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2ª Medida para mejorar PISA 2025: Now, Education

2ª Medida para mejorar PISA 2025: Now, Education

Proseguimos con las medidas para mejorar PISA 2025 (ver otros posts). El orden será reorganizado cuando alcancemos las 25 propuestas para superar los resultados en la CAPV (Comunidad Autónoma de Euskadi). Hoy nos tendremos en una clave que es condición imprescindible, necesaria y casi suficiente: Que la educación sea el tema primero y central del debate y del acuerdo político. Esto es algo que nunca se ha dado, y menos en nuestro escenario vasco, estatal o europeo.

Esta reflexión trae recuerdos de hace 50 ó 25 años,... Cuando comencé a educar en 1975 en la universidad, con la Didáctica de las Matemáticas y las Ciencias Experimentales, y cuando entre 2002 y 2003 tuve el honor de ser el redactor único de Hezkuntza XXI: "Libro Blanco para la Educación Vasca del Siglo XXI". 

Sus conclusiones, resumidas en 11 apartados y presentadas por Josu Jon Imaz en 2004, siguen siendo un faro que podría guiar cómo persistir en lo válido y reconducir en lo innovador el complejo sistema educativo vasco. El undécimo (con toda la carga de hamaika en euskera) y final punto declaraba: "Somos muchos quienes creemos firmemente que sólo existe un cauce social de equidad, solidaridad, cohesión social, progreso y futuro: la Educación". 

Pero premisa preliminar es otorgar a la educación el rol social en toda su singular trascendencia y grandiosa magnitud, siendo coherentes con recursos y prioridades acordes con la función que desempeña a través de todos los agentes implicados. Se ha manoseado la educación en algunos debates politiqueros, pero nadie -ni aún- lo ha puesto en la cúspide de las promesas de futuro. 

Hace un cuarto de siglo, aquel un libro Hezkuntza XXI de 550 páginas ya hablaba de «escuela expandida», de software libre, de weblogs y de pasar de la New Education a la Now, Education. Lo releo veinticinco años después, con la IA llamando o esperando a la puerta del aula, y me quedo con una cautela que ha envejecido muy bien: las tecnologías digitales exigen cosas nuevas, pero presuponen las antiguas, y la primera es (era y será) saber leer. 

Toda comunidad política decide, lo quiera o no, qué clase de ciudadanos tendrá, y lo decide sobre todo educando; por eso la educación es menos una política sectorial que la medida primera de todas las demás. Montesquieu lo condensó al abrir el libro IV de El espíritu de las leyes: las leyes de la educación son «las primeras que recibimos», y nos preparan para ser ciudadanos. Kant fue más lejos: el ser humano, sostuvo en su Pedagogía, «no es nada sino lo que la educación hace de él». 

Que tradiciones tan distintas coincidan en este primado no resuelve, sin embargo, para qué educar. Dewey escribió en 1916 (hace 110 años) que la democracia debe «nacer de nuevo en cada generación» y que la educación es su partera; Mill, que defendía obligar a todos a recibir instrucción, advertía en Sobre la libertad que una educación estatal general es «un mero artificio para moldear a las personas» con el molde que prefiera el poder dominante. Entre ambas posiciones se juega el dilema que ya planteaba Kant: cómo cultivar la libertad en medio de la coacción. Quizá el mínimo común de una política plural sea formar ciudadanos capaces de sostener las instituciones sin renunciar a examinarlas. 

La primacía pedagógica dentro de la praxis gubernamental no constituye un mero recurso retórico, sino la condición ontológica de cualquier proyecto cívico perdurable. Como bien señalaba Jules Michelet al inquirir sobre las prioridades fundamentales de la polis, «¿cuál es la primera parte de la política? La educación. ¿Cuál la segunda? La educación. ¿Y la tercera? La educación». Esta intuición encuentra su correlato clásico en el ideal platónico expuesto en La República, donde la paideia deja de ser un instrumento secundario del Estado para convertirse en su propia arquitectura constitutiva. Si la política aspira a estructurar la convivencia y la justicia, debe reconocer que ninguna institución subsiste sin la formación deliberada de las mentes que la sostienen; toda reforma institucional que prescinda de la maduración intelectual del ciudadano queda, indefectiblemente, condenada a la esterilidad formal.

Por otra parte, articular la acción pública en torno a la enseñanza implica entender la libertad no como un dato previo, sino como un logro formativo. Con precisión lapidaria, Epicteto de Frigia sentenció que «sólo las personas que han recibido educación son libres», presupuesto que siglos más tarde reinterpretaría la teoría crítica al concebir el aprendizaje como un acto eminentemente emancipador. Sin un pensamiento educado para el discernimiento autónomo y la duda metódica, la participación ciudadana corre el riesgo de degenerar en simple automatismo autómata o en mera reacción pasiva ante la demagogia. En consecuencia, situar la educación en el centro del diseño político trasciende la asignación presupuestaria: representa el compromiso ético de dotar a la sociedad de las herramientas epistémicas necesarias para auto-determinarse y construir su propio porvenir.

El lema «Education, education, education!», asociado a Tony Blair, sintetizó una de las prioridades políticas del Nuevo Laborismo británico en la década de 1990: situar la educación en el centro de la modernización económica y social. La fórmula, pronunciada durante la campaña electoral de 1996, antes de la victoria laborista de 1997, convirtió una política pública en un mensaje de extraordinaria fuerza comunicativa. Blair desarrolló estas ideas en su discurso de Ruskin College, en diciembre de 1996, defendiendo también la alfabetización temprana, la formación docente y el aprendizaje permanente. Tres palabras memorables, en definitiva, que siguen planteando una pregunta esencial: ¿cómo convertir la educación en una prioridad presupuestaria, pedagógica y social, y no solo electoral?

Aquel libro, Hezkuntza XXI, merece una relectura 25 años después. Sugiere augurios y esperanzas: más acceso, más autonomía, más aprendizaje. Contiene, sin embargo, una cautela que ha envejecido mejor que muchos de sus entusiasmos. Recoge un pasaje según el cual las tecnologías digitales exigen cosas nuevas pero presuponen las antiguas, y la más importante es la lectura. En 2026, con sistemas capaces de producir texto sin esfuerzo, esa idea pesa más: cuando cualquiera obtiene una respuesta, escasea quien sabe decidir si merece confianza. Cuánto de lo proyectado se cumplió en las aulas vascas es otra cuestión; responderla exigiría cruzar la obra con evaluaciones externas como PISA.

Vita: Sobre vida, IA y miedo a morir de Xabi Uribe-Etxebarria

Lista de reproducción 5 vídeos presentados por Jordi Albareda. 

Vita: qué significa estar vivo cuando las máquinas aprenden. Le preguntaron a un premio Nobel cómo definiría la vida y guardó silencio. Lo cuenta Xabi Uribe-Etxebarria en Vita: Jack Szostak, que ha dedicado su carrera al origen de la vida, no supo o no quiso responder, y lo remitió a un artículo suyo cuyo título sostiene que definir la vida no ayuda a entender cómo empezó. La escena resume la paradoja del libro. Todos sabemos que un perro está vivo y una piedra no, pero nadie explica con exactitud dónde está la diferencia.

Vita (Debate, 328 páginas, junio de 2026) es el ensayo con que el fundador de Sherpa.ai, nacido en Algorta (Getxo) en 1981, intenta ordenar esa duda. Interesa por lo que pregunta y por desde dónde lo hace. 

Una herida antigua. 

El prólogo no empieza en un laboratorio, sino en una casa de Algorta, de noche, con un niño que no duerme porque teme que su madre, su padre o él mismo dejen de existir. Durante años, cuenta, la solución fue distraerse; el libro se presenta como lo contrario de esa huida. Él mismo se define como «hipocondríaco existencial», y esa confesión da al ensayo una temperatura poco habitual en la divulgación tecnológica. Quien haya leído a Unamuno oirá un eco de su hambre de inmortalidad, aunque Uribe-Etxebarria aclara que escribe desde la curiosidad y no desde la autoridad, atenido al conocimiento empírico y dejando abiertas las preguntas que corresponden a la filosofía y la teología. 

La vida como una duna. Las primeras páginas son ágiles y se apoyan en buenas anécdotas. Según el bioquímico Daniel Koshland, en una reunión de científicos alguien propuso que reproducirse era la esencia de la vida, y otro replicó que entonces un conejo solo estaría muerto y dos, vivos. Sigue la definición funcional de la NASA de 1994, que habla de un sistema químico autosuficiente capaz de evolución darwiniana, y los cuatro componentes de Steen Rasmussen: metabolismo, información, contenedor y entorno. 

Virus, priones, xenobots, protocélulas y una semilla de palmera hallada en Masada, que germinó en 2005 tras unos dos mil años latente, sostienen su propuesta: la vida sería un espectro, más parecido a una duna que a una frontera, porque ningún grano de arena marca el instante en que el montón se vuelve duna. 

Ocho partes y un giro. 

El libro avanza de lo simple a lo complejo: la definición y sus umbrales, la vida orgánica, la tecnológica, la mental, la inteligencia artificial y robótica, las formas híbridas y el universo que las contiene. La tesis, advierte el autor, no espera al final: irrumpe en la sexta parte, como giro más que como conclusión. Descubrirla corresponde a cada lector. Ahí se jugará el crédito del ensayo. Discutir si un virus está vivo es un debate científico; decidir si una IA podría estarlo, o ser consciente, entra en terreno especulativo, y conviene separar lo que hoy hacen los sistemas de lo que se espera que hagan. Esa distinción es la que hay que exigirle.

Preguntar «cuánto», no «si». Vita no promete respuestas cómodas. Su mejor virtud quizá sea devolverle a la pregunta su extrañeza: si ni los expertos saben definir la vida, tal vez sea más honesto preguntar cuánto está vivo algo que si lo está. El epígrafe, una sentencia anónima en euskera, dice que somos porque ellos fueron y ellos serán porque somos (Izan zirelako gara, garelako izango dira).

Propuesta de acción. Durante los próximos dos años, formar un club de lectura intergeneracional de seis a ocho personas que lea una parte de Vita al mes y, después, Del sentimiento trágico de la vida (posts), con una nota de media página por sesión; se evaluará con la asistencia, las notas y una pregunta repetida al inicio y al final («¿qué está vivo?»). A cinco años, ofrecer como voluntariado dos talleres anuales de pensamiento crítico sobre IA y vida en una biblioteca o un centro educativo, con cuestionario previo y posterior. A diez, reunir las preguntas y respuestas recogidas en una publicación abierta.

Vita de Xabi Uribe-Etxebarria

Álbum de imágenes.

El futuro de la democracia, según Daniel Innerarity

Siempre es un placer y un aprendizaje escuchar a Daniel Innerarity (posts previos), a quien puede conocer en persona y conversar largo y tendido en Getxo allá por 2002, gracias a Josune Ariztondo. Hoy lo hemos escuchado de nuevo, y recogemos su intervención, así como una reseña de su muy recomendable libro "El futuro de la democracia". Al final también recogemos recogemos recientes vídeos sobre este mismo tema. 

Encontrar Waterloo en Waterloo: Innerarity y el futuro de la democracia. Fabrizio del Dongo huye de Italia para sumarse al ejército de Napoleón y acaba estando en una batalla sin verla. Corre de un lado a otro, oye los cañones, pasa junto al emperador sin reconocerlo y, al final, solo sabría contar su asombro por no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo. Con esa escena de La cartuja de Parma abre Daniel Innerarity su ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, mayo de 2026). No es un adorno: la pregunta que recorre el libro es cómo ser un buen contemporáneo cuando el estruendo de las noticias impide distinguir lo decisivo de lo llamativo.

Theodor Adorno dejó una divisa para esa dificultad: mantener viva la conciencia de que, entre la ostentación y el alboroto, algo falta. Innerarity la aplica a la democracia, un régimen del que no sabemos si reclama indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia. 

Un título prestado a Bobbio. El título es de Norberto Bobbio, cuyo ensayo de 1984 nació de una conferencia en el Congreso de los Diputados en 1983. Entonces la democracia vivía un momento triunfal; hoy sabemos que puede retroceder, y eso cambia la manera de preguntar. Innerarity no cuenta su historia sino su porvenir, y arranca con una paradoja: hablar del futuro de la democracia es hablar de algo que no existe, porque lo propio de este régimen es poner el futuro en nuestras manos. La democracia de mañana será distinta de la de hoy; si fuera idéntica, no tendría futuro. 

Los malos y los males. La distinción más fértil del primer capítulo separa a los malos (autoritarios, golpistas, demagogos) de los males: desinformación, desigualdad, complejidad, instituciones mal diseñadas. Preferimos un culpable a una explicación estructural, enemigos a rivales, corrupción a torpeza. Pero si un gobernante sin escrúpulos puede hacer daño, argumenta el autor, es porque las instituciones estaban mal pensadas: los errores personales solo adquieren gran tamaño donde hay fallos de sistema. Hay malos, pero tal vez los males sean más dañinos. 

La fascinación de lo peor. Más incómodo es su segundo movimiento. El relato que lo explica todo por la brutalidad de los fuertes, con House of Cards como retrato, nos convierte en espectadores y desactiva la indignación. Innerarity pregunta a quién beneficia esa explicación derrotista, y apunta a los autoritarios, interesados en que creamos que pueden más de lo que pueden. Su aliado es Maquiavelo, que enseñó a los príncipes a conquistar, pero también a los pueblos a resistir. Con su imagen de la inundación: cuando llega, poco se puede hacer; en tiempo de calma se levantan los diques. 

Un mapa por recorrer. Estas líneas se apoyan en la introducción, el primer capítulo y el índice, disponibles en la web de la editorial. El índice anuncia diez partes y un epílogo: polarización, crisis de la democracia liberal, extrema derecha, políticas de identidad, democratizar el trabajo, la migración y el dinero, inteligencia artificial y tiempo. Algunos títulos, como una defensa de las políticas de la identidad o un capítulo contra el antiwokismo, toman partido en asuntos que dividen; conviene discutirlos con el texto entero delante y no con el titular. 

Buenos contemporáneos. En una entrevista, Innerarity dice partir del orgullo por una democracia a la que hay que hacer muchos ajustes, «sin arrojarla por la ventana». Quizá esa sea la forma más sobria de ser buen contemporáneo: no buscar la batalla donde más truena el cañón, sino preguntarse qué falta en el paisaje. ¿Qué falta hoy en nuestro Waterloo, y quién se ocupa de mirar?

Propuesta de acción. En lectura, a dos años: leer el libro junto al de Bobbio en un grupo de seis personas, una sesión mensual durante seis meses, y evaluar cuántos desacuerdos razonados es capaz de formular cada miembro. En escritura, a cinco años: llevar un cuaderno de «lo que falta», con una nota trimestral sobre algo que el ruido público omite, y revisar al final cuáles de esas intuiciones se confirmaron. En voluntariado, a diez años: participar en un órgano ciudadano local (asociación vecinal, consejo escolar, presupuestos participativos), con indicadores de asistencia, propuestas presentadas y mejoras logradas, evaluados cada dos años con otra persona.

El futuro de la democracia, Daniel Innerarity
Álbum de imágenes. Hace tres meses,...

Hace nueve meses,...

Hace un año,...

La paradoja del cuadrado perdido: El triángulo que no lo era

Hoy de noche hemos logrado 21 millones de visitas (que ya no posteamos), tras 11 días desde el anterior vigésimo millón. Tomemos cuatro piezas de cartulina: dos triángulos rectángulos y dos figuras en forma de escuadra. Colocadas de un modo, componen un triángulo de 13 unidades de base y 5 de altura. Recolocadas de otro, componen aparentemente el mismo triángulo, pero ahora con un agujero de una unidad cuadrada. Nadie ha cortado ni añadido nada. La ilusión del cuadrado perdido plantea una pregunta incómoda: ¿de dónde sale el hueco?

La aritmética no admite trampas. Basta sumar. El triángulo rojo mide 12 unidades de área, el azul 5, y las dos escuadras 8 y 7. Total: 32. Un triángulo de 13 por 5 tendría 32,5. Ninguna de las dos figuras coincide con esa cifra, y ahí está la pista: ninguna es un triángulo. Lo que parece la hipotenusa está quebrada. El triángulo rojo tiene una pendiente de 3/8, unos 20,6 grados; el azul, de 2/5, unos 21,8. Esa diferencia de poco más de un grado, invisible a simple vista, se va abriendo a lo largo de 13 unidades hasta encerrar exactamente un cuadrado. Una figura es un cuadrilátero cóncavo de 32 unidades; la otra, convexo, de 33.

Fibonacci, el cómplice discreto. Las medidas 2, 3, 5, 8 y 13 no son casuales: son términos consecutivos de la sucesión de Fibonacci. Los cocientes 2/5 y 3/8 se parecen tanto que las pendientes casi coinciden, y una propiedad de la sucesión (3 × 8 = 24 frente a 5² = 25; 5 × 13 = 65 frente a 8² = 64) garantiza que el desajuste sea siempre de una sola unidad. Es el mismo principio de la paradoja del tablero de ajedrez, que convierte un cuadrado de 8 × 8 en un rectángulo de 5 × 13: sesenta y cuatro casillas que, por arte de geometría, pasan a ser sesenta y cinco.

Un origen con muchos nombres. Martin Gardner atribuyó esta versión al mago aficionado neoyorquino Paul Curry, en 1953, y de ahí el nombre de «triángulo de Curry» (que nada tiene que ver con la paradoja lógica homónima). Pero el principio es muy anterior. Los rompecabezas de disección se conocen desde el siglo XVI; William Hooper publicó una versión en sus Rational Recreations a finales del XVIII (paradoja de Hooper); Sam Loyd afirmaba haber presentado la del tablero en un congreso de ajedrez en 1858; y Oskar Schlömilch la publicó en 1868. Las fuentes discrepan sobre quién fue primero, y conviene desconfiar de las paternidades únicas. Gardner la recoge en Mathematics, Magic and Mystery. 

Lo que enseña un triángulo con trampa. En papel, el grosor de las líneas tapa la curvatura y el corte impreciso hace el resto. El ojo, dispuesto a ver un triángulo, no busca lo que lo desmiente. Spinoza pedía «no reír, no llorar, no detestar, sino comprender»; aquí bastaría un matiz: no dejarse deslumbrar antes de medir. Quien dibuje la figura con regla sobre papel cuadriculado verá cómo la hipotenusa se dobla.

Una propuesta para los próximos años. En lectura, propongo recorrer en dos años el capítulo de Gardner y un libro de matemática recreativa por año. En escritura, una serie anual de al menos cuatro entradas sobre ilusiones que enseñan a pensar. En voluntariado, a cinco años, un taller de una hora con cartulina y papel cuadriculado en dos centros escolares o bibliotecas, abierto a adolescentes y a sus abuelos, con el horizonte de una pequeña red de talleres a diez. Como evaluación, un cuestionario antes y después sobre si los participantes comprueban medidas antes de afirmar, el recuento anual de asistentes y una revisión cada dos años.

@jasantaolalla misterio resuelto #fibonacci #aprendecontiktok #cienciaentiktok ♬ sonido original - Javi Santaolalla

Getxoko Andres Isasi Musikalia Elkartea


En Getxo, la música no es solo un adorno cultural: es una forma de tejer comunidad. Desde 2004, cuando el departamento de viento de la Escuela de Música Andrés Isasi reunió a profesorado y alumnado con ganas de tocar juntos, hasta la constitución formal de la asociación el 15 de septiembre de 2015, Musikalia (Getxoko Andrés Isasi Musikalia Elkartea) ha recorrido un camino que ilustra bien cómo el folclore, la pedagogía y la creación musical pueden reforzarse mutuamente. 

Lo que empezó como tres conciertos anuales se ha convertido en un programa variado: colaboraciones con el grupo de folk Oskorri, el espectáculo bertso-trikitixa "BertsoTrikiBand", el homenaje a Nino Bravo junto a Serafín Zubiri, o las sesiones dedicadas al barbershop con The Hanfris Quartet. A ello se suman los conciertos pedagógicos sobre bandas sonoras de cine, pensados para acercar la música a las escuelas, y la presencia constante en citas como la Korrika, el recorrido bienal a favor del euskera. 

Ese recorrido —de aula a plaza, de partitura a fiesta popular— resume una idea que late en buena parte del pensamiento sobre la cultura vasca: la identidad no se hereda pasivamente, se construye y se interpreta, casi siempre en compañía. Una banda de pueblo, en ese sentido, funciona como laboratorio de convivencia: allí conviven el rigor técnico del conservatorio y la espontaneidad de la fiesta, el repertorio clásico y la canción tradicional, el euskera cotidiano y la partitura escrita. 

Asociaciones como Musikalia sostienen, con recursos modestos, una infraestructura cultural que rara vez ocupa titulares: el ensayo semanal, el concierto de Navidad, la actuación en la fiesta del barrio. Es ahí, en esa persistencia discreta, donde se juega buena parte del futuro del folclore y la educación musical en el País Vasco. 

Vale la pena seguirle la pista: asistir, en los próximos dos años, a un concierto pedagógico de Musikalia; comprobar en cinco si amplía su presencia en los centros escolares de Getxo; y observar en diez si este modelo de banda-asociación se replica en otros municipios vascos como forma de sostener el folclore y la educación musical de base. Un saludo especial a nuestro amigo Borja del Río que nos reconoció en un descanso. 

@agirregabiria

Getxoko Andres Isasi Musikalia Elkartea 1/6

♬ sonido original - Mikel Agirregabiria

1ª Medida para mejorar PISA 2025: Anular la repetición de curso

1ª Medida para mejorar PISA 2025: Anular la repetición de curso

Comenzaremos con una medida urgente que llevamos décadas defendiendo (aunque necesitará un período de implantación y perfeccionamiento del profesorado) para corregir el hábito escolar más caro de Euskadi, España, Francia,... que repercute negativamente en PISA porque demasiado alumnado de 15 años (objetivo de las pruebas) no está en el máximo nivel posible de la ESO (4º ó 3º). Necesitamos una innovación del calado de la promoción automática, reduciendo al mínimo la repetición de curso. En la CAPV sería pasar del 16% a menos del 3%. Múltiples estudios (incluidos los informes PISA de la OCDE) demuestran que repetir las mismas materias con la misma metodología no garantiza que se comprendan la segunda vez. 

La tendencia internacional avalada por la OCDE se inclina hacia la reducción al mínimo de la repetición de curso. Sin embargo, la transición de un modelo a otro no funciona simplemente "prohibiendo" repetir; requiere transformar las escuelas para que la promoción automática venga acompañada de planes de refuerzo personalizados, codocencia (dos profesores en el aula) y flexibilización del currículo. La repetición debería dejar de ser una respuesta ordinaria al fracaso escolar y convertirse, si acaso, en una medida sumamente excepcional. La evidencia ofrece mejores razones para invertir en detección temprana, apoyo personalizado y acompañamiento que para hacer recorrer de nuevo al alumno el mismo camino.

España repite como en ningún otro rincón de la Unión Europea: el 22% de los quinceañeros ha repetido alguna vez, casi el doble de la media de la OCDE (9,8%) y tercer puesto mundial en este ranking poco honroso. Peor aún, se repite demasiado y sin ningún acompañamiento intensivo. Repasemos los argumentos más sólidos para defender la postura de la no repetición (o su uso sólo como último recurso excepcional, jamás automático).

1. El coste no se corresponde con el dudoso beneficio. A escala del Estado repetir curso significa pagar más y no aprender más. Repetir cuesta al erario público español 1.441 millones de euros al año —el 6,2% del gasto en primaria y secundaria, equivalente al presupuesto educativo de todas las islas Canarias juntas— para un resultado académico que ni siquiera está claramente demostrado. Esa inversión debería financiar refuerzo educativo para ese alumnado rezagado. Es preferible dedicar el esfuerzo con el alumnado necesitado en el aula, no en obligarles a repetir el curso entero.

2. La evidencia acumulada apunta en contra. Las síntesis de John Hattie sobre cientos de metaanálisis sitúan la repetición entre las pocas prácticas educativas con efecto medio negativo sobre el aprendizaje; un metaanálisis específico sobre primaria (1990-2010) encontró que los alumnos repetidores acaban puntuando 0,5 desviaciones típicas por debajo de sus compañeros promocionados. El argumento de "darle más tiempo" no se traduce en más aprendizaje real.

3. No es neutral: amplifica la desigualdad. Con la misma nota en PISA, un alumno de nivel socioeconómico bajo tiene hasta cuatro veces más probabilidades de repetir que uno de familia acomodada; el alumnado de origen migrante, el doble. Esto sugiere que la repetición no corrige déficits de aprendizaje de forma objetiva, sino que penaliza más a quien ya parte con menos recursos.

4. Tiene un coste psicológico documentado. La investigación asocia la repetición con una caída significativa de la autoestima y del esfuerzo, con estigmatización por parte de los compañeros y con problemas de ajuste socioemocional, especialmente cuando se produce en cursos más avanzados.

5. Es uno de los mejores predictores del abandono escolar. Repetir —y sobre todo repetir más de una vez— tiene un efecto causal reconocido sobre el abandono temprano: cuantos más años de retraso acumula un alumno, menos probable es que termine la educación obligatoria.

6. Existe una alternativa que funciona a gran escala. Finlandia, con menos del 3% de repetición —ocho veces menos que España, bajo normativas comparables—, lleva décadas entre los mejores sistemas educativos del mundo en PISA. Su modelo no elimina el problema del alumno rezagado: lo aborda mes a mes mediante niveles escalonados de apoyo (general, intensivo, especial) en lugar de esperar a una decisión administrativa en junio.

7. La disparidad entre territorios con la misma ley delata que es cultural, no pedagógica. Dentro de España, Asturias y el País Vasco repiten en torno al 16-17% frente a más del 20% en media docena de comunidades, con la misma normativa estatal. Eso indica que la repetición obedece más a hábitos y creencias del profesorado y los centros —lo que la Comisión Europea llama "cultura de la repetición"— que a una necesidad objetiva del alumnado.

Dos alumnos de quince años sacan la misma nota en el mismo examen. Uno repetirá curso el año que viene; el otro no. La diferencia no está en sus respuestas, sino en la renta de sus padres: según el análisis de Save the Children sobre los datos de PISA, un adolescente de nivel socioeconómico bajo tiene hasta cuatro veces más probabilidades de repetir que uno de familia acomodada con idéntico rendimiento. Ese dato resume mejor que cualquier discusión pedagógica abstracta lo que está realmente en juego al hablar de repetición de curso.

Dos países ilustran mejor que cualquier teoría lo que de verdad importa. Finlandia apenas repite —menos del 3% del alumnado—, no porque prohíba la práctica, sino porque la hace innecesaria: un sistema de apoyo escalonado detecta las dificultades mes a mes y las atiende antes de que se acumulen en un suspenso de junio. En el extremo opuesto, Misisipi, uno de los estados más pobres de Estados Unidos, decidió en 2013 retener en tercero a los niños que no leían al nivel exigido, pero acompañó la medida con noventa minutos diarios de instrucción intensiva en lectura. El resultado, bautizado como el "milagro de Misisipi", fue que esos alumnos obtuvieron en sexto curso resultados muy superiores a los de sus compañeros que habían promocionado raspando el aprobado.

Quien quiera profundizar puede leer el informe "Repetir no es aprender" de Save the Children, que desmonta con datos los mitos más repetidos sobre esta práctica. Y quien tenga relación con un centro escolar —como madre, padre, docente o miembro de un consejo escolar— puede hacer algo más concreto: preguntar si existe un plan de refuerzo temprano, como exige la LOMLOE, y pedir que se mida su efecto. Un objetivo razonable sería reducir a la mitad la tasa de repetición del propio centro en cinco años, revisando cada curso cuántos alumnos reciben apoyo antes de junio, no después.

Unacademy: 3.440 millones promesa, 206 millones realidad

Unacademy: 3.440 millones promesa, 206 millones realidad

El 1 de septiembre de 2026, Gaurav Munjal reconoció en X, sin adornos, que había vendido su empresa por una fracción de lo que llegó a valer. Con esa confesión se cerraba la historia de Unacademy, la plataforma educativa india que llegó a valorarse en 3.440 millones de dólares y que acabó siendo absorbida por su rival upGrad por apenas 206 millones: una destrucción de valor del 94%.

Unacademy nació sin vocación de imperio: antes de ser una empresa fue un canal de YouTube en el que Munjal, entonces estudiante de ingeniería en Bombay, colgaba tutoriales para ayudar a sus compañeros a preparar exámenes. En 2015 fundó oficialmente la compañía junto a Hemesh Singh y Roman Saini —este último, un antiguo funcionario público que cambió la administración por las aulas virtuales—, convirtiendo aquel canal en una aplicación pensada para los millones de jóvenes indios que cada año se juegan el futuro en los exámenes de acceso a la función pública, la ingeniería o la medicina. La promesa era clásica del sector: sustituir la academia presencial, cara y concentrada en unas pocas ciudades como Kota, por un mercado abierto de profesores independientes.

Todo cambió con la pandemia. Colegios y universidades cerraron sus puertas, millones de estudiantes se vieron obligados a estudiar frente a una pantalla, y los inversores confundieron esa urgencia pasajera con una transformación duradera de la enseñanza. En septiembre de 2020, una inyección de 150 millones de dólares de SoftBank convirtió a Unacademy en unicornio; un año después, una ronda de 440 millones la situaba ya en 3.440 millones de dólares de valoración, la segunda edtech más cotizada de India, solo por detrás de Byju's.

El dinero se convirtió en espectáculo: patrocinio de la Liga Premier de críquet, campañas con la leyenda Sachin Tendulkar como inversor y rostro publicitario, pujas para hacerse con el patrocinio principal del torneo. Cuando en 2022 las aulas reabrieron y la demanda de clases online se desplomó, la compañía se encontró quemando alrededor de 156 millones de dólares al año sin un negocio capaz de sostener ese ritmo. Siguieron tres años ásperos: despidos sucesivos que redujeron la plantilla de 6.000 a menos de 1.800 personas, la retirada del patrocinio deportivo, la venta de la plataforma de programación CodeChef y, finalmente, el reconocimiento público de que la valoración había caído por debajo de los 500 millones de dólares. Munjal, además, se convirtió en una rareza dentro del ecosistema emprendedor indio: en vez de camuflar el declive bajo el lenguaje del pivote, lo documentó en público, cifra a cifra, hasta el final.

Unacademy no es el caso más extremo. Byju's, la otra gran apuesta india, llegó a valer 22.000 millones de dólares antes de hundirse en impagos e insolvencia, hasta el punto de que BlackRock redujo a cero el valor de su participación; en Estados Unidos, 2U se acogió al Chapter 11 tras rozar los 4.000 millones de capitalización, y Chegg encadena años de desplome bursátil. El patrón se repite: inversores que dieron por hecho que la educación podía transformarse con la misma velocidad que el comercio, la música o los viajes, sin contar con que aprender exige algo que ninguna plataforma ha conseguido escalar del todo: la relación, la constancia, la mediación de alguien que conoce a quien tiene delante.

Ese es, quizá, el verdadero legado de Unacademy: no una lección sobre tecnología, sino sobre la diferencia entre digitalizar la enseñanza y transformarla. Dos gestos posibles para quien quiera ir más allá de la anécdota: leer To Save Everything, Click Here, de Evgeny Morozov, como antídoto contra el solucionismo tecnológico aplicado a la educación; y ejercer de tutor voluntario de algún estudiante en preparación de examen. Como sistema de evaluación, una cita fija: comprobar en los informes PISA de 2028 y 2031 si la inversión pública prioriza formar al profesorado antes que comprar licencias de plataformas.

Número de Avogadro, 6.022 × 10²³, o la inmensidad de átomos

Imagina que dejas caer una gota de agua en el Mediterráneo. Dentro de esa gota diminuta nadan, apretadas, tantas moléculas de H₂O como gotas cabrían en todo el mar que acaba de recibirla. La comparación no es una licencia poética: es, casi, aritmética exacta. Y es también la puerta de entrada más honesta a un número que ninguna mente humana está preparada para imaginar sin ayuda: 6,02214076 × 10²³, la constante de Avogadro. 

Esa inmensa cifra en notación científica expresa 0,6 cuatrillones de átomos, moléculas o iones (cuántas entidades) que caben en cada mol de sustancia. Por ejemplo, en 12 gramos de carbono-12 contienen exactamente ese número de átomos; 18 gramos de agua (H₂O = 2+16), ese mismo número de moléculas. Es lo que une el mundo macroscópico que tocamos —gramos, litros, cucharadas— con el mundo microscópico que no vemos —átomos, electrones, iones—. 

Una hipótesis que tardó un siglo en confirmarse. El nombre honra al físico turinés Amedeo Avogadro, que en 1811 propuso una idea entonces heterodoxa: volúmenes iguales de gases distintos, a la misma presión y temperatura, contienen el mismo número de partículas. Avogadro murió en 1856 sin haber calculado jamás su propio número; ni siquiera sabía que llegaría a existir como tal. Fue el químico Stanislao Cannizzaro quien, en el Congreso de Karlsruhe de 1860, rescató la hipótesis del olvido y la convirtió en herramienta de trabajo para toda una generación de químicos.

El primero en aventurar una cifra fue el físico austriaco Josef Loschmidt, en 1865, a partir de la teoría cinética de los gases. Pero la confirmación experimental decisiva llegó con Jean Perrin, que entre 1908 y 1909 observó el movimiento browniano de partículas en suspensión y dedujo, con una precisión notable para la época, un valor cercano al actual. Perrin fue quien bautizó la cifra como «constante de Avogadro» y por ese trabajo recibió el Nobel de Física en 1926. Poco después, los experimentos de Robert Millikan sobre la carga del electrón permitieron afinarla todavía más.

De medida experimental a definición exacta. Durante más de un siglo, el número de Avogadro fue, precisamente, un número medido: una cifra que los laboratorios perfeccionaban década tras década, con su correspondiente margen de incertidumbre. Eso cambió el 20 de mayo de 2019, cuando entró en vigor la revisión del Sistema Internacional de Unidades. Desde entonces, la constante de Avogadro ya no se mide: se define. Su valor, 6,02214076 × 10²³ por mol, es exacto por decreto científico internacional, y es esa cifra fija la que ahora define qué es un mol, en lugar de al revés. La ciencia, en este punto concreto, invirtió el orden habitual entre medida y definición.

Contar lo incontable, para pensar mejor. Lo más notable del número de Avogadro no es sólo su magnitud, sino lo que enseña sobre el método científico: una hipótesis audaz, sostenida sin pruebas directas durante décadas, verificada después por caminos independientes —cinética de gases, movimiento browniano, carga eléctrica— que convergieron en la misma cifra. Esa convergencia, más que el número en sí, es la lección que merece sobrevivir a cualquier examen de química.

Propongo llevar esa lección a las aulas de secundaria y bachillerato: que cada centro dedique, dentro de su programación anual de ciencias, un taller de «cifras que cambiaron la ciencia» donde el alumnado reconstruya, con datos y manos propias, cómo se llega a un número como este por vías distintas. El objetivo, medible curso a curso mediante encuestas de percepción sobre la ciencia y el porcentaje de alumnado que elige optativas científicas, sería duplicar en un plazo de cinco años el interés declarado por la química entre los quince y los diecisiete años, y consolidar el taller, en la próxima década, como parte ordinaria del currículo.

Masa y poder: Canetti y la anatomía del siglo XX

En un apunte de 1959, poco antes de dar por terminado el libro que llevaba escribiendo desde 1938, Elías Canetti confesó algo insólito para un intelectual de su temple: «Ahora me digo que he conseguido agarrar a este siglo por el cuello». No hay en esa frase ni rastro de modestia académica. Hay, más bien, el alivio de quien lleva tres décadas peleando cuerpo a cuerpo con una pregunta que se le resistía: por qué los seres humanos, criaturas que se dicen individuales y racionales, se disuelven con tanta facilidad en la masa y se someten con tanto gusto al poder.

La pregunta no nació en un despacho, sino en la calle. Canetti tenía dieciséis años cuando presenció en Fráncfort las manifestaciones que siguieron al asesinato del político Walther Rathenau, y veintidós cuando, el 15 de julio de 1927, se dejó arrastrar por la multitud que incendió el Palacio de Justicia de Viena. De aquel día recordaría, décadas después, no la indignación ni la ideología, sino algo más inquietante: la sensación de haber dejado de ser él mismo para convertirse en una célula de un organismo mayor. Esa experiencia, y no ninguna lectura previa, es la semilla de Masa y poder (Masse und Macht, 1960), el ensayo Crowds and Power que le valdría el Nobel de Literatura en 1981.  

Una anatomía de la masa. Canetti no escribe como sociólogo ni como psicólogo clínico, y esa distancia explica en parte que el libro siga leyéndose. Prescinde deliberadamente de Gustave Le Bon y de Sigmund Freud —a quien pretende rebatir— y construye su propio vocabulario a partir de mitos, crónicas de viajeros, textos religiosos y observaciones de comportamiento animal. De ahí surgen sus categorías más memorables: la masa abierta, que crece sin límite mientras exista quien quiera sumarse, frente a la masa cerrada, que se protege fijando un límite; y las cuatro propiedades que toda masa comparte, quiéranlo o no sus miembros: el impulso a crecer, la exigencia de igualdad interna, el gusto por la densidad de los cuerpos y la necesidad de una meta común, por vaga que sea.

Hay una imagen que resume mejor que ninguna otra el diagnóstico de Elías Canetti: dentro de la masa, el miedo ancestral a ser tocado por un desconocido se invierte y se convierte en su contrario, en el placer de fundirse con los demás. Quien entra en una manifestación, en un estadio o en una procesión no busca escapar del contacto: lo busca activamente, porque allí, y solo allí, el contacto deja de amenazar. 

El poder como forma de supervivencia. La segunda mitad del libro, más árida y más incómoda, diseca al que manda. Elías Canetti analiza con detalle clínico las memorias del juez alemán Daniel Paul Schreber —el mismo caso que había fascinado a Freud— para sostener una tesis radical: el poderoso no es, en el fondo, tan distinto del paranoico. Ambos viven obsesionados por eliminar amenazas invisibles; ambos miden su triunfo por el número de muertos que dejan atrás. Para el poderoso, escribe Canetti, vencer y sobrevivir son una misma cosa, y de ahí que todo mando —el aguijón, en su terminología— deje una herida en quien lo obedece, una herida que solo se alivia transmitiéndola, a su vez, hacia abajo.

El libro de 1960 no ha envejecido en lo esencial, aunque sí hayan cambiado los escenarios. Las masas de Canetti se formaban en plazas y estadios; las de ahora se forman también, y quizá sobre todo, en pantallas, sin roce físico alguno pero con la misma sed de fusión y de meta compartida. Cabe preguntarse si el aguijón del mando circula hoy de forma distinta por las redes que por los ejércitos que Canetti tenía en mente, o si, despojado de cuerpo, sigue obedeciendo a la misma lógica de siempre.

Mira las luces, amor mío: leer un supermercado

Imagina a la escritora más laureada de las letras francesas dedicando un año entero, no a un retiro en la campiña normanda, sino a tomar notas entre las cajas registradoras y las estanterías de un hipermercado de la periferia parisina. Eso es justo lo que hizo Annie Ernaux (más posts) entre noviembre de 2012 y octubre de 2013: convertir el Auchan del centro comercial de Les Trois-Fontaines, en Cergy, en su cuaderno de campo. El resultado, apenas setenta páginas, se tituló Regarde les lumières mon amour y llegó al castellano en 2021, de la mano de Cabaret Voltaire y en traducción de Lydia Vázquez Jiménez, como Mira las luces, amor mío.

El libro nació por encargo, dentro de la colección «Raconter la vie», dirigida por Pierre Rosanvallon y Pauline Peretz para el sello Seuil, pensada para dar forma literaria a vidas y espacios ordinarios. Ernaux no tuvo que buscar demasiado lejos: reside en Cergy desde hace décadas, y el hipermercado que frecuenta cada semana le ofrecía el terreno perfecto para su manera de mirar el mundo. Como escribe la propia autora, «voir pour écrire, c'est voir autrement» —ver para escribir es ver de otra manera—, una frase que resume su método: observar sin la anestesia de la costumbre.

Lo que encuentra no es un inventario de la compra semanal. El híper se le revela como un escenario social en miniatura que clasifica a sus visitantes sin que casi nadie lo note: la sección ecológica, frecuentada por los clientes más acomodados, apenas está vigilada, mientras que los pasillos de los productos más baratos concentran la atención de los guardias de seguridad. El pobre, sospechoso por defecto; el rico, honesto por descontado. En la sección de juguetes, Ernaux observa cómo se reproducen los roles de género sin la menor sutileza, hasta el punto de invocar, no sin ironía, a las activistas de Femen. Cajeras, reponedores y familias arrastrando carritos protagonizan, en sus páginas, una coreografía continua que convierte el trámite de comprar en una suerte de plaza pública bajo fluorescentes.

Hay además una coincidencia que el tiempo ha vuelto más incómoda que anecdótica: los meses del diario coinciden casi exactamente con el derrumbe, en abril de 2013, de la fábrica textil Rana Plaza en Bangladés, donde murieron más de mil trabajadoras y trabajadores que cosían ropa para cadenas parecidas a las que llenan los pasillos que Ernaux recorre. El libro no lo menciona de forma explícita, pero esa sombra —el origen invisible de lo que compramos— sobrevuela cada anotación.

El libro tampoco es un experimento aislado: es la tercera entrega de lo que la crítica francesa llama sus diarios «extimos», por oposición a los íntimos. Después de Journal du dehors (1993) y La vie extérieure (2000), Ernaux vuelve a los trenes de cercanías, las salas de espera y ahora el híper de Cergy para seguir cartografiando lo que ocurre fuera del ámbito familiar. Y aquí llega un dato curioso para el lector vasco: la traducción al euskera, Begira zenbat argi, maitea, obra de Xabier Aranburu para la editorial Igela, se publicó en 2015, un año después del original francés y seis años antes que la versión castellana. La consagración internacional llegaría más tarde, con el Nobel de 2022 y, en 2023, la traducción inglesa de Alison L. Strayer para Yale University Press.

Queda flotando una pregunta entre los carritos de la compra: si Ernaux pudo hallar literatura entre las estanterías de un Auchan cualquiera, ¿cuánto de nuestra propia vida se nos escapa, sencillamente, por falta de mirada?