Quienes viven en urbanizaciones, chalets o viviendas con jardín en Alicante habrán observado un fenómeno cada vez más frecuente: la aparición de ardillas correteando por muros, pinos, céspedes e incluso acercándose a piscinas. Lo que hace apenas unas décadas era una imagen excepcional se ha convertido en una escena habitual en numerosos rincones de la provincia.
La protagonista suele ser la ardilla roja, Sciurus vulgaris, una especie autóctona que ha experimentado una notable expansión en Alicante durante los últimos años. Diversos estudios y observaciones de campo confirman que sus poblaciones han aumentado y se han extendido desde áreas forestales hacia entornos rurales y urbanos arbolados.
La explicación es relativamente sencilla. Muchas urbanizaciones alicantinas cuentan con abundantes pinares y jardines, ofreciendo alimento, refugio y corredores ecológicos. Los piñones del pino carrasco constituyen una parte importante de su dieta, por lo que estos espacios resultan especialmente atractivos para ellas.
Durante los meses más cálidos, las ardillas también buscan agua. De ahí que puedan verse cerca de fuentes, estanques o piscinas particulares. Aunque rara vez se bañan, sí aprovechan los bordes para beber o refrescarse. Su curiosidad natural las lleva además a explorar terrazas, macetas y zonas de sombra.
Lejos de ser una molestia, su presencia suele considerarse un indicador de biodiversidad. Estos pequeños mamíferos desempeñan un papel ecológico relevante al dispersar semillas y favorecer la regeneración de los bosques. Muchas de las semillas que esconden para consumir posteriormente nunca son recuperadas y terminan germinando.
No obstante, la convivencia también plantea algunos retos. Ocasionalmente pueden dañar frutos secos, mordisquear sistemas de riego o acceder a comederos de aves. En cualquier caso, los expertos recomiendan evitar alimentarlas artificialmente para que mantengan sus hábitos naturales.
Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado hoy, sábado 20 de junio de 2026, losQUINCE millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó enblog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos.
¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. Quince millones de visitas cómplices, quince millones de gracias.
Apenas han transcurrido 31 días desde el martes 19 de mayo de 2026,cuando alcanzamos 14 millones de visitas. Menos que los 79 días que necesitamos para cada uno de los dos millones anteriores. Fueron 13 millones el 1 de marzo de 2026 (79 días). Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 15 millones de pasos juntos.
El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas.
Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque en apenas 3 días ya se contabilizan un cuarto de millón más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!
📊 ¡15 millones de gracias! Hoy celebramos un hito extraordinario: 15 millones de visitas en un blog nacido en 2005 con una sencilla vocación de compartir ideas, educación, tecnología, innovación, literatura, filosofía y aprendizaje a lo largo de la vida. https://t.co/ih3aGsBjYi… pic.twitter.com/qUZ3maCeUN
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 23, 2026
El 8 de junio de 1972, el fotógrafo Nick Ut capturó una imagen que el mundo no pudo ignorar ni olvidar. Por la carretera de Trang Bang, al sur de Vietnam, corría una niña de nueve años completamente desnuda, con los brazos abiertos y la boca abierta en un grito mudo. Su cuerpo ardía con napalm. Su nombre era Phan Thị Kim Phúc, y aquella fotografía —Premio Pulitzer al año siguiente— se convirtió en el símbolo más devastador de la guerra de Vietnam y, por extensión, de todas las guerras que castigan a los inocentes.
Lo que la imagen no podía mostrar era lo que vino después: el dolor. Las quemaduras cubrían el cuarenta por ciento de su cuerpo. Fue hospitalizada durante catorce meses. Sufrió diecisiete operaciones a lo largo de su vida. Los médicos no esperaban que sobreviviera. Sobrevivió.
Una infancia secuestrada por la propaganda. El gobierno comunista vietnamita comprendió rápidamente el valor propagandístico de aquella niña convertida en símbolo internacional. Kim Phúc fue utilizada como reclamo político durante años: exhibida ante periodistas, sometida a entrevistas controladas, obligada a representar el papel de víctima del imperialismo estadounidense. Sus estudios de medicina en Cuba —donde finalmente pudo escapar del guion oficial— le abrieron la mente y el corazón hacia otras formas de comprender el sufrimiento y la reparación. En 1992, durante una escala técnica en Terranova, Kim Phúc y su marido desembarcaron y solicitaron asilo en Canadá. Fue su segunda huida: la primera del fuego, la segunda de la mentira.
El budismo, el evangelio y el perdón. En su infancia había sido educada en el caodaísmo, religión sincrética vietnamita. Pero fue la conversión al cristianismo, ya adulta, lo que ella misma describe como el verdadero punto de inflexión. El perdón —no la resignación, sino el perdón activo, elegido, trabajado— se convirtió en el eje de su existencia. En 1996, durante una ceremonia en el Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington D.C., Kim Phúc pronunció unas palabras que conmovieron al mundo: «Si pudiera hablar cara a cara con el piloto que lanzó aquel napalm, le diría que lo perdono». El piloto, John Plummer, que había cargado con la culpa durante décadas, estaba entre el público. Se abrazaron.
La Fundación y el presente. Desde Canadá, donde reside con su familia, Kim Phúc fundó en 1997 la Kim Foundation International, dedicada a proporcionar asistencia médica y psicológica a niños víctimas de conflictos bélicos en todo el mundo. En 1997 fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, cargo que sigue ejerciendo con plena convicción. Ha publicado su memoria, Fire Road (2017), y continúa ofreciendo conferencias en universidades, parlamentos y foros internacionales.
Hoy, con más de setenta años, Kim Phúc sigue cargando las cicatrices físicas que el napalm le dejó para siempre. Pero lo que ofrece al mundo no son cicatrices: es un testimonio radical de que la dignidad humana puede sobreponerse al horror más extremo. En tiempos en que las imágenes de niños heridos en conflictos contemporáneos saturan nuestras pantallas sin apenas provocar reacción, la historia de Kim Phúc nos recuerda que detrás de cada fotografía hay una vida entera que merece ser escuchada, protegida y, sobre todo, no repetida.
La niña que ardió en 1972 lleva más de medio siglo enseñándonos algo que los tratados de paz rara vez consiguen: que el verdadero fin de una guerra ocurre dentro de cada persona, y que el perdón no es debilidad sino la forma más exigente de valentía.
Antes de la película, hay una precuela olvidada: cuando el fascismo tentó a América. Existe una convención historiográfica cómoda que sitúa a Estados Unidos en el bando inequívoco de los vencedores morales del siglo XX: el país que derrotó al nazismo, que exportó democracia y libertad, que se erigió en dique de contención frente a los totalitarismos. Precuela: una lucha de Estados Unidos contra el fascismo, de Rachel Maddow, publicado originalmente en inglés en 2023 y en español por Capitán Swing en febrero de 2026, hace trizas esa narrativa autocomplaciente con rigor historiográfico y urgencia política.
Rachel Maddow, politóloga de formación —doctora en Ciencias Políticas por Oxford— y conocida presentadora de televisión, desarrolló esta investigación a partir de su pódcast Ultra para MSNBC. El resultado es un ensayo de historia política que excava en los años treinta para desenterrar algo que la memoria colectiva estadounidense prefirió sepultar: una red articulada de fascistas domésticos que, en plena víspera de la Segunda Guerra Mundial, trabajó activa y coordinadamente para instaurar un régimen autoritario en suelo americano.
El argumento central del libro es, a la vez, sencillo y perturbador. A medida que el ascenso de Hitler hacía inevitable la Segunda Guerra Mundial, una red clandestina inundó Estados Unidos con desinformación destinada a debilitar su esfuerzo bélico y persuadir a los estadounidenses de que su alianza natural era con los nazis. Se trató de una campaña sofisticada y sorprendentemente bien financiada para socavar las instituciones democráticas, promover el antisemitismo y destruir la confianza ciudadana en sus líderes electos, con el objetivo final de derrocar al Gobierno y establecer un régimen autoritario.
Lo verdaderamente inquietante no es la existencia de grupos marginales de fanáticos —toda democracia los tiene— sino la extensión y la respetabilidad social de sus cómplices. Maddow repasa los esfuerzos de millonarios como el arquitecto Philip Johnson, gobernadores como Huey Long, senadores como Ernest Lundeen y otros miembros del Congreso que confabularon para que la ideología fascista aumentara su popularidad en Estados Unidos y fuese una alternativa a la democracia. Muchos incluso abogaron por pactar con Hitler, trabajaron para beneficiar su proyecto e intentaron sabotear el gobierno de Franklin Delano Roosevelt.
Un senador, Ernest Lundeen, contrató a un agente nazi como redactor de discursos; otro, Burton Wheeler, prestó su franco del Congreso —una firma facsímil que permitía el envío gratuito de correo— a grupos nazis financiados por Alemania. Cientos de policías de la ciudad de Nueva York se unieron al Frente Cristiano a finales de los años treinta, y la Guardia Nacional les proporcionó armas. No se trataba, pues, de conspiradores en los márgenes, sino de actores con poder institucional real.
El título del libro opera en varios registros simultáneos. En su sentido más literal, designa los hechos narrados como el capítulo anterior a la guerra que, a la postre, terminaría derrotando al fascismo europeo. Si lo que vemos ahora es la película de un gobierno que coquetea con el fascismo, la autora se encarga de mostrar los personajes y situaciones que conjugaron para que estas ideas puedan ser hoy atractivas para un porcentaje importante de los estadounidenses. La precuela no es, por tanto, solo un relato del pasado; es también la gramática que permite leer el presente.
Desde una perspectiva filosófica y política, el libro dialoga naturalmente con autores canónicos. Hannah Arendt ya advirtió, en Los orígenes del totalitarismo, que el fascismo no era una anomalía histórica sino una potencialidad latente en las sociedades modernas. Umberto Eco, en su célebre ensayo sobre el Ur-Fascismo, enumeró los rasgos recurrentes del fenómeno con independencia de su envoltura nacional. Maddow añade a este linaje una aportación empírica crucial: la demostración de que la nación que se relató a sí misma como inmune al virus autoritario nunca lo estuvo.
La historia de cómo se evitó la crisis es también un relato muy relevante para nuestros propios tiempos inquietantes. Y en esa relevancia reside la operación intelectual más honesta del libro: no pretende establecer una equivalencia mecánica entre el pasado y el presente, sino ofrecer un vocabulario histórico para nombrar procesos que, cuando carecen de nombre, se vuelven más difíciles de resistir.
Precuela no es un panfleto, aunque su autora tenga una posición política reconocible. Es, ante todo, un ejercicio de memoria democrática: el recuerdo de que la democracia no es un destino garantizado, sino una conquista frágil que cada generación debe, de nuevo, defender.
¿Y si el fascismo casi gana en EE.UU.? 🇺🇸 Descubre la inquietante historia oculta de los años 30 en nuestro nuevo post sobre "Precuela". https://t.co/FOIf7tw1Ud Analizamos desde la filosofía y la sociología cómo la mayor democracia del mundo estuvo al borde del abismo… pic.twitter.com/qYuxGUAjUg
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 17, 2026
Hace poco leíamos leíamos en El Correo a una librera de Getxo que apuntaba este libro como el más leído en nuestro municipio. Y nunca le habíamos dedicado un post, aunque sí varios a su autor Zweig. El mundo de ayer (leer parte en PDF) es la memoria de una Europa que el odio destruyó.
El autor, Stefan Zweig, ciudadano del mundo sin patria, nació en Viena el 28 de noviembre de 1881, en el seno de una familia judía
acomodada de la alta burguesía austro-húngara. Formado en la Viena imperial
—ese crisol cultural irrepetible donde convivían Mahler, Freud, Schnitzler y Klimt—, estudió Filosofía y Letras en Viena y Berlín, y pronto se convirtió en
uno de los escritores en lengua alemana más leídos del mundo. Traductor,
biógrafo, dramaturgo y narrador, Zweig cultivó una prosa de precisión
quirúrgica y extraordinaria sensibilidad psicológica.
En 1934, acosado
por el ascenso del nazismo y el antisemitismo, abandonó Austria y emprendió un
exilio que lo llevó a Londres, Nueva York y finalmente a Petrópolis, en Brasil.
Allí, en la madrugada del 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig y su segunda
esposa, Charlotte Altmann, pusieron fin a sus vidas mediante una sobredosis de
barbitúricos. Había terminado de escribir El mundo de ayer apenas unas semanas
antes de su muerte. El libro se publicó póstumamente en 1942.
La obra se
articula en grandes capítulos que van desde la juventud dorada en Viena —la
ciudad de la cultura, la tolerancia y el refinamiento— hasta la irrupción de la
Primera Guerra Mundial, la efímera ilusión de la República de Weimar, el terror
nazi y la Segunda Guerra Mundial. Zweig describe la Belle Époque con una
nostalgia que no es meramente sentimental, sino política y filosófica: aquella
Europa de fronteras abiertas, de pasaportes innecesarios y de intercambio
cultural sin trabas representaba para él la promesa más alta de la modernidad.
El naufragio
de esa promesa ocupa el centro dramático del relato. Con una lucidez
estremecedora, Zweig narra cómo el nazismo, la propaganda, el miedo y el
resentimiento fueron desmontando, pieza a pieza, el edificio de la convivencia
ilustrada que él había conocido. El antisemitismo, la quema de libros, la
persecución de los intelectuales, el exilio de la inteligencia europea: todo
ello desfila ante el lector con una verosimilitud que ningún manual de historia
puede igualar.
Zweig también
dedica páginas memorables a sus encuentros con figuras como Rodin, Rilke, Romain Rolland, Gorki, Freud, Joyce, Hofmannsthal y Herzl —cuya visión sionista
comprendió tarde, como él mismo reconoce—. Estos retratos funcionan como
pequeños lienzos de época, pero revelan también la fe de Zweig en la cultura
como antídoto frente a la barbarie, una fe que los hechos acabarían
desmintiendo.
Voces del libro: citas para la memoria: "Nunca había sido la Tierra más bella, nunca había sido la
libertad más grande, nunca había sido la riqueza más abundante, nunca había
sido la fe en el progreso más ardiente." "El judío europeo era, de todos los europeos, el más
europeo; había asimilado mejor que ningún otro pueblo la cultura
occidental." "Antes de la Primera Guerra Mundial, el mundo pertenecía a
todos. Cada uno podía ir adonde quisiera y quedarse cuanto tiempo le pareciese.
No existían permisos, no existían visados." "Quizás la mayor tragedia de mi generación es que hayamos
vivido en tres mundos distintos sin poder adaptarnos a ninguno de ellos." "He visto cómo las grandes ideologías colectivas destruyen
al individuo, al que solo le queda la opción de someterse o ser
destruido."
Vigencia: un espejo para el presente. Leer El mundo
de ayer en el siglo XXI no es un ejercicio de nostalgia histórica. Es una advertencia. Zweig describe con precisión los mecanismos mediante los cuales
una sociedad cultivada puede deslizarse hacia la intolerancia, el autoritarismo
y la violencia. La rapidez del derrumbe —apenas una década separa la República
de Weimar del Tercer Reich— interpela directamente a cualquier lector que viva
en una democracia y crea que los avances civilizatorios son irreversibles.
La escritura de Zweig es al mismo tiempo elegante y
urgente, íntima y universal. Su mirada sobre Europa —una mirada que amó ese
continente con la intensidad de quien lo perdió todo— convierte este libro en
una de las grandes obras de la literatura del siglo XX y en una lectura
imprescindible para quien quiera entender cómo el odio organizado puede arrasar
en pocos años lo que tardó generaciones en construirse.