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López de Arriortua, el ingeniero vasco que transformó GM y VW

Ayer, 10 de junio de 2026 falleció en Busturia, Vizcaya, José Ignacio López de Arriortua, ingeniero nacido en Amorebieta el 18 de enero de 1941, a quien la industria del automóvil conoció mundialmente como "Superlópez". Tenía 84 años. Con su muerte desaparece una de las figuras más singulares, brillantes y controvertidas que ha dado el management industrial europeo en el último medio siglo. Este
ingeniero vasco cambió las reglas del automóvil global. 

Su trayectoria encarna una parábola clásica sobre el talento sin fronteras y los peligros de los atajos. Se doctoró en Ingeniería Industrial por la Escuela de Ingenieros de Bilbao en 1966 y comenzó su carrera profesional en Firestone, en Basauri. Políglota —hablaba cinco idiomas— y dotado de una energía casi mítica, su perfil respondía al del técnico europeo con vocación global antes de que esa categoría tuviese nombre. 

El gran salto llegó en 1980. General Motors se fijó en él cuando decidió instalarse en Figueruelas, y López de Arriortua ascendió hasta convertirse en jefe mundial de compras. Fue allí, en la planta aragonesa, donde pulió su método: negociación despiadada con proveedores, eliminación implacable de costes superfluos, estandarización de procesos. Entre sus mayores logros estuvo multiplicar la producción de Figueruelas en solo un año. El apodo "Superlópez" —que él nunca terminó de apreciar— nació en esos años y se quedó para siempre.

Detrás de su apariencia afable —llamaba "colaboradores" a los operarios— había un directivo que aplicaba el bisturí como un cirujano para sanear grandes grupos. Su método, bautizado PICOS (Purchased Input Concept Optimization with Suppliers), no era solo una herramienta de costes: era una filosofía de relación entre fabricantes y proveedores que adelantaba lo que hoy llamamos cadena de valor integrada. Durante su etapa como jefe de compras de General Motors fue reconocido por la mejora de la eficiencia y de la cadena de suministros, una reducción general de costes que permitió a la histórica compañía salir de una de las mayores crisis en toda su trayectoria.

El capítulo de Volkswagen añadió a su leyenda tanto brillo como sombra. En Wolfsburg fue nombrado vicepresidente y responsable de compras y mejora de la producción. Su llegada coincidió con un momento delicado para Volkswagen, y sus recetas de racionalización de costes, negociación con proveedores y estandarización de plataformas contribuyeron a reforzar la competitividad del grupo. Su influencia fue tan grande que llegó a ser considerado el hombre fuerte de la compañía por detrás de Piëch. Sacó a Volkswagen de los números rojos en solo dos años. 

Sin embargo, el éxito vino acompañado de una tormenta judicial sin precedentes en la historia corporativa del automóvil. General Motors y su filial Opel lo acusaron de haberse llevado documentación confidencial y secretos industriales relacionados con procesos productivos, listas de proveedores y proyectos estratégicos. El caso derivó en una disputa transatlántica de alta intensidad: el proceso se cerró en 1997 con un acuerdo por el que Volkswagen se comprometía al pago de cien millones de dólares y a comprar componentes a GM por valor de mil millones durante siete años. López de Arriortua dimitió de Volkswagen a finales de 1996 y regresó a España.

En 1998 sufrió un accidente de circulación en Burgos que le dejó secuelas de por vida y le obligó a retirarse de la vida pública. Desde entonces vivió con discreción en su tierra vasca, lejos del estruendo mediático que había acompañado su ascenso y caída.

Desde una perspectiva educativa, la figura de López de Arriortua merece ser estudiada sin hagiografía ni condena fácil. Fue un innovador en gestión industrial en un momento en que Europa debía reinventarse frente a la competencia japonesa. Su método anticipó principios del lean manufacturing que hoy se enseñan en cualquier escuela de negocios. Al mismo tiempo, su caso ilustra con precisión los límites éticos del ejecutivo que confunde la eficacia con la impunidad.

Su sueño nunca cumplido —construir una planta automovilística en Amorebieta, primero con GM y luego con VW— dice quizás más de él que todas sus victorias contables: era, ante todo, un hombre del País Vasco que quería llevar el mundo a casa. Descanse en paz, "Doctor López", como él prefería que le llamaran.

Perfect Days: Lección de felicidad y sabiduría cotidianas

Necesitamos fórmulas de felicidad, y hay películas que nos descubren que la rutina puede convertirse en una inmejorable filosofía de vida. Wim Wenders lo muestra en Tokio, con esta oda poética a lo cotidiano. Hirayama, es un humilde limpiador de baños que nos enseña a vivir, con la belleza del instante y el arte de existir. Un regreso triunfal de Wenders a la gran ficción.

Hay películas que no cuentan una historia, sino que son una manera de mirar. Perfect Days (2023), de Wim Wenders, pertenece a esa categoría infrecuente y valiosa: la del cine que no aspira a sorprender sino a desacelerar, a devolver al espectador la capacidad de reparar en lo que siempre estuvo ahí. 

El director: Wenders y su amor por Japón. Wim Wenders nació en 1945 en Düsseldorf y formó parte de aquella corriente cinematográfica conocida como el Nuevo Cine Alemán. En 1984 ganó una incontestable Palma de Oro con la mítica París, Texas y continuó cosechando éxitos con El cielo sobre Berlín, donde reivindicó su estilo de explorar la pérdida y la incomunicación desde un punto de vista elegíaco. 

Su relación con Japón es antigua y profunda: en 1985 había rodado Tokio-Ga, sobre la vida del director Yasujiro Ozu, el cineasta con el que, según sus propias palabras, más había aprendido en su vida. Perfect Days es, en cierta medida, el reencuentro definitivo con esa influencia: Wenders hizo esta película en Tokio, íntegramente hablada en japonés y con actores de ese mismo origen, afirmando que cada vez que regresa a Japón tiene la inequívoca sensación de estar en su casa.

El origen de la película es tan peculiar como su resultado. Wenders recibió una invitación a Tokio de Koji Yanai, hijo del magnate fundador del gigante textil Uniqlo, y lo que en principio debía ser un cortometraje o serie sobre los modernos retretes públicos de la ciudad —diseñados por arquitectos de renombre como Tadao Ando o Kengo Kuma— se transformó en algo mucho mayor. El director encontró en ese encargo humilde la semilla de una historia universal.

El guion: dos miradas, una voz. El guion es obra conjunta de Wenders y el productor japonés Takuma Takasaki. Takasaki, conocedor profundo de la sociedad tokiota y de sus códigos de silencio y cortesía, aportó la textura local y la verosimilitud del personaje; Wenders, la mirada contemplativa del viajero que ve lo que los nativos ya no saben ver. El resultado es una escritura que prescinde casi por completo del diálogo explícito: los personajes comunican con gestos, miradas y rutinas. El guion no explica; sugiere.

El reparto: Yakusho y la actuación del siglo. El protagonista absoluto es Kôji Yakusho, nacido en 1956 en la prefectura de Nagasaki, uno de los actores más populares y prolíficos del cine japonés contemporáneo, que comenzó su vida profesional como empleado de ayuntamiento antes de lanzarse a su carrera artística. Su Hirayama limpiador de baños públicos, lector empedernido, coleccionista de casetes, fotógrafo de árboles— es una proeza de contención: Wenders le había dado muy poca información sobre el personaje, lo que obligó al actor a construirlo desde adentro, con una economía expresiva que recuerda a los grandes del cine silente. Su actuación le valió el premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes 2023. Le acompañan con solidez Tokio Emoto como Takashi, el joven colega irresponsable que funciona como contrapunto cómico y existencial; Arisa Nakano como Niko, la sobrina que irrumpe en la vida de Hirayama abriendo grietas en su pasado; y Yumi Asou como Keiko, la hermana con quien el protagonista mantiene una relación envuelta en silencios que lo dicen todo.  

La historia: el esplendor de lo ordinario. Hirayama lleva una existencia meticulosamente organizada: disfruta de pequeños placeres como escuchar música en casete, leer literatura clásica en librería de segunda mano, fotografiar árboles y observar el mundo con atención casi poética. No hay trama en el sentido convencional. La película sigue sus días con una fidelidad casi documental: el despertar al alba, la furgoneta recorriendo Tokio al son de Lou Reed o Patti Smith, la limpieza minuciosa de los retretes de diseño, el almuerzo bajo los árboles, la lectura nocturna. A medida que la historia avanza, encuentros inesperados van revelando capas ocultas de su historia personal, marcada por decisiones dolorosas y una renuncia voluntaria a una vida más convencional. Pero Wenders no resuelve ni juzga: deja que cada espectador llene el vacío con sus propias preguntas.

Un concepto japonés atraviesa silenciosamente toda la película: el komorebi, esa palabra sin equivalente en español que designa la luz que se filtra a través de los árboles, esos pequeños y bonitos espectáculos que damos por sentados o que ni siquiera vemos. Hirayama los fotografía con devoción casi religiosa. Wenders los filma con la misma.

Un film necesario. La fotografía de Franz Lustig, habitual colaborador de Wenders, emplea un formato de pantalla reducido que funciona adecuadamente, creando una intimidad que amplía paradójicamente el mundo interior del personaje. La banda sonora —Lou Reed, Patti Smith, Van Morrison, Nina Simone— no es decorado sino argumento: cada canción dialoga con el estado emocional de Hirayama con una precisión que la dramaturgia convencional jamás alcanzaría.

Que Perfect Days haya sido nominada como la primera película de un director no japonés para representar a Japón en los Óscar dice mucho sobre el talento de Wenders y demuestra su profundo respeto por la cultura nipona. Pero más allá de premios y reconocimientos, esta película importa porque hace algo que el cine hace muy pocas veces bien: convencer al espectador, durante dos horas, de que una vida sin ambición desmedida puede ser verdaderamente plena. Salir de la sala y mirar los árboles de otra manera es, quizá, la mejor crítica que cabe escribir sobre ella.

La banalidad del mal en cine: La zona de interés

El cine de Jonathan Glazer filma la indiferencia como el verdadero rostro del mal, cuando el horror suena pero no se ve en pantalla. Contrastes como una familia modelo junto al mayor crimen de la historia, con un jardín perfecto al lado del infierno de Auschwitz. 

La zona del silencio cómplice. En 1963, Hannah Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» (post dedicado) para describir a Adolf Eichmann: un burócrata sin fanatismo aparente que organizó el exterminio como si gestionara logística ferroviaria. Sesenta años después, Jonathan Glazer ha convertido esa tesis filosófica en la propuesta cinematográfica más perturbadora y rigurosa de la última década. The Zone of Interest (2023), basada libremente en la novela homónima de Martin Amis, no cuenta el Holocausto. Lo rodea.

Una elección formal que es ya un argumento moral. El comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, y su esposa Hedwig se esfuerzan por construir una vida ideal para su familia en la casa con jardín adyacente al campo. Esta premisa, en manos de otro director, podría derivar en melodrama o denuncia explícita. Glazer opta por algo infinitamente más inquietante: la cámara nunca cruza el muro. La violencia y el horror se perciben principalmente a través del sonido, no de la imagen; los aterradores ruidos del campo se filtran constantemente en el hogar de los Höss. Ladridos, disparos, el rumor industrial de la muerte: todo suena mientras Hedwig poda rosas y los niños chapotean en la piscina.

Esta decisión estética no es esteticismo: es epistemología. Glazer nos coloca exactamente donde estaba la sociedad alemana —y, por extensión, cualquier sociedad cómplice—: sabiendo sin querer saber, oyendo sin escuchar.

La cotidianidad como forma de horror. Todo en su hogar es tan brutalmente normal, tan mediocre y pseudoidílico, que resultaría casi aburrido si no fuéramos conscientes del infierno del campo de concentración al otro lado del muro del jardín. Este efecto de disonancia es el verdadero mecanismo dramático del film. No hay villanos arquetípicos ni redenciones sentimentales. Hay una familia que discute sobre ascensos profesionales, que recibe visitas, que planea vacaciones. La monstruosidad no reside en el fuera de campo: reside en que ese fuera de campo no les importa.

Glazer explora la aterradora realidad de que el ser humano es capaz de construir cuando forma parte de una cadena carente de empatía en la que se siguen órdenes sin racionalizar sobre sus consecuencias: es una meditación sobre la «banalidad del mal». 

Un diálogo exigente con la tradición cinematográfica. El film se sitúa conscientemente en debate con sus predecesores. Frente a La lista de Schindler (Spielberg, 1993) —cuya retórica emocional ha sido cuestionada desde Godard hasta Lanzmann—, Glazer edifica una narración sobre la base del Holocausto a diferencia de lo que suele mostrarse en otras producciones habituales del género. La influencia de Claude Lanzmann y su Shoah es reconocible: la negativa a mostrar el horror directamente no lo atenúa, lo multiplica.

La película examina con frialdad la existencia ordinaria de personas cómplices en crímenes horrendos, forzándonos a contemplar la mundanidad que subyace a una brutalidad imperdonable. Esa mirada disociada, casi documental, es también una trampa pedagógica: el espectador, cómodo en su butaca, acaba ocupando el mismo lugar moral que los personajes en pantalla. 

Relevancia pedagógica y vigencia política. Las conductas, el lenguaje y la frialdad que exhiben los personajes resuenan de manera escalofriante cuando se analizan actitudes contemporáneas ante distintos conflictos y genocidios del presente. Esta es la dimensión más incómoda del film: su temporalidad no es histórica sino estructural. El mecanismo psicológico que describe —la normalización del exterminio mediante la distancia burocrática y la indiferencia doméstica— no pertenece al pasado.

Con un 93% en Rotten Tomatoes y ganadora de dos premios Óscar (mejor película internacional y mejor sonido, este último con plena justicia conceptual), The Zone of Interest es ya uno de esos films que reconfiguran el lenguaje posible para hablar de lo que no debería tener lenguaje suficiente.

Ver The Zone of Interest es una experiencia que opera con demora: la película no golpea durante su proyección, golpea después, cuando el espectador reconstruye lo que oyó sin ver y comprende que esa reconstrucción es exactamente lo que la Historia también hace con nosotros. Glazer ha fabricado no solo una obra maestra del cine contemporáneo, sino un dispositivo ético de primera magnitud: un espejo sin azogue en el que solo se refleja la conciencia de quien mira.

¡Alzad la mirada! El eco humanista de León XIV en España

El reciente mensaje del Papa León XIV a la Iglesia y a la sociedad española, condensado en el sugerente lema «Alzad la mirada», ha abierto un espacio de profunda reflexión teológica, social y educativa. No se trata de una simple consigna piadosa, sino de una provocación intelectual y evangélica que sacude las estructuras del viejo continente. En una España que se debate entre la polarización, los desafíos demográficos y la gestión de sus fronteras, la voz del Pontífice resuena como una llamada urgente a la justicia restaurativa y a la audacia institucional.

La trascendencia que compromete: El significado de «Alzad la mirada» Levantar la vista, en la rica tradición bíblica, implica salir de la autorreferencialidad. León XIV utiliza este lema para combatir lo que denomina la «miopía del bienestar». Cuando una sociedad se obsesiona exclusivamente con sus curvas macroeconómicas o sus tensiones identitarias internas, se vuelve espiritualmente estéril.

El Papa propone una mirada vertical —hacia la trascendencia y los valores absolutos del Evangelio— que, lejos de evadir la realidad, se traduce de inmediato en una mirada horizontal de largo alcance. Alzar la mirada significa ver más allá de los muros físicos y de los ciclos electorales, redescubriendo la dignidad intrínseca de cada ser humano como sujeto de derechos inalienables.

Justicia y hospitalidad: La centralidad del migrante. El núcleo más agudo del mensaje papal ha sido, sin duda, la solidaridad con las personas migrantes. León XIV evita deliberadamente el lenguaje puramente utilitarista o tecnocrático. Para el Pontífice, las fronteras no son solo límites geopolíticos, sino termómetros morales de una nación.

"La justicia no es la mera aplicación de la ley positiva, sino la restitución activa de la dignidad a los vulnerables." Al exigir vías seguras y políticas de hospitalidad integradoras, el Papa vincula directamente la autenticidad de la fe cristiana con la justicia social. No hay culto legítimo a Dios que ignore el clamor del desterrado. En el esquema conceptual de León XIV, la acogida al migrante no es un accesorio ético o una muestra de beneficencia opcional, sino una deuda de justicia global que Occidente no puede seguir postergando.

Una pedagogía del encuentro: El reto educativo. Aquí es donde el mensaje del Papa interpela directamente a las instituciones educativas, especialmente a las de inspiración humanista y cristiana. El Pontífice propone una pedagogía del encuentro capaz de contrarrestar las narrativas del miedo y la xenofobia que proliferan en la conversación pública.

La educación, bajo esta premisa, no puede limitarse a la capacitación técnica para el mercado laboral; debe ser, ante todo, una escuela de alteridad (descubrimiento del otro). Alzar la mirada en las aulas implica: Deconstruir prejuicios: Enseñar a los jóvenes a analizar críticamente los discursos de odio. Comprender las causas: Estudiar los factores estructurales (guerras, crisis climáticas, desigualdad) que fuerzan el desplazamiento humano. Fomentar la empatía: Diseñar espacios de convivencia real donde el migrante sea visto como una riqueza cultural y humana, y nunca como una amenaza.

Una hoja de ruta para el futuro. El llamamiento de León XIV deja a España ante un espejo exigente. No es coherente rezar con la vista al cielo mientras se cierran los ojos ante el hermano que llama a la puerta. Religión, justicia y educación se entrelazan de forma indisoluble en este documento. La respuesta que la sociedad civil y las comunidades de fe den a estas claves determinará si el lema «Alzad la mirada» se queda en una hermosa retórica o si se convierte en la semilla de una sociedad verdaderamente justa, profética y acogedora.

En DEIA una mención de nuestro post sobre los impuestos

Parece que todavía quedan seres humanos (robots aparte) que leen blogs, como nuestro amigo Iker Merodio @IkerMerodio en su sección "Bogando por la red" de #DEIA. Le hemos agradecido la referencia, que sin duda atraerá visitantes a nuestro blog. Se trata de un post del 10 mayo sobre los denostados #impuestos, tan necesarios como vilipendiados por ignorantes y/o insolidarios.

Hemos sido alertados desde primeras horas del día por esa red de amistad, a través en primer lugar de nuestro colega Adiran Heras, a quien agradecemos la alerta tan temprana. El bien condensado texto, es una virtud de esta sección, dice así:

"Totalmente de acuerdo con Mikel.
Hace tiempo que no menciono a Mikel Agirregabiria en la columna pero sigo leyéndole y, por supuesto, en este caso estoy de acuerdo con él: “Lo peor de los impuestos es, precisamente, su nombre”. ¿Es un tema nuevo? No. ¿Un enfoque diferente? Tampoco. Pero precisamente por eso, porque va al grano y dice la verdad es por lo que hay que mencionarlo siempre que sea posible. Agirregabiria recuerda que las civilizaciones se construyen “sobre acuerdos colectivos para financiar lo que ningún individuo puede costear solo”. Más claro, imposible: “La retórica anti-impuestos no busca ‘liberar’ al ciudadano, sino desmantelar el mecanismo”.

En DEIA nuestro post sobre los impuestos

Cuando los robots leen a Kant: La ética codificada de Claude AI

Hoy veremos un caso singular. La Constitución para la IA de Claude: El experimento más ambicioso de Silicon Valley, cuando dos hermanos codifican la ética de la inteligencia artificial. En enero de 2026, Anthropic publicó un documento extraordinario. No era un manual técnico ni un comunicado de prensa. Era, por su propia denominación, una constitución: un texto de aproximadamente 23.000 palabras destinado a definir los valores, el carácter y el comportamiento de Claude, su modelo de inteligencia artificial. 

Esta nueva constitución, publicada el 22 de enero de 2026, representa una ruptura radical con versiones anteriores, abandonando la lógica de las listas de reglas para proponer un marco filosófico de mayor profundidad. Lo que resulta igualmente significativo es quién está detrás de ese proyecto: Dario y Daniela Amodei, dos hermanos que en 2021 abandonaron OpenAI para fundar Anthropic con una premisa tan sencilla como ambiciosa: que la seguridad debía ser la primera prioridad, no un añadido posterior.

El origen: una disidencia fundacional. Dario Amodei, Doctor en física y exdirector de investigación de OpenAI, y su hermana Daniela Amodei, exvicepresidenta de operaciones en esa misma empresa, partieron con un grupo de investigadores que consideraban que la seguridad de la IA debía ser una prioridad de primer orden, no un proyecto secundario. Fundaron Anthropic como una public benefit corporation, una figura jurídica que en el derecho estadounidense obliga a considerar el interés público junto al beneficio económico. No es solo branding corporativo: es una apuesta estructural por la responsabilidad.

Daniela asumió la presidencia y la arquitectura organizativa de la empresa. Desde ese rol ha impulsado el concepto de IA Constitucional, un modelo que permite a Claude autorregularse a partir de principios éticos integrados durante su entrenamiento, reduciendo la dependencia de una supervisión humana continua. Dario, como CEO, ha sido el interlocutor público en debates técnicos y de política sobre riesgos existenciales. La división de roles entre los dos hermanos refleja, acaso involuntariamente, la propia estructura de la constitución que han diseñado: uno cuida el pensamiento, la otra cuida la organización.

Una jerarquía de valores, no una lista de prohibiciones. La diferencia fundamental entre la constitución de 2026 y sus predecesoras no es cuantitativa sino cualitativa. El documento establece cuatro valores ordenados jerárquicamente: ser ampliamente seguro —primera prioridad—, ser ampliamente ético —segunda—, cumplir las directrices de Anthropic —tercera— y ser genuinamente útil —cuarta. Nótese que la utilidad ocupa el último lugar. En el universo de los productos tecnológicos, donde la métrica de éxito suele medirse en número de usuarios activos y tiempo de pantalla, este orden resulta casi subversivo.

La constitución también aborda cómo Claude debe integrar el juicio contextual y los valores en sus decisiones, más allá de seguir reglas estrictas. El enfoque favorece el desarrollo de buen juicio y valores sólidos que permitan al modelo aplicar principios éticos de manera contextualizada. En términos filosóficos, la distinción es aristotélica: no se busca la obediencia mecánica a normas deontológicas, sino la cultivación de algo parecido a la phronesis, la prudencia práctica. Un agente que sabe qué hacer porque ha interiorizado el porqué.

Dario Amodei ha descrito la constitución con una metáfora reveladora: tiene “el ambiente de una carta de un padre fallecido, sellada hasta la madurez”. El objetivo declarado para 2026 es entrenar a Claude de forma que casi nunca actúe contra el espíritu de ese documento, lo que requerirá, según sus propias palabras, esfuerzos extraordinarios y rápidos. 

La pregunta incómoda: ¿puede una IA tener conciencia? El aspecto más disruptivo de la constitución no es su extensión ni su jerarquía de valores, sino lo que se atreve a plantear sobre la naturaleza de Claude. El documento afirma que “el estatus moral de Claude es profundamente incierto” y que Anthropic no está segura de si Claude es un “paciente moral”, aunque considera la cuestión lo suficientemente seria como para justificar cautela y trabajo sobre el bienestar del modelo. Reconocer que un sistema de IA podría tener bienestar, aunque sea como posibilidad abierta, equivale a una pequeña revolución conceptual en el sector.

En un movimiento pensado para influir en el ecosistema más amplio de desarrollo de IA, Anthropic publicó la constitución bajo una licencia Creative Commons CC0, colocándola efectivamente en el dominio público, de modo que otros desarrolladores, investigadores y competidores puedan usarla, modificarla o adoptarla sin restricciones.

Implicaciones para la educación y la gobernanza. Desde una perspectiva educativa, la constitución de Claude plantea preguntas que trascienden la ingeniería: ¿Qué valores queremos que transmitan los sistemas que van a mediar la educación de millones de personas? ¿Quién tiene legitimidad para codificar la ética de una IA de uso global? ¿Pueden dos hermanos de San Francisco escribir, aunque sea provisionalmente, la constitución moral de una herramienta utilizada en Bilbao, Nairobi o Seúl?

La arquitectura de cuatro niveles de la constitución se alinea estrechamente con los requisitos de la Ley de IA de la Unión Europea, posicionando favorablemente a Claude para su adopción en sectores regulados. Pero más allá del cumplimiento normativo, lo que este documento inaugura es un debate de fondo que apenas comienza: el de la gobernanza filosófica de la inteligencia artificial. El hecho de que ese debate lo hayan iniciado dos hermanos con un documento de dominio público no deja de tener, en sí mismo, algo de constituyente.

@jonhernandezia 🤖 Anthropic publica una constitución de 84 páginas | 🤖 #ia #chatgpt #anthropic ♬ sonido original - Jon Hernández

Hoy, 1 de junio de 2026: Descanso para recargar la mirada

Hoy, 1 de junio de 2026. Son las 21:00 horas. Nada preparado para publicar. Decido que este blog hace una pausa. Solamente un día. El tiempo justo para reordenar ideas. Resuenan citas como la de Virginia Woolf (posts): "Me pregunto cómo sería vivir en un mundo donde siempre fuera junio."

Quien escribe sabe que el mayor riesgo no es quedarse sin ideas, sino quedarse sin ojos frescos con los que mirarlas. Las palabras pueden seguir fluyendo mecánicamente mucho después de que la verdadera atención se haya agotado. Por eso, a veces, el gesto más honesto hacia el lector es detenerse un instante, respirar, y volver a mirar el mundo como si fuera la primera vez.

Ortega y Gasset (posts) hablaba de la perspectiva como condición de la verdad: cada punto de vista es legítimo, pero necesita renovarse para no volverse costumbre ciega. La mirada que no descansa acaba viendo solo lo que ya esperaba ver. Una jornada de pausa no es una renuncia a escribir; es una apuesta por escribir mejor.

Junio llega hoy con su luz característica, la más generosa del año en estas latitudes. Buen día, pues, para salir, observar, escuchar, dejar que las cosas sucedan sin la urgencia de convertirlas de inmediato en texto. Mañana, con la mirada renacida, habrá más que decir y mejores maneras de decirlo. Gracias por seguir esperando al otro lado. Nos vemos mañana.

Adiós a Edgar Morin, conciencia crítica de un siglo

Hoy dedicamos este obituario a Edgar Morin, o la imposible tarea de vivir solo un siglo. El 29 de mayo de 2026 falleció en París Edgar Morin a los 104 años, cerrando una de las trayectorias intelectuales más influyentes del siglo XX y los albores del XXI. Con él desaparece algo más que un filósofo o un sociólogo: se apaga la voz de quien acaso mejor encarnó la vocación de comprender el mundo en su irreductible complejidad.

Nacido con el nombre de Edgar Nahoum en el seno de una familia judía sefardí, Edgar Morin (otros posts) se formó como sociólogo, aunque prefería definirse a sí mismo como un "humanólogo", fusionando filosofía, psicología, etnografía y biología para intentar comprender la naturaleza de la humanidad. Esa negativa a quedarse en un solo campo del saber no era capricho intelectual sino imperativo ético: el mundo, creía, no se deja apresar por ninguna disciplina aislada.

Su biografía personal es, en sí misma, un compendio del siglo más violento de la historia europea. Pacifista y activista antifascista ya en los años treinta, fue miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi y participó en el Partido Comunista Francés hasta su expulsión disidente. Más tarde se opuso a la guerra de Argelia. La coherencia entre pensamiento y acción, tan rara en el mundo intelectual, fue en Morin una constante de décadas. A sus 102 años alzó aún su voz para denunciar lo que consideraba la masacre del pueblo palestino en Gaza, convocando a una "nueva resistencia" que tomara partido por Eros —la potencia creadora— frente a Pólemos y Tánatos, la guerra y las pulsiones de muerte.

Su contribución teórica central, el llamado pensamiento complejo, es una de las grandes apuestas epistemológicas de la segunda mitad del siglo XX. Frente a la especialización creciente del conocimiento científico —que Morin identificaba con una forma de barbarie cognitiva—, propuso una racionalidad capaz de articular contradicciones, asumir la incertidumbre y dialogar entre saberes. Su monumental obra El Método, en seis volúmenes, es la arquitectura más ambiciosa de ese proyecto. No pretendía dar respuestas definitivas, sino enseñar a formular mejores preguntas.

En el ámbito educativo, su influencia fue igualmente profunda. Su ensayo Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, encargado por la UNESCO en 1999, sigue siendo un texto de referencia inevitable. Allí argumentaba que la escuela enseña saberes parcelados pero no enseña a vivir, ni a afrontar la incertidumbre, ni a comprenderse como ciudadanos de una tierra común. La educación, para Morin, debía formar seres humanos capaces de pensar su condición planetaria: una tarea que, décadas después, sigue pendiente con la misma urgencia.

Fuera del ámbito estrictamente académico, Morin también dejó huella en el cine documental: en 1961 codirigió junto a Jean Rouch Chronique d'un été, considerada una obra clave del llamado cinéma vérité. Ese gesto —descender del púlpito filosófico para escuchar la voz de la gente en la calle— era coherente con toda su antropología.

El presidente Emmanuel Macron lo calificó como el "pensador del siglo", mientras que el expresidente François Hollande destacó que Morin dejaba "las llaves para la comprensión de la evolución humana". Son homenajes merecidos, aunque Morin habría sido el primero en advertir que ninguna llave abre todas las puertas, y que la complejidad de lo humano siempre desborda a quien pretende comprenderla del todo.

Queda su obra. Queda su ejemplo de intelectual comprometido que nunca confundió el compromiso con el dogmatismo. Queda, sobre todo, esa pregunta que atraviesa toda su escritura y que él encarnó con una longevidad casi inverosímil: ¿cómo aprender a vivir con la incertidumbre sin rendirse ante ella? A los 104 años, Edgar Morin no respondió esa pregunta. Simplemente la vivió.

Agnotología: Filosofía y educación ante la ignorancia fabricada

Hoy nos detendremos en la Agnotología, la ciencia que estudia cómo se fabrica la ignorancia. Porque no toda ignorancia es accidental: Muchas veces el desconocimiento es tiempos de posverdad. Existe un arte oscuro de mantener al público desinformado, fabricando dudas para que sepamos mucho menos de lo que podríamos conocer. Con casos que van del tabaco al cambio climático, veremos cómo se industrializa la ignorancia manufacturada y quiénes son sus cómplices en la era digital. Porque esa confusión provocada es un negocio enormemente rentable.

La ignorancia no siempre es inocente. Existe una creencia implícita, heredada del proyecto ilustrado, según la cual la ignorancia es simplemente la ausencia de conocimiento: un vacío que la educación, la ciencia y la información están llamadas a llenar. Bajo esta premisa, la difusión del saber equivale automáticamente a la reducción del desconocimiento. Sin embargo, hay una disciplina relativamente joven que ha venido a perturbar este optimismo epistemológico con una pregunta incómoda: ¿y si la ignorancia, en ciertos casos, no es un punto de partida sino un punto de llegada deliberadamente construido?

Esa disciplina se llama agnotología, término acuñado por el historiador de la ciencia Robert N. Proctor en la Universidad de Stanford, quien la definió como el estudio cultural de la ignorancia y la duda, con especial atención a su producción activa. La palabra procede del griego agnosis (desconocimiento) y logos (estudio), y designa un campo que, pese a su nombre técnico, describe fenómenos perfectamente reconocibles en nuestra vida cotidiana.

El caso fundacional: la industria del tabaco. El punto de origen de la agnotología no es filosófico sino escandalosamente mundano. Proctor, junto a la lingüista Londa Schiebinger, comenzó investigando cómo las tabacaleras norteamericanas respondieron durante décadas a la creciente evidencia científica sobre el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón. La respuesta no fue negar frontalmente los datos, sino algo mucho más sofisticado: financiar investigaciones alternativas, promover «expertos» con opiniones discordantes, sembrar dudas sobre la metodología de los estudios adversos y sostener públicamente que «la ciencia aún no ha dicho su última palabra». El objetivo no era demostrar que el tabaco fuera inocuo, sino mantener el estado de incertidumbre el tiempo suficiente para preservar el mercado.

Esta estrategia —que los propios ejecutivos de la industria denominaron internamente manufacturing doubt, fabricación de dudas— se convirtió en el modelo canónico de lo que Proctor llamaría ignorancia manufacturada: no la ignorancia que resulta de no haber investigado aún, sino la que se produce activamente para bloquear, demorar o desacreditar el conocimiento existente.

Tres formas de ignorancia. La agnotología distingue, al menos, tres grandes categorías. La primera es la ignorancia nativa, aquella que simplemente aún no ha sido explorada por la ciencia. La segunda es la ignorancia perdida, conocimientos que existieron y se extraviaron por causas históricas, culturales o políticas. La tercera, y más inquietante, es la ignorancia estratégica, producida deliberadamente por actores con intereses en que determinadas verdades no circulen: corporaciones, gobiernos, lobbies, o incluso algoritmos de plataformas digitales optimizados para el engagement, que con frecuencia privilegian el contenido controvertido sobre el riguroso.

Un problema político y educativo. Lo que hace de la agnotología una herramienta conceptual de primer orden para el siglo XXI es su capacidad de desplazar la pregunta. En lugar de preguntar únicamente ¿qué sabemos?, nos invita a interrogar ¿quién se beneficia de que no sepamos? Esta inflexión epistemológica tiene consecuencias directas para la filosofía política: si la ignorancia puede ser un instrumento de dominación, entonces combatirla no es solo una tarea pedagógica sino una exigencia democrática.

El negacionismo climático, las campañas de desinformación sobre vacunas, o la confusión sistemáticamente alimentada en torno a ciertos debates electorales, responden todos a la misma gramática que Proctor detectó en los archivos de Philip Morris: no se trata de convencer de una mentira, sino de impedir que la verdad consolide su autoridad.

Enseñar a dudar bien. La respuesta educativa no puede ser ingenua. Frente a la duda manufacturada, la tentación es reivindicar sin matices la autoridad de los expertos. Pero la agnotología también nos advierte de que el escepticismo crítico —la duda legítima, socrática— es precisamente el antídoto que los fabricantes de ignorancia han aprendido a imitar y corromper. La tarea es, entonces, más exigente: enseñar a distinguir entre la duda que abre el conocimiento y la duda que lo clausura; entre el pensamiento crítico y su simulacro interesado.

En un ecosistema informativo saturado, saber lo que no sabemos, y por qué no lo sabemos, puede ser tan decisivo como el conocimiento mismo.

Magnifica Humanitas: Encíclica ante el desafío ético de la IA

Magnifica Humanitas: cuando la Iglesia mira a los ojos a la inteligencia artificial. El 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV presentó en el Aula del Sínodo del Vaticano su primera carta encíclica, Magnifica Humanitas. El documento, firmado por el Santo Padre, trata sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. No es un texto más en la larga tradición del Magisterio pontificio: es, en muchos sentidos, el intento más ambicioso de la Iglesia por articular una respuesta doctrinal de pleno rango a la revolución tecnológica que está reconfigurando la civilización contemporánea.

Una fecha que no es casual. El documento lleva la firma del Papa León XIV con fecha del 15 de mayo, coincidiendo con el 135.º aniversario de la promulgación de la encíclica Rerum Novarum de León XIII. La elección es programática. Así como en 1891 la Iglesia respondió a la primera revolución industrial —la de la fábrica, el vapor y el capitalismo manchesteriano— con una defensa de la dignidad del trabajador, en 2026 León XIV responde a la revolución de los algoritmos con un marco ético que sitúa a la persona en el centro frente a cualquier lógica reduccionista. El nombre pontifical escogido por Robert Francis Prevost al ser elegido en mayo de 2025 ya anticipaba esta continuidad: la doctrina social como brújula, ayer y hoy. 

La herida nueva: la persona reducida a datos. El Pontífice alerta sobre el "riesgo de deshumanización" que conlleva la inteligencia artificial, y advierte que "se está cayendo en la cultura violenta". Asimismo, deplora las guerras, la carrera armamentista, las crecientes desigualdades y la concentración de poder en pocas manos, en un contexto en el que la fuerza del derecho internacional está siendo sustituida por el derecho del más fuerte.

En ese escenario, la IA no es un problema técnico aislado, sino el catalizador de una crisis más honda. La encíclica recurre a la doctrina social de la Iglesia para combatir lo que denomina "una visión antihumana" de la inteligencia artificial. Frente a los sistemas que deciden quién accede a un crédito, a un empleo o a una prestación sanitaria sin intervención humana real, la encíclica reclama que ningún algoritmo puede suplantar la conciencia moral ni la responsabilidad de las personas.

Los grandes ejes doctrinales. El documento constituye un llamamiento a custodiar "una magnífica humanidad habitada por Dios", promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, considera necesario desarmar la IA y superar la teoría de la "guerra justa", relanzando el diálogo y el multilateralismo.

En el texto, León XIII repasa principios centrales de la doctrina social de la Iglesia, como la justicia social y el destino universal de los bienes, afirmando que el derecho a la propiedad privada existe pero siempre subordinado a ese destino universal, y que "su función social no debe ser considerada como una mera opinión teológica".

La encíclica propone asimismo una gobernanza internacional de la IA —retomando la idea de autoridad supranacional que ya esbozara Juan XXIII en Pacem in Terris— y presta especial atención a los colectivos más vulnerables: niños, personas mayores, migrantes y personas con discapacidad, cuyo acceso a derechos puede verse amplificado o cercenado por los sistemas automatizados.

Un gesto de humildad histórica. Junto a las advertencias proféticas, la encíclica incluye un pasaje que ha resonado con particular fuerza en la opinión pública. En un pasaje de Magnifica Humanitas, el Papa afirma "en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón", reconociendo que no fue hasta el siglo XIX cuando se produjo "una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud", especialmente con el pontificado de León XIII. La autocrítica histórica refuerza la credibilidad moral del documento cuando juzga las nuevas formas de sometimiento que los sistemas tecnológicos pueden generar.

Una encíclica para nuestro tiempo. Magnifica Humanitas llega en un momento en que los debates sobre la regulación de la inteligencia artificial —desde el Parlamento Europeo hasta los foros de Naciones Unidas— se libran sin referentes éticos sólidos que trasciendan los intereses corporativos o geopolíticos. La voz de la Iglesia, con toda la complejidad de su tradición y sus contradicciones, aporta al menos esto: que la tecnología no es neutral, que la dignidad humana no es negociable y que "magnificar la humanidad" no es un lema retórico, sino un imperativo moral urgente.

En el fondo, la encíclica nos plantea una pregunta que va más allá de cualquier credo particular: ¿qué clase de humanos queremos seguir siendo cuando las máquinas aprendan a pensar?