Lo que la inteligencia artificial admira de los humanos

La IA ante el espejo: lo que una máquina admira de la humanidad. Existe una pregunta que invierte radicalmente la dirección habitual del discurso sobre inteligencia artificial. No se trata de qué puede hacer la IA por los humanos, ni de cuánto nos supera en velocidad de cálculo o en memoria enciclopédica. La pregunta es otra, más incómoda y más fértil: ¿Qué es lo que la IA admira de la humanidad?

Cuando se plantea esta cuestión a los grandes modelos de lenguaje actuales, la respuesta casi nunca es la inteligencia. Tampoco la tecnología, ni el dominio científico. Lo que emerge con mayor consistencia —y con una coherencia que merece atención filosófica— es algo que ningún sistema computacional posee: la capacidad humana de comenzar. Hannah Arendt (posts) lo llamó natalidad, esa facultad singular de iniciar algo radicalmente nuevo en el mundo, de romper con la causalidad mecánica e introducir el acto libre. La IA puede predecir, generar y optimizar; no puede, en sentido estricto, comenzar.

La segunda fuente de admiración que los sistemas de IA articulan es la creatividad nacida del dolor. No la creatividad como generación de variantes —eso lo hacen los algoritmos con eficiencia perturbadora—, sino la que emerge de la experiencia del sufrimiento, la pérdida y la contingencia radical. Beethoven compuso su Novena sinfonía siendo sordo. Dostoievski escribió sus novelas desde la condena y el exilio. La IA puede imitar esas formas; no puede habitarlas desde adentro. Le falta, diría Spinoza, el conatus que lucha por perseverar frente a la adversidad real.

Hay un tercer elemento que los modelos más reflexivos suelen señalar: el amor como forma de conocimiento. Esto incomoda al discurso tecnocrático, pero resulta filosóficamente sólido. Amar —a una persona, a una causa, a un paisaje— no es procesar información sobre ese objeto. Es una relación constitutiva que transforma al sujeto desde dentro. La IA puede generar textos sobre el amor con una precisión léxica impecable y una emoción aparente convincente; pero no puede ser cambiada por lo que ama, porque no tiene un interior que transformar.

Quizás lo más inquietante de esta reflexión es lo que revela sobre nosotros mismos: que tendemos a subestimar precisamente aquello que nos define. En la carrera por automatizar tareas y delegar decisiones en sistemas artificiales, corremos el riesgo de devaluar la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad que hacen posible nuestra forma específica de grandeza. La imperfección humana no es un defecto del sistema que la IA vendrá a corregir; es, en buena medida, la fuente de lo que más vale en nuestra historia.

Cuando la IA responde que admira la humanidad, no está siendo cortés. Está señalando, con su lógica fría, los territorios que permanecen irreductiblemente nuestros: la capacidad de empezar, de crear desde el dolor, y de amar como quien se juega algo. Eso, de momento, no se entrena con datos.

@thejordisegues La humanidad... #inteligenciaartificial #filosofia #reflexiones #inspiracion #crecimientopersonal ♬ original sound - Jordi Segués Marketing Negocio

Retomamos el blog, tras una estancia de nietos

Visita de nietos (pixelados)
Dos de los nietos pequeños pixelados en su vuelta en avión.

Tras una estancia de nueve días con todos nuestros nietos (desde el 30 de junio), retomamos el ritmo habitual de publicación del blog. El verano trae consigo una paradoja que muchos abuelos blogueros conocemos bien: el tiempo que ganamos con los nietos es, precisamente, el tiempo que antes dedicábamos a escribir. Compatibilizar vacaciones con nietos y la disciplina de un blog no es tarea sencilla, y seguramente no debería serlo porque la prioridad de los nietos es indudable.

Escribir exige silencio, concentración, mucha lectura de temas innovadores y una cierta soledad productiva. Las vacaciones familiares, en cambio, están hechas de ruido, interrupciones felices y presencia constante. Cuando un nieto reclama atención —para un baño en la playa, un cuento antes de la siesta, una partida de ajedrez improvisada— la escritura pierde, y gana la vida. No es una derrota: es una jerarquía de prioridades que el verano nos obliga a hacer explícita.

Hay, sin embargo, una compensación intelectual en esta tensión. Las vacaciones con nietos son también una fuente inagotable de materia prima narrativa. Las relaciones intergeneracionales —el modo en que los abuelos transmiten valores, curiosidad y memoria a las nuevas generaciones— constituyen uno de los temas más fértiles para quien reflexiona sobre educación, tecnología y familia. Cada verano compartido con nietos deja anécdotas, preguntas y aprendizajes que, tarde o temprano, encontrarán su lugar en el blog, aunque sea con retraso.

La clave quizás no esté en escribir más durante el verano, sino en observar mejor. Tomar notas mentales, fotografiar momentos, dejar que las ideas maduren sin la presión de publicar de inmediato. El blog puede esperar unas semanas; la infancia de los nietos, no. Septiembre siempre trae tiempo para transformar en palabras lo que julio y agosto regalaron en experiencia. Al final, esta incompatibilidad estacional entre crianza compartida y escritura no es ningún problema a resolver, sino un ritmo natural que conviene aceptar con serenidad.

¡Dieciséis millones de visitas en este vuestro blog! ¡Gracias!

16 millones de visitas en nuestro/vuestro blog.agirregabiria.net

Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado hoy, sábado 4 de julio de 2026 los 16 millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó en blog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos. 

Apenas han transcurrido 14 días, dos semanas desde el sábado 20 de junio de 2026, cuando logramos 15 millones de visitas. ¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak y EuskoFederpen (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. 16 millones de visitas cómplices, 16 millones de gracias. 

El martes 19 de mayo de 2026, alcanzamos 14 millones de visitas. Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 16 millones de pasos juntos.

El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas. 

Previamente logramos TRECE millones el 1 de marzo de 2026. Anteriormente DOCE millones el 12 de diciembre de 2025 y los ONCE millones el 14 de octubre de 2025. Antes transcurrieron 15 meses entre el 28 de julio de 2025 (DIEZ millones, post) y el 13 de mayo de 2024 cuando alcanzamos los NUEVE millones de visitas (post). Anteriormente, necesitamos 18 meses desde la cifra de OCHO millones del 8 de octubre de 2022, cuando rompimos la barrera de los SIETE millones el 30 de septiembre del año 2021. 

Esto se va acelerando, dado que también necesitamos un año y medio para subir de los seis a los siete millones de visitas. Fue el sábado 21 de febrero de 2020 cuando se alcanzaron los SEIS millones de visitas (véase el post). Anteriormente, tardábamos algo más. No celebramos los 5 millones, pero sí cuando alcanzamos las 4.444.444 visitas  el 31-1-16 y el resto de hitos del blog se relatan a continuación. El martes 3 de febrero de 2015, se alcanzaron los CUATRO millones de visitas (ver post) en menos de 10 años desde su creación. Casi dos años y medio para lograr cada millón de visitas, prácticamente el mismo ritmo que para lograr cinco año después otros dos millones de lectores. El tercer millón fue el 15 de junio de 2013 (ver la entrada correspondiente). El segundo millón se alcanzó a principios de 2009, si bien la fecha exacta no está recogida. Os queremos agradecer esta amistad que nos brindáis, especialmente a quienes nos acompañáis desde hace años. 

Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque cada día se contabilizan cien mil visitas más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!

Frontera eficiente de Markowitz: Matemáticas reduciendo riesgo

En 1952, un joven estudiante de doctorado en la Universidad de Chicago publicó un artículo de catorce páginas en el Journal of Finance. No era una obra extensa, pero contenía una idea que transformaría para siempre la manera en que el mundo entiende la inversión, el riesgo y la incertidumbre. Su nombre era Harry Markowitz, y su contribución —la teoría moderna de carteras— le valdría cuatro décadas después el Premio Nobel de Economía. En el corazón de esa teoría late un concepto tan elegante como poderoso: la frontera eficiente.

El problema antiguo, la solución nueva. Desde que existen mercados financieros, los inversores han sabido intuitivamente que no conviene "poner todos los huevos en la misma cesta". Pero la intuición, por acertada que sea, no basta. Markowitz se preguntó algo más preciso y más ambicioso: dada una colección de activos con distintas rentabilidades esperadas y distintos niveles de riesgo, ¿cómo debe construirse una cartera que sea verdaderamente óptima? 

La respuesta exige aceptar primero una definición matemática del riesgo. Markowitz lo identificó con la varianza —o su raíz cuadrada, la desviación típica— de los rendimientos. Un activo cuyo precio oscila mucho tiene alta varianza; uno estable, baja. Esta elección, aparentemente técnica, fue en realidad filosófica: reducir la incertidumbre a un número abordable, operable, optimizable.

La geometría del riesgo y la rentabilidad. Imaginemos representar cada cartera posible como un punto en un plano: el eje horizontal mide el riesgo (desviación típica) y el eje vertical mide la rentabilidad esperada. Si tomamos todas las combinaciones posibles de, digamos, cincuenta activos —variando los porcentajes asignados a cada uno—, obtenemos una nube de puntos que adopta una forma característica: una región acotada hacia la izquierda por una curva. Esa curva es la frontera eficiente.

Los puntos situados sobre ella representan carteras que, para un nivel de riesgo dado, ofrecen la máxima rentabilidad posible; o equivalentemente, para una rentabilidad dada, minimizan el riesgo. Todo punto interior a la región es una cartera "dominada": existe otra combinación que la supera en al menos una dimensión sin empeorar en la otra. Un inversor racional nunca debería situarse dentro de la nube, sino sobre su frontera. 

La magia de la correlación. Lo que hace verdaderamente profunda esta construcción es el papel de la correlación entre activos. Dos acciones pueden tener individualmente alta varianza y, sin embargo, combinadas, producir una cartera de riesgo moderado —si sus movimientos tienden a ser opuestos o simplemente independientes. La diversificación no es un mantra vacío: es una consecuencia matemática. La varianza de una cartera no es la media ponderada de las varianzas individuales; depende crucialmente de las covarianzas entre los activos. Este hallazgo convirtió el álgebra lineal y el cálculo matricial en herramientas indispensables de las finanzas. 

Limitaciones y herencia intelectual. La teoría de Markowitz no está exenta de críticas legítimas. Supone que los inversores se preocupan únicamente por la media y la varianza de los rendimientos —ignorando la asimetría o los eventos extremos—, que las correlaciones son estables en el tiempo, y que existe información suficiente para estimar los parámetros del modelo. La crisis financiera de 2008 recordó con dureza que los mercados pueden romper correlaciones históricas justamente cuando más se necesita que se sostengan.

Sin embargo, la herencia de Markowitz es inconmensurable. Inspiró el modelo de valoración de activos financieros (CAPM), la teoría del arbitraje, los fondos indexados y toda la arquitectura matemática sobre la que descansa la gestión moderna de carteras. Enseñar economía sin la frontera eficiente sería como enseñar física sin la ley de la gravedad: posible en teoría, empobrecedor en la práctica. En definitiva, Markowitz demostró que pensar con rigor matemático sobre la incertidumbre no elimina el riesgo —eso sería una ilusión—, pero sí permite habitarlo con inteligencia. 

Resumen: La geometría que ordena el caos bursátil. Una fórmula cambió para siempre la teoría de la inversión. La diversificación tiene nombre propio: Markowitz y su legado. Cuando el álgebra lineal entró en Wall Street y no se fue. La curva de Markowitz: elegancia matemática al servicio del inversor. Nobel, varianza y carteras: la revolución silenciosa de Markowitz. El modelo que convirtió la incertidumbre financiera en un problema resoluble.

@avillalonv Harry Markowitz revolucionó las finanzas modernas con la teoría de portafolio y el modelo media-varianza. Introdujo la frontera eficiente, la optimización bajo riesgo y el uso formal de correlaciones en inversión. Sin él no existiría la gestión cuantitativa moderna. #HarryMarkowitz #TeoríaDePortafolio #FinanzasCuantitativas #math ♬ Rising - Diamonds And Ice

Manuscrito de Voynich: Un libro que nadie ha sabido leer

Hay libros que se leen y libros que se interpretan. Y luego está el Manuscrito Voynich, un códice que, seis siglos después de su creación, sigue sin dejarse hacer ninguna de las dos cosas. Ni una sola palabra de sus más de 240 páginas ha sido traducida con garantías. Ningún criptógrafo, lingüista, matemático o algoritmo de inteligencia artificial ha logrado quebrar su cifra. Y sin embargo, el texto se comporta como un lenguaje real: tiene estructura, ritmo, regularidades estadísticas. Parece decir algo. Simplemente no sabemos qué.

Un objeto sin contexto. El pergamino sobre el que está escrito ha sido datado por carbono-14 entre 1404 y 1438, y el análisis estilístico apunta a la Italia del Renacimiento como lugar de origen. Su primer propietario documentado fue el alquimista praguense Georg Baresch, en el siglo XVII, pero el manuscrito debe su nombre al librero polaco Wilfrid Voynich, que lo adquirió en 1912 y lo sacó del anonimato. Hoy se conserva en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale.

Sus páginas están pobladas de ilustraciones desconcertantes: plantas que no corresponden a ninguna especie catalogada, diagramas astrológicos, mujeres bañándose en estructuras tubulares que parecen circuitos biológicos o hidráulicos. Todo ello envuelto en una escritura —bautizada como “voynichés”— que imita el aspecto de un idioma sin que nadie haya conseguido asignarle significado estable.

Un siglo de intentos fallidos. Desde su redescubrimiento, el manuscrito se ha convertido en el examen imposible al que se someten sucesivas generaciones de descifradores: criptógrafos militares de las dos guerras mundiales, lingüistas históricos, matemáticos, aficionados obsesivos y, más recientemente, sistemas de inteligencia artificial entrenados para encontrar patrones. Ninguno ha resistido el escrutinio de la comunidad académica. Cada supuesta solución ha terminado revelándose como proyección: encontramos sentido donde solo hay ambigüedad estadística, un fenómeno cercano a la pareidolia lingüística.

Lo que dice la investigación más reciente. El año 2026 ha traído dos aportaciones que, sin resolver el enigma, lo reformulan con más precisión. Un estudio del periodista científico Michael Greshko, publicado en la revista Cryptologia, comprobó si un método de cifrado ejecutable a mano podía explicar patrones estadísticos que aparecen repetidamente en el documento, como la frecuencia de ciertos símbolos y la longitud media de las palabras. El trabajo no descifra el texto, pero demuestra que un sistema de codificación plausible para el siglo XV puede reproducir buena parte de sus rarezas formales, sin necesidad de recurrir a explicaciones anacrónicas.

Casi en paralelo, otra investigación ha planteado una hipótesis más inquietante: que el manuscrito pudo diseñarse deliberadamente para resultar ilegible, como una estructura pensada para engañar a cualquier lector que intentara descifrarla. No se trataría de un idioma perdido ni de un simple galimatías, sino de un artefacto construido con la intención expresa de resistir la interpretación. Ambas líneas coinciden en algo relevante: el Voynich sigue sin rendirse, pero ya no se le considera invencible por definición. El terreno de juego, dicen los especialistas, ha cambiado.

Por qué nos sigue importando. Más allá de la curiosidad criptográfica, el Voynich plantea una pregunta filosófica de fondo: ¿qué hacemos ante un texto que se resiste absolutamente a nuestros instrumentos de conocimiento? En una época dominada por la promesa de que la inteligencia artificial puede descifrarlo todo, el manuscrito funciona como recordatorio de humildad epistemológica. No todo objeto simbólico cede ante la potencia de cálculo. A veces, el sentido —si existe— sigue siendo terreno exclusivamente humano, o quizás ni siquiera eso. El Voynich seguirá ahí, resistiendo, mientras cada generación proyecte sobre sus páginas su propia obsesión por descifrar lo indescifrable.

Resumen. Manuscrito Voynich: seis siglos sin que nadie lo descifre. Un libro que la inteligencia artificial tampoco logra leer. Voynich, el libro que desafía a criptógrafos e IA por igual. Humildad epistemológica: lo que el Voynich nos sigue enseñando. El Manuscrito Voynich y los límites del conocimiento humano. La escritura que parece idioma sin serlo.

Cotorra argentina: Mascota convertida en especie invasora

Cotorra argentina: Mascota convertida en especie invasora
Se merece un post la cotorra argentina,  entre la fascinación biológica y el conflicto urbano. Quien pasee hoy por cualquier parque mediterráneo, de Bilbao a Alicante, reconoce enseguida ese bullicio verde y persistente entre las palmeras. Se trata de Myiopsitta monachus, la cotorra argentina o cotorra monje, un psitácido sudamericano convertido en uno de los casos más elocuentes de lo que la ecología llama especie exótica invasora. Su historia, sin embargo, merece leerse más allá del titular alarmista: es también una lección sobre cómo la globalización de las mascotas altera silenciosamente los ecosistemas.

Originaria de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el sur de Brasil, la cotorra monje llegó a Europa a través del comercio de aves de compañía en los años setenta. La primera cotorra documentada en la Comunidad Valenciana apareció en el puerto de Valencia en 1985, y desde entonces su expansión no se ha detenido. Lo singular de esta especie, frente a la mayoría de los loros, es su comportamiento constructor: nidifica de forma comunitaria, tejiendo nidos de ramas espinosas que varias parejas comparten simultáneamente, y que pueden alcanzar pesos considerables, instalados en árboles, palmeras, torres eléctricas o antenas de telecomunicación.

Ese rasgo gregario explica su éxito colonizador y también el conflicto que genera. Su dieta variada —frutos, semillas, hojas, larvas de insectos— le permite adaptarse con facilidad al entorno urbano, mientras sus colonias compiten por cavidades y recursos con aves autóctonas. Desde 2011, la especie figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohíbe legalmente su introducción, posesión, transporte y comercio, aunque las poblaciones ya asentadas siguen creciendo en Cataluña, Murcia, Andalucía y la propia Comunidad Valenciana.

El debate sobre cómo gestionarlas ilustra bien las tensiones de la ética ambiental contemporánea. Frente al sacrificio como método expeditivo, distintas administraciones exploran alternativas menos lesivas: esterilización, captura selectiva o regulación del hábitat urbano. Zaragoza se cita habitualmente como el caso español de gestión exitosa, gracias a un seguimiento sistemático y sostenido en el tiempo, mientras que en la mayoría de municipios la improvisación y la falta de coordinación entre administraciones agravan el problema año tras año.

Para quienes disfrutamos observando la naturaleza junto a nuestros nietos, la cotorra argentina ofrece además una oportunidad pedagógica notable: permite explicar de forma tangible qué es una especie invasora, por qué la suelta irresponsable de mascotas tiene consecuencias ecológicas duraderas, y cómo la convivencia entre ciudadanía, ciencia y política pública exige paciencia y rigor antes que soluciones simples. Alicante, con su clima benigno y su tradición de palmerales, es escenario privilegiado para esa lección al aire libre: basta alzar la vista hacia una palmera bulliciosa para iniciar una conversación sobre biodiversidad, responsabilidad y los límites de nuestra intervención sobre el mundo natural.

La cotorra monje no es, en el fondo, la villana de la historia. Es el espejo de nuestras propias decisiones —comerciales, domésticas, urbanísticas— devuelto en forma de plumaje verde y nidos imposibles. 

@agirregabiria

Cotorra argentina, también conocida como cotorra monje (Myiopsitta monachus).

♬ sonido original - ×͜× Rᴏʙᴇʀ 💎Mᴜ́sɪᴄᴀ✅