Mostrando las entradas para la consulta Cervantes ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Cervantes ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

Aristófanes y el arte de reírse del poder

Alguna vez escribimos sobre Aristófanes, un caso paradigmático de mordacidad clásica, pensamiento crítico y la fragilidad del debate público que desafió al poder en Atenas. Cuando pensamos en el teatro griego clásico, la tragedia —Esquilo, Sófocles, Eurípides— suele acaparar la atención. Sin embargo, existió un género paralelo, igual de vigoroso y mucho más incómodo para el poder: la comedia. De ella, Aristófanes (c. 448 – c. 385 a. C.) es el único autor cuya obra ha sobrevivido en piezas completas, lo que lo convierte en la ventana más nítida que poseemos hacia el humor, la política y las costumbres de la Atenas clásica. 

Sabemos poco de su biografía. Probablemente nació en el demo ateniense de Cidateneo, aunque algunas fuentes tardías —quizá por motivos políticos, dado que fue acusado de usurpar la ciudadanía— lo vinculan con Egina. Vivió los años más turbulentos de la historia ateniense, marcados por la Guerra del Peloponeso contra Esparta, un conflicto que atraviesa buena parte de su producción. Compuso más de cuarenta comedias, de las que solo once han llegado completas: Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Lisístrata, Las tesmoforiantes, Las ranas, La asamblea de las mujeres y Pluto.

Su primera obra, Los banqueteadores, se representó en el 427 a. C., cuando el autor rondaba apenas los veinte años, y ya entonces mostró el rasgo que definiría toda su carrera: una audacia crítica que no respetaba a nadie, ni a generales, ni a demagogos, ni a filósofos. En Los caballeros ridiculizó sin tapujos al político Cleón; en Las nubes convirtió a Sócrates en cabeza de una absurda «Pensadería» dedicada a sofismas huecos, una caricatura que —según cuenta el propio Platón en la Apología— contribuyó a fraguar la mala fama que llevaría al filósofo al juicio y la condena. En Las ranas, Esquilo y Eurípides discuten en el Hades sobre cuál merece regresar al mundo de los vivos para salvar la tragedia, en una de las parodias literarias más finas de la Antigüedad.

Pero el sello más reconocible de Aristófanes es su rechazo obstinado de la guerra. Los acarnienses, La paz y, sobre todo, Lisístrata —donde las mujeres de Grecia deciden negarse a sus maridos hasta que estos depongan las armas— son comedias antibelicistas que, bajo el disfraz de la carcajada, denuncian el desgaste, el hambre y el absurdo de un conflicto fratricida. Esa misma imaginación desbordada construye en Las aves una ciudad utópica suspendida entre el cielo y la tierra, Nefelococigia —la «Ciudad de Cuco en las Nubes»—, neologismo que resume su capacidad para inventar mundos posibles desde la sátira pura.

El estilo aristofánico combina registros que hoy nos resultarían incompatibles: la obscenidad más desenfadada convive con pasajes corales de gran lirismo, y la invectiva política se entrelaza con la parábasis, ese momento en que el coro se dirige directamente al público para opinar sobre la actualidad de la ciudad. Pocos ejemplos ilustran mejor esa mezcla que el coro de ranas de Las ranas, con su célebre estribillo onomatopéyico «Brekekekex, koax, koax», que ha sobrevivido veinticinco siglos como una de las frases más reconocibles del teatro universal.

La huella de Aristófanes llega hasta Rabelais, Cervantes, Molière o Voltaire, y su fórmula —reírse del poder para poder pensarlo mejor— sigue siendo, en cualquier época, un ejercicio de libertad. Leerlo hoy no es solo un ejercicio de arqueología literaria: es recordar que la risa, cuando se dirige contra quienes mandan, ha sido siempre una forma seria de resistencia. 

Aristófanes trasciende la mera broma de coyuntura histórica para consolidarse como un pilar fundamental en la historia de la literatura universal. Su obra nos recuerda que la comedia, cuando se ejerce con rigor intelectual y libertad de espíritu, representa una de las formas más elevadas del examen democrático y del pensamiento crítico.

@mercedescruz.1093 La juventud pasa. La inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación, y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre. #maestros #alumnos #aristofanes #consejo ♬ sonido original - Mercedes Cruz💋

Una semana fuera del tiempo: ¿Pasado o futuro?

Hoy en la piscina un vecino murciano muy viajado, Javier Navarro Pina, nos ha planteado a un grupo una pregunta con mucha enjundia, que hemos ido respondiendo como hemos improvisado. Esta era la formulación: Si pudieras pasar una semana en cualquier momento de la historia pasada o del futuro, ¿qué año y lugar elegirías? 

Ahora, con un poco más de tiempo, descomponemos la pregunta en dos posts, porque es una cuestión sumamente interesante para un blog de historia, literatura, filosofía y educación: 1º ¿Preferirías conocer el pasado que nos explica o viajar al futuro para saber qué nos espera? 2º Sería definirte por un tiempo y lugar (en el siguiente post).

¿Viajarías al pasado para comprenderlo o al futuro para descubrirlo? Siete días para conocer mejor el pasado o para descubrir el futuro de la humanidad en este viaje improbable hacia adelante e imposible hacia atrás que todos querríamos hacer, hacia el ayer (incluso previo a  nuestro nacimiento) o al mañana cercano o remoto. ¿Conocer nuestros orígenes o nuestro destino? Serían dos formas fascinantes de conocer la humanidad, su principio y -quizá- su final, revivir cómo fuimos o cómo seremos.

Es una pregunta excelente porque obliga a elegir entre la nostalgia de lo que sabemos que ocurrió y la curiosidad por lo que todavía no conocemos. Si la elección fuera realmente libre —una semana, cualquier lugar, con regreso garantizado y sin alterar la historia—, yo distinguiría entre una elección intelectualmente fascinante y otra emocionalmente poderosa. Analizamos sus pros y contras de cada opción.

Una semana en el pasado. 

Ventajas: 1. Ser testigo de un momento histórico real. Podrías estar en Atenas durante la época de Pericles, en Florencia con Leonardo, en París durante la Revolución Francesa, en Bilbao durante la industrialización o contemplar una civilización desaparecida.

2. Ver a grandes personajes sin intermediarios. Conversar —si fuera posible entenderse— con Sócrates, Aristóteles, Cervantes, Shakespeare, Einstein o Marie Curie sería una experiencia incomparable.

3. Resolver enigmas históricos. ¿Quién dijo realmente determinadas frases? ¿Cómo era exactamente una batalla? ¿Qué ocurrió entre bastidores? ¿Cómo vivía una persona corriente en una época concreta?

4. Comprender la vida cotidiana. Los libros conservan acontecimientos, pero rara vez transmiten completamente los olores, sonidos, comidas, enfermedades, miedos, trabajos y relaciones humanas de una época.

5. Comparar mito y realidad. Quizá descubriríamos que algunas épocas que idealizamos fueron mucho más duras de lo que imaginamos.

Desventajas: Higiene, enfermedades y medicina: una semana podría ser mucho más peligrosa de lo que parece. Barreras lingüísticas: incluso viajando a nuestro propio país podríamos no entender fácilmente la lengua de hace siglos. Violencia y desigualdad: muchas sociedades históricas eran extraordinariamente inseguras. Ausencia de comodidades modernas: electricidad, antibióticos, agua corriente, comunicaciones… Riesgo psicológico: comprobar que nuestros héroes eran seres humanos bastante menos admirables podría resultar decepcionante. Y existe una gran paradoja: sabemos cómo terminó el pasado, pero no podemos cambiarlo.

Una semana en el futuro

Ventajas: 1. Conocer qué ocurrió realmente. Podríamos saber qué tecnologías triunfaron, cómo evolucionó la humanidad y qué problemas actuales fueron resueltos.

2. Contemplar tecnologías hoy inimaginables. Medicina regenerativa, inteligencia artificial, energía ilimitada, exploración espacial, longevidad inverosímil, realidad aumentada, teletransporte,…

3. Conocer el destino de la humanidad. ¿Habrá ciudades en Marte? ¿Habrá desaparecido el automóvil privado? ¿Cómo será la educación? ¿Seguirán existiendo los Estados?

4. Resolver incertidumbres personales y colectivas. Incluso podríamos descubrir qué ocurrió con nuestra familia, nuestra ciudad, nuestra cultura o nuestro propio legado.

5. Volver con conocimiento extraordinariamente valioso. Una semana en el futuro podría proporcionar información capaz de transformar nuestro presente.

Desventajas: Y aquí aparece el gran problema de una experiencia que sería radicalmente distinta. Podría ser un futuro que no quisiéramos conocer. Podríamos encontrarnos con: cambio climático irreversible; guerras devastadoras; pérdida de libertades; sociedades profundamente desiguales; una inteligencia artificial dominante; desaparición de especies; colapso demográfico; una humanidad que ya no reconocemos.

Además, existe un riesgo filosófico y científico (porque nada con masa puede viajar al futuro): si conocemos el futuro, quizá dejamos de ser libres respecto a él. Y otro todavía más inquietante: ¿qué ocurriría si descubrimos que nosotros mismos ya no existimos, o no que nada del legado propio personal o colectivo?

¿Qué elegiría yo?

Si la condición fuese regresar exactamente al presente al cabo de siete días y no modificar nada, elegiría el futuro. Pero no viajaría miles de años. Elegiría probablemente unos 100-150 años hacia adelante, quizá alrededor de 2150-2175.

¿Por qué? Porque 150 años permitirían contemplar transformaciones enormes sin convertir el viaje en una visita a un universo completamente incomprensible. Me interesaría especialmente observar: cómo viven las personas, cómo aman, cómo educan a sus hijos, qué leen, qué consideran trabajo, qué significa ser humano y qué relación mantienen con las máquinas. Más que conocer los inventos del futuro, querría descubrir qué ha ocurrido con la condición humana.

Y hay una segunda opción que parece todavía más tentadora: viajar al pasado a un momento concreto de Bilbao o del País Vasco, para observar durante una semana la vida cotidiana de nuestros antepasados. Porque el futuro podemos intentar construirlo; el pasado ya es irrecuperable.

La verdadera elección, en realidad, las dos opciones responden a dos deseos humanos legítimos pero diferentes: Pasado → “Quiero saber de dónde venimos.” o Futuro → “Quiero saber hacia dónde vamos.”

¿Qué es la vida, en una palabra?

Una selección de mentes brillantes, ordenados por año de nacimiento, nos definen la existencia: Un mosaico que va del arte al dolor, del poder a la absoluta libertad. Hay otras muchas reflexiones, sin autoría contrastada: La vida es el tiempo. La vida es la pregunta. La vida es el aprendizaje. La vida es la sorpresa. La vida es la posibilidad. La vida es el relato que dejamos. La vida es el arte de comenzar de nuevo. La vida es aquello que ocurre mientras hacemos planes ¿The Beatles?). La vida es un préstamo del universo. Personalmente, me quedo con la propuesta de Gandhi,... 

Edad Antigua

Lao Tse (c. 604 a.C.) – El vacío. Buda (c. 563 a.C.) – El desapego. Confucio (551 a.C.) – La virtud. Heráclito (c. 540 a.C.) – El cambio. Sócrates (c. 470 a.C.) – Una prueba. Platón (c. 427 a.C.) – La sombra. Aristóteles (384 a.C.) – La mente. Epicuro (341 a.C.) – El placer. Agustín de Hipona (354 d.C.) – La inquietud.

Edad Media y Renacimiento

Rumi (1207) – El retorno. Leonardo da Vinci (1452) – La observación. Bernat Etxepare (c. 1480) – La palabra. Teresa de Ávila (1515) – El castillo. Miguel de Cervantes (1547) – La ilusión. Pedro Agerre "Axular" (1556) – La demora. William Shakespeare (1564) – El teatro.

Edad Moderna (Siglos XVII y XVIII)

René Descartes (1596) – La duda. Baruch Spinoza (1632) – Dios mismo. Isaac Newton (1643) – La ley. David Hume (1711) – La costumbre. Immanuel Kant (1724) – El deber. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770) – El espíritu. Arthur Schopenhauer (1788) – El sufrimiento.

Siglo XIX

Charles Darwin (1809) – La adaptación. Søren Kierkegaard (1813) – La angustia. Karl Marx (1818) – La idea. Fiódor Dostoievski (1821) – El infierno. Lev Tolstói (1828) – La búsqueda. Friedrich Nietzsche (1844) – El poder. Sigmund Freud (1856) – La muerte. Nikola Tesla (1856, julio) – La frecuencia. Henri Bergson (1859) – La duración. Resurrección María de Azkue (1864) – La raíz. Miguel de Unamuno (1864) – La agonía. Evaristo Bustinza "Kirikiño" (1866) – La ironía. Marie Curie (1867) – El experimento. Mahatma Gandhi (1869) – El amor. Bertrand Russell (1872) – La competencia. Pío Baroja (1872) – La aventura. Carl Gustav Jung (1875) – El símbolo. Antonio Machado (1875) – El camino. Albert Einstein (1879) – El conocimiento. Aurelio Arteta (1879) – La luz. Pierre Teilhard de Chardin (1881) – La convergencia. Pablo Picasso (1881) – El arte. José Ortega y Gasset (1883) – La circunstancia. Franz Kafka (1883) – Solo el comienzo. Fernando Pessoa (1888) – Los otros. Ludwig Wittgenstein (1889) – El límite. Xabier Lizardi (1896) – La flor efímera. Federico García Lorca (1898) – La sangre. Xavier Zubiri (1898,) – La realidad. Jorge Luis Borges (1899) – El laberinto.

Siglo XX y Contemporáneos

Pablo Neruda (1904) – El deseo. Jean-Paul Sartre (1905) – La elección. Esteban Urkiaga "Lauaxeta" (1905) – El fuego. Hannah Arendt (1906) – La acción. Simone de Beauvoir (1908) – La conquista. Jorge Oteiza (1908) – La forma vacía. Simone Weil (1909) – La espera. Albert Camus (1913) – La rebelión. Koldo Mitxelena (1915) – La memoria. Juan Rulfo (1917) – Los muertos. Eduardo Chillida (1924) – El espacio. Gabriel García Márquez (1927) – La soledad. Txillardegi (1929) – La lengua. Gabriel Aresti (1933) – La resistencia. Stephen Hawking (1942) – La esperanza. Ramon Saizarbitoria (1944) – La herida. Bernardo Atxaga (1951) – El extranjero. Steve Jobs (1955) – La fe.

Capacitismo: De la exclusión hacia la equidad

El término capacitismo —traducción del inglés ableism— no es simplemente una etiqueta para la discriminación. Es, en su esencia, un sistema de valores que evalúa la dignidad y el potencial de los seres humanos en función de su adecuación a unos estándares de normalidad física o cognitiva. En el ámbito de la ética y la sociología contemporánea, entender el capacitismo es fundamental para comprender cómo hemos construido nuestras ciudades, nuestras leyes y, fundamentalmente, nuestra mirada hacia el otro (pronto más posts sobre la otredad).

Del modelo de prescindencia a la autonomía. Históricamente, la percepción de la discapacidad en Occidente, y específicamente en España, ha transitado por tres grandes paradigmas. Durante siglos predominó el modelo de prescindencia, donde la persona con discapacidad era invisible o considerada una carga. Con el avance de la medicina en el siglo XX, España adoptó el modelo médico-rehabilitador. Bajo esta óptica, la discapacidad se percibía como una "enfermedad" que debía ser curada para que el individuo pudiera integrarse en la maquinaria productiva.

No fue hasta la llegada de la democracia y la influencia de movimientos internacionales que empezó a calar el modelo social. Este paradigma sostiene que la discapacidad no reside en el individuo, sino en la interacción entre una persona con una deficiencia y las barreras (arquitectónicas, comunicativas y mentales) que la sociedad le impone.

Luces y sombras con pasos legislativos de calado en la última década. Un hito fundamental ha sido la reciente reforma del Artículo 49 de la Constitución Española, eliminando el término "disminuidos" para sustituirlo por "personas con discapacidad". Este cambio no es solo semántico; es un reconocimiento de la plena titularidad de derechos y de la dignidad humana por encima de cualquier condición.

Sin embargo, los datos y la realidad cotidiana muestran que el capacitismo sigue arraigado en las estructuras:

 - Empleo: La tasa de actividad de las personas con discapacidad sigue siendo significativamente menor que la del resto de la población, evidenciando un mercado laboral que aún penaliza la diversidad.

 - Educación: Aunque se aboga por la inclusión, la falta de recursos en centros ordinarios y la pervivencia de la educación segregada siguen siendo focos de debate ético.

 - Accesibilidad universal: A pesar de los plazos legales vencidos, el urbanismo y el entorno digital nuestra realidad aún presentan "muros" invisibles que limitan la autonomía personal.

El cine y la cultura como herramientas de cambio. Desde un punto de vista educativo, el cine ha jugado un papel ambivalente. Durante décadas, el séptimo arte alimentó el capacitismo mediante estereotipos: la persona con discapacidad como objeto de lástima, como villano amargado o como héroe "superador" cuya única meta es dejar de ser diferente.

Películas recientes como la reciente Sorda, o anteriores como Campeones o La consagración de la primavera han empezado a subvertir esta narrativa. Ya no se trata de contar historias sobre discapacidad, sino de permitir que la discapacidad sea una característica más de personajes complejos, con deseos, conflictos y voz propia. Esta transición en la pantalla es vital para reeducar la mirada de una sociedad que, a menudo, peca de un paternalismo paralizante.

Hacia una ética de la interdependencia. El capacitismo se combate reconociendo que la autonomía absoluta es un mito. Todos somos, en algún momento de nuestra vida, dependientes. La ética de la solidaridad nos invita a construir una sociedad donde la "capacidad" no sea el termómetro de la humanidad.

La educación es, en última instancia, la herramienta más poderosa. No se trata solo de adaptar rampas, sino de desmantelar la jerarquía mental que sitúa unas vidas por encima de otras basándose en su productividad o perfección física. El futuro de nuestra cohesión social depende de nuestra habilidad para ver en la diferencia no un límite, sino una manifestación más de la pluralidad humana.

@elpais Álvaro Cervantes gana el Goya a mejor actor de reparto por Sorda. El intérprete ha dedicado el premio a sus padres, pareja, hermana Ángela Cervantes ( nominada por La furia) y principalmente a su compañera en el filme Miriam Garlo (también nominada). Cervantes  aprovechó para hacer una reflexión sobre el mundo "que excluye a las personas con discapacidad": "La empatía no se basa de buenas intenciones, sino de revisar nuestros privilegios", señaló. #cineentiktok #goya2026 #capacitismo #empatia #sorda ♬ sonido original - El País

Releyendo a clásicos, como Cervantes o Joyce

Los autores clásicos que aborrecimos en la educación secundaria, por qué merecen una segunda oportunidad en la etapa adulta. Cómo leer a Joyce (otros posts) y a Cervantes (otros posts) sin morir en el intento (y por qué ahora sí nos gustarán). Don Quijote y Ulises no eran aburridos: Sólo que entonces éramos demasiado jóvenes. La redención de las grandes obras tras la obligatoriedad de la secundaria. Quizá los odiamos a los 16 años… hoy los necesitamos a los 30, 50 o 70 años. Ahora sin exámenes ni resúmenes obligatorios: hoy daremos una guía para redimirlos.

Muchos, no todos, guardan cicatrices literarias de nuestra adolescencia. Para muchos, el Quijote representa tardes interminables descifrando un castellano impenetrable, mientras que Ulises —si tuvieron la desgracia de encontrárselo en bachillerato— equivale a un trauma permanente. Pero ¿y si el problema nunca fueron ellos, sino el sistema que nos obligó a leerlos cuando aún no estábamos preparados?

El fracaso pedagógico: cuando enseñar mata el placer.  La educación secundaria comete un error fundamental al abordar los clásicos: los trata como deberes morales en lugar de experiencias estéticas. Se nos impone la lectura de obras maestras con el mismo espíritu con que se administra un medicamento amargo pero necesario. El resultado es predecible: generaciones enteras asocian a Cervantes con el aburrimiento y a Joyce con la incomprensión.

El problema radica en la brecha cognitiva y experiencial. Un adolescente de 15 años carece del bagaje vital para apreciar la melancolía de Don Quijote contemplando su biblioteca en llamas, o la densidad del monólogo interior de Molly Bloom. La ironía cervantina requiere haber conocido el desengaño; la experimentación joyceana exige familiaridad previa con las convenciones narrativas que dinamita. Pedirles a los estudiantes que disfruten estas obras es como esperar que un novato aprecie el jazz avant-garde sin haber escuchado nunca música. Lo que no nos dijeron es que Leopold Bloom también es obscenamente divertido, tierno y sucio.

Además, la metodología es desastrosa. Los clásicos se diseccionan en busca de "temas" y "recursos literarios", convirtiendo la lectura en una autopsia. Se fragmenta el texto en capítulos obligatorios, se exigen resúmenes que demuestren que se ha leído (aunque no se haya comprendido), y se evalúa mediante exámenes que miden memorización, no sensibilidad. No es sorprendente que muchos estudiantes terminen odiando precisamente aquello que debería liberarlos.

La relectura adulta: Descubrir lo que siempre estuvo ahí.  Volver al Quijote con treinta o cuarenta años es una revelación. Lo que en la adolescencia parecía un ladrillo polvoriento se transforma en una comedia sofisticada sobre la naturaleza de la ficción y la realidad. El humor de Cervantes —sutil, compasivo, profundamente humano— cobra sentido cuando uno ha vivido lo suficiente para reconocer sus propias quijotadas: esos momentos en que la imaginación choca contra el mundo real.

La madurez permite apreciar la ternura con que Cervantes trata a su protagonista enloquecido. Don Quijote no es simplemente un loco ridículo, sino un idealista conmovedor en un mundo pragmático y desencantado. Sus fracasos resuenan porque todos hemos sido derrotados por la realidad. Su dignidad, incluso en el ridículo, nos conmueve porque reconocemos en él nuestra propia vulnerabilidad. Alonso Quijano no es solo un loco; es un hombre que se niega a aceptar que el mundo es un lugar gris, burocrático y sin magia. Su lucha es la lucha contra el cinismo. Y Sancho Panza deja de ser el tonto glotón para convertirse en la representación de la lealtad más pura. La relectura adulta revela que el Quijote es un libro sobre cómo mantener la dignidad cuando la realidad te dice que eres irrelevante. Eso es algo que un adolescente difícilmente puede captar, pero que un adulto siente en los huesos.

Con Joyce ocurre algo similar, aunque más extremo.  Ulises es objetivamente difícil, pero la dificultad es parte de su placer. Leerlo como adulto, sin la presión de un examen inminente, permite saborear su virtuosismo lingüístico, su ambición enciclopédica, su humor escatológico y su celebración de lo ordinario. Leopold Bloom, caminando por Dublín durante un día cualquiera, se convierte en un héroe moderno precisamente por su normalidad. Pero esa revelación exige paciencia, curiosidad y cierta experiencia de vida. Joyce es, ante todo, divertido y profundamente humano.

Cómo leerlos ahora: estrategias para la segunda oportunidad: 

Busca alternativas: Escuchar audiolibros como puerta de entrada o lee en grupo, para compartir dudas y descubrimientos enriquece la experiencia.

Elimina la obligación. Lee sin presión, sin calendario, sin necesidad de "terminarlo". Los clásicos no son montañas que conquistar, sino territorios que explorar.

Busca ediciones comentadas. Una buena introducción y notas al pie pueden iluminar referencias oscuras sin infantilizar al lector. Para el Quijote, la edición del Instituto Cervantes es accesible; para Joyce, las guías de lectura son prácticamente necesarias.

Acepta la dificultad. No entenderlo todo no es fracaso, es parte del proceso. Joyce escribió Ulises para mantener ocupados a los críticos durante siglos. No necesitas descifrar cada alusión para captar su belleza.

Lee en voz alta. Cervantes y Joyce escribieron con un oído exquisito para el ritmo y la sonoridad. Escuchar el texto añade una dimensión que la lectura silenciosa pierde.

Contextualiza sin academicismo. Comprender la España del siglo XVII o la Irlanda colonial enriquece la lectura, pero no te conviertas en historiador. Una biografía breve de los autores suele bastar.

Los clásicos que odiaste en el instituto no eran los culpables. El momento era erróneo, el enfoque era equivocado, y tu yo adolescente simplemente no estaba listo. Ahora sí lo estás. Dale a Cervantes y a Joyce —y a todos esos libros que abandonaste con resentimiento— la segunda oportunidad que merecen. Puede que descubras que el problema nunca fue la literatura, sino cómo te enseñaron a no amarla.

Somos cuerdos y recuerdos somos

Parafraseando a Octavio Paz, “No somos lo que decimos, sino lo que recordamos, porque lo hicimos, lo hacemos y lo seguiremos haciendo”. Decía Jorge Luis Borges que “somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes”. Y uno, con los años, se da cuenta de que tenía razón: la cordura se juega en esa delgada frontera entre lo que aún recordamos y lo que empezamos a olvidar.

Los mayores solemos ser sensatos, juiciosos, prudentes, sabios, serios, inteligentes, reflexivos, formales y cabales, incluso clarividentes. Porque sí, seguimos siendo cuerdos, aunque nos asalten las dudas al entrar en una habitación sin saber a qué fuimos, y somos sobre todo recuerdos, esos tesoros que guardamos como cartas viejas o canciones que se repiten solas en la cabeza. 

A veces, como escribió Mario Benedetti, “el olvido está lleno de memoria”, y en esa paradoja encontramos consuelo: no recordarlo todo es también una forma de vivir más ligero. Con todo hoy y ahora queremos reivindicar el infinito valor de la memoria de lo vivido, insuperable fuente de inspiración y perseverancia.

Miguel de Cervantes nos advertía que “la memoria es tesoro y custodia de todas las cosas”. Sin embargo, como todo tesoro, a veces se esconde bajo capas de polvo y nos obliga a ejercitar paciencia y sentido del humor. No hay peor enemigo de la cordura que la solemnidad excesiva. Reírnos de nuestros olvidos es, en cierto modo, la forma más cuerda de vivirlos.

A cierta edad, uno descubre que el presente es más corto que antes, y el pasado más largo. Los recuerdos se multiplican y se vuelven compañeros de viaje: algunos dulces, otros ásperos, pero todos forman parte de lo que somos. Como dijo Miguel de Unamuno, “el hombre es hombre en cuanto es hijo del pasado”. La cordura consiste, entonces, en no aferrarse demasiado ni al ayer ni al mañana, sino en habitar con serenidad el ahora.

Porque al final, la vida se parece a una novela coral: cada recuerdo es un capítulo, cada olvido un salto de página, y la cordura el hilo que mantiene la trama unida. Somos cuerdos en la medida en que reconocemos nuestra fragilidad, y somos recuerdos porque sin ellos seríamos apenas instantes dispersos.

La moraleja es sencilla y honda: vivir con cordura no es no olvidar, sino aceptar que somos tiempo hecho memoria. Y vivir con recuerdos no es añoranza, sino cultivar la gratitud por lo vivido. Quien logra reírse de sus olvidos y agradecer sus recuerdos ha encontrado la verdadera sabiduría.

Releamos el discurso de Alyosha en el último capítulo de "Los hermanos Karamazov" de Fiódor Dostoyevski: "Debes saber que no hay nada más alto y más fuerte y más sano y bueno para la vida en el futuro que algunos buenos recuerdos, especialmente un recuerdo de la infancia, de hogar. La gente te habla mucho de tu educación, pero un buen recuerdo sagrado, preservado desde la infancia, es quizás la mejor educación. Si un hombre lleva consigo muchos recuerdos de este tipo a la vida, está a salvo hasta el final de sus días, y si a uno sólo le queda un buen recuerdo en el corazón, incluso eso puede ser en algún momento el medio de salvarnos".

La cordura y la memoria son dos nombres del mismo tiempo. “Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre.” señaló Jean-Jacques Rousseau. Para concluir: “La filosofía es, en el fondo, el arte de aprender a morir… y a recordar” según Michel de Montaigne. Anotadlo en vuestras agendas este doble mandato encadenado: Recordar con humor es vivir con filosofía. Entre risas y memoria, a seguir construyendo lo que luego serán recuerdos.