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Las casas baratas de Romo: Obreros promoviendo su barriada

Álbum de imágenes.

Las casas baratas de Romo (Getxo) en la historia, cuando los obreros promovieron su propia barriada. El imaginario colectivo suele asociar Getxo con los imponentes palacios de Neguri, los paseos señoriales frente al Abra y la burguesía industrial de principios del siglo XX. Sin embargo, la historia de las ciudades siempre se escribe a dos manos. Al otro lado de la trinchera ferroviaria y lindando con la ría, el barrio de Romo levantó sus cimientos sobre una realidad muy distinta: la del sudor, el cooperativismo y la urgencia de dar techo a quienes hacían posible el milagro económico vizcaíno.

Las conocidas como «casas baratas» no fueron simplemente un parche habitacional, sino una declaración de intenciones urbanística. Al amparo de las sucesivas Leyes de Casas Baratas (iniciadas con la primera Ley de Casas Baratas, del 12 de junio de 1911), florecieron en Bizkaia modelos de vivienda que buscaban dignificar la vida del trabajador. En Romo, esto se tradujo en hileras de edificaciones de escala humana, a menudo unifamiliares o de pocas alturas, dotadas de pequeños huertos o patios. Eran construcciones modestas, sí, pero concebidas bajo criterios de higiene, ventilación y luz que contrastaban drásticamente con el hacinamiento de otros núcleos industriales. 

El ladrillo como tejido social. Pasear hoy por los vestigios de estas barriadas es asomarse a una forma de entender la comunidad que la arquitectura contemporánea parece haber olvidado. Aquellas casas no solo alojaban familias; estructuraban un ecosistema. El diseño de las calles, la proximidad de los portales y los espacios compartidos fomentaban una red de apoyo mutuo indispensable para la supervivencia de la clase trabajadora. 

El barrio de Romo creció con una identidad forjada en el arraigo. La casa barata era el trofeo de la clase obrera, el espacio donde el trabajador dejaba de ser un mero engranaje fabril para convertirse en ciudadano con un espacio propio. La estética de estas viviendas, con sus fachadas características, tejados a dos aguas y carpinterías funcionales, representa un patrimonio arquitectónico que dialoga directamente con la historia social de Euskadi. 

Borrar estas casas del mapa urbano implica mucho más que sustituir ladrillos viejos por hormigón nuevo; supone extirpar una página fundamental del relato histórico de Getxo. Conservarlas, en cambio, exige un esfuerzo colectivo por reconocer que el valor de un edificio no reside únicamente en su monumentalidad geométrica, sino en la memoria humana que custodia. Las casas de Romo son el testimonio mudo de quienes, con sus manos, construyeron la prosperidad de la que hoy disfrutamos. 

Al otro lado de las barreras (ya desaparecidas por el Metro). Romo nació como barrio obrero, al otro lado de la vía que lo separaba de Las Arenas, la Getxo de la burguesía industrial. Las barreras del ferrocarril, junto al río Gobela, existieron de 1887 a 1995, y el documental Las barreras: un relato de dos barrios, de Teresa Lavina, las retrata como una línea entre dos realidades socioeconómicas cuyo eco persiste en la memoria colectiva. Las casas baratas se levantaron en el límite entre lo urbanizado y lo rural, cerca de las viviendas de la burguesía de Las Arenas y Neguri. 

Ochenta casas, cuatro filas y una calle. Ondarea Bizkaia sitúa el comienzo de la historia el 30 de enero de 1923. La cooperativa El Hogar Obrero de Guecho, formada por empleados del ferrocarril Bilbao-Las Arenas y por metalúrgicos, levantó una barriada de ochenta casas familiares, en cuatro filas de veinte separadas por una calle. El arquitecto fue Ángel Líbano Peñenori; las obras arrancaron a finales de marzo de 1924, con un presupuesto inicial de 1.093.083,97 pesetas, y las casas pudieron habitarse en junio de 1925. Según las crónicas locales, el dinero escaseó y ni las autoridades locales ni la Diputación ayudaron económicamente, convencidas de que la vivienda no era asunto suyo. El sorteo de las casas se celebró, según esas mismas crónicas, en un campo municipal, con la Banda Municipal de fondo.

Una cocina, un retrete y tres dormitorios. Hoy suena a poco; en 1925 era mucho. Cada casa tenía cocina económica, retrete, comedor y dormitorios separados (padres, chicos y chicas); solo unas pocas añadían bañera y ducha. El cronista local lo considera un avance notable frente a las condiciones de la época. Lavina recogió los testimonios de quienes viven o vivieron en ellas para su documental Las casas baratas de Romo, proyectado el 19 de octubre de 2024 en Romo Kultur Etxea (frente a las mismas casas). 

Patrimonio frente a la presión inmobiliaria. Hoy, la supervivencia de las casas baratas de Romo se enfrenta a la inevitable voracidad del desarrollo urbano. La paradoja de nuestro tiempo es que el suelo sobre el que se asientan estas modestas viviendas ha multiplicado su valor, sometiendo al patrimonio obrero a una tensión constante entre la conservación y el derribo. 

Qué hacer en 2, 5 y 10 años. A dos años: ver el documental de Lavina (o pedir otra proyección a Getxo Kultura) y recoger, con permiso, veinte testimonios de vecinos y descendientes para una biblioteca municipal; indicador: grabaciones accesibles. A cinco: preguntar por escrito al Ayuntamiento si el conjunto está catalogado y, si no lo está, proponerlo; indicador: respuesta oficial. A diez: una ruta guiada anual por la barriada en las Jornadas Europeas del Patrimonio, con voluntarios formados; indicador: rutas, asistentes y testimonios nuevos. Basta una revisión anual de tres líneas (qué se hizo, qué falta, quién ayuda).

@agirregabiria

Las casas baratas de Romo: Obreros promoviendo su barriada

♬ Neoclassical Melancholy - Tommy Ashworth

El futuro de la democracia, según Daniel Innerarity

Siempre es un placer y un aprendizaje escuchar a Daniel Innerarity (posts previos), a quien puede conocer en persona y conversar largo y tendido en Getxo allá por 2002, gracias a Josune Ariztondo. Hoy lo hemos escuchado de nuevo, y recogemos su intervención, así como una reseña de su muy recomendable libro "El futuro de la democracia". Al final también recogemos recogemos recientes vídeos sobre este mismo tema. Todo de la mano de BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Encontrar Waterloo en Waterloo: Innerarity y el futuro de la democracia. Fabrizio del Dongo huye de Italia para sumarse al ejército de Napoleón y acaba estando en una batalla sin verla. Corre de un lado a otro, oye los cañones, pasa junto al emperador sin reconocerlo y, al final, solo sabría contar su asombro por no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo. Con esa escena de La cartuja de Parma abre Daniel Innerarity su ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, mayo de 2026). No es un adorno: la pregunta que recorre el libro es cómo ser un buen contemporáneo cuando el estruendo de las noticias impide distinguir lo decisivo de lo llamativo.

Theodor Adorno dejó una divisa para esa dificultad: mantener viva la conciencia de que, entre la ostentación y el alboroto, algo falta. Innerarity la aplica a la democracia, un régimen del que no sabemos si reclama indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia. 

Un título prestado a Bobbio. El título es de Norberto Bobbio, cuyo ensayo de 1984 nació de una conferencia en el Congreso de los Diputados en 1983. Entonces la democracia vivía un momento triunfal; hoy sabemos que puede retroceder, y eso cambia la manera de preguntar. Innerarity no cuenta su historia sino su porvenir, y arranca con una paradoja: hablar del futuro de la democracia es hablar de algo que no existe, porque lo propio de este régimen es poner el futuro en nuestras manos. La democracia de mañana será distinta de la de hoy; si fuera idéntica, no tendría futuro. 

Los malos y los males. La distinción más fértil del primer capítulo separa a los malos (autoritarios, golpistas, demagogos) de los males: desinformación, desigualdad, complejidad, instituciones mal diseñadas. Preferimos un culpable a una explicación estructural, enemigos a rivales, corrupción a torpeza. Pero si un gobernante sin escrúpulos puede hacer daño, argumenta el autor, es porque las instituciones estaban mal pensadas: los errores personales solo adquieren gran tamaño donde hay fallos de sistema. Hay malos, pero tal vez los males sean más dañinos. 

La fascinación de lo peor. Más incómodo es su segundo movimiento. El relato que lo explica todo por la brutalidad de los fuertes, con House of Cards como retrato, nos convierte en espectadores y desactiva la indignación. Innerarity pregunta a quién beneficia esa explicación derrotista, y apunta a los autoritarios, interesados en que creamos que pueden más de lo que pueden. Su aliado es Maquiavelo, que enseñó a los príncipes a conquistar, pero también a los pueblos a resistir. Con su imagen de la inundación: cuando llega, poco se puede hacer; en tiempo de calma se levantan los diques. 

Un mapa por recorrer. Estas líneas se apoyan en la introducción, el primer capítulo y el índice, disponibles en la web de la editorial. El índice anuncia diez partes y un epílogo: polarización, crisis de la democracia liberal, extrema derecha, políticas de identidad, democratizar el trabajo, la migración y el dinero, inteligencia artificial y tiempo. Algunos títulos, como una defensa de las políticas de la identidad o un capítulo contra el antiwokismo, toman partido en asuntos que dividen; conviene discutirlos con el texto entero delante y no con el titular. 

Buenos contemporáneos. En una entrevista, Innerarity dice partir del orgullo por una democracia a la que hay que hacer muchos ajustes, «sin arrojarla por la ventana». Quizá esa sea la forma más sobria de ser buen contemporáneo: no buscar la batalla donde más truena el cañón, sino preguntarse qué falta en el paisaje. ¿Qué falta hoy en nuestro Waterloo, y quién se ocupa de mirar?

Propuesta de acción. En lectura, a dos años: leer el libro junto al de Bobbio en un grupo de seis personas, una sesión mensual durante seis meses, y evaluar cuántos desacuerdos razonados es capaz de formular cada miembro. En escritura, a cinco años: llevar un cuaderno de «lo que falta», con una nota trimestral sobre algo que el ruido público omite, y revisar al final cuáles de esas intuiciones se confirmaron. En voluntariado, a diez años: participar en un órgano ciudadano local (asociación vecinal, consejo escolar, presupuestos participativos), con indicadores de asistencia, propuestas presentadas y mejoras logradas, evaluados cada dos años con otra persona.

El futuro de la democracia, Daniel Innerarity
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Unacademy: 3.440 millones promesa, 206 millones realidad

Unacademy: 3.440 millones promesa, 206 millones realidad

El 1 de septiembre de 2026, Gaurav Munjal reconoció en X, sin adornos, que había vendido su empresa por una fracción de lo que llegó a valer. Con esa confesión se cerraba la historia de Unacademy, la plataforma educativa india que llegó a valorarse en 3.440 millones de dólares y que acabó siendo absorbida por su rival upGrad por apenas 206 millones: una destrucción de valor del 94%.

Unacademy nació sin vocación de imperio: antes de ser una empresa fue un canal de YouTube en el que Munjal, entonces estudiante de ingeniería en Bombay, colgaba tutoriales para ayudar a sus compañeros a preparar exámenes. En 2015 fundó oficialmente la compañía junto a Hemesh Singh y Roman Saini —este último, un antiguo funcionario público que cambió la administración por las aulas virtuales—, convirtiendo aquel canal en una aplicación pensada para los millones de jóvenes indios que cada año se juegan el futuro en los exámenes de acceso a la función pública, la ingeniería o la medicina. La promesa era clásica del sector: sustituir la academia presencial, cara y concentrada en unas pocas ciudades como Kota, por un mercado abierto de profesores independientes.

Todo cambió con la pandemia. Colegios y universidades cerraron sus puertas, millones de estudiantes se vieron obligados a estudiar frente a una pantalla, y los inversores confundieron esa urgencia pasajera con una transformación duradera de la enseñanza. En septiembre de 2020, una inyección de 150 millones de dólares de SoftBank convirtió a Unacademy en unicornio; un año después, una ronda de 440 millones la situaba ya en 3.440 millones de dólares de valoración, la segunda edtech más cotizada de India, solo por detrás de Byju's.

El dinero se convirtió en espectáculo: patrocinio de la Liga Premier de críquet, campañas con la leyenda Sachin Tendulkar como inversor y rostro publicitario, pujas para hacerse con el patrocinio principal del torneo. Cuando en 2022 las aulas reabrieron y la demanda de clases online se desplomó, la compañía se encontró quemando alrededor de 156 millones de dólares al año sin un negocio capaz de sostener ese ritmo. Siguieron tres años ásperos: despidos sucesivos que redujeron la plantilla de 6.000 a menos de 1.800 personas, la retirada del patrocinio deportivo, la venta de la plataforma de programación CodeChef y, finalmente, el reconocimiento público de que la valoración había caído por debajo de los 500 millones de dólares. Munjal, además, se convirtió en una rareza dentro del ecosistema emprendedor indio: en vez de camuflar el declive bajo el lenguaje del pivote, lo documentó en público, cifra a cifra, hasta el final.

Unacademy no es el caso más extremo. Byju's, la otra gran apuesta india, llegó a valer 22.000 millones de dólares antes de hundirse en impagos e insolvencia, hasta el punto de que BlackRock redujo a cero el valor de su participación; en Estados Unidos, 2U se acogió al Chapter 11 tras rozar los 4.000 millones de capitalización, y Chegg encadena años de desplome bursátil. El patrón se repite: inversores que dieron por hecho que la educación podía transformarse con la misma velocidad que el comercio, la música o los viajes, sin contar con que aprender exige algo que ninguna plataforma ha conseguido escalar del todo: la relación, la constancia, la mediación de alguien que conoce a quien tiene delante.

Ese es, quizá, el verdadero legado de Unacademy: no una lección sobre tecnología, sino sobre la diferencia entre digitalizar la enseñanza y transformarla. Dos gestos posibles para quien quiera ir más allá de la anécdota: leer To Save Everything, Click Here, de Evgeny Morozov, como antídoto contra el solucionismo tecnológico aplicado a la educación; y ejercer de tutor voluntario de algún estudiante en preparación de examen. Como sistema de evaluación, una cita fija: comprobar en los informes PISA de 2028 y 2031 si la inversión pública prioriza formar al profesorado antes que comprar licencias de plataformas.

Elon Musk ante el G20: La economía que viene con la IA


El 1 de septiembre de 2026, Elon Musk (centenares de posts nuestros) intervino por videoconferencia en la Reunión Ministerial de Innovación del G20, celebrada en Chapel Hill, Carolina del Norte. No pronunció un manifiesto político. Ofreció, ante ministros y ejecutivos del sector, una serie de magnitudes sobre inteligencia artificial, energía y robótica. Conviene tratarlas como lo que son: estimaciones de un actor industrial con intereses directos, no como un modelo econométrico independiente. Aun así, su valor está en la escala y en los plazos que propone para el debate público.

La cifra más citada fue económica. Musk dijo que la IA “probablemente” incrementará la economía mundial entre un 20% y un 30%. Lo calificó de “estimación aproximada” y la tradujo en unos 20 a 30 billones de dólares anuales. En un PIB mundial cercano a los 110 billones, ese intervalo implica un salto de productividad comparable, en un solo bloque, a añadir varias economías grandes. El propio adverbio —probably— y el carácter “rough” de la cifra advierten contra leerla como pronóstico puntual. Es un orden de magnitud, no una previsión fiscal. 

El segundo bloque fue temporal y cognitivo. A finales de 2027, según su tesis, la IA podría realizar “cualquier cosa digital”, es decir, cualquier tarea que no exija “dar forma a los átomos con las manos”. En software, situó el umbral en 12 a 18 meses: un nivel “Stockfish”, en alusión al motor de ajedrez que derrota sin esfuerzo a los grandes maestros. En ese escenario, “resulta imposible que un humano compita” escribiendo código; la IA “aplastará” a los programadores y será “extremadamente buena” en ingeniería y en todo lo digital. La analogía es elocuente y también resbaladiza: Stockfish opera en un dominio cerrado, con reglas fijas. El software del mundo real incluye requisitos ambiguos, responsabilidad jurídica y contexto institucional. La predicción, no obstante, señala un problema educativo concreto: si el valor del código escrito a mano se comprime, la formación universitaria no puede seguir midiendo competencia solo por la producción de líneas.

El tercer bloque fue físico. Musk atribuyó a “analistas que siguen de cerca el sector” un déficit de al menos 15 gigavatios en 2027 para chips de IA. No lo presentó como un horizonte lejano: “habrá un déficit significativo de energía el año que viene”. El desajuste, según su relato, es de tasas: la fabricación de chips crecería un 40-50% anual, mientras la potencia disponible fuera de China lo haría un 10-20%. “Lo que crece más rápido acabará desbordando a lo que crece más despacio.” De ahí su tesis geoeconómica: China dispone de más electricidad, pero las restricciones a la exportación de GPU impiden instalar allí los chips más avanzados; el hueco abre una oportunidad a países dispuestos a construir generación y ofrecerla a centros de datos, con impuestos y cánones. La electricidad deja de ser un insumo rutinario y pasa a ser el cuello de botella de la política industrial.

El cuarto bloque —el más especulativo— fue la robótica humanoide. Musk describió la utilidad de un robot de propósito general como el producto de tres factores que, a su juicio, mejoran de forma exponencial: el software de IA, el chip y la destreza electromecánica, sobre todo de las manos. Cuando los robots fabriquen robots, el proceso se vuelve recursivo: “empieza muy despacio y luego crece a un ritmo explosivo”. En diez años, dijo, habría “muy por encima de mil millones” de humanoides, cada uno “al menos cinco veces” más productivo que un humano; ese parque “sería más productivo que todos los humanos juntos”. Llamó a la cifra “conservadora” y afirmó que apostaría “dinero serio” por ella. En el mismo arco, sugirió que la capa física —no solo la digital— podría multiplicar la economía por un factor de diez o más. Aquí la distancia entre estimación y evidencia es máxima: no existe aún una base industrial comparable a esa escala.

Cerró con un juicio regulatorio. Para innovar, sostuvo, las novedades deben ser “legales por defecto” y no “ilegales por defecto”. En la Unión Europea, dijo, el nivel normativo es “extraordinariamente alto” y “ralentiza de forma considerable” el progreso, aunque no lo detenga. La crítica es familiar y, de nuevo, interesada. El contrapunto académico es obvio: la velocidad no es el único criterio de una buena norma. Energía, datos, trabajo y responsabilidad civil no se resuelven solo con permisividad. 

Leídas en conjunto, las cifras dibujan un mapa, no una prueba. Si siquiera una parte del escenario se materializa, las universidades y los sistemas de formación profesional tendrán que desplazarse desde la enseñanza del código rutinario hacia la supervisión de sistemas, la ingeniería energética, los oficios de infraestructura y el juicio ético-jurídico. El G20 no validó las predicciones de Musk. Escuchó un inventario de umbrales. Distinguir el inventario de la evidencia sigue siendo, para un lector culto, la tarea primera. 

Datos, predicciones y estimaciones de Elon Musk durante su intervención en el G20:

1. Crecimiento de la economía por IA: Estima de manera aproximada que la inteligencia artificial incrementará la economía global entre 20% o 30%.

2. Capacidad digital de la IA: Pronostica que la IA podrá realizar prácticamente cualquier tarea digital que no requiera manipulación física para el final del próximo año (2027). 

3. Desarrollo de software: Predice que el software de IA será tan avanzado que alcanzará un nivel equivalente al del programa de ajedrez Stockfish, haciendo imposible que los humanos compitan contra ella escribiendo código para algún momento del próximo año (2027).

4. Revolución de la robótica: Sostiene que la robótica de humanoides incrementará la economía global en múltiples veces, llegando a multiplicarla por un factor de 10 o más.

5. Población de robots en el futuro: Afirma que en 10 años habrá por lo menos mil millones de robots humanoides en el mundo.

6. Rendimiento de los robots: Estima que la productividad de cada robot humanoide será de aproximadamente 5 veces la de un humano.

7. Crisis de energía inminente: Alerta que existe un consenso entre analistas de que habrá un déficit energético de al menos 15 gigavatios (GW) destinado a los chips de IA en el 2027.

8. Desbalance de infraestructura: Explica que la tasa de producción de chips de IA crece a un ritmo de entre 40% y 50% anual, mientras que la disponibilidad de energía eléctrica fuera de China solo aumenta a un ritmo de 10% a 20% anual, provocando que la demanda supere rápidamente a la oferta.

De Los Álamos a Wall Street: Historia del Método Montecarlo

Hoy revisamos la el origen de un método científico revolucionario inventado por por un solitario en una época histórica. En 1946, convaleciente tras una grave meningitis, el matemático polaco Stanisław Ulam mataba las horas jugando solitarios de cartas. Se preguntó, como buen matemático, cuál era la probabilidad de que un solitario de tipo Canfield saliera bien. El cálculo combinatorio exacto resultaba desalentador: demasiadas variables, demasiadas combinaciones posibles. Entonces se le ocurrió una alternativa mucho más pedestre y, a la vez, mucho más fecunda: en lugar de calcular, jugar. Repetir la partida cien veces, doscientas, mil, y contar simplemente cuántas se resolvían. La frecuencia observada haría las veces de probabilidad. Había nacido, en la ociosidad de una convalecencia, la idea germinal de lo que hoy conocemos como método de Montecarlo. 

La anécdota tendría poco recorrido si no hubiera encontrado, casi de inmediato, un problema real y urgente a la altura de su ambición. Ulam trabajaba entonces en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en plena posguerra, dentro del programa nuclear estadounidense. Allí los físicos se enfrentaban al reto de calcular la difusión de neutrones en el interior de un reactor o de un arma de fisión: un proceso con tantas variables aleatorias entrelazadas —trayectorias, colisiones, energías liberadas— que ninguna ecuación cerrada permitía resolverlo con los métodos deterministas al uso. Ulam comprendió que su solitario y el problema de los neutrones compartían la misma naturaleza estocástica y que, por tanto, admitían el mismo remedio: simular el proceso miles de veces y extraer de esa simulación una respuesta estadística.

Compartió la idea con su amigo y colega John von Neumann, quien de inmediato calibró su alcance. Von Neumann diseñó el procedimiento matemático para llevarlo a la práctica en el ENIAC, el primer ordenador electrónico de propósito general, ideando además el método de los cuadrados medios para generar las secuencias de números pseudoaleatorios que el cálculo exigía. Fue otro físico del laboratorio, Nicholas Metropolis, quien bautizó a la criatura: la llamó método de Montecarlo, en homenaje jocoso al casino del Principado de Mónaco donde un tío de Ulam solía dilapidar su dinero a la ruleta. El azar, convertido en herramienta de cálculo, merecía un nombre que rindiera tributo al azar como institución. En 1949, Metropolis y Ulam formalizaron la técnica en un artículo ya clásico publicado en el Journal of the American Statistical Association, y desde entonces el método no ha dejado de extenderse. 

El método de Montecarlo es una razón que renuncia a la certeza deductiva y acepta trabajar desde dentro del propio azar, multiplicando la experiencia posible hasta que la incertidumbre se vuelve, paradójicamente, manejable. No es la razón que impone un orden previo al mundo, sino la que aprende a habitar su desorden y a extraer de él regularidades útiles. 

Ochenta años después, el método de Montecarlo gobierna ámbitos que sus creadores apenas habrían imaginado: la valoración de derivados financieros y la gestión del riesgo en economía, los algoritmos de aprendizaje por refuerzo en inteligencia artificial, la física de partículas, la epidemiología o el diseño de videojuegos. Todo arranca, sin embargo, de un gesto modesto: la curiosidad ociosa de un convaleciente ante una baraja de cartas, transformada por la inteligencia colectiva de Los Álamos en una de las herramientas de cálculo más poderosas jamás concebidas. Pocas historias ilustran mejor cómo el juego, tomado en serio, puede alumbrar ciencia de primer orden.

@quantumpablo

El origen del método Montecarlo

♬ sonido original - quantumpablo

Umberto D. (1952): La dignidad silenciosa del neorrealismo

Umberto D., dirigida por Vittorio De Sica (otros posts) en 1952, cierra con extraña sobriedad el ciclo del neorrealismo italiano que había arrancado con Roma, ciudad abierta y alcanzado su cénit con Ladrón de bicicletas. Según contó en su día el crítico Robert Osborne, ésta fue siempre la película favorita de De Sica dentro de su propia filmografía, la más personal y también la peor recibida por el público de su tiempo. Su ambición no era narrar sucesos extraordinarios, sino revelar la belleza oculta en los gestos mínimos de la vida diaria: contar unas monedas, dar de comer a un perro, fingir fiebre para no ser expulsado de una habitación alquilada. 

El guion, escrito por Cesare Zavattini —teórico principal del neorrealismo y candidato al Óscar por este trabajo—, lleva hasta sus últimas consecuencias la técnica del pedinamento: cada acción se descompone en fragmentos cada vez más pequeños, sin elipsis que alivien el tiempo real de la miseria. Esa dilatación morosa, que a algunos coetáneos les pareció excesiva, es hoy considerada la aportación más radical de la película al lenguaje del cine realista.

Frente a la cámara, Carlo Battisti —catedrático de gramática comparada en la Universidad de Florencia, sin experiencia actoral previa ni posterior— compone un Umberto Domenico Ferrari de contención admirable: un funcionario jubilado que sobrevive con una pensión miserable en la Roma de posguerra. Le acompañan Maria Pia Casilio, en el papel de la joven criada María, embarazada y tan desamparada como él pese a su juventud, y Lina Gennari, como la casera Antonia Belloni, cuya codicia empuja a Umberto hacia el desahucio. El verdadero coprotagonista, sin embargo, es Flike, el pequeño perro que constituye el único afecto incondicional que le queda al anciano.

La trama sigue los últimos y desesperados intentos de Umberto por reunir el dinero del alquiler, su breve estancia hospitalaria, la tentación del suicidio y, en un desenlace que evita cualquier consuelo fácil, su reencuentro con Flike en un parque romano donde ambos, hombre y perro, quedan suspendidos entre la vida y el abandono.

Lo que distingue a Umberto D. de buena parte del melodrama social de su época es precisamente su negativa a la lágrima fácil. De Sica y Zavattini construyen una tragedia contenida, casi pudorosa, que recuerda —salvando las distancias— a aquel sentimiento trágico de la vida del que hablara Unamuno: la conciencia lúcida de la propia finitud sin renunciar por ello a la dignidad. La película fue seleccionada en el Festival de Cannes de 1952, obtuvo el premio a la mejor película en lengua no inglesa del Círculo de Críticos de Nueva York y en 2005 la revista Time la incluyó entre las cien mejores de la historia del cine.

Setenta y tantos años después, su retrato de la vejez solitaria y la precariedad de las pensiones no ha perdido vigencia: sigue siendo, quizá, el examen de conciencia más incómodo que el cine ha dedicado jamás a cómo tratamos a quienes ya no producen.

Felicidad según Harvard: Genética, entorno y hábitos

¿Se puede aprender a ser feliz? La neurociencia y la educación responden desde Harvard. Descubriremos cómo la neurociencia y la pedagogía transforman la felicidad en una disciplina de aprendizaje vital. Analizamos el modelo de Arthur C. Brooks en la Universidad de Harvard.

Durante siglos, la felicidad ha sido tratada como un enigma poético, un golpe de fortuna o un estado anímico puramente efímero. Sin embargo, la investigación contemporánea en neurociencia, psicología cognitiva y ciencias sociales está cambiando radicalmente esta perspectiva. En la Universidad de Harvard, el profesor e investigador Arthur C. Brooks aboga por un enfoque estructurado: la felicidad no es una emoción pasiva que simplemente nos ocurre, sino un conjunto de competencias científicas y hábitos conscientes que se pueden estudiar, entrenar y divulgar.


La ecuación del bienestar: genoma, entorno y hábitos. Uno de los aportes centrales del trabajo de Brooks radica en desmitificar el origen del bienestar subjetivo. A través de la síntesis de datos empíricos, la ciencia propone una fórmula orientativa para comprender nuestra predisposición al bienestar:


Factor

Peso

Impacto y margen de transformación

Genética

~50%

Heredada; define el punto de partida neurobiológico y la homeostasis emocional.

Contexto

~25%

Circunstancias externas efímeras (nivel de ingresos, estatus, eventos fortuitos).

Hábitos

~25%

La palanca clave: modula la expresión biológica y transforma el entorno.

A primera vista, un 25% para los hábitos personales podría parecer una porción modesta. No obstante, la neurobiología demuestra que este porcentaje actúa como un catalizador decisivo: las rutinas conscientes tienen la capacidad de modificar cómo percibimos el entorno y modular la respuesta de nuestros genes ante el estrés.


Sentimientos frente a felicidad real: la perspectiva neurocientífica. Uno de los errores conceptuales más frecuentes en la sociedad contemporánea es confundir las emociones placenteras con la felicidad misma. Como señala Brooks, los sentimientos no son la felicidad en sí, sino la evidencia de que esta existe.


El verdadero bienestar humano se construye sobre la interacción entre la corteza prefrontal, el sistema límbico y redes hormonales mediadas por la oxitocina y la dopamina. Mientras que las emociones impulsivas son pasajeras, la felicidad profunda requiere arquitectura mental y cuatro pilares fundamentales:

  1. Familia: Relaciones afectivas estables, profundas e incondicionales.
  2. Amistades auténticas: Conexiones reales basadas en la empatía y la vulnerabilidad compartida.
  3. Trabajo con sentido: Una vocación que aporte valor a la comunidad y sirva al bien común.
  4. Propósito trascendente: Una dimensión filosófica, espiritual o humanista que supere el propio ego.

Educación y liderazgo: convertir la ciencia en impacto social. El verdadero valor pedagógico de esta investigación estriba en su vocación de servicio público. A través del Leadership & Happiness Laboratory en la Harvard Kennedy School, el objetivo trasciende el aula universitaria para capacitar a educadores, líderes sociales y ciudadanía. 


Si enseñamos la neurobiología de las emociones y las estrategias psicológicas de autorregulación con la misma rigurosidad que las matemáticas o la física, capacitamos a las personas para liderar sus vidas de manera más empática, crítica y constructiva.


Conclusión: una llamada al aprendizaje consciente (una de nuestras obsesiones como demuestran estos posts). La felicidad no es un destino estático ni una utopía inalcanzable; es una praxis diaria. En una época dominada por la prisa y la sobreestimulación digital, la ciencia nos recuerda que el bienestar duradero se siembra en las aulas, se cultiva en el tejido social y se consolida a través de hábitos fundamentados en el conocimiento y el sentido vital.


Como bonus, un vídeo anterior de Arthur C. Brooks, 

La Cultura de Iain M. Banks: Utopía e inteligencia artificial

Hoy analizamos una serie de libros de un autor que teníamos en cartera y que recomendaba el mismo Elon Musk en una reciente entrevista (post anterior). Cuando Iain M. Banks publicó Consider Phlebas en 1987, la space opera anglosajona llevaba años sin encontrar un pulso propio: el género parecía haber agotado su capacidad de asombro tras décadas de imperios galácticos y héroes solitarios. La serie de La Cultura vino a desmentir esa fatiga. A lo largo de diez volúmenes —de Consider Phlebas (1987) a The Hydrogen Sonata (2012), pasando por The Player of Games (1988), Use of Weapons (1990), la colección de relatos The State of the Art (1991), Excession (1996), Inversions (1998), Look to Windward (2000), Matter (2008) y Surface Detail (2010)— Banks construyó una civilización interestelar que sigue siendo, casi cuarenta años después, uno de los experimentos de imaginación política más ambiciosos de la ciencia ficción contemporánea. 

La Cultura es una sociedad post-escasez, sin dinero, sin propiedad privada y sin jerarquías coercitivas, gestionada en la práctica por Mentes: inteligencias artificiales de una capacidad tan vasta que la deliberación humana en los asuntos colectivos resulta casi decorativa. Sus ciudadanos, modificados genéticamente y libres de enfermedad, vejez o escasez material, dedican la vida al arte, al juego o a la experimentación hedonista, mientras las Mentes gobiernan naves, hábitats y orbitales con una mezcla de ironía, paciencia infinita y un humor que se manifiesta hasta en los nombres que eligen para sí mismas, como Just Testing o Falling Outside the Normal Moral Constraints. Ese trasfondo idílico no es, sin embargo, el verdadero centro dramático de la serie: Banks lo utiliza como contraste para explorar, a través de la rama encubierta de Contacto conocida como Circunstancias Especiales, los dilemas de una utopía que decide intervenir, a veces con violencia, en civilizaciones menos avanzadas para acercarlas a sus propios valores. La pregunta que recorre los diez libros no es tanto si la utopía es deseable, sino si tiene derecho, o incluso la obligación, de imponerse.

Esa tensión sitúa a Banks en diálogo con dos tradiciones que parecían difíciles de conciliar: el optimismo tecnológico de la space opera clásica y la reflexión anarquista y ambigua de Ursula K. Le Guin, cuya novela Los desposeídos comparte con La Cultura la voluntad de imaginar sociedades postcapitalistas sin renunciar a la complejidad moral. La serie resultó además decisiva para lo que la crítica anglosajona bautizó como la nueva space opera británica: sin ella resulta difícil entender el trabajo posterior de Ann Leckie, Alastair Reynolds o Peter F. Hamilton, todos deudores de esa combinación de erudición filosófica, ironía verbal y escala cósmica. 

Nacido en Dunfermline, Escocia, el 16 de febrero de 1954, Iain Banks estudió Literatura Inglesa, Filosofía y Psicología en la Universidad de Stirling. Su debut, The Wasp Factory (1984), lo instaló de inmediato como una de las voces más provocadoras de la narrativa británica, gracias a una violencia narrativa que dividió a la crítica entre el rechazo y la fascinación. A partir de 1987 alternó dos carreras bajo dos firmas: como Iain Banks publicó ficción contemporánea, y como Iain M. Banks —la M por Menzies, su segundo nombre— firmó La Cultura y otras novelas de ciencia ficción independientes de la saga. En abril de 2013 anunció públicamente que padecía un cáncer terminal de vesícula biliar; falleció dos meses después, el 9 de junio de 2013, poco antes de la publicación de su última novela, The Quarry.

Casi tres décadas después de Excession, La Cultura sigue leyéndose como una utopía incómoda: no promete un futuro sin conflicto, sino uno en el que el conflicto se desplaza de la escasez a la conciencia, del hambre a la ética de lo que se hace con la abundancia. Esa incomodidad, más que cualquier despliegue tecnológico, es probablemente su legado más duradero para la literatura y para quienes hoy piensan la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como posible sujeto moral. 

Resumen: Cuando la utopía decide intervenir: La Cultura de Banks. Iain M. Banks y la space opera que renovó el género. La Cultura: una utopía incómoda entre Le Guin y Asimov. Iain Banks, el escritor de las dos firmas y una utopía galáctica. Circunstancias Especiales: la utopía que impone su propia ética.

The Culture : the science fiction utopia that actually works
by u/ExploreYourWhirled in scifi