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Preguntas que Google no podía responder y la IA sí

Hoy que hacia las 16h hemos alcanzado los 22 millones de visitas (posts) tras 11 días desde el anterior millón, nos planteamos que supone la IA en la carrera por la información.  Google señalaba, la IA responde: ¿qué cambia cuando preguntamos? Veamos una breve historia de la evolución desde el siglo XIX. En 1896, un abogado belga llamado Paul Otlet abrió en Bruselas un servicio singular: quien pagara podía enviarle una pregunta por correo y recibir copias de las fichas que la respondían. Su archivo, que acabaría llamándose Mundaneum, llegó a reunir millones de ellas. Era un buscador de papel, y funcionaba con sellos.

Más de un siglo después, Google resolvió la misma tarea en milisegundos. Su algoritmo de 1998, PageRank, medía la importancia de una página por los enlaces que la señalaban: señalar, convertido en método. Como el Mundaneum, nos devolvía documentos, no respuestas. Como los Pínakes de Calímaco en la Alejandría del siglo III a. C., como las remisiones de la Enciclopedia de Diderot —con las que trató de sortear la censura—, como el memex que Vannevar Bush imaginó en 1945: instrumentos para llegar al saber, no para entregarlo. Por eso había preguntas que Google no podía responder y que la inteligencia artificial sí contesta, con ventajas y con riesgos. 

Las preguntas que Google no podía responder. Google brilló con lo que ya tenía página: el horario de un tren, el año de una batalla. Fallaba cuando la pregunta no coincidía con nada escrito, y eso ocurre más de lo que parece: Google repite desde 2013 que el 15 % de sus búsquedas diarias son inéditas. Hablamos de preguntas compuestas («¿qué ruta de tres días me conviene por Lisboa si no soporto las cuestas?»), de preguntas con nivel («explícame la entropía como a un estudiante de Filología») o de preguntas que piden réplica («dame tres objeciones serias a este argumento»). Ante ellas, el buscador nos dejaba diez enlaces y el trabajo de síntesis por delante. 

Lo que cambia con la inteligencia artificial. La IA cambia la forma de pedir y de recibir: la pregunta puede ser un pensamiento entero, la respuesta llega compuesta y cabe la réplica. Google lo constata con sus propios datos: en mayo de 2026 informó de que, en Estados Unidos, la consulta media de su Modo IA triplica en longitud a la de una búsqueda tradicional.

Aquí asoma la paradoja. Con Google había que juzgar entre diez páginas; con la IA se corre el riesgo de aceptar una sola voz que suena segura. Un estudio de la Unión Europea de Radiodifusión y la BBC (octubre de 2025) halló al menos un problema significativo en el 45 % de las más de tres mil respuestas que cuatro asistentes dieron a preguntas sobre noticias, desde fuentes mal atribuidas hasta datos inventados u obsoletos. Los modelos mejoran deprisa; la comprobación sigue siendo cosa del lector. Y hay un efecto de segundo orden. En marzo de 2025, Pew Research Center observó, en una muestra de 900 adultos estadounidenses, que ante un resumen de IA los usuarios de Google pulsaban un enlace tradicional en el 8 % de las visitas, frente al 15 % cuando no lo había. Si la respuesta nos basta, ¿quién visitará las páginas de las que se nutre? A quienes escribimos en la red la pregunta nos concierne. 

Buscar sigue siendo cosa nuestra. Cambian los instrumentos —rollo, ficha, enlace, conversación—; la tarea de dudar y comprobar sigue siendo nuestra. La IA puede ahorrarnos el rastreo, no la duda. Concluimos con 5 preguntas, la quinta es la mejor, que antes exigían mucho trabajo:

1. ¿Cómo se relacionan tres ideas que aparecen en disciplinas diferentes? Podemos pedir que se conecten, por ejemplo, la neurociencia del aprendizaje, la motivación escolar y el diseño de herramientas educativas. Antes necesitábamos localizar artículos especializados, leerlos y construir una síntesis. Ahora podemos solicitar un primer mapa conceptual, pedir ejemplos y profundizar en las relaciones que nos interesen. La respuesta inicial no sustituye la investigación: nos ayuda a comenzar.

2. ¿Puedes explicármelo de tres maneras distintas? Un mismo concepto puede explicarse a un niño de diez años, a un estudiante universitario o a una persona especializada. La IA permite adaptar vocabulario, extensión y ejemplos, además de reformular una explicación cuando no la entendemos. Para la educación, esta capacidad abre oportunidades de personalización difíciles de conseguir mediante una página estática. 

3. ¿Qué tienen en común dos acontecimientos separados por siglos? Podemos comparar revoluciones tecnológicas, sistemas educativos o crisis económicas, solicitando semejanzas, diferencias y límites de la comparación. El buscador tradicional encontraba documentos sobre cada asunto; la IA puede proponer una estructura comparativa que después debemos comprobar.

4. ¿Qué información necesito para tomar una decisión? Ante una compra, un viaje o la elección de una tecnología, podemos pedir criterios, ventajas, inconvenientes y preguntas pendientes. La respuesta resulta especialmente útil cuando no sabemos todavía qué debemos investigar. Si la decisión afecta a nuestra salud, patrimonio o derechos, las fuentes autorizadas y el asesoramiento profesional siguen siendo esenciales.

5. ¿Qué preguntas no me estoy haciendo? Quizá esta sea la posibilidad más interesante. Podemos presentar una idea, un proyecto educativo o un argumento y pedir que identifique supuestos ocultos, objeciones y perspectivas alternativas. La IA puede ayudarnos a pensar contra nuestras propias intuiciones, siempre que no confundamos sus sugerencias con una evaluación infalible.

Dónde quemamos más calorías: Cerebro o gimnasio


Resumen: Se analiza el fascinante equilibrio energético del cuerpo humano, cuestionando si el esfuerzo intelectual puede competir con el gasto del ejercicio físico. Cita investigaciones de autoridades como el neurobiólogo Robert Sapolsky para explicar cómo el estrés mental intenso y la alta concentración pueden disparar el consumo calórico a niveles equiparables en casos extremos al de atletas de élite, y subraya que el cerebro, pese a su peso, consume de forma constante cerca del 20% de nuestra energía diaria.

En muy diversas ocasiones hemos aducido que convendría conocer a fondo la anatomía del gasto energético en los seres humanos. En la era del fitness digital, hemos caído en la trampa de ver el cuerpo humano como una simple caldera donde las calorías se "queman" a voluntad. Sin embargo, bajo la lente de la biofísica y la filosofía natural, el consumo energético es el testimonio de nuestra resistencia contra la entropía. Mantener el orden biológico en un universo propenso al caos no es gratis; es, de hecho, extraordinariamente costoso.

¿En qué invierte realmente su "capital calórico" una persona? La respuesta nos aleja del gimnasio y nos introduce en el silencioso y fascinante mundo del mantenimiento celular.

El Metabolismo Basal: El impuesto por existir. La mayor parte de nuestra energía no se gasta corriendo maratones ni levantando pesas. Se consume en el silencio absoluto de nuestros órganos. El Gasto Metabólico Basal (GMB) representa entre el 60% y el 75% del consumo total diario. Es el coste energético de mantenernos vivos en estado de reposo absoluto: el latido cardíaco, la función renal, la síntesis de proteínas y, sobre todo, el mantenimiento de los gradientes iónicos. Para la ciencia, este gasto es predecible pero complejo. Una de las herramientas más precisas para estimarlo es la ecuación de Mifflin-St Jeor. Este cálculo nos recuerda que, incluso en el sueño más profundo, somos una hoguera química de alta intensidad.

El Cerebro: El aristócrata de la energía. Dentro de ese gasto basal, destaca un tirano metabólico: el cerebro. Representa apenas el 2% de nuestra masa corporal, pero devora el 20% de nuestra glucosa y oxígeno. A diferencia del tejido muscular, que puede reducir su consumo casi a cero en reposo, el cerebro nunca se detiene.

Su gasto no se debe necesariamente a "pensar" en términos intelectuales, sino a la infraestructura de la consciencia. La mayor parte de su energía se destina a la bomba de sodio-potasio, el motor molecular que mantiene las neuronas listas para disparar. Desde una perspectiva pedagógica, esto explica por qué el aprendizaje profundo es agotador: la fatiga cognitiva es una realidad física, no una falta de voluntad.

El margen de la acción: Digestión y Movimiento. El porcentaje restante del presupuesto diario se divide en dos categorías: 1º Efecto Térmico de los Alimentos (ETA): Aproximadamente un 10%. Es la energía necesaria para digerir, absorber y metabolizar los nutrientes. Es la ironía de la vida: necesitamos gastar energía para obtener energía. 2º Termogénesis por Actividad (15-30%): Aquí se incluye tanto el ejercicio voluntario como el NEAT (Non-Exercise Activity Thermogenesis), que abarca desde caminar al trabajo hasta gesticular o mantener la postura.

Reflexión ética: Habitar la máquina. Entender nuestro desglose energético debería cambiar nuestra relación con el cuerpo. En una sociedad obsesionada con "quemar" calorías, olvidamos que la mayoría de ellas se usan para sostener la vida y el pensamiento.

Educar en salud no debería ser un ejercicio de restricción punitiva, sino de admiración ante una maquinaria que, con apenas la energía de una bombilla de 100 vatios, es capaz de amar, crear teorías físicas y sentir el paso del tiempo. Somos, en esencia, un flujo de energía que ha aprendido a decir "yo".

ComponenteGasto EstimadoFunción Principal
Metabolismo Basal60 - 75%Mantenimiento orgánico y celular.
Cerebro (dentro del Basal)~20%Potenciales de acción y sinapsis.
Efecto Térmico (ETA)~10%Digestión y procesamiento.
Actividad Física15 - 30%Movimiento voluntario e involuntario.