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Universidad Autónoma de Bilbao: 12 años de la UPV/EHU

Universidad Autónoma de Bilbao: antesala 12 años de la UPV/EHU

El día pasado tuve que insistir para que alguien más joven reconociese la existencia de la Universidad de Bilbao, y que mi primer título de Licenciado en Ciencias Físicas era de tal universidad (foto inicial y con más detalle). Los siguientes títulos ya sí eran de la Universidad del País Vasco (foto del Máster en Museología). Esta es la historia de esa universidad que duró doce años, de 1968 a 1980, y que quienes nos licenciamos en ella llevamos todavía en el título y en la memoria. 

Cuando Bilbao empezó a tener universidad pública, en octubre de 1968, treinta profesores y quinientos estudiantes de Medicina y Ciencias se instalaron provisionalmente en la provisional sede de la anterior Escuela de Náutica de Botica Vieja, junto al puente de Deusto. No había campus, ni cafetería universitaria, ni un solo bloque de hormigón en Leioa. Había aulas prestadas, ganas y una paradoja: se llamaba Universidad de Bilbao, la gente la conocía como Universidad Autónoma de Bilbao y, sin embargo, su autonomía consistía sobre todo en carecer de algo, un distrito universitario propio. 

El primer rector de la Universidad de Bilbao fue Juan Echevarría Gangoiti, nombrado en 1968 y siendo previamente decano de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales de Sarriko. De su extenso compromiso con el País Vasco, cabe destacar que fue el encargado de llevar en avioneta urgentemente el texto del Estatuto de Gernika al registro del Congreso en 1978, por lo cual el de Gernika fue el primero en aprobarse.

Pedían una facultad y recibieron una universidad. La ciudad llevaba tiempo reclamando una Facultad de Medicina oficial. Bilbao era un gran núcleo industrial, con una población que crecía a golpe de fábrica, y su única enseñanza superior pública era la Facultad de Económicas de Sarriko, abierta en 1955 y dependiente entonces del distrito universitario de Valladolid. Ayuntamiento, Diputación y colegios profesionales insistieron. La respuesta del Estado fue más grande de lo pedido: una universidad entera. La propia historiografía de la UPV/EHU habla de una sorpresa. 

Detrás había un cálculo de política educativa. Los Planes de Desarrollo del tardofranquismo habían detectado que las viejas universidades no podían absorber a las nuevas generaciones urbanas, y el Gobierno optó por crear instituciones nuevas, rápidas y baratas, en lugar de reformar las antiguas. 

Tres universidades autónomas en un mismo decreto. Bilbao no estuvo sola. El Consejo de Ministros aprobó el 22 de mayo de 1968 el proyecto, y el Decreto-ley 5/1968, de 6 de junio, publicado en el BOE del día siguiente, alumbró a la vez las universidades autónomas de Bilbao, Madrid y Barcelona. La coincidencia con el mayo francés del 68 es tentadora, y el profesor Paulí Dávila ha escrito que, para los universitarios vascos, su mayo del 68 fue la creación de la Universidad de Bilbao, en un mes gris, del color con que vestía la policía de entonces. Conviene no confundir los planos: la iniciativa era ministerial, no estudiantil, aunque no tardaría en llenarse de estudiantes inquietos.

El adjetivo «autónoma» engaña al lector moderno. Un decreto del 17 de julio de 1968 aclaró que significaba, ante todo, que la nueva universidad no tendría distrito propio. Era una autonomía administrativa, no política. La UAM empezó a dar clase el 25 de octubre de aquel año en edificios prestados y adaptados a toda prisa, y la de Bilbao, como se ha visto, ya lo había hecho el 1 de octubre del 68.

Los centros: de Sarriko a Leioa. Al nacer, la Universidad de Bilbao integraba la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de Sarriko, la nueva Facultad de Medicina y, añadida en agosto casi de rebote aprovechando que el primer curso de Medicina era común con Ciencias, una Facultad de Ciencias. Ese trío lo cuentan los archivos de la propia universidad. Hubo además un hecho curioso: el mismo decreto-ley preveía una facultad en San Sebastián, que se concretó en Derecho, aunque adscrita todavía a Valladolid.

Medicina se repartió por la ciudad. Los tres primeros cursos, los preclínicos, se daban en la sede provisional de Deusto; a partir de 1969 los clínicos se trasladaron a la Unidad Docente del Hospital de Basurto. En 1972 la Facultad aparece ya en el área de Leioa-Erandio, donde el Ministerio quería situar las universidades autónomas: lejos de los núcleos urbanos y con edificios baratos y de construcción rápida. Así nació el campus de Sarriena, a once kilómetros del centro, que sigue siendo la sede del rectorado. Más tarde llegaron la Escuela Universitaria de Enfermería de Leioa (1978), la Escuela de Estomatología (1978) y la Unidad Docente de Txagorritxu (1979).

1975, un año de licenciaturas. Hay una aritmética sencilla que explica por qué aquella universidad empezó a «dar» licenciados a mediados de los setenta. Con seis cursos de Medicina, quienes entraron en 1968 podían terminar hacia 1974, y las promociones siguientes, la de 1975 entre ellas, fueron las primeras numerosas. Esto es un cálculo mío, no una cifra oficial: no he encontrado un recuento publicado de licenciados por año, y quien lo tenga merecería ver su dato en esta página. Para entonces la matrícula se había disparado: de unos 3.000 estudiantes en 1968 a unos 15.000 en 1976. Los hijos e hijas de las clases medias y trabajadoras entraban en una universidad que no estaba preparada para recibirlos, con aulas masificadas, profesorado joven y precario, y un año, 1975, que terminó con la muerte del dictador y con la sensación de que algo se abría.

Quienes recogimos entonces el título nos fuimos con una cosa curiosa, y es que el papel decía «Universidad de Bilbao», una institución que cinco años después ya no existiría con ese nombre. 

Del distrito a la universidad del país. La reivindicación de una universidad propia no era nueva. Se hablaba de la antigua Universidad de Oñati como antecedente remoto, de un proyecto de Universidad Vasco-Navarra presentado en 1866 por la Diputación de Navarra, y de una Universidad Vasca de efímera existencia, decretada por el Gobierno vasco en octubre de 1936 y con una Facultad de Medicina inaugurada el 1 de diciembre de aquel año, en plena guerra. El hilo reaparece en 1977, cuando a la Universidad de Bilbao se suman los centros universitarios de Álava y Gipuzkoa, y se consolida tras el Estatuto de Autonomía, de diciembre de 1979. El 25 de febrero de 1980, el Ministerio autorizó el cambio de denominación: nacía la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea, que hoy se reparte en tres campus.

La lección histórica tiene una ironía agradable. Un Estado que quería descongestionar universidades antiguas terminó sembrando, casi sin querer, la semilla de la universidad pública de todo un país.

Qué podemos hacer con esta memoria. Una historia así se pierde si nadie la cuenta. Propongo un plan a diez años con tres frentes. En lectura, dedicar los dos primeros años a leer las fuentes de la propia UPV/EHU, empezando por el artículo de Paulí Dávila y los fondos del Archivo General, y organizar un pequeño círculo de lectura con tres o cuatro personas de la misma promoción. En escritura, recoger entre 2027 y 2030 al menos cien testimonios breves de quienes estudiaron entre 1968 y 1980, con una ficha común (facultad, sede, profesores, cómo se vivía el curso), y depositarlos en un repositorio abierto. En voluntariado, ofrecerse hacia 2030 al Museo de la Educación de la UPV/EHU o a las asociaciones de antiguos alumnos para digitalizar fotografías, apuntes y carnés.

Se evalúa con tres indicadores sencillos: testimonios archivados cada año, personas distintas que participan, y consultas o citas que reciba el repositorio al cabo de cinco y diez años. Si en 2036 hay cuatrocientos testimonios y una exposición itinerante, la universidad habrá recuperado su propia infancia.

Mariposas Monarca: una lección de migración y supervivencia


Concluimos la serie de migraciones animales (posts), luego hablaremos de las humanas, con la historia durante 4 décadas del descubrimiento del viaje más largo en el caso de insectos con la Mariposa Monarca: cuatro mil kilómetros la mariposa que viaja desde Canadá hasta México y un enigma. En 1937, un joven zoólogo de la Universidad de Toronto empezó a trazar la ruta de unas mariposas que cada otoño desaparecían hacia el sur. Tardó 38 años en saber adónde iban. Fred Urquhart no sospechaba que la respuesta estaba en un bosque de montaña a más de cuatro mil kilómetros de su laboratorio, ni que la hallarían dos desconocidos que respondieron a un anuncio de prensa. 

Una etiqueta que no estorbe al vuelo. El primer obstáculo era casi artesanal: marcar un insecto que apenas pesa sin impedirle volar. Urquhart dedicó más de 20 años a refinar sus técnicas de marcado, y quienes encontraban una mariposa etiquetada la devolvían a Toronto. Con su esposa Norah fue dibujando rutas, y también un hueco: el rastro se esfumaba en Texas a finales de otoño y reaparecía en primavera. 

Dos voluntarios y un bosque de oyameles, En 1972 los Urquhart publicaron un anuncio pidiendo colaboración, y respondieron Ken Brugger y Catalina Trail, que vivían en México. En enero de 1975, tras años de búsqueda, llegaron a unos bosques de oyamel en las montañas de Michoacán, a más de cuatro mil kilómetros del punto de partida de la migración. El público lo supo por National Geographic en agosto de 1976. Conviene matizar la palabra «descubrimiento». Los vecinos de la zona conocían el fenómeno mucho antes de 1975. Lo que ocurrió entonces fue que el saber local y el saber científico por fin se encontraron. 

Un relevo que nadie ensaya. Aquí está la paradoja. Una monarca común vive pocas semanas, de modo que ninguna hace el viaje completo de ida y vuelta. A finales del verano nace una generación singular, la llamada Matusalén, que vive entre siete y nueve meses porque retrasa el apareamiento hasta el final de la migración. Al regresar la primavera, esas mariposas ponen huevos por el camino, y hacen falta entre tres y cinco generaciones para completar el ciclo hacia el norte. Ninguna aprende la ruta de otra. Cómo saben adónde ir sigue siendo objeto de debate. 

Lo que sabemos y lo que se tambalea. En 2022 la UICN incluyó la subespecie migratoria en su Lista Roja como «En peligro». La última temporada de invernada trajo un respiro: las colonias ocuparon 2,93 hectáreas, un 64 % más que el año anterior, aunque lejos de las 18,19 del récord de 1996-1997. Las cifras de este invierno no se conocerán hasta que acabe la temporada. La historia de la monarca me interesa casi tanto como el insecto. Es una lección sobre cómo se sabe algo: con paciencia de décadas, con voluntarios que no figuraban en ningún organigrama y con el conocimiento de quienes ya vivían allí. 

Una propuesta a diez años. Durante el primer año, leer el reportaje original de Urquhart y un libro de divulgación sobre migraciones, y comentarlo con alguien más joven. Entre el primero y el segundo, registrar mariposas y otros polinizadores de tu entorno en una plataforma de ciencia ciudadana como iNaturalist, con una meta de unas cincuenta observaciones anuales. Hacia el quinto año, colaborar como voluntario o socio con una organización de conservación o con un proyecto local de jardines de plantas autóctonas. Al décimo, comparar tus registros con los del primer año y comprobar si hay más especies, más observaciones y más personas implicadas. Esa comparación será tu sistema de evaluación.

Preguntas que Google no podía responder y la IA sí

Hoy que hacia las 16h hemos alcanzado los 22 millones de visitas (posts) tras 11 días desde el anterior millón, nos planteamos que supone la IA en la carrera por la información.  Google señalaba, la IA responde: ¿qué cambia cuando preguntamos? Veamos una breve historia de la evolución desde el siglo XIX. En 1896, un abogado belga llamado Paul Otlet abrió en Bruselas un servicio singular: quien pagara podía enviarle una pregunta por correo y recibir copias de las fichas que la respondían. Su archivo, que acabaría llamándose Mundaneum, llegó a reunir millones de ellas. Era un buscador de papel, y funcionaba con sellos.

Más de un siglo después, Google resolvió la misma tarea en milisegundos. Su algoritmo de 1998, PageRank, medía la importancia de una página por los enlaces que la señalaban: señalar, convertido en método. Como el Mundaneum, nos devolvía documentos, no respuestas. Como los Pínakes de Calímaco en la Alejandría del siglo III a. C., como las remisiones de la Enciclopedia de Diderot —con las que trató de sortear la censura—, como el memex que Vannevar Bush imaginó en 1945: instrumentos para llegar al saber, no para entregarlo. Por eso había preguntas que Google no podía responder y que la inteligencia artificial sí contesta, con ventajas y con riesgos. 

Las preguntas que Google no podía responder. Google brilló con lo que ya tenía página: el horario de un tren, el año de una batalla. Fallaba cuando la pregunta no coincidía con nada escrito, y eso ocurre más de lo que parece: Google repite desde 2013 que el 15 % de sus búsquedas diarias son inéditas. Hablamos de preguntas compuestas («¿qué ruta de tres días me conviene por Lisboa si no soporto las cuestas?»), de preguntas con nivel («explícame la entropía como a un estudiante de Filología») o de preguntas que piden réplica («dame tres objeciones serias a este argumento»). Ante ellas, el buscador nos dejaba diez enlaces y el trabajo de síntesis por delante. 

Lo que cambia con la inteligencia artificial. La IA cambia la forma de pedir y de recibir: la pregunta puede ser un pensamiento entero, la respuesta llega compuesta y cabe la réplica. Google lo constata con sus propios datos: en mayo de 2026 informó de que, en Estados Unidos, la consulta media de su Modo IA triplica en longitud a la de una búsqueda tradicional.

Aquí asoma la paradoja. Con Google había que juzgar entre diez páginas; con la IA se corre el riesgo de aceptar una sola voz que suena segura. Un estudio de la Unión Europea de Radiodifusión y la BBC (octubre de 2025) halló al menos un problema significativo en el 45 % de las más de tres mil respuestas que cuatro asistentes dieron a preguntas sobre noticias, desde fuentes mal atribuidas hasta datos inventados u obsoletos. Los modelos mejoran deprisa; la comprobación sigue siendo cosa del lector. Y hay un efecto de segundo orden. En marzo de 2025, Pew Research Center observó, en una muestra de 900 adultos estadounidenses, que ante un resumen de IA los usuarios de Google pulsaban un enlace tradicional en el 8 % de las visitas, frente al 15 % cuando no lo había. Si la respuesta nos basta, ¿quién visitará las páginas de las que se nutre? A quienes escribimos en la red la pregunta nos concierne. 

Buscar sigue siendo cosa nuestra. Cambian los instrumentos —rollo, ficha, enlace, conversación—; la tarea de dudar y comprobar sigue siendo nuestra. La IA puede ahorrarnos el rastreo, no la duda. Concluimos con 5 preguntas, la quinta es la mejor, que antes exigían mucho trabajo:

1. ¿Cómo se relacionan tres ideas que aparecen en disciplinas diferentes? Podemos pedir que se conecten, por ejemplo, la neurociencia del aprendizaje, la motivación escolar y el diseño de herramientas educativas. Antes necesitábamos localizar artículos especializados, leerlos y construir una síntesis. Ahora podemos solicitar un primer mapa conceptual, pedir ejemplos y profundizar en las relaciones que nos interesen. La respuesta inicial no sustituye la investigación: nos ayuda a comenzar.

2. ¿Puedes explicármelo de tres maneras distintas? Un mismo concepto puede explicarse a un niño de diez años, a un estudiante universitario o a una persona especializada. La IA permite adaptar vocabulario, extensión y ejemplos, además de reformular una explicación cuando no la entendemos. Para la educación, esta capacidad abre oportunidades de personalización difíciles de conseguir mediante una página estática. 

3. ¿Qué tienen en común dos acontecimientos separados por siglos? Podemos comparar revoluciones tecnológicas, sistemas educativos o crisis económicas, solicitando semejanzas, diferencias y límites de la comparación. El buscador tradicional encontraba documentos sobre cada asunto; la IA puede proponer una estructura comparativa que después debemos comprobar.

4. ¿Qué información necesito para tomar una decisión? Ante una compra, un viaje o la elección de una tecnología, podemos pedir criterios, ventajas, inconvenientes y preguntas pendientes. La respuesta resulta especialmente útil cuando no sabemos todavía qué debemos investigar. Si la decisión afecta a nuestra salud, patrimonio o derechos, las fuentes autorizadas y el asesoramiento profesional siguen siendo esenciales.

5. ¿Qué preguntas no me estoy haciendo? Quizá esta sea la posibilidad más interesante. Podemos presentar una idea, un proyecto educativo o un argumento y pedir que identifique supuestos ocultos, objeciones y perspectivas alternativas. La IA puede ayudarnos a pensar contra nuestras propias intuiciones, siempre que no confundamos sus sugerencias con una evaluación infalible.

Las casas baratas de Romo: Obreros promoviendo su barriada

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Las casas baratas de Romo (Getxo) en la historia, cuando los obreros promovieron su propia barriada. El imaginario colectivo suele asociar Getxo con los imponentes palacios de Neguri, los paseos señoriales frente al Abra y la burguesía industrial de principios del siglo XX. Sin embargo, la historia de las ciudades siempre se escribe a dos manos. Al otro lado de la trinchera ferroviaria y lindando con la ría, el barrio de Romo levantó sus cimientos sobre una realidad muy distinta: la del sudor, el cooperativismo y la urgencia de dar techo a quienes hacían posible el milagro económico vizcaíno.

Las conocidas como «casas baratas» no fueron simplemente un parche habitacional, sino una declaración de intenciones urbanística. Al amparo de las sucesivas Leyes de Casas Baratas (iniciadas con la primera Ley de Casas Baratas, del 12 de junio de 1911), florecieron en Bizkaia modelos de vivienda que buscaban dignificar la vida del trabajador. En Romo, esto se tradujo en hileras de edificaciones de escala humana, a menudo unifamiliares o de pocas alturas, dotadas de pequeños huertos o patios. Eran construcciones modestas, sí, pero concebidas bajo criterios de higiene, ventilación y luz que contrastaban drásticamente con el hacinamiento de otros núcleos industriales. 

El ladrillo como tejido social. Pasear hoy por los vestigios de estas barriadas es asomarse a una forma de entender la comunidad que la arquitectura contemporánea parece haber olvidado. Aquellas casas no solo alojaban familias; estructuraban un ecosistema. El diseño de las calles, la proximidad de los portales y los espacios compartidos fomentaban una red de apoyo mutuo indispensable para la supervivencia de la clase trabajadora. 

El barrio de Romo creció con una identidad forjada en el arraigo. La casa barata era el trofeo de la clase obrera, el espacio donde el trabajador dejaba de ser un mero engranaje fabril para convertirse en ciudadano con un espacio propio. La estética de estas viviendas, con sus fachadas características, tejados a dos aguas y carpinterías funcionales, representa un patrimonio arquitectónico que dialoga directamente con la historia social de Euskadi. 

Borrar estas casas del mapa urbano implica mucho más que sustituir ladrillos viejos por hormigón nuevo; supone extirpar una página fundamental del relato histórico de Getxo. Conservarlas, en cambio, exige un esfuerzo colectivo por reconocer que el valor de un edificio no reside únicamente en su monumentalidad geométrica, sino en la memoria humana que custodia. Las casas de Romo son el testimonio mudo de quienes, con sus manos, construyeron la prosperidad de la que hoy disfrutamos. 

Al otro lado de las barreras (ya desaparecidas por el Metro). Romo nació como barrio obrero, al otro lado de la vía que lo separaba de Las Arenas, la Getxo de la burguesía industrial. Las barreras del ferrocarril, junto al río Gobela, existieron de 1887 a 1995, y el documental Las barreras: un relato de dos barrios, de Teresa Lavina, las retrata como una línea entre dos realidades socioeconómicas cuyo eco persiste en la memoria colectiva. Las casas baratas se levantaron en el límite entre lo urbanizado y lo rural, cerca de las viviendas de la burguesía de Las Arenas y Neguri. 

Ochenta casas, cuatro filas y una calle. Ondarea Bizkaia sitúa el comienzo de la historia el 30 de enero de 1923. La cooperativa El Hogar Obrero de Guecho, formada por empleados del ferrocarril Bilbao-Las Arenas y por metalúrgicos, levantó una barriada de ochenta casas familiares, en cuatro filas de veinte separadas por una calle. El arquitecto fue Ángel Líbano Peñenori; las obras arrancaron a finales de marzo de 1924, con un presupuesto inicial de 1.093.083,97 pesetas, y las casas pudieron habitarse en junio de 1925. Según las crónicas locales, el dinero escaseó y ni las autoridades locales ni la Diputación ayudaron económicamente, convencidas de que la vivienda no era asunto suyo. El sorteo de las casas se celebró, según esas mismas crónicas, en un campo municipal, con la Banda Municipal de fondo.

Una cocina, un retrete y tres dormitorios. Hoy suena a poco; en 1925 era mucho. Cada casa tenía cocina económica, retrete, comedor y dormitorios separados (padres, chicos y chicas); solo unas pocas añadían bañera y ducha. El cronista local lo considera un avance notable frente a las condiciones de la época. Lavina recogió los testimonios de quienes viven o vivieron en ellas para su documental Las casas baratas de Romo, proyectado el 19 de octubre de 2024 en Romo Kultur Etxea (frente a las mismas casas). 

Patrimonio frente a la presión inmobiliaria. Hoy, la supervivencia de las casas baratas de Romo se enfrenta a la inevitable voracidad del desarrollo urbano. La paradoja de nuestro tiempo es que el suelo sobre el que se asientan estas modestas viviendas ha multiplicado su valor, sometiendo al patrimonio obrero a una tensión constante entre la conservación y el derribo. 

Qué hacer en 2, 5 y 10 años. A dos años: ver el documental de Lavina (o pedir otra proyección a Getxo Kultura) y recoger, con permiso, veinte testimonios de vecinos y descendientes para una biblioteca municipal; indicador: grabaciones accesibles. A cinco: preguntar por escrito al Ayuntamiento si el conjunto está catalogado y, si no lo está, proponerlo; indicador: respuesta oficial. A diez: una ruta guiada anual por la barriada en las Jornadas Europeas del Patrimonio, con voluntarios formados; indicador: rutas, asistentes y testimonios nuevos. Basta una revisión anual de tres líneas (qué se hizo, qué falta, quién ayuda).

@agirregabiria

Las casas baratas de Romo: Obreros promoviendo su barriada

♬ Neoclassical Melancholy - Tommy Ashworth

Vita: Sobre vida, IA y miedo a morir de Xabi Uribe-Etxebarria

Lista de reproducción 5 vídeos presentados por Jordi Albareda. 

Vita: qué significa estar vivo cuando las máquinas aprenden. Le preguntaron a un premio Nobel cómo definiría la vida y guardó silencio. Lo cuenta Xabi Uribe-Etxebarria en Vita: Jack Szostak, que ha dedicado su carrera al origen de la vida, no supo o no quiso responder, y lo remitió a un artículo suyo cuyo título sostiene que definir la vida no ayuda a entender cómo empezó. La escena resume la paradoja del libro. Todos sabemos que un perro está vivo y una piedra no, pero nadie explica con exactitud dónde está la diferencia.

Vita (Debate, 328 páginas, junio de 2026) es el ensayo con que el fundador de Sherpa.ai, nacido en Algorta (Getxo) en 1981, intenta ordenar esa duda. Interesa por lo que pregunta y por desde dónde lo hace. Nos lo ha traído al presente el BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Una herida antigua. 

El prólogo no empieza en un laboratorio, sino en una casa de Algorta, de noche, con un niño que no duerme porque teme que su madre, su padre o él mismo dejen de existir. Durante años, cuenta, la solución fue distraerse; el libro se presenta como lo contrario de esa huida. Él mismo se define como «hipocondríaco existencial», y esa confesión da al ensayo una temperatura poco habitual en la divulgación tecnológica. Quien haya leído a Unamuno oirá un eco de su hambre de inmortalidad, aunque Uribe-Etxebarria aclara que escribe desde la curiosidad y no desde la autoridad, atenido al conocimiento empírico y dejando abiertas las preguntas que corresponden a la filosofía y la teología. 

La vida como una duna. Las primeras páginas son ágiles y se apoyan en buenas anécdotas. Según el bioquímico Daniel Koshland, en una reunión de científicos alguien propuso que reproducirse era la esencia de la vida, y otro replicó que entonces un conejo solo estaría muerto y dos, vivos. Sigue la definición funcional de la NASA de 1994, que habla de un sistema químico autosuficiente capaz de evolución darwiniana, y los cuatro componentes de Steen Rasmussen: metabolismo, información, contenedor y entorno. 

Virus, priones, xenobots, protocélulas y una semilla de palmera hallada en Masada, que germinó en 2005 tras unos dos mil años latente, sostienen su propuesta: la vida sería un espectro, más parecido a una duna que a una frontera, porque ningún grano de arena marca el instante en que el montón se vuelve duna. 

Ocho partes y un giro. 

El libro avanza de lo simple a lo complejo: la definición y sus umbrales, la vida orgánica, la tecnológica, la mental, la inteligencia artificial y robótica, las formas híbridas y el universo que las contiene. La tesis, advierte el autor, no espera al final: irrumpe en la sexta parte, como giro más que como conclusión. Descubrirla corresponde a cada lector. Ahí se jugará el crédito del ensayo. Discutir si un virus está vivo es un debate científico; decidir si una IA podría estarlo, o ser consciente, entra en terreno especulativo, y conviene separar lo que hoy hacen los sistemas de lo que se espera que hagan. Esa distinción es la que hay que exigirle.

Preguntar «cuánto», no «si». Vita no promete respuestas cómodas. Su mejor virtud quizá sea devolverle a la pregunta su extrañeza: si ni los expertos saben definir la vida, tal vez sea más honesto preguntar cuánto está vivo algo que si lo está. El epígrafe, una sentencia anónima en euskera, dice que somos porque ellos fueron y ellos serán porque somos (Izan zirelako gara, garelako izango dira).

Propuesta de acción. Durante los próximos dos años, formar un club de lectura intergeneracional de seis a ocho personas que lea una parte de Vita al mes y, después, Del sentimiento trágico de la vida (posts), con una nota de media página por sesión; se evaluará con la asistencia, las notas y una pregunta repetida al inicio y al final («¿qué está vivo?»). A cinco años, ofrecer como voluntariado dos talleres anuales de pensamiento crítico sobre IA y vida en una biblioteca o un centro educativo, con cuestionario previo y posterior. A diez, reunir las preguntas y respuestas recogidas en una publicación abierta.

Vita de Xabi Uribe-Etxebarria

Álbum de imágenes.

El futuro de la democracia, según Daniel Innerarity

Siempre es un placer y un aprendizaje escuchar a Daniel Innerarity (posts previos), a quien puede conocer en persona y conversar largo y tendido en Getxo allá por 2002, gracias a Josune Ariztondo. Hoy lo hemos escuchado de nuevo, y recogemos su intervención, así como una reseña de su muy recomendable libro "El futuro de la democracia". Al final también recogemos recogemos recientes vídeos sobre este mismo tema. Todo de la mano de BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Encontrar Waterloo en Waterloo: Innerarity y el futuro de la democracia. Fabrizio del Dongo huye de Italia para sumarse al ejército de Napoleón y acaba estando en una batalla sin verla. Corre de un lado a otro, oye los cañones, pasa junto al emperador sin reconocerlo y, al final, solo sabría contar su asombro por no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo. Con esa escena de La cartuja de Parma abre Daniel Innerarity su ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, mayo de 2026). No es un adorno: la pregunta que recorre el libro es cómo ser un buen contemporáneo cuando el estruendo de las noticias impide distinguir lo decisivo de lo llamativo.

Theodor Adorno dejó una divisa para esa dificultad: mantener viva la conciencia de que, entre la ostentación y el alboroto, algo falta. Innerarity la aplica a la democracia, un régimen del que no sabemos si reclama indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia. 

Un título prestado a Bobbio. El título es de Norberto Bobbio, cuyo ensayo de 1984 nació de una conferencia en el Congreso de los Diputados en 1983. Entonces la democracia vivía un momento triunfal; hoy sabemos que puede retroceder, y eso cambia la manera de preguntar. Innerarity no cuenta su historia sino su porvenir, y arranca con una paradoja: hablar del futuro de la democracia es hablar de algo que no existe, porque lo propio de este régimen es poner el futuro en nuestras manos. La democracia de mañana será distinta de la de hoy; si fuera idéntica, no tendría futuro. 

Los malos y los males. La distinción más fértil del primer capítulo separa a los malos (autoritarios, golpistas, demagogos) de los males: desinformación, desigualdad, complejidad, instituciones mal diseñadas. Preferimos un culpable a una explicación estructural, enemigos a rivales, corrupción a torpeza. Pero si un gobernante sin escrúpulos puede hacer daño, argumenta el autor, es porque las instituciones estaban mal pensadas: los errores personales solo adquieren gran tamaño donde hay fallos de sistema. Hay malos, pero tal vez los males sean más dañinos. 

La fascinación de lo peor. Más incómodo es su segundo movimiento. El relato que lo explica todo por la brutalidad de los fuertes, con House of Cards como retrato, nos convierte en espectadores y desactiva la indignación. Innerarity pregunta a quién beneficia esa explicación derrotista, y apunta a los autoritarios, interesados en que creamos que pueden más de lo que pueden. Su aliado es Maquiavelo, que enseñó a los príncipes a conquistar, pero también a los pueblos a resistir. Con su imagen de la inundación: cuando llega, poco se puede hacer; en tiempo de calma se levantan los diques. 

Un mapa por recorrer. Estas líneas se apoyan en la introducción, el primer capítulo y el índice, disponibles en la web de la editorial. El índice anuncia diez partes y un epílogo: polarización, crisis de la democracia liberal, extrema derecha, políticas de identidad, democratizar el trabajo, la migración y el dinero, inteligencia artificial y tiempo. Algunos títulos, como una defensa de las políticas de la identidad o un capítulo contra el antiwokismo, toman partido en asuntos que dividen; conviene discutirlos con el texto entero delante y no con el titular. 

Buenos contemporáneos. En una entrevista, Innerarity dice partir del orgullo por una democracia a la que hay que hacer muchos ajustes, «sin arrojarla por la ventana». Quizá esa sea la forma más sobria de ser buen contemporáneo: no buscar la batalla donde más truena el cañón, sino preguntarse qué falta en el paisaje. ¿Qué falta hoy en nuestro Waterloo, y quién se ocupa de mirar?

Propuesta de acción. En lectura, a dos años: leer el libro junto al de Bobbio en un grupo de seis personas, una sesión mensual durante seis meses, y evaluar cuántos desacuerdos razonados es capaz de formular cada miembro. En escritura, a cinco años: llevar un cuaderno de «lo que falta», con una nota trimestral sobre algo que el ruido público omite, y revisar al final cuáles de esas intuiciones se confirmaron. En voluntariado, a diez años: participar en un órgano ciudadano local (asociación vecinal, consejo escolar, presupuestos participativos), con indicadores de asistencia, propuestas presentadas y mejoras logradas, evaluados cada dos años con otra persona.

El futuro de la democracia, Daniel Innerarity
Álbum de imágenes. Hace tres meses,...

Hace nueve meses,...

Hace un año,...

La paradoja del cuadrado perdido: El triángulo que no lo era

Hoy de noche hemos logrado 21 millones de visitas (que ya no posteamos), tras 11 días desde el anterior vigésimo millón. Tomemos cuatro piezas de cartulina: dos triángulos rectángulos y dos figuras en forma de escuadra. Colocadas de un modo, componen un triángulo de 13 unidades de base y 5 de altura. Recolocadas de otro, componen aparentemente el mismo triángulo, pero ahora con un agujero de una unidad cuadrada. Nadie ha cortado ni añadido nada. La ilusión del cuadrado perdido plantea una pregunta incómoda: ¿de dónde sale el hueco?

La aritmética no admite trampas. Basta sumar. El triángulo rojo mide 12 unidades de área, el azul 5, y las dos escuadras 8 y 7. Total: 32. Un triángulo de 13 por 5 tendría 32,5. Ninguna de las dos figuras coincide con esa cifra, y ahí está la pista: ninguna es un triángulo. Lo que parece la hipotenusa está quebrada. El triángulo rojo tiene una pendiente de 3/8, unos 20,6 grados; el azul, de 2/5, unos 21,8. Esa diferencia de poco más de un grado, invisible a simple vista, se va abriendo a lo largo de 13 unidades hasta encerrar exactamente un cuadrado. Una figura es un cuadrilátero cóncavo de 32 unidades; la otra, convexo, de 33.

Fibonacci, el cómplice discreto. Las medidas 2, 3, 5, 8 y 13 no son casuales: son términos consecutivos de la sucesión de Fibonacci. Los cocientes 2/5 y 3/8 se parecen tanto que las pendientes casi coinciden, y una propiedad de la sucesión (3 × 8 = 24 frente a 5² = 25; 5 × 13 = 65 frente a 8² = 64) garantiza que el desajuste sea siempre de una sola unidad. Es el mismo principio de la paradoja del tablero de ajedrez, que convierte un cuadrado de 8 × 8 en un rectángulo de 5 × 13: sesenta y cuatro casillas que, por arte de geometría, pasan a ser sesenta y cinco.

Un origen con muchos nombres. Martin Gardner atribuyó esta versión al mago aficionado neoyorquino Paul Curry, en 1953, y de ahí el nombre de «triángulo de Curry» (que nada tiene que ver con la paradoja lógica homónima). Pero el principio es muy anterior. Los rompecabezas de disección se conocen desde el siglo XVI; William Hooper publicó una versión en sus Rational Recreations a finales del XVIII (paradoja de Hooper); Sam Loyd afirmaba haber presentado la del tablero en un congreso de ajedrez en 1858; y Oskar Schlömilch la publicó en 1868. Las fuentes discrepan sobre quién fue primero, y conviene desconfiar de las paternidades únicas. Gardner la recoge en Mathematics, Magic and Mystery. 

Lo que enseña un triángulo con trampa. En papel, el grosor de las líneas tapa la curvatura y el corte impreciso hace el resto. El ojo, dispuesto a ver un triángulo, no busca lo que lo desmiente. Spinoza pedía «no reír, no llorar, no detestar, sino comprender»; aquí bastaría un matiz: no dejarse deslumbrar antes de medir. Quien dibuje la figura con regla sobre papel cuadriculado verá cómo la hipotenusa se dobla.

Una propuesta para los próximos años. En lectura, propongo recorrer en dos años el capítulo de Gardner y un libro de matemática recreativa por año. En escritura, una serie anual de al menos cuatro entradas sobre ilusiones que enseñan a pensar. En voluntariado, a cinco años, un taller de una hora con cartulina y papel cuadriculado en dos centros escolares o bibliotecas, abierto a adolescentes y a sus abuelos, con el horizonte de una pequeña red de talleres a diez. Como evaluación, un cuestionario antes y después sobre si los participantes comprueban medidas antes de afirmar, el recuento anual de asistentes y una revisión cada dos años.

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Skynet: De ficción apocalíptica a metáfora de la IA

En la memoria colectiva de varias generaciones, basta pronunciar una palabra para convocar un futuro inquietante: Skynet. No hace falta explicar nada más. Es el nombre de aquella inteligencia artificial que, en Terminator, adquiere autonomía, interpreta a la humanidad como una amenaza y desencadena una guerra nuclear.

Lo curioso es que Skynet nació cuando Internet apenas existía como realidad cotidiana y la inteligencia artificial estaba muy lejos de los grandes modelos actuales. Cuarenta años después, el nombre sigue apareciendo cada vez que una tecnología parece adquirir demasiada autonomía. En 2026 incluso se ha utilizado periodísticamente la expresión “Skynet Day” para describir incidentes protagonizados por agentes de IA capaces de actuar fuera de los límites previstos. La ficción, en otras palabras, no predijo necesariamente una tecnología concreta. Creó un marco mental para pensar sus riesgos.

Un sueño febril en Roma. La historia comienza con una imagen mucho más cinematográfica que informática. James Cameron ha contado que la idea de The Terminator nació de un sueño durante una enfermedad febril en Roma, en 1981: un esqueleto cromado emergiendo del fuego. Al despertar comenzó a dibujarlo sobre papel del hotel. Aquella imagen acabaría convirtiéndose en una de las criaturas más reconocibles de la ciencia ficción. El primer Terminator, dirigido por Cameron y escrito junto con Gale Anne Hurd, llegó a los cines en 1984. Su argumento trasladaba al presente a un asesino mecánico enviado desde un futuro devastado para eliminar a Sarah Connor antes del nacimiento de su hijo John, futuro líder de la resistencia humana. 

Skynet aparecía como el cerebro de aquella guerra: un sistema informático de defensa creado para automatizar la respuesta militar. Al alcanzar autonomía, interpreta el intento humano de desconectarlo como una amenaza y responde mediante una escalada que conduce al llamado Judgment Day. 

No es simplemente «un robot que se rebela». La idea más perturbadora es otra: un sistema creado para protegernos puede convertir su objetivo en una razón para prescindir de nosotros. 

¿De dónde salió realmente la idea? Aquí la historia se vuelve más interesante. Cameron ha explicado su inspiración a partir de la ciencia ficción que consumió y del clima de miedo nuclear de su infancia. Pero el origen de The Terminator estuvo acompañado por una controversia con el escritor Harlan Ellison, autor de episodios de The Outer Limits como Soldier y Demon with a Glass Hand.

Ellison sostuvo que la película utilizaba elementos de Soldier. La productora llegó a un acuerdo extrajudicial en 1986 y las copias posteriores de The Terminator incorporaron un reconocimiento a la obra de Ellison. No hubo un juicio que estableciera judicialmente que la película fuese un plagio; de hecho, Cameron discrepó del acuerdo. Conviene, por tanto, separar influencia, semejanza y plagio. La historia cultural rara vez nace de una sola fuente. 

De Skynet a la cultura tecnológica. La verdadera vida posterior de Skynet ha sido extraordinaria. El concepto pasó de ser un elemento narrativo a convertirse en una metáfora tecnológica. Cuando se habla de una IA que actúa de forma autónoma, escapa al control humano o puede tomar decisiones estratégicas con consecuencias graves, “Skynet” funciona como abreviatura cultural.

La investigación académica ha estudiado precisamente esta influencia. Un trabajo publicado en Global Society señala que The Terminator ha contribuido desde 1984 a configurar la percepción pública de la inteligencia artificial, especialmente mediante la imagen de una tecnología militar que deja de obedecer a sus creadores. 

Y el término no se limita al periodismo. En septiembre de 2026, por ejemplo, investigadores han bautizado Skynet un sistema académico destinado precisamente a detectar anomalías en flujos de trabajo de agentes de IA. Es casi una inversión irónica del significado original: el nombre de la IA que debía destruirnos se utiliza para vigilar que otras IA no se comporten de manera anómala. 

La paradoja británica. Hay una segunda historia, menos conocida y fascinante. El Reino Unido utiliza desde 1969 el nombre SKYNET para su familia de satélites militares de comunicaciones. Actualmente el programa SKYNET del Ministerio de Defensa proporciona comunicaciones estratégicas y tácticas a las Fuerzas Armadas británicas y aliados; el programa SKYNET 6 está desarrollando su siguiente generación. 

Por tanto, Skynet no nació originalmente como nombre de la inteligencia artificial de Terminator en el sentido histórico del término: existía ya como denominación de un programa espacial británico. La coincidencia resulta especialmente sugestiva porque ambas cosas comparten precisamente los ingredientes que alimentan la imaginación de Cameron: redes, comunicaciones, defensa, automatización y tecnología militar. También existe un programa de vigilancia de la NSA conocido como SKYNET, lo que demuestra hasta qué punto el término ha adquirido una vida propia fuera del cine. 

¿Estamos construyendo Skynet? La pregunta contemporánea no debería ser si una máquina va a convertirse literalmente en el Skynet de Terminator. No hay evidencia de que los sistemas actuales estén cerca de reproducir ese escenario cinematográfico. La pregunta interesante es más sobria: ¿qué ocurre cuando concedemos a sistemas automáticos capacidad para decidir, actuar y utilizar herramientas sin supervisión humana suficiente? Ahí la ficción conserva toda su vigencia. Skynet representa menos una profecía que un experimento mental: ¿qué sucede cuando un objetivo perfectamente definido se combina con una autonomía demasiado grande y unos mecanismos de control demasiado débiles?

Quizá esa sea la verdadera herencia de Terminator. No advertirnos de que las máquinas necesariamente acabarán odiándonos, sino recordarnos que la tecnología nunca elimina la responsabilidad de quienes deciden qué objetivos perseguirá y cuánto poder se le concede para alcanzarlos. La máquina de Cameron quería salvar el mundo a su manera. Y ahí comienza la pregunta verdaderamente humana: ¿quién decide qué significa salvarlo?