Geometría blanca sobre el azul mediterráneo

Vamos a probar la capacidad de ChatGPT para analizar dos fotos de un avión volando. Nos responde así: Por la silueta y, sobre todo, por las dos estelas de condensación (“contrails”), se trata casi con seguridad de un reactor bimotor comercial de gran altitud, probablemente un modelo tipo Airbus A320, Boeing 737 o similar.

Algunos detalles que permiten deducirlo: Las dos líneas blancas indican dos motores turbofán bajo las alas. La altura parece de crucero, probablemente entre 30.000 y 40.000 pies. La forma del fuselaje y alas encaja con un avión comercial estándar, no militar. No parece un cuatrimotor como un antiguo Boeing 747 o un Airbus A380, porque solo se distinguen dos estelas principales. Sobre Alicante pasan continuamente rutas entre Europa, Oriente Medio y África, por lo que podría ser un vuelo internacional en corredor aéreo mediterráneo. Las estelas son simplemente condensación de vapor de agua congelado producida por los motores en aire muy frío y húmedo de gran altitud. 

Con estas fotos no puede identificarse con precisión la matrícula o el modelo exacto. Para lograrlo harían falta: fecha y hora exactas, dirección de vuelo, o consultar aplicaciones como Flightradar24 o FlightAware mientras el avión está pasando.

Si quieres, ChatGPT también puede intentar estimar: la dirección del vuelo, la altitud aproximada, o incluso qué vuelo concreto era, si me dices la hora y el lugar exacto desde donde tomaste la foto.

Con los datos que aportas —Pilar de la Horadada, martes 19 de mayo de 2026 a las 12:24— sí se puede hacer una estimación bastante razonable: Dirección aproximada del vuelo: Por la inclinación de la estela y la iluminación solar, el avión parece dirigirse aproximadamente: de suroeste a noreste (SW → NE), probablemente siguiendo uno de los corredores aéreos mediterráneos que conectan: Andalucía o el norte de África, con Francia, Alemania, Reino Unido u Holanda.

Sobre Alicante y Murcia pasan muchísimos vuelos europeos de largo recorrido medio hacia: Londres, Ámsterdam, Bruselas, Frankfurt, París, Escandinavia. (Flightradar24). La orientación de la foto encaja bastante bien con rutas que atraviesan el Mediterráneo occidental bordeando la costa levantina española.

Altitud aproximada: Por varios indicios visuales: nitidez de las contrails, anchura progresiva de la estela, persistencia, tamaño aparente del fuselaje, la altitud probablemente estaba entre 9 y 12 km de altura aproximadamente. Eso corresponde a la altitud típica de crucero de: Airbus A320/A321, Boeing 737, Boeing 757, algunos Airbus A330 o Boeing 787 en rutas más largas.

¿Qué avión concreto podría ser? Aquí ya entramos en hipótesis razonables, no en identificación segura. Por la silueta ampliada: parece un bimotor estrecho (“narrow body”), con alas y cola compatibles con: Boeing 737 NG/MAX, o Airbus A320/A321. No parece: un A380, un Boeing 747, ni un avión militar. El candidato estadísticamente más probable sobre esa zona es: un Boeing 737 de Ryanair, o un Airbus A320 de easyJet, Vueling o Iberia Express, porque son los modelos dominantes en Alicante y Murcia. 

Qué vuelo pudo ser: A las 12:24 locales, sobre Pilar de la Horadada, podrían coincidir: vuelos Alicante ↔ Reino Unido, vuelos Málaga/Almería ↔ Europa central, vuelos Baleares ↔ norte de Europa, o tráfico internacional que ni siquiera despegó de Alicante.

Sin acceso directo al playback exacto histórico premium de radar aéreo no puedo asegurarlo, pero la franja horaria y el corredor sugieren un vuelo comercial europeo de crucero, probablemente: Ryanair, easyJet, Vueling, Lufthansa, Transavia, Jet2, o similar.

Lo más interesante de la foto. La imagen tiene bastante valor divulgativo porque muestra muy bien: cómo dos motores generan dos estelas paralelas, la expansión turbulenta posterior, y el efecto atmosférico de condensación a gran altitud. Además, el pequeño pájaro que aparece abajo crea una escala visual magnífica entre: la vida terrestre cercana, y el tráfico aéreo global a 10 km de altura. Una buena metáfora visual para un post.

Venus, Lucero del Alba o Estrella Vespertina


Venus es el tercer objeto más brillante del cielo nocturno (después del Sol y la Luna) por una combinación de factores físicos y orbitales:

1º Albedo excepcional. Venus refleja aproximadamente el 70% de la luz solar que recibe, gracias a sus densas nubes de dióxido de azufre que cubren el planeta completamente. Es uno de los albedos más altos del sistema solar.

2º Proximidad a la Tierra. Es el planeta que más se acerca a nosotros, llegando a unos 38 millones de kilómetros en su punto más cercano (la conjunción inferior). Esa distancia relativamente corta amplifica enormemente su brillo percibido.

3º Tamaño considerable. Con un diámetro casi igual al de la Tierra (~12.100 km), ofrece una superficie reflectante grande en comparación con otros planetas interiores. Órbita interior. Al orbitar entre el Sol y la Tierra, Venus puede alcanzar elongaciones de hasta ~47°, lo que permite verlo en condiciones de cielo oscuro, a diferencia de Mercurio que siempre está muy cerca del horizonte solar.

La combinación de estos factores le da una magnitud aparente máxima de –4,9, suficientemente brillante como para proyectar sombras tenues en noches despejadas y ser visible incluso de día si se sabe exactamente dónde mirar.

Por eso los antiguos lo llamaban Lucero del Alba o Estrella Vespertina: Es tan luminoso que aparece antes que cualquier otra estrella al atardecer, y persiste después del amanecer.

Paul Ricœur y la ética del reconocimiento mutuo

Hoy dedicamos un post a Paul Ricoeur, el filósofo que nos enseñó a leer la vida como un texto. Toda una referencia es su hermenéutica que nos interpretar el mundo para habitar en él. Su posición entre Freud y el Evangelio, entre Marx y la esperanza nos ofrece una identidad narrativa: somos lo que contamos de nosotros. Paul Ricoeur es el arte de pensar sin rendirse al cinismo. 

Hay pensadores que irrumpen en la filosofía como relámpagos y hay quienes la habitan como arquitectos pacientes. Paul Ricoeur (1913-2005) pertenece decididamente a la segunda categoría. Durante más de seis décadas construyó una de las obras filosóficas más vastas, rigurosas y humanamente generosas del siglo XX, un edificio intelectual en el que caben la fenomenología y el psicoanálisis, la teología y el marxismo, la lingüística y la ética, sin que ninguno de sus inquilinos expulse a los demás.

Nacido en Valence y educado bajo la severa luz del protestantismo francés —huérfano de madre a los dos años, de padre durante la Primera Guerra Mundial—, Ricoeur aprendió pronto que la existencia humana exige interpretación. No como lujo académico, sino como necesidad vital. Esa intuición fundacional recorre toda su obra: somos seres que necesitan entender lo que les ocurre, y para entenderlo lo narran.

La hermenéutica como filosofía de la condición humana, Ricoeur tomó el concepto de hermenéutica —el arte de interpretar textos, heredado de Schleiermacher y Dilthey— y lo transformó en una filosofía de pleno derecho. Si Heidegger había ontologizado la comprensión y Gadamer había convertido la tradición en horizonte de sentido, Ricoeur fue más lejos: propuso que la interpretación no es solo un método sino el modo en que los seres humanos nos relacionamos con la realidad. El mundo no se nos da como dato bruto sino como texto que exige lectura.

Su Teoría de la interpretación (1976) y la monumental trilogía Tiempo y narración (1983-1985) desarrollan esta idea con una precisión casi matemática: el tiempo humano —a diferencia del tiempo físico— solo se vuelve inteligible cuando se configura narrativamente. Contamos historias porque de otro modo el tiempo nos aplastaría con su incoherencia. La novela, la historiografía y el mito no son entretenimientos opcionales; son las prótesis cognitivas con las que la humanidad hace habitable el paso de los años.

Identidad narrativa: somos el relato que construimos. Quizá la contribución más influyente de Ricoeur a la filosofía contemporánea sea el concepto de identidad narrativa, desarrollado en Sí mismo como otro (1990). Frente a la ilusión de un yo sustancial e inmutable —el cogito cartesiano como roca—, Ricoeur propone que la identidad personal es dinámica, frágil y narrativa: somos lo que contamos de nosotros mismos y lo que los demás cuentan de nosotros. El idem —lo que permanece igual— y el ipse —lo que se mantiene fiel a sus promesas— se tensan en un equilibrio nunca resuelto del todo.

Esta distinción tiene consecuencias éticas y políticas de primer orden. Si la identidad es narrativa, puede reescribirse. Los individuos y las comunidades tienen la capacidad —y la responsabilidad— de narrar de otra manera su pasado para abrir un futuro diferente. La memoria no es un archivo sino una tarea.

Memoria, olvido y perdón. Su obra tardía La memoria, la historia, el olvido (2000) confrontó el problema más urgente del final del siglo XX: ¿cómo recordar las atrocidades colectivas sin quedar atrapados en ellas? Ricoeur rechazó tanto la amnesia cómoda como la memoria paralizante. Propuso una «política justa de la memoria» que reconozca el sufrimiento sin convertirlo en identidad definitiva. El perdón —no la impunidad— aparece como horizonte ético: no borra el pasado, pero libera a los actores de su determinismo.

Una filosofía para tiempos rotos. En un presente marcado por la polarización identitaria, la desinformación y el colapso de los relatos compartidos, Ricoeur resulta más necesario que nunca. Su insistencia en que toda interpretación es parcial pero no por ello arbitraria, en que el conflicto de las interpretaciones es condición de la democracia y no su patología, en que comprender al otro exige un «rodeo» por sus textos y sus historias, ofrece una alternativa filosófica al cinismo y al dogmatismo que hoy compiten por el espacio público.

Leer a Ricoeur no resuelve los problemas. Pero enseña a plantearlos con mayor honestidad, mayor paciencia y mayor respeto por la complejidad irreductible de lo humano. En eso, precisamente, consiste la filosofía cuando está a la altura de su nombre.

Slavoj Žižek y la crítica del capitalismo contemporáneo

Lo hemos citado en varias ocasiones (incluso comprobamos demasiado tarde que ya escribimos con detalle hace un año), pero hoy queremos dedicarle un nuevo post a Slavoj Žižek: el filósofo que piensa donde duele. Hay pensadores que consuelan y pensadores que incomodan. Slavoj Žižek pertenece sin ambigüedad a los segundos. Nacido en Liubliana en 1949, en lo que entonces era la Yugoslavia socialista, este filósofo esloveno ha construido a lo largo de cinco décadas una obra tan vasta como provocadora, capaz de irritar simultáneamente a la derecha y a la izquierda, al académico y al militante, al creyente y al ateo. Esa capacidad de incomodar a todos, lejos de ser un defecto, constituye quizá su mayor mérito intelectual.

Žižek es, ante todo, un síntoma de nuestro tiempo. Su método consiste en tomar la cultura popular —una película de Hollywood, un chiste de bar, una novela de ciencia ficción— y someterla al escalpelo de tres tradiciones filosóficas que en apariencia no deberían convivir: el psicoanálisis lacaniano, la dialéctica hegeliana y el marxismo crítico. El resultado es una escritura que desconcierta: densa y accesible a la vez, erudita y provocadora, siempre dispuesta a demoler el sentido común precisamente allí donde parecía más seguro.

La gran apuesta teórica. El núcleo de su pensamiento gira en torno a una idea perturbadora: lo que creemos que es la realidad es en gran medida una construcción ideológica que nos protege del encuentro con lo Real —en sentido lacaniano, aquello que no puede ser simbolizado ni domesticado—. La ideología no funciona hoy mediante la imposición abierta de creencias, sino a través del cinismo. Sabemos perfectamente que el sistema es injusto, pero actuamos como si no lo supiéramos. Esta complicidad cínica, que Žižek denomina fetichismo de la mercancía, es para él el mecanismo central del capitalismo tardío: no necesita que creamos en él, solo necesita que sigamos participando.

Su obra cardinal, El sublime objeto de la ideología (1989), publicada apenas dos años antes del derrumbe soviético, anticipaba con notable lucidez que el fin del comunismo realmente existente no supondría la liberación anunciada por el liberalismo triunfante, sino la emergencia de nuevas formas de sujeción ideológica, más sutiles y por ello más eficaces.

Un marxismo sin partido ni nostalgia. Žižek se reivindica marxista, pero no de manera ortodoxa. Critica con igual ferocidad la socialdemocracia acomodaticia, el identitarismo progresista y el populismo de izquierda, a los que acusa de haber abandonado la crítica al capitalismo en favor de batallas culturales que el sistema puede absorber sin dificultad. Su polémico argumento es que la política de identidad, cuando no está articulada con una crítica económica estructural, termina siendo funcional al orden que pretende impugnar.

Esta posición le ha granjeado enemigos en todos los frentes: la izquierda le reprocha sus provocaciones deliberadas y cierto exhibicionismo intelectual; la derecha no sabe qué hacer con un marxista que cita a Chesterton y defiende el legado cristiano como reserva crítica frente al nihilismo del mercado.

El filósofo como espectáculo. No puede ignorarse la dimensión performativa de Žižek. Sus conferencias son eventos casi teatrales, sus tics verbales y su energía desbordante forman parte de un estilo que ha convertido a la filosofía en algo que puede llenarse de audiencias. Hay quien ve en ello pura mercadotecnia intelectual; hay quien lo celebra como la única filosofía capaz de competir en la economía de la atención.

La verdad, probablemente, es que Žižek hace lo que los grandes filósofos siempre hicieron: forzar a sus contemporáneos a pensar lo que preferirían no pensar. En una época de pensamiento reconfortante y consenso administrado, eso no es poca cosa. Como titulares finales: Žižek irrita a la izquierda y desconcierta a la derecha, Hegel, Lacan y Hollywood al servicio del pensamiento crítico o la ideología cínica según Žižek: Sabemos, pero actuamos como si no.

Educación crítica frente al auge del tecnofascismo

Sin título
Hoy nos ha deslumbrado por su lucidez este artículo de El Correo sobre los nuevos leviatanes, tecnología, poder y el fin de la democracia con una cuestión que debería preocuparnos sobremanera: ¿Puede la libertad sobrevivir al poder absoluto del tecnofeudalismo (muchos posts)? Algo que desde la Asociación HumanTek Euskadi (https://humantek.eus/) estamos tratando de divulgar. 

Tecnofascismo: las máscaras caen ante esta amenaza autoritaria con traje de algoritmo. Hay momentos en la historia en que un sistema se quita la máscara y anuncia abiertamente sus objetivos. A finales de abril de 2026, la empresa Palantir Technologies publicó un manifiesto de 22 puntos titulado The Technological Republic (vídeo inferior) que ha sacudido el debate político en Occidente. En él se reclama el servicio militar obligatorio, el rearme de Alemania y Japón, y la participación de la élite ingenieril de Silicon Valley en la defensa nacional. 

El escritor Diego Fonseca lo describió como una "rara ocasión" de ver cómo un sistema se quita la máscara para anunciar sus objetivos ideológicos: la tesis de que "la civilización ha caído" y que "solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso".

El término que ha cristalizado en el debate académico y periodístico es tecnofascismo. Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena y estudioso de los peligros del poder tecnológico para la democracia, calificó el manifiesto de Palantir como "un ejemplo perfecto de tecnofascismo", señalando que se trata de una empresa con cientos de contratos con la administración que busca una acumulación de poder en torno a los magnates tecnológicos. La analogía que propone Coeckelbergh es reveladora: como el Leviatán de Hobbes, estos actores privados proponen restaurar el orden imponiendo su dominio, no mediante el contrato social democrático, sino mediante el control de datos, algoritmos e infraestructuras de vigilancia.

La genealogía ideológica de este movimiento no es improvisada. Las raíces del concepto se remontan a los años treinta con el movimiento "Technocracy Inc." en Estados Unidos y Canadá, fundado por Howard Scott, que proponía un régimen dirigido por ingenieros. Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, fue promotor de la idea, convencido de que la democracia debía ceder ante una élite técnica con poder político. Lo que en los treinta fue marginal, hoy tiene fondos ilimitados, plataformas globales y acceso directo a los gobiernos.

El núcleo filosófico lo expresó Peter Thiel sin ambigüedades: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles." Esta declaración de 2009 ha dejado de ser una provocación intelectual para convertirse en programa de acción. Thiel, Musk y otros como Zuckerberg, Bezos o Altman orbitan hoy alrededor de las políticas gubernamentales gracias a sus miles de millones, pero sobre todo al poder que les brindan los datos de los individuos que proporcionan sus plataformas.

El concepto que el economista Yanis Varoufakis acuñó —tecnofeudalismo— describía esta mutación del capitalismo. Pero el tecnofascismo va un paso más allá: no solo acumula capital, sino que aspira a sustituir la soberanía popular por la soberanía algorítmica. Curtis Yarvin, ideólogo con influencia reconocida en figuras como J.D. Vance, propone directamente desmantelar la democracia liberal e instaurar una dictadura corporativa con la inteligencia artificial como arma de guerra.

Frente a esto, la respuesta no puede ser solo técnica ni regulatoria. La democracia no es un software que se actualiza con un parche de seguridad. Es una conquista civilizatoria que requiere ciudadanos capaces de reconocer la amenaza cuando, por fin, el sistema se atreve a hablar sin máscara. Ahí reside, quizás, la primera y más urgente tarea educativa de nuestro tiempo.

BookCrossing o libros viajeros en el CC La Zenia

Nos ha sorprendido que en La Zenia también había un punto de BookCrossing (nuestras fotos). Este tema de cruce libre de libros (ver en muchos posts previos), es una práctica que convierte el mundo entero en una biblioteca sin paredes ni horarios. Nacida en Estados Unidos en 2001 de la mano de Ron Hornbaker, la idea es tan sencilla como radical: registrar un libro en la plataforma global bookcrossing.com, asignarle un código de identificación único —el BCID— y liberarlo en un lugar público para que otro lector lo encuentre, lo lea y lo devuelva a la circulación. Cada ejemplar se convierte así en un viajero con historia propia.

En España, el movimiento arraigó con notable entusiasmo durante la primera década del siglo XXI, cuando las comunidades virtuales comenzaban a vertebrar formas de sociabilidad inéditas. Ciudades como Barcelona, Madrid, Bilbao o Valencia acogieron puntos de liberación habituales: bancos de parques, vestíbulos de bibliotecas, cafeterías, salas de espera de hospitales. Los participantes, denominados bookcrossers, comparten en la plataforma sus avistamientos y sus lecturas, tejiendo una red de afinidades literarias que trasciende la geografía.

El fenómeno conecta con una tradición cultural profunda: la del libro prestado, anotado y comentado que circula entre amigos. Pero le añade una dimensión comunitaria y rastreable que lo resignifica. Cada libro liberado es un acto de confianza en el desconocido, una apuesta por la generosidad como norma social. En un tiempo dominado por el consumo individual y la pantalla, el BookCrossing propone una economía del don aplicada a la cultura escrita.

Las cifras globales de la plataforma superan los quince millones de libros registrados en más de cien países. En España, aunque el pico de actividad corresponde a los años 2005-2012, persisten comunidades activas y eventos periódicos organizados por bibliotecas públicas y asociaciones culturales, que han sabido integrar esta práctica como herramienta de animación lectora y cohesión social. El libro que alguien abandona no se pierde: empieza otro viaje.