha dejado de cumplir su función original y que, precisamente por ello, se convierte en obra de arte en sí misma.

El origen del nombre es una de esas ironías que solo la historia sabe fabricar. En 1981, los Yomiuri Giants ficharon al bateador estadounidense Gary Thomasson con un contrato millonario, pero su rendimiento en Japón resultó decepcionante: en su primera temporada batió el récord de eliminaciones sin batear, y la segunda la pasó casi entera en el banquillo, hasta que una lesión de rodilla puso fin a su carrera. Akasegawa, aficionado al béisbol, encontró en aquel jugador carísimo e improductivo la metáfora perfecta para lo que llevaba tiempo observando en las calles de Tokio: objetos costosos de mantener, incapaces ya de cumplir ninguna función, pero conservados con un cuidado casi devocional. 

El primer Thomasson documentado apareció en 1972, durante un paseo del artista por el barrio de Yotsuya. Se trataba de una escalera que no llevaba a ningún sitio: sin puerta arriba, sin acceso abajo. Lo desconcertante no era solo su inutilidad, sino que su pasamanos mostraba señales evidentes de reparación reciente, como si alguien, en algún departamento municipal olvidado, siguiera dedicándole mantenimiento pese a que hacía tiempo que había perdido todo sentido práctico. Esa contradicción —el cuidado invertido en lo que ya no sirve— es el núcleo filosófico del concepto: el objeto sobrevive a su propósito y, al hacerlo, se transforma en otra cosa.

Con el tiempo, Akasegawa y sus alumnos de la escuela Bigakko fueron catalogando variantes: puentes que no cruzan nada, túneles que no atraviesan nada, ventanillas de billetes tapiadas, balcones sin puerta de acceso. En 1981 fundó el Thomasson Observation Center, un archivo fotográfico casi entomológico de estas ruinas domésticas, y llegó a distinguir categorías con nombres tan inquietantes como poéticos, entre ellas la de los postes telefónicos cortados a media altura.

Lo que distingue al Thomasson de otras formas de arte encontrado —el ready-made duchampiano, por ejemplo— es precisamente la ausencia de intención. Nadie diseñó estas estructuras para ser contempladas; su condición artística nace por sustracción, cuando la función desaparece pero la forma permanece, cuidada, casi venerada por una burocracia que no sabe o no quiere borrarla. El Thomasson no tiene autor: solo un observador capaz de reconocerlo.

Para la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, el concepto ofrece algo más que una curiosidad estética. Nos obliga a mirar la ciudad no como un sistema perfectamente funcional, sino como un palimpsesto de decisiones abandonadas, de infraestructuras que sobreviven a los planes que las originaron. En un mundo obsesionado con la eficiencia y la obsolescencia programada, el Thomasson propone una mirada distinta: la de detenerse ante lo que ya no sirve para nada y, sin embargo, sigue ahí, insistiendo en su presencia. Es una lección de humildad para cualquier disciplina que aspire a la funcionalidad total, y un recordatorio de que la belleza, a veces, solo aparece cuando dejamos de exigirle un propósito a las cosas.

Resumen: La belleza involuntaria de lo que ya no sirve. Cuando la ciudad conserva lo que ha dejado de tener sentido. Genpei Akasegawa y el arte que nadie quiso crear. Lo que sobrevive sin propósito: una lección de arquitectura. El mantenimiento de lo inservible como forma de arte. Fotografiar las cicatrices funcionales de la ciudad.

@la.inercia Una de mis historias favoritas sobre la arquitectura y el arte es El Thomasson. Un elemento arquitectónico convertido en arte por su propia inutilidad. Algo que llamaríamos, hiperarte gracias al artista contemporáneo que lo descubrió y trabajó como arte conceptual y que incluso, se volvió colaborativo. Para saber el origen del nombre recomiendo a Pedro Torrijos que hizo un video muuuuy chulo sobre el tema ❤️ #arquitectura #architecture #historiadelarte #arte #arquitectos ♬ sonido original - la.inercia

La épica de lo íntimo: análisis de la grandeza invisible

Lo invisible perdura, poesía del día,...

Lo más bello no alza la voz, / ni reclama coronas de oro; / se parece al alba que nace sin testigos, / sin nombre, sin trono.

Lo más heroico jamás se proclama; / camina descalzo entre el polvo del día, / es la mano tendida en silencio, / la lágrima oculta que alivia otra herida, / la renuncia serena, la palabra cumplida.

Lo más sublime no habita el estruendo, / ni la plaza sedienta de aplausos, / sino el jardín secreto del alma, / donde florecen los sueños callados.

Siempre, siempre, / como el latido que ignora el oído, / como la raíz que sostiene al bosque / sin conocer la gloria del nido; / como la estrella que muere lejana / para encender nuestro cielo dormido.

Es oculto, / como el agua profunda / que alimenta la fuente; / como el viento invisible / que inclina los trigales; / como la savia discreta / que levanta los robles; / como la luz diminuta / que derrota a la noche.

Es anónimo, / porque el bien no firma sus obras; / porque el amor verdadero / desconoce el espejo; / porque la bondad no necesita / esculpir su nombre en la piedra / ni sembrar monumentos / para vencer al tiempo.

Es imaginado, / como los horizontes / que preceden al viaje; / como la esperanza / que construye puentes / antes de conocer las orillas; / como la fe en la humanidad / que resiste incluso / cuando la razón vacila.

La grandeza / no siempre viste púrpura; / a menudo lleva las manos gastadas, / la espalda vencida, / la mirada humilde / de quien ha aprendido / que servir es reinar.

La gloria verdadera / no resplandece en el bronce / ni envejece entre laureles. / Respira en la memoria agradecida / de quien recibió una palabra justa, / un abrazo oportuno, / una presencia suficiente / para transformar el miedo en camino.

Y la nobleza, / esa antigua soberana sin palacio, / no se hereda en la sangre / ni se compra en mercados; / brota como un manantial escondido / en el corazón que elige / la justicia sobre el interés, / la ternura sobre el orgullo, / la verdad sobre la comodidad.

Todo acontece / en esa geografía invisible / donde el ruido no entra; / en la catedral secreta del espíritu, / donde cada conciencia / enciende o apaga su propia lámpara.

Porque el universo / no se sostiene únicamente / sobre las montañas y los océanos, / sino sobre millones de gestos mínimos, / imperceptibles, / que ningún cronista recogerá jamás.

Quizá Dios, / o el tiempo, / o la memoria del mundo, / sean los únicos testigos / de esas victorias diminutas / que nunca ocuparán los libros.

Y acaso sea ése / el más alto destino del ser humano: / hacer del silencio una música, / de la humildad una corona, / de la esperanza un puente, / del amor una patria.

Pues lo más bello, / lo más heroico, / lo más sublime, / permanece siempre oculto, / anónimo como la semilla, / imaginado como el horizonte, / viviendo, intacto y eterno, / en lo más hondo, / en lo más libre, / en lo más verdadero / de cada... persona.