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Cicatrices


El valor de una persona se juzga por sus cicatrices.

Dicen que Dios cuando nos evalúe no analizará nuestro currículo, ni nuestras medallas, ni nuestro patrimonio. Dicen que Dios nos valorará por la memoria de nuestras cicatrices. Las cicatrices miden no sólo las heridas que hemos sufrido, sino cómo las hemos curado. La existencia seguro que nos proporcionará más o menos cortes dolorosos de infelicidad, pero las cicatrices son curaciones de vitalidad y de deseo de luchar contra la injusticia y por mejorar las condiciones de vida nuestras y de los nuestros.

La misma experiencia no es sino una cicatriz. Todos vamos acumulando cicatrices, algunas en la piel, y muchas en el alma. Causadas por errores propios o ajenos, pero su cicatrización demuestra que en todos los casos supimos vencer o sobrellevar las dificultades. Las cicatrices deben mostrarse con orgullo, porque siempre nos recuerdan un episodio de superación.
Cuentan la historia de un niño que cayó al estanque de los cocodrilos en un zoológico. Su madre se asomó al borde del pozo y pudo asir a su hijo por el brazo, cuando las mandíbulas de un reptil ya le apresaban las piernas. El caimán era muy fuerte, pero el amor de madre sacó fuerzas de flaqueza y arrebató al cocodrilo su pieza. El niño sobrevivió a las desgarradoras heridas y pudo volver a caminar. Fue noticia famosa su recuperación. Todavía en el hospital, cuando los periodistas le pidieron fotografiar sus cicatrices, el niño se remangó la manga y mostró orgulloso las marcas de las uñas de su madre, quien no soltándole había salvado su vida.

El relato anterior nos recuerda que las heridas las sanamos con la ayuda de los demás, y especialmente de nuestra familia. De hecho nuestra madre nos dejó a todos, absolutamente a todas las personas, una imborrable cicatriz, la primera, que debe recordarnos su sacrificio al darnos la vida. Es una preciosa cicatriz, visible en el centro de nuestro tronco. Frecuentemente olvidamos su bendito origen maternal, y hasta lo confundimos con nuestro yo cuando nos miramos demasiado… el ombligo.

La niña del napalm, de la imagen más terrible a la paz

El 8 de junio de 1972, el fotógrafo Nick Ut capturó una imagen que el mundo no pudo ignorar ni olvidar. Por la carretera de Trang Bang, al sur de Vietnam, corría una niña de nueve años completamente desnuda, con los brazos abiertos y la boca abierta en un grito mudo. Su cuerpo ardía con napalm. Su nombre era Phan Thị Kim Phúc, y aquella fotografía —Premio Pulitzer al año siguiente— se convirtió en el símbolo más devastador de la guerra de Vietnam y, por extensión, de todas las guerras que castigan a los inocentes. 

Lo que la imagen no podía mostrar era lo que vino después: el dolor. Las quemaduras cubrían el cuarenta por ciento de su cuerpo. Fue hospitalizada durante catorce meses. Sufrió diecisiete operaciones a lo largo de su vida. Los médicos no esperaban que sobreviviera. Sobrevivió. 

Una infancia secuestrada por la propaganda. El gobierno comunista vietnamita comprendió rápidamente el valor propagandístico de aquella niña convertida en símbolo internacional. Kim Phúc fue utilizada como reclamo político durante años: exhibida ante periodistas, sometida a entrevistas controladas, obligada a representar el papel de víctima del imperialismo estadounidense. Sus estudios de medicina en Cuba —donde finalmente pudo escapar del guion oficial— le abrieron la mente y el corazón hacia otras formas de comprender el sufrimiento y la reparación. En 1992, durante una escala técnica en Terranova, Kim Phúc y su marido desembarcaron y solicitaron asilo en Canadá. Fue su segunda huida: la primera del fuego, la segunda de la mentira.

El budismo, el evangelio y el perdón. En su infancia había sido educada en el caodaísmo, religión sincrética vietnamita. Pero fue la conversión al cristianismo, ya adulta, lo que ella misma describe como el verdadero punto de inflexión. El perdón —no la resignación, sino el perdón activo, elegido, trabajado— se convirtió en el eje de su existencia. En 1996, durante una ceremonia en el Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington D.C., Kim Phúc pronunció unas palabras que conmovieron al mundo: «Si pudiera hablar cara a cara con el piloto que lanzó aquel napalm, le diría que lo perdono». El piloto, John Plummer, que había cargado con la culpa durante décadas, estaba entre el público. Se abrazaron.

La Fundación y el presente. Desde Canadá, donde reside con su familia, Kim Phúc fundó en 1997 la Kim Foundation International, dedicada a proporcionar asistencia médica y psicológica a niños víctimas de conflictos bélicos en todo el mundo. En 1997 fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, cargo que sigue ejerciendo con plena convicción. Ha publicado su memoria, Fire Road (2017), y continúa ofreciendo conferencias en universidades, parlamentos y foros internacionales.

Hoy, con más de setenta años, Kim Phúc sigue cargando las cicatrices físicas que el napalm le dejó para siempre. Pero lo que ofrece al mundo no son cicatrices: es un testimonio radical de que la dignidad humana puede sobreponerse al horror más extremo. En tiempos en que las imágenes de niños heridos en conflictos contemporáneos saturan nuestras pantallas sin apenas provocar reacción, la historia de Kim Phúc nos recuerda que detrás de cada fotografía hay una vida entera que merece ser escuchada, protegida y, sobre todo, no repetida.

La niña que ardió en 1972 lleva más de medio siglo enseñándonos algo que los tratados de paz rara vez consiguen: que el verdadero fin de una guerra ocurre dentro de cada persona, y que el perdón no es debilidad sino la forma más exigente de valentía.

La cultura del Kintsugi como el arte de la resiliencia

El kintsugi (金継ぎ o reparación dorada), también conocido como kintsukuroi (金繕い o reparación en oro), es una técnica tradicional japonesa que consiste en recomponer objetos de cerámica rotos utilizando barniz mezclado con polvo de oro, plata o platino. En lugar de ocultar las grietas o rupturas, el kintsugi las resalta, convirtiendo la imperfección en una parte valiosa y hermosa de la historia del objeto. 

Esta filosofía kintsugi refleja la idea de que las cicatrices y los defectos no deben ocultarse, sino que pueden ser una parte esencial de la belleza y la historia de algo o alguien. Kintsugi está profundamente ligado a conceptos. Las personas rotas no se descartan, ni se desechan; se reparan y sus cicatrices al igual que los objetos reparados con Kintsugi las hacen más valiosas y bellas. 

El resultado es una pieza que no solo ha sido reparada, sino transformada en algo único y valioso gracias a las marcas de su rotura. Las grietas doradas resaltan con elegancia los detalles de la pieza, mostrando la belleza de las imperfecciones y el arte de la restauración.

El kintsugi  es una perfecta materialización artística de la virtud de la resiliencia (posts varios), que demuestra que la naturaleza y los seres humanos somos capaces de adaptarnos y recuperarnos de cualquier proceso traumático.

@batsaaziel #kintsugi #reparate #repararse #reparation #resiliencia #resilience ♬ Believe (Inspirational Background Music) - Fearless Motivation Instrumentals

Crónica de Marcelo en el mundo real (II)

Gracias a la editorial Random House Mondadori, por mediación de Bloguzz, hemos podido disfrutar de este obra con algo de antelación respecto a su próxima fecha de lanzamiento: el viernes 4 de septiembre de 2009. Tras una lectura que se hace muy fácil (tres madrugadas de dos horas y media), sus trescientas páginas dejan un persistente sabor muy agradable. Hablan de amor, educación, aventura, fantasía,... con un lenguaje ameno y un relato variado. Las vivencias de Marcelo, su protagonista "especial" (en el espectro autista se acercaría a una "síndrome de Asperger"), nos revelan la complejidad de la vida, de cualquier adolescente, en cualquier familia, en cualquier sociedad.
El libro es una novela, pero contiene poesía en prosa. La bondad de alguien como Marcelo choca con la realidad de la vida, y el estruendo nos conmociona. Las características de Marcelo permiten a quienes leemos esta obra apreciar con mayor nitidez lo que acontece en el despertar de la juventud, cuando se avecina el encuentro con ese mundo real fuera del entorno familiar o del contexto escolar.
Marcelo descubre -lenta pero intensamente- qué es amar, se debate entre las viejas y las nuevas lealtades (que finalmente entrelaza), comprende que la imperfección existe en el mundo y aprende a navegar contra el oleaje de la procelosa realidad. Marcelo nos enseña mucho del ser humano: Nos enseña a perdonar, a olvidar, a proseguir, a reflexionar, a continuar, a avanzar,...
"Marcelo en el mundo real" es un perfecto regalo para niños y jóvenes, y para quienes han olvidado con la edad que la vida es bella, aún con sus cicatrices, sus penas, sus desdichas,... Libro recomendado para las navidades, para el cumpleaños de alguien joven, para alegrar las tristezas, para cantar a la vida y para hallar la belleza en nuestro alrededor.
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Algunos datos y curiosidades adicionales:
  • No se cita expresamente el "síndrome de Asperger" hasta la página 60 de la "edición anticipada", que cuenta con 300 páginas y otras dos finales con una nota del autor.
  • En la página 90 se advierte una grave errata, con un error físico que Marcelo jamás cometería. Al hablar de la tabla periódica, el protagonista dice: "Es una tabla de todos los elementos químicos ordenados por el número de átomos (protones, debería decir) que contienen".
  • La música citada en la página 231, la que quiso escuchar la madre de Jasmine en su agonía, Gymnopédies del compositor Erik Satie, fue el título de una de las libros que leímos y analizamos el verano pasado, obra de nuestro amigo bloger Fernando García Pañeda.
  • El dilema con intriga final, casi detectivesco, se resuelve de modo que no citaremos, pero sí indicaremos que habíamos imaginado un final más complejo y glorioso (que estaríamos dispuestos a compartir con quienes lean el libro y lo analicen en los comentarios).
  • [Avance del libro en un post anterior. Inclusión en nuestros goodreads.com (libros recomendados).]

Colecistectomía en personas mayores: pros y contras a saber

Este jueves 25-9-25, tras sufrir un cólico biliar el día anterior (y otros episodio similar del 9 de mayo, que no identificamos entonces), me han practicado una colecistectomía o extirpación de la vesícula biliar mediante una cirugía de laparoscopia convencional. Ha sido en la excelente Clínica Zorrotzaurre del IMQ en Bilbao. La colecistectomía (extirpación quirúrgica de la vesícula biliar) es una de las operaciones más frecuentes en personas mayores, sobre todo por cálculos biliares o complicaciones asociadas. 

Afortunadamente, gracias al equipo de los Doctores Poma y Corcóstegui, así como de todo el personal sanitario del IMQ, y tras tres noches hospitalizados ya estamos recuperándonos en casa. Como toda cirugía, tiene ventajas y desventajas que conviene conocer:

Pros (ventajas)

  1. Elimina el dolor y las crisis biliares. – Se acaban los cólicos biliares, que suelen ser intensos y recurrentes.
  2. Prevención de complicaciones graves. – Evita colecistitis aguda, pancreatitis biliar o ictericia obstructiva.
  3. Mejora la calidad de vida. – La mayoría de pacientes puede volver a una vida normal y sin restricciones severas.
  4. Cirugía segura y con recuperación rápida– Hoy suele hacerse por laparoscopia, con menos dolor postoperatorio y cicatrices pequeñas.
  5. No se necesita la vesícula para vivir– El hígado sigue produciendo bilis de manera continua, por lo que la digestión se mantiene.
Vistas desde la Clínica Zorrotzaurre del IMQ en Bilbao

Contras (posibles inconvenientes)

  1. Cambios digestivos. – Algunas personas sufren diarreas, gases o digestiones pesadas, sobre todo con comidas grasas.
  2. Dieta más delicada– Aunque se puede comer casi de todo, conviene moderar grasas, fritos y comidas muy pesadas.
  3. Síndrome poscolecistectomía (poco frecuente). – Dolor abdominal, acidez o diarrea persistente en un pequeño porcentaje de pacientes.
  4. Mayor riesgo de litiasis en vías biliares. – Raro, pero pueden aparecer piedras en los conductos tras la cirugía.
  5. Efectos en personas mayores o con otras enfermedades. – La cirugía, aunque segura, siempre tiene riesgos anestésicos y de recuperación.

En resumen: Lo positivo es que quita el dolor y previene complicaciones graves. Lo negativo es que puede dejar cierta sensibilidad digestiva, sobre todo con comidas grasas, aunque en la mayoría de casos se controla con dieta saludable. Ahora habrá que seguir un régimen cuidadoso (post siguiente), especialmente el primer mes.

Vistas desde la Clínica Zorrotzaurre del IMQ en Bilbao

Hiperarte Thomasson: Arqueología de lo inútil en la ciudad

Los objetos Thomasson: cuando lo inútil se convierte en arte. Hay un tipo de belleza que solo emerge por accidente. No la buscó ningún arquitecto, no la firmó ningún escultor, y sin embargo late en cada ciudad que envejece: puertas que se abren al vacío, escaleras que no conducen a ninguna parte, barandillas que ya no sostienen nada. A este fenómeno, el artista japonés Genpei Akasegawa lo bautizó en la década de 1980 como "Thomasson" o "Hiperarte Thomasson", un término que designa una estructura inútil, una anomalía arquitectónica que ha dejado de cumplir su función original y que, precisamente por ello, se convierte en obra de arte en sí misma.

El origen del nombre es una de esas ironías que solo la historia sabe fabricar. En 1981, los Yomiuri Giants ficharon al bateador estadounidense Gary Thomasson con un contrato millonario, pero su rendimiento en Japón resultó decepcionante: en su primera temporada batió el récord de eliminaciones sin batear, y la segunda la pasó casi entera en el banquillo, hasta que una lesión de rodilla puso fin a su carrera. Akasegawa, aficionado al béisbol, encontró en aquel jugador carísimo e improductivo la metáfora perfecta para lo que llevaba tiempo observando en las calles de Tokio: objetos costosos de mantener, incapaces ya de cumplir ninguna función, pero conservados con un cuidado casi devocional. 

El primer Thomasson documentado apareció en 1972, durante un paseo del artista por el barrio de Yotsuya. Se trataba de una escalera que no llevaba a ningún sitio: sin puerta arriba, sin acceso abajo. Lo desconcertante no era solo su inutilidad, sino que su pasamanos mostraba señales evidentes de reparación reciente, como si alguien, en algún departamento municipal olvidado, siguiera dedicándole mantenimiento pese a que hacía tiempo que había perdido todo sentido práctico. Esa contradicción —el cuidado invertido en lo que ya no sirve— es el núcleo filosófico del concepto: el objeto sobrevive a su propósito y, al hacerlo, se transforma en otra cosa.

Con el tiempo, Akasegawa y sus alumnos de la escuela Bigakko fueron catalogando variantes: puentes que no cruzan nada, túneles que no atraviesan nada, ventanillas de billetes tapiadas, balcones sin puerta de acceso. En 1981 fundó el Thomasson Observation Center, un archivo fotográfico casi entomológico de estas ruinas domésticas, y llegó a distinguir categorías con nombres tan inquietantes como poéticos, entre ellas la de los postes telefónicos cortados a media altura.

Lo que distingue al Thomasson de otras formas de arte encontrado —el ready-made duchampiano, por ejemplo— es precisamente la ausencia de intención. Nadie diseñó estas estructuras para ser contempladas; su condición artística nace por sustracción, cuando la función desaparece pero la forma permanece, cuidada, casi venerada por una burocracia que no sabe o no quiere borrarla. El Thomasson no tiene autor: solo un observador capaz de reconocerlo.

Para la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, el concepto ofrece algo más que una curiosidad estética. Nos obliga a mirar la ciudad no como un sistema perfectamente funcional, sino como un palimpsesto de decisiones abandonadas, de infraestructuras que sobreviven a los planes que las originaron. En un mundo obsesionado con la eficiencia y la obsolescencia programada, el Thomasson propone una mirada distinta: la de detenerse ante lo que ya no sirve para nada y, sin embargo, sigue ahí, insistiendo en su presencia. Es una lección de humildad para cualquier disciplina que aspire a la funcionalidad total, y un recordatorio de que la belleza, a veces, solo aparece cuando dejamos de exigirle un propósito a las cosas.

Resumen: La belleza involuntaria de lo que ya no sirve. Cuando la ciudad conserva lo que ha dejado de tener sentido. Genpei Akasegawa y el arte que nadie quiso crear. Lo que sobrevive sin propósito: una lección de arquitectura. El mantenimiento de lo inservible como forma de arte. Fotografiar las cicatrices funcionales de la ciudad.

@la.inercia Una de mis historias favoritas sobre la arquitectura y el arte es El Thomasson. Un elemento arquitectónico convertido en arte por su propia inutilidad. Algo que llamaríamos, hiperarte gracias al artista contemporáneo que lo descubrió y trabajó como arte conceptual y que incluso, se volvió colaborativo. Para saber el origen del nombre recomiendo a Pedro Torrijos que hizo un video muuuuy chulo sobre el tema ❤️ #arquitectura #architecture #historiadelarte #arte #arquitectos ♬ sonido original - la.inercia

Marcha Radetzky: compás que aplaude su propia contradicción

Repasaremos el álbum musical que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts). Cada 1 de enero, cuando el reloj del Musikverein vienés marca el final del Concierto de Año Nuevo, miles de espectadores en todo el mundo comienzan a batir palmas al compás de una pieza que dura apenas dos minutos y medio. Pocos de ellos —quizá ni siquiera los japoneses que la corean con más entusiasmo, como se ha señalado con cierta ironía— se detienen a pensar en lo que están celebrando. La Marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss padre en 1848 en honor al mariscal de campo austríaco conde Joseph Wenzel Radetzky, es mucho más que un bis festivo: es un artefacto sonoro donde se condensan las tensiones no resueltas de un imperio y, por extensión, de toda modernidad que celebra sin memoria.

El contexto de su composición resulta decisivo (otros posts). El 31 de agosto de 1848 se celebró una fiesta en el Wasserglacis de Viena, y Strauss padre recibió el encargo de contribuir con una composición, justo en el año revolucionario que sacudía Europa entera. Strauss se posicionó claramente del lado de los leales al emperador, en contraste con su propio hijo, que simpatizaba con los revolucionarios. Ese enfrentamiento doméstico —padre e hijo en bandos opuestos de la historia— anticipa ya el destino ambiguo de la pieza. Radetzky había derrotado al ejército sardo en la batalla de Custozza el 25 de julio de 1848, a la edad de 81 años, consolidando el poder austríaco en el norte de Italia y fortaleciendo a las fuerzas conservadoras frente a los levantamientos liberales surgidos tras la Revolución de Marzo.

Aquí reside la paradoja que interesa a cualquier lector atento a la relación entre estética y poder: la marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austríaco, pero cuando Radetzky tomó parte después en la represión del movimiento revolucionario en el propio territorio austríaco, la pieza pasó a ser vista como símbolo reaccionario. Strauss padre, recordemos, no era ajeno a la polémica: sus propios compatriotas llegaron a llamarle traidor por su fidelidad a la Corona. Componer para el poder, incluso en clave puramente festiva, nunca ha sido un gesto neutral.

Esta ambivalencia encontró su traducción literaria más lúcida en Joseph Roth, cuyo título de 1932 tomó prestado el nombre de la pieza. La marcha Radetzky de Roth narra el declive y la caída del imperio austrohúngaro a través de la historia de la familia Trotta, y no es casual que exista un paralelismo entre las vicisitudes de esa familia y las que padeció la propia marcha, expresión primero del nacionalismo austríaco y después símbolo reaccionario. La música, convertida en metáfora narrativa, se transforma en el eco melancólico de un mundo que se sabe condenado incluso mientras baila.

Cabe además una reflexión sobre la memoria histórica selectiva del propio ritual navideño-vienés. El Concierto de Año Nuevo se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939, por iniciativa del entonces ministro de Propaganda del régimen nazi, aunque la Radetzky no se sumó al programa hasta después de la guerra. Que una pieza nacida de la represión de 1848 se instalara en un concierto de origen tan comprometido añade una capa más de sedimento histórico bajo los aplausos.

Musicalmente, la marcha no es un artefacto tan original como su fama sugiere: Strauss ya había empleado el tema en su Jubel-Quadrille, y su ritmo guarda un notable parecido con el segundo tema del Allegro de la Sinfonía n.º 100 de Haydn. Aun así, su poder de convocatoria —ese aplauso colectivo, casi litúrgico, que Gustavo Dudamel u otros directores invitan a compartir— revela algo profundamente humano: la necesidad de ritual compartido, incluso cuando el ritual celebra, sin saberlo del todo, las cicatrices no cerradas de la propia historia.

ResumenStrauss padre, Radetzky y el vals contra la revolución de 1848. Cómo una marcha militar se volvió símbolo reaccionario en Viena. Joseph Roth y la melancolía del imperio en la Marcha Radetzky. El aplauso ritual del Concierto de Año Nuevo y su origen incómodo. Padre contra hijo: Strauss y las dos caras de 1848. La marcha que celebra una represión sin que el público lo sepa. El himno no oficial de Austria y su pasado contradictorio. 

Buena o mala suerte

Ludger Sylbaris fue un caso extremo de la conocida historia que narra aquello de quién sabe si algo es buena o mala suerte. El 8 de mayo de 1902, el volcán del Monte Pelée estalló y en un instante aniquiló a los 30.000 habitantes del puerto de St. Pierre, quienes habían sido tranquilizados por el alcalde en plena campaña electoral. Murieron todos, excepto un joven negro, Auguste Ciparis, encerrado en una celda de castigo provista únicamente de una diminuta ventana enrejada. Fue descubierto cuatro días después por las brigadas enviadas desde la capital de la Martinica. Indultado y convertido de improviso en un Lázaro renacido, pasó a llamarse Ludger Sylbaris hasta su muerte en 1929. Fue exhibido como estrella renombrada del circo Barnum&Bailey, donde mostraba sus cicatrices producidas por el tórrido aire volcánico.

"Tres Gymnopedias" de Fernando García Pañeda (I/III)

Prometimos a nuestro amigo de Aprendices, Fernando García Pañeda, en la pasada Feria del Libro de Bilbao una lectura reposada y análisis de su tercera obra, "Tres Gymnopedias". Hoy, ahora, he leído la primera parte, la de la hermana mayor Emma. De un tirón, en apenas media hora gozosa. Inicialmente, pensé en Twittear la lectura; pero la historia que nace lenta, intimista y un tanto deprimente (al menos, para este luminoso verano), pronto nos atrapa con algo tan improbable como el diario (o delirio) de una mujer castigada, resentida y que trata de rehacer su vida con el insólito recurso de la maternidad. La ternura del relato, y la solidaridad que despiertan estas tres (cuatro) almas femeninas, obligan a proseguir la trama que se va desvelando y que protagonizan estas mujeres, muy reales, muy cotidianas, muy cercanas, muy nuestras, con esa sinceridad que se aprecia cuando sintoniza con las cicatrices que todos llevamos por el desgaste de la vida. Sólo estas primeras páginas acreditan la destreza narrativa de Fernando García Pañeda, su validez escritora, su sensibilidad humana. Prefiero degustar el libro, en tres jornadas consecutivas que aquí relataré, para acompasar el ritmo de la existencia descrita con el relajo del estío, que concita concurrencias espacio-temporales inexcusables,... Hay que convivir con otras lecturas, con otros encuentros, con otras amistades,... Pero este libro, como concluye la primera parte nos brinda una enseñanza inigualable y poética, que ahora cito, cuando la nueva madre comprende que ahora"estamos aprendiendo a querernos...". [Abajo, un vídeo de la Red Ning de Blogs y Libros con el esquema del libro recomendado] Web oficial de la obra. Technorati tag: .

Releyendo a clásicos, como Cervantes o Joyce

Los autores clásicos que aborrecimos en la educación secundaria, por qué merecen una segunda oportunidad en la etapa adulta. Cómo leer a Joyce (otros posts) y a Cervantes (otros posts) sin morir en el intento (y por qué ahora sí nos gustarán). Don Quijote y Ulises no eran aburridos: Sólo que entonces éramos demasiado jóvenes. La redención de las grandes obras tras la obligatoriedad de la secundaria. Quizá los odiamos a los 16 años… hoy los necesitamos a los 30, 50 o 70 años. Ahora sin exámenes ni resúmenes obligatorios: hoy daremos una guía para redimirlos.

Muchos, no todos, guardan cicatrices literarias de nuestra adolescencia. Para muchos, el Quijote representa tardes interminables descifrando un castellano impenetrable, mientras que Ulises —si tuvieron la desgracia de encontrárselo en bachillerato— equivale a un trauma permanente. Pero ¿y si el problema nunca fueron ellos, sino el sistema que nos obligó a leerlos cuando aún no estábamos preparados?

El fracaso pedagógico: cuando enseñar mata el placer La educación secundaria comete un error fundamental al abordar los clásicos: los trata como deberes morales en lugar de experiencias estéticas. Se nos impone la lectura de obras maestras con el mismo espíritu con que se administra un medicamento amargo pero necesario. El resultado es predecible: generaciones enteras asocian a Cervantes con el aburrimiento y a Joyce con la incomprensión.

El problema radica en la brecha cognitiva y experiencial. Un adolescente de 15 años carece del bagaje vital para apreciar la melancolía de Don Quijote contemplando su biblioteca en llamas, o la densidad del monólogo interior de Molly Bloom. La ironía cervantina requiere haber conocido el desengaño; la experimentación joyceana exige familiaridad previa con las convenciones narrativas que dinamita. Pedirles a los estudiantes que disfruten estas obras es como esperar que un novato aprecie el jazz avant-garde sin haber escuchado nunca música. Lo que no nos dijeron es que Leopold Bloom también es obscenamente divertido, tierno y sucio.

Además, la metodología es desastrosa. Los clásicos se diseccionan en busca de "temas" y "recursos literarios", convirtiendo la lectura en una autopsia. Se fragmenta el texto en capítulos obligatorios, se exigen resúmenes que demuestren que se ha leído (aunque no se haya comprendido), y se evalúa mediante exámenes que miden memorización, no sensibilidad. No es sorprendente que muchos estudiantes terminen odiando precisamente aquello que debería liberarlos.

La relectura adulta: Descubrir lo que siempre estuvo ahí Volver al Quijote con treinta o cuarenta años es una revelación. Lo que en la adolescencia parecía un ladrillo polvoriento se transforma en una comedia sofisticada sobre la naturaleza de la ficción y la realidad. El humor de Cervantes —sutil, compasivo, profundamente humano— cobra sentido cuando uno ha vivido lo suficiente para reconocer sus propias quijotadas: esos momentos en que la imaginación choca contra el mundo real.

La madurez permite apreciar la ternura con que Cervantes trata a su protagonista enloquecido. Don Quijote no es simplemente un loco ridículo, sino un idealista conmovedor en un mundo pragmático y desencantadoSus fracasos resuenan porque todos hemos sido derrotados por la realidad. Su dignidad, incluso en el ridículo, nos conmueve porque reconocemos en él nuestra propia vulnerabilidad. Alonso Quijano no es solo un loco; es un hombre que se niega a aceptar que el mundo es un lugar gris, burocrático y sin magia. Su lucha es la lucha contra el cinismo. Y Sancho Panza deja de ser el tonto glotón para convertirse en la representación de la lealtad más pura. La relectura adulta revela que el Quijote es un libro sobre cómo mantener la dignidad cuando la realidad te dice que eres irrelevanteEso es algo que un adolescente difícilmente puede captar, pero que un adulto siente en los huesos.

Con Joyce ocurre algo similar, aunque más extremo.  Ulises es objetivamente difícil, pero la dificultad es parte de su placer. Leerlo como adulto, sin la presión de un examen inminente, permite saborear su virtuosismo lingüístico, su ambición enciclopédica, su humor escatológico y su celebración de lo ordinario. Leopold Bloom, caminando por Dublín durante un día cualquiera, se convierte en un héroe moderno precisamente por su normalidad. Pero esa revelación exige paciencia, curiosidad y cierta experiencia de vida. Joyce es, ante todo, divertido y profundamente humano.

Cómo leerlos ahora: estrategias para la segunda oportunidad: 

Busca alternativas: Escuchar audiolibros como puerta de entrada o lee en grupo, para compartir dudas y descubrimientos enriquece la experiencia.

Elimina la obligación. Lee sin presión, sin calendario, sin necesidad de "terminarlo". Los clásicos no son montañas que conquistar, sino territorios que explorar.

Busca ediciones comentadas. Una buena introducción y notas al pie pueden iluminar referencias oscuras sin infantilizar al lector. Para el Quijote, la edición del Instituto Cervantes es accesible; para Joyce, las guías de lectura son prácticamente necesarias.

Acepta la dificultad. No entenderlo todo no es fracaso, es parte del proceso. Joyce escribió Ulises para mantener ocupados a los críticos durante siglos. No necesitas descifrar cada alusión para captar su belleza.

Lee en voz alta. Cervantes y Joyce escribieron con un oído exquisito para el ritmo y la sonoridad. Escuchar el texto añade una dimensión que la lectura silenciosa pierde.

Contextualiza sin academicismo. Comprender la España del siglo XVII o la Irlanda colonial enriquece la lectura, pero no te conviertas en historiador. Una biografía breve de los autores suele bastar.

Los clásicos que odiaste en el instituto no eran los culpables. El momento era erróneo, el enfoque era equivocado, y tu yo adolescente simplemente no estaba listo. Ahora sí lo estás. Dale a Cervantes y a Joyce —y a todos esos libros que abandonaste con resentimiento— la segunda oportunidad que merecen. Puede que descubras que el problema nunca fue la literatura, sino cómo te enseñaron a no amarla.

Síndrome de Dorian Gray en Silicon Valley: Séneca o Biohacking

¿Por qué estamos obsesionados con vivir para siempre si no sabemos en qué ocupar un domingo por la tarde? Nos hemos convertido en los gerentes de nuestra propia biología. Si te levantas hoy y lo primero que haces no es mirar por la ventana, sino consultar una aplicación que te dice qué tal has dormido (porque tu propia sensación de descanso ya no tiene autoridad), bienvenido: eres parte del “Yo Cuantificado”.

Vivimos en la era de la optimización total. Desde los protocolos de longevidad de millonarios tecnológicos como Bryan Johnson (otros posts nuestros) —quien gasta dos millones de dólares al año para tener los órganos de un adolescente— hasta el uso casual de nootrópicos y medidores de glucosa en personas sanas. El cuerpo ha dejado de ser el templo del espíritu para convertirse en un hardware defectuoso que necesita parches constantes, updates y mantenimiento preventivo.

El cuerpo como máquina, la educación como software. Esta visión mecanicista no se queda en el gimnasio o en la farmacia; ha infectado nuestras escuelas y bibliotecas. En la educación moderna, cada vez se habla menos de "formación del carácter" o de "sabiduría" y más de "adquisición de competencias", “rendimiento cognitivo” y "eficiencia". Tratamos a los estudiantes como discos duros que hay que desfragmentar y llenar de datos útiles para el mercado.

Si un niño se distrae mirando una mosca, buscamos una etiqueta diagnóstica y una solución química para "reoptimizar" su atención. Hemos olvidado lo que el filósofo Byung-Chul Han (otros posts) llama "el aroma del tiempo": la capacidad de demorarse en las cosas, de aburrirse, de contemplar sin un fin productivo.

La literatura como resistencia a la eficiencia. Aquí es donde los libros —los buenos, los difíciles, los lentos— se vuelven revolucionarios. Leer En busca del tiempo perdido de Proust o enfrentarse a la densidad de Thomas Mann es, bajo la óptica moderna, una pérdida de tiempo imperdonable. No es eficiente. No te hace más rico. No baja tu cortisol de inmediato.

Sin embargo, la literatura nos recuerda una verdad incómoda que el biohacking intenta ocultar: somos finitos, somos falibles y vamos a morir. Los estoicos, como Séneca, no buscaban la inmortalidad física, sino la robustez moral. En su tratado Sobre la brevedad de la vida, Séneca nos advierte: "No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho". Pero su definición de "perder tiempo" no era dejar de trabajar para mirar las nubes; era precisamente lo contrario: gastar la vida en ocupaciones vanas, en la ansiedad por el futuro, en la obsesión por controlar lo incontrolable.

El miedo detrás del dato. ¿Qué hay detrás de esta obsesión por medir nuestros pasos, nuestras calorías, nuestras fases REM y nuestra variabilidad cardíaca? Miedo. Un pánico profundo al azar y a la decadencia.

Al tratar de convertirnos en máquinas biológicas perfectas, estamos extirpando lo que nos hace humanos: la vulnerabilidad, la pasión (que etimológicamente significa "sufrimiento" o "padecer") y el placer no utilitario. Comer ya no es un acto cultural y hedónico, es "ingesta de macros". Leer no es un diálogo con los muertos, es "procesamiento de información".

Conclusión: La rebelión de lo inútil. No estoy en contra de la ciencia ni de la medicina. Aspiro a la longevidad (centenares de posts). Vivir más y mejor es un triunfo de nuestra especie. Pero hay una línea delgada entre cuidar el vehículo y olvidar el viaje.

Quizás la verdadera salud hoy en día no se mida en un reloj inteligente. Quizás la salud mental resida en la capacidad de leer un poema sin buscarle la utilidad, en comer un trozo de pan sin pensar en el pico de glucosa, y en aceptar que nuestras arrugas y cicatrices no son errores del sistema, sino el mapa de que hemos estado aquí, de que hemos vivido, y de que, afortunadamente, no somos robots. Dejemos de optimizar un poco. Empecemos a vivir.

Niños enemigos


¿La exaltada seguridad debe prevalecer sobre los derechos humanos?



Publican los periódicos la horripilante noticia, perdida en la sección de información internacional, de que el Gobierno Bush libera a 3 niños de Guantánamo porque "no poseen información válida y ya no representan una amenaza para la seguridad nacional”. Estos “enemigos” tenían entre 11 y 13 años cuando fueron capturados hace 24 meses en Afganistán, donde serán retornados con la ayuda de una ONG. Según el ejército norteamericano “la edad no es un factor determinante. Nosotros detenemos a combatientes enemigos que atacan a nuestras fuerzas armadas o ayudan a quienes lo hacen”, y aseguran las fuentes militares que la campaña de presiones encabezada por grupos de derechos humanos de todo el mundo no ha influido en su decisión de liberarlos, que se produce únicamente porque ahora se les considera “no peligrosos”.

Estos críos, junto a otro centenar de chiquillos que no alcanzan ni la edad de la preadolescencia, han permanecido incomunicados al igual que todos los prisioneros en el campo de concentración de Guantánamo. Mientras la lenta justicia estadounidense estudia varios recursos sobre la constitucionalidad de la detención indefinida de estos presos sin que les formulen cargos y acepta, a instancias del abogado representante de la administración Bush, Ted Olson (el mismo que convenció a los magistrados en 2000 de que Gore no debía ser el presidente), el desquiciado argumento de que “otorgarles el derecho a defensa a los sospechosos de terrorismo interferiría con los interrogatorios claves para la seguridad nacional”.

Estos sucesos son repulsivos, ¿o sólo nos lo parece así a algunos? El fatídico 11-S se evaporaron todas las esencias democráticas del mundo occidental y se propagó algún extraño virus (no aquel ántrax del que nunca se volvió a hablar), que ha pervertido nuestras almas en pro de la idolatrada seguridad, y parece que ya ni la infancia es inocente. Muchos jamás aceptaremos la culpabilidad de un niño, ni un castigo de alejamiento de su familia y entorno. Milton dijo que “de todas las personas, los niños son las más imaginativas porque se entregan sin reservas a todas las ilusiones”. Esos niños procedían de familias talibanes y, simplemente, querían a sus padres. Eso no es un delito.

Se agolpan los pensamientos de educadores y filósofos que supieron valorar la infancia y cuyas enseñanzas parece que hemos olvidado: Da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón. Debe cultivarse en la infancia preferentemente sentimientos de independencia y dignidad. El amor es para el niño lo que el sol para las flores: No basta pan: necesita caricias para ser bueno y para ser fuerte. Los niños necesitan más de modelos que de críticos. El niño es como un barro suave donde puedes grabar lo que quieras... pero esas marcas se quedan en la piel... esas cicatrices se marcan en el corazón... y no se borran nunca. Terminemos con dos axiomas: Los niños usan los puños, hasta que alcanzan la edad en que pueden usar el cerebro, de Robert Browning y la de Juvenal: El niño es acreedor al máximo respeto.

Riqueza verdadera

Descubriendo la grandeza de algunas gentes, que por nuestra pereza y simpleza suele pasarnos desapercibida.

Todos los días, mi esposa Carmen y yo paseamos por Getxo. Nuestro recorrido predilecto va desde el Puente Colgante hasta el Puerto Nuevo, donde la elegante y variada arquitectura capitula ante la belleza natural de la costa vasca. En apenas dos kilómetros pueden verse desde gigantescos barcos mercantes que navegan por la Ría Nervión-Ibaizabal hasta gráciles veleros o ferries por el Abra de Bilbao, tres playas y varios monumentos históricos junto a palomas y gaviotas, pero lo mejor es la gente con la que te encuentras.

Ayer caminando en nuestro trayecto habitual, descubrimos que vivimos entre personas “ricas”. Pero “ricas” de verdad. Queremos compartir nuestro hallazgo, porque en todas las sociedades y en todos los pueblos hay “gente acaudalada”, pero no son necesariamente los “millonarios en dinero” que creemos por ser tan visibles. La genuina riqueza se disfraza, muy a menudo, de enfermedad, de pobreza, de flaqueza, de torpeza y de crudeza en la corteza. Porque la auténtica fortaleza reside interiormente en la sutileza de la agudeza, en la certeza de la entereza y en esa nobleza que sólo otorga la proeza de sobrevivir.

Quizá sea grandeza y delicadeza, mejor que riqueza, lo que caracteriza a estas personas de firmeza y gentileza, de dureza y pureza, de belleza con tristeza, justeza y largueza. Sólo los niños “reconocen” a esas personas que se han hecho “grandes”, día a día, porque cabeza, listeza, destreza, franqueza y realeza se acumulan únicamente ganando la batalla cotidiana de la existencia, atesorando arrugas que son las cicatrices de la experiencia.

Si aún no lo has entendido, quizá necesites unas horas más, unos meses más o unos años más. Con suerte al final serás tan ‘rico’ como cualquier anciano, y todo lo comprenderás. Porque no hablamos de riqueza económica, sino de riqueza en pasado, en alegría compartida, en vida subsistida y transmitida. Nos referimos a los “verdaderos ricos” que son los abuelos de la Tierra, los aristócratas de la Vida, los añosos vencedores del Tiempo.

Artículo ilustrado en: http://mikel.agirregabiria.net/2005/riqueza.htm