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Hiperarte Thomasson: Arqueología de lo inútil en la ciudad

Los objetos Thomasson: cuando lo inútil se convierte en arte. Hay un tipo de belleza que solo emerge por accidente. No la buscó ningún arquitecto, no la firmó ningún escultor, y sin embargo late en cada ciudad que envejece: puertas que se abren al vacío, escaleras que no conducen a ninguna parte, barandillas que ya no sostienen nada. A este fenómeno, el artista japonés Genpei Akasegawa lo bautizó en la década de 1980 como "Thomasson" o "Hiperarte Thomasson", un término que designa una estructura inútil, una anomalía arquitectónica que ha dejado de cumplir su función original y que, precisamente por ello, se convierte en obra de arte en sí misma.

El origen del nombre es una de esas ironías que solo la historia sabe fabricar. En 1981, los Yomiuri Giants ficharon al bateador estadounidense Gary Thomasson con un contrato millonario, pero su rendimiento en Japón resultó decepcionante: en su primera temporada batió el récord de eliminaciones sin batear, y la segunda la pasó casi entera en el banquillo, hasta que una lesión de rodilla puso fin a su carrera. Akasegawa, aficionado al béisbol, encontró en aquel jugador carísimo e improductivo la metáfora perfecta para lo que llevaba tiempo observando en las calles de Tokio: objetos costosos de mantener, incapaces ya de cumplir ninguna función, pero conservados con un cuidado casi devocional. 

El primer Thomasson documentado apareció en 1972, durante un paseo del artista por el barrio de Yotsuya. Se trataba de una escalera que no llevaba a ningún sitio: sin puerta arriba, sin acceso abajo. Lo desconcertante no era solo su inutilidad, sino que su pasamanos mostraba señales evidentes de reparación reciente, como si alguien, en algún departamento municipal olvidado, siguiera dedicándole mantenimiento pese a que hacía tiempo que había perdido todo sentido práctico. Esa contradicción —el cuidado invertido en lo que ya no sirve— es el núcleo filosófico del concepto: el objeto sobrevive a su propósito y, al hacerlo, se transforma en otra cosa.

Con el tiempo, Akasegawa y sus alumnos de la escuela Bigakko fueron catalogando variantes: puentes que no cruzan nada, túneles que no atraviesan nada, ventanillas de billetes tapiadas, balcones sin puerta de acceso. En 1981 fundó el Thomasson Observation Center, un archivo fotográfico casi entomológico de estas ruinas domésticas, y llegó a distinguir categorías con nombres tan inquietantes como poéticos, entre ellas la de los postes telefónicos cortados a media altura.

Lo que distingue al Thomasson de otras formas de arte encontrado —el ready-made duchampiano, por ejemplo— es precisamente la ausencia de intención. Nadie diseñó estas estructuras para ser contempladas; su condición artística nace por sustracción, cuando la función desaparece pero la forma permanece, cuidada, casi venerada por una burocracia que no sabe o no quiere borrarla. El Thomasson no tiene autor: solo un observador capaz de reconocerlo.

Para la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, el concepto ofrece algo más que una curiosidad estética. Nos obliga a mirar la ciudad no como un sistema perfectamente funcional, sino como un palimpsesto de decisiones abandonadas, de infraestructuras que sobreviven a los planes que las originaron. En un mundo obsesionado con la eficiencia y la obsolescencia programada, el Thomasson propone una mirada distinta: la de detenerse ante lo que ya no sirve para nada y, sin embargo, sigue ahí, insistiendo en su presencia. Es una lección de humildad para cualquier disciplina que aspire a la funcionalidad total, y un recordatorio de que la belleza, a veces, solo aparece cuando dejamos de exigirle un propósito a las cosas.

Resumen: La belleza involuntaria de lo que ya no sirve. Cuando la ciudad conserva lo que ha dejado de tener sentido. Genpei Akasegawa y el arte que nadie quiso crear. Lo que sobrevive sin propósito: una lección de arquitectura. El mantenimiento de lo inservible como forma de arte. Fotografiar las cicatrices funcionales de la ciudad.

@la.inercia Una de mis historias favoritas sobre la arquitectura y el arte es El Thomasson. Un elemento arquitectónico convertido en arte por su propia inutilidad. Algo que llamaríamos, hiperarte gracias al artista contemporáneo que lo descubrió y trabajó como arte conceptual y que incluso, se volvió colaborativo. Para saber el origen del nombre recomiendo a Pedro Torrijos que hizo un video muuuuy chulo sobre el tema ❤️ #arquitectura #architecture #historiadelarte #arte #arquitectos ♬ sonido original - la.inercia

Idiocracia: Distopía que anticipó la actual cultura en crisis

Idiocracy (Idiocracia) es una película de ciencia ficción satírica que trasciende el mero entretenimiento para constituirse en una reflexión profunda sobre los mecanismos de degradación intelectual y cultural en las sociedades de consumo. Dirigida por Mike Judge en 2006, aunque distribuida de manera limitada inicialmente, la obra ha adquirido con el tiempo el estatus de cult film entre intelectuales, educadores y analistas de tendencias sociales. Puede verse en su integridad en el tuit final de este post.

La premisa narrativa es simple pero efectiva: un soldado estadounidense ordinario despierta del criocriogenización en el año 2505, encontrándose un mundo donde la inteligencia media ha descendido drásticamente. Las corporaciones controlan todos los aspectos de la vida pública, la educación se ha disuelto, y la población sobrevive mediante estímulos audiovisuales constantes y alimentos altamente procesados. Esta visión futura no pretende ser realista en sentido predictivo, sino operativa como reductio ad absurdum de tendencias contemporáneas ya visibles en el siglo XXI.

Lo que distingue Idiocracy de otras distopías es su precisión diagnóstica respecto a los mecanismos específicos de la degradación cognitiva colectiva. Judge identifica tres vectores principales: primero, la eliminación gradual de la educación crítica y reflexiva en favor del entretenimiento; segundo, la perpetuación intergeneracional de patrones de bajo capital cultural mediante selección natural inversa (la teoría que la película ilustra); y tercero, la colonización completa del espacio público por corporaciones que se lucran del mantenimiento de la ignorancia.

La película funciona como una sátira sociológica en la tradición de Jonathan Swift, aunque su medio sea audiovisual. No recurre al morbo ni a la caricatura absurda sin propósito: cada detalle —desde los nombres de las empresas hasta los contenidos televisivos ficticios— refleja una extrapolación lógica de dinámicas reales. En este sentido, posee valor educativo considerable para cursos de sociología de la comunicación, historia intelectual contemporánea, o seminarios sobre distopía literaria.

Mike Judge, creador de la película, es graduado en Física por la Universidad de California en San Diego, su trasfondo científico permea su obra a través de una observación casi antropológica de la conducta humana. Se convirtió en animador, cineasta y productor de televisión. Su trayectoria profesional incluye la creación de Beavis and Butt-Head (que, paradójicamente, criticaba la degradación de la cultura audiovisual mientras participaba en ella) y la serie Silicon Valley, una sátira sobre la cultura empresarial tecnológica. Judge posee un intelecto técnico agudo combinado con una sensibilidad sociológica penetrante, lo que le permite identificar contradicciones y patrones sistémicos donde otros ven sólo fenómenos aislados. 

Lo notable es que Idiocracy, pese a su pesimismo explícito, contiene una premisa humanista implícita: la inteligencia no es un rasgo heredado inmutable, sino un producto de prácticas culturales, acceso a educación, y estimulación intelectual. Su diagnóstico es sombrío, pero la responsabilidad no recae en deficiencias genéticas sino en elecciones institucionales y colectivas. Esto la diferencia radicalmente de determinismos biológicos o conspiracionistas.

Para educadores y profesionales de la comunicación, Idiocracy constituye un documento de valor heurístico: permite problematizar la relación entre consumo mediático, capital cultural, y capacidad cognitiva de manera que evita la condescendencia moralizante. El film respeta la inteligencia de su audiencia precisamente porque no pretende ofrecer soluciones, sino únicamente exponer con nitidez el problema.

En nuestro contexto actual, donde los algoritmos de recomendación personalizan el aislamiento cognitivo y donde la desinformación estructurada mina la capacidad colectiva de discernimiento, Idiocracy no ha perdido relevancia. Si acaso, se ha convertido en una profecía desasosegante cuya actualidad crece año tras año.

Callejón Zollo: Historia de la calle más estrecha de Bilbao

El Callejón Zollo representa uno de los vestigios más singulares de Bilbao, una vía cuya extraordinaria estrechez —apenas supera los 1,5 metros en sus puntos más angostos— evoca una singular compresión espacial. Recuerdo cuando llegaba llegaba hasta la calle Iparragirre siendo una vía con entrada y salida, pero no un callejón. Ubicado en el Ensanche bilbaíno, en el número 11 de la calle Alameda San Mamés, este pasaje constituye un documento peculiar.

La historia del Callejón Zollo no debe contextualizarse dentro del Casco Viejo propio de la fundación de Bilbao en 1300, cuando Diego López de Haro dotó a estas tierras de fuero urbano. La villa, en sus Siete Calles, originalmente protegida por las murallas que flanqueaban las orillas del Nervión, se organizaba en torno a una trama viaria que equilibraba las necesidades defensivas con la circulación comercial. Las calles estrechas no eran meramente fortuitas, sino producto deliberado de estrategias urbanísticas que favorecían la defensa y optimizaban el aprovechamiento territorial en espacios limitados.

El topónimo mismo merece atención. "Zollo" —variante dialectal o arcaísmo lingüístico— designa potencialmente a un oficio artesanal o a una familia medieval, aunque la etimología permanece parcialmente oscurecida por la erosión documental. Puede provenir de un caserío o baserri de nombre Zalla (apellido vasco común).

Desde una perspectiva arquitectónica, el Callejón Zollo exhibe características propias: fachadas de mampostería con ventanas en progresión vertical, inclinación de tejados que responden a la captura de lluvia en condiciones de estrechez extrema, y una continuidad constructiva que comprime el espacio disponible hasta casi eliminar perspectiva. Esta compresión arquitectónica produce un efecto sensorial peculiar: la deambulación por el callejón provoca una experiencia casi claustrofóbica que sumerge al visitante en la cotidianidad medieval bilbaína.

En el contexto de la revitalización urbana —proceso que ha intensificado su presencia en la oferta turística y patrimonial de la ciudad— el Callejón Zollo ha adquirido un papel simbólico. No se trata simplemente de una curiosidad arquitectónica, sino de un símbolo de autenticidad urbana frente a los procesos de homogenización contemporánea. Su mantenimiento físico y su preservación en los mapas mentales colectivos responden a una valorización creciente del patrimonio inmaterial urbano: la calle estrecha es testimonio de una relación distinta entre el cuerpo humano, la arquitectura y el tejido urbano.

Turísticamente, el Callejón Zollo se ha convertido en destino obligado de las rutas de descubrimiento. La fotografía de su eslabón más estrecho ha devenido un elemento de la iconografía visual asociada a Bilbao, reproducida en guías turísticas y perfiles de redes sociales.

Desde la pedagogía urbana, el Callejón Zollo constituye un excelente observatorio para reflexionar sobre cómo la forma construida encarna decisiones colectivas, limitaciones técnicas y racionalidades distintas a la expansión contemporánea. Su existencia interroga nuestras actuales concepciones del espacio público y la movilidad urbana, recordándonos que la ciudad es un palimpsesto donde la historia física sigue habitando bajo las capas de modernización.

@agirregabiria

Callejón Zollo, calle más estrecha de Bilbao 

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Siete años con un Tesla Model 3 LR AWD

Teslas en el Service Center de Tesla en L' Aliana Valencia
Cumplir años es rutina para un Tesla Model 3 LR AWD. El nuestro, de nombre Tresla, tiene ya 7 años. Fue de la primera remesa de Model 3 que llegaron a Europa en febrero de 2019. Lo habíamos reservado en 2017, pagado íntegramente en diciembre de 2018 y lo recogimos en Getafe (Madrid) el 28 de febrero de 2019.

Como todo esto ya lo hemos contado en numerosas ocasiones, este último años (sin ITV por año impar), la única reseña es la primer avería que tuvo en pleno verano de 2025 (posts dedicados). Significó grúa y reparación en apenas horas, una vez que llegó al Service Center (SC) de Valencia (foto superior al recogerlo). Como en años anteriores, no ha habido ningún otro mantenimiento. 

El odómetro marca 60.400 km, apenas 6.000 km  más que el año pasado (el primer año recorrimos 20.000 km, pero luego la pandemia,... y que cada vez estamos más septuagenarios Carmen y yo). La autonomía parece prácticamente la misma, según su autodiagnóstico del 93% (imagen) y comprobado fehacientemente por viajes reiterados en nuestros desplazamientos regulares entre el Cantábrico y el Mediterráneo. 

En nuestro coche han pasado 7 años con muchas actualizaciones, pocos cambios, sin que todavía podamos explotar aquí plenamente el AutoPilot FDS (Full Drive System), que parece que pronto llegará a Países Bajos,... Pero sí ha habido muchas mutaciones en el escenario de la movilidad eléctrica (ahora se ven Teslas por todas partes, especialmente taxis y VTC), y de todo ello quizá pronto publiquemos alguna entrevista con testigos clave de esta transición hacia la movilidad eléctrica (por el momento no podemos leer  escribir más).
Explorando el Modo Service del Tesla Model 3 (2018): Menús Ocultos

 Celebrando anteriores cumpleaños: Primer añocuarto año5 años, 6 años,...

Dónde quemamos más calorías: Cerebro o gimnasio


Resumen: Se analiza el fascinante equilibrio energético del cuerpo humano, cuestionando si el esfuerzo intelectual puede competir con el gasto del ejercicio físico. Cita investigaciones de autoridades como el neurobiólogo Robert Sapolsky para explicar cómo el estrés mental intenso y la alta concentración pueden disparar el consumo calórico a niveles equiparables en casos extremos al de atletas de élite, y subraya que el cerebro, pese a su peso, consume de forma constante cerca del 20% de nuestra energía diaria.

En muy diversas ocasiones hemos aducido que convendría conocer a fondo la anatomía del gasto energético en los seres humanos. En la era del fitness digital, hemos caído en la trampa de ver el cuerpo humano como una simple caldera donde las calorías se "queman" a voluntad. Sin embargo, bajo la lente de la biofísica y la filosofía natural, el consumo energético es el testimonio de nuestra resistencia contra la entropía. Mantener el orden biológico en un universo propenso al caos no es gratis; es, de hecho, extraordinariamente costoso.

¿En qué invierte realmente su "capital calórico" una persona? La respuesta nos aleja del gimnasio y nos introduce en el silencioso y fascinante mundo del mantenimiento celular.

El Metabolismo Basal: El impuesto por existir. La mayor parte de nuestra energía no se gasta corriendo maratones ni levantando pesas. Se consume en el silencio absoluto de nuestros órganos. El Gasto Metabólico Basal (GMB) representa entre el 60% y el 75% del consumo total diario. Es el coste energético de mantenernos vivos en estado de reposo absoluto: el latido cardíaco, la función renal, la síntesis de proteínas y, sobre todo, el mantenimiento de los gradientes iónicosPara la ciencia, este gasto es predecible pero complejo. Una de las herramientas más precisas para estimarlo es la ecuación de Mifflin-St Jeor. Este cálculo nos recuerda que, incluso en el sueño más profundo, somos una hoguera química de alta intensidad.

El Cerebro: El aristócrata de la energíaDentro de ese gasto basal, destaca un tirano metabólico: el cerebro. Representa apenas el 2% de nuestra masa corporal, pero devora el 20% de nuestra glucosa y oxígeno. A diferencia del tejido muscular, que puede reducir su consumo casi a cero en reposo, el cerebro nunca se detiene.

Su gasto no se debe necesariamente a "pensar" en términos intelectuales, sino a la infraestructura de la consciencia. La mayor parte de su energía se destina a la bomba de sodio-potasio, el motor molecular que mantiene las neuronas listas para disparar. Desde una perspectiva pedagógica, esto explica por qué el aprendizaje profundo es agotador: la fatiga cognitiva es una realidad física, no una falta de voluntad.

El margen de la acción: Digestión y MovimientoEl porcentaje restante del presupuesto diario se divide en dos categorías: 1º Efecto Térmico de los Alimentos (ETA): Aproximadamente un 10%. Es la energía necesaria para digerir, absorber y metabolizar los nutrientes. Es la ironía de la vida: necesitamos gastar energía para obtener energía. 2º Termogénesis por Actividad (15-30%): Aquí se incluye tanto el ejercicio voluntario como el NEAT (Non-Exercise Activity Thermogenesis), que abarca desde caminar al trabajo hasta gesticular o mantener la postura.

Reflexión ética: Habitar la máquina. Entender nuestro desglose energético debería cambiar nuestra relación con el cuerpo. En una sociedad obsesionada con "quemar" calorías, olvidamos que la mayoría de ellas se usan para sostener la vida y el pensamiento.

Educar en salud no debería ser un ejercicio de restricción punitiva, sino de admiración ante una maquinaria que, con apenas la energía de una bombilla de 100 vatios, es capaz de amar, crear teorías físicas y sentir el paso del tiempo. Somos, en esencia, un flujo de energía que ha aprendido a decir "yo".

ComponenteGasto EstimadoFunción Principal
Metabolismo Basal60 - 75%Mantenimiento orgánico y celular.
Cerebro (dentro del Basal)~20%Potenciales de acción y sinapsis.
Efecto Térmico (ETA)~10%Digestión y procesamiento.
Actividad Física15 - 30%Movimiento voluntario e involuntario.