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PISA 2025: 5 causas capitales del desastre y 6 posibles soluciones

Debate sobre #PISA2015 en el programa La Noche En Jake
Imagen de 2016, explicando en ETB los resultados de PISA 2015 en prime time. Contexto del artículo: Hace más de 8 años que me jubilé con 65 años. Desde entonces me he centrado en otros temas, pero siempre he sido un educador. Comencé con 22 años, en 1975, como Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales en la UPV-EHU. En 1985 pasé al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación, y luego muchos años como responsable de Innovación Educativa. He escrito y divulgado mucho sobre PISA (posts aquí recogidos). En este primer artículo, he preferido apuntar medidas generales, a escala universal. Seguirá una entrada sobre el caso de la Comunidad Autónoma de Euskadi, con soluciones que siguen siendo oportunas, muchas de ellas como lo eran tras PISA 2015 (leer aquí). Tampoco en este texto he apuntado razones permanentes y obvias que diferencian en resultados de comprensión lectora a alumnado de la misma edad que estudia en comunidades bilingües respecto a monolingües, y más si es con idiomas tan distantes lingüísticamente.

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.

PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.

La pregunta útil no es quién tiene la culpa. Es qué ha cambiado en los estudiantes, en las familias, en el profesorado, en las aulas, en los sistemas y en la sociedad, y qué se puede corregir con evidencia, no con eslóganes. Repasamos, a continuación y con una extensión inhabitual, las principales causas de la bajada de resultados y algunas fórmulas clave para recuperar el aprendizaje requerido para un futuro incierto.

Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.

Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.

Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.

La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.

1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores. 

La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.

2. Segunda causa: la revolución de la atenciónProbablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.

No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.

3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profundaLa caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.

España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia.  La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.

4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivoExiste otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos. 

No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.

5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglasPISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».

Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.

España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores. 

En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica. 

Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.

En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal. 

El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.

El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.

El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.

Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.

1. Primera fórmula: recuperar la lecturaLa medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo. 

2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentosNecesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor. 

3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?» 

4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.

5. Quinta fórmula: intervenir antesUna caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones. 

6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidenciasEspaña necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar. 

Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA. 

Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.

Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.

La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación. 

Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta. 

Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar. 

Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.

Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.

@enjakeETB #PISA2015

Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA

"No fui feliz": Borges ante la felicidad perdida

El soneto que Jorge Luis Borges escribió en julio de 1975 —apenas unos días después de la muerte de su madre, Leonor Acevedo— ocupa un lugar singular en su obra. Publicado primero en el diario La Nación y recogido después en La moneda de hierro (1976), el poema lleva por título El remordimiento, aunque millones de lectores lo recuerdan por su estribillo: «No fui feliz». Es, en efecto, una de las contadas ocasiones en que el escritor argentino abandonó el disfraz alegórico —el laberinto, el espejo, la daga— para hablar en primera persona, sin cortapisas, desde la herida. 

La estructura es la de un soneto clásico: dos cuartetos, dos tercetos, endecasílabos que alternan ritmos sáficos y heroicos con una pulcritud que contrasta con la turbulencia del contenido. Borges, que tanto había teorizado sobre la ficción como artificio, opta aquí por la transparencia. El poema no necesita descifre: confiesa. Y la confesión es terrible. «He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer», afirma en la primera línea, estableciendo una escala moral inusitada en su universo, habitado más por la ironía que por la culpa. El pecado, sin embargo, no es un crimen contra el prójimo ni una herejía, sino algo íntimo y, a la vez, colectivo: no haber sido feliz.

La infelicidad se entiende aquí como una deuda contraída con los padres, que «me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego». La enumeración de los cuatro elementos remite a la física presocrática, pero también a una idea de plenitud vital que el yo lírico siente haber traicionado. La vida como juego, como aventura elemental, fue sustituida por «las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías». La literatura —ese universo que Borges había cultivado con devoción— aparece súbitamente como vanidad, como distracción insustancial frente al imperativo de la existencia.

Sin embargo, el lector atento percibe una tensión que el propio autor no resuelve. Si el arte es nadería, ¿por qué la expresión de esa nadería alcanza una perfección formal que conmueve? Si la felicidad es el deber supremo, ¿por qué el poema que la niega resulta tan poderosamente «feliz» en su ejecución estética? Borges, que en El otro, el mismo había cantado los dones de la lectura y del intelecto, se contradice aquí con una sinceridad que no admite réplica. El remordimiento no es retórica; es luto. La pérdida de la madre —su interlocutora, su lectora primigenia, su compañera de silencios— desmorona el edificio de ironías y deja al descubierto al hombre: «No me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado». 

Desde una perspectiva filosófica, el poema interroga la noción de felicidad como deontológica. Borges asume la herencia de una ética vitalista —la vida como obligación gozosa— y se declara en quiebra. Pero al mismo tiempo, al escribirlo, convierte la quiebra en forma, la culpa en belleza. Es la paradoja del creador: la obra nace de la insuficiencia vital y, sin embargo, compensa esa insuficiencia. Como recordaba Nietzsche, el artista paga sus deudas con lo único que posee: la capacidad de nombrarlas.

En el aula, El remordimiento ofrece una oportunidad invaluable para discutir la relación entre experiencia y escritura. ¿Es legítimo leer este poema como autobiografía? ¿O la voz poética, incluso en su máximo grado de desnudez, sigue siendo una construcción? Borges mismo, entrevistado años después por Joaquín Soler Serrano, confirmó las circunstancias de su composición, pero eso no cierra el debate. Lo que sí queda fuera de toda duda es que, en catorce versos, el autor logró algo que toda su vasta obra no siempre lograba: hacernos sentir, sin intermediarios, el peso exacto de una vida.

Quizá el verdadero mérito del poema no esté en la confesión de infelicidad, sino en el coraje de haberla confesado. Porque, al final, Borges sí fue valiente: tuvo la valentía de escribir que no la tuvo para vivir como se esperaba de él. Y en esa rendición, paradójicamente, nos legó uno de sus textos más humanos.

49º aniversario de boda de Carmen y Mikel

Hoy, 26 de agosto de 2026, celebramos las bodas de cedro o de circón. Son 49 años desde que nos casamos, y más de 53 años juntos. Nos conocimos en otro verano, a mediados de agosto de 1973. Ella tenía entonces 18 años y yo, 20. Nos casamos este mismo día de 1977. Suman exactamente 17.897 días de amor y felicidad

Dicen que el mejor regalo que unos padres pueden hacer a sus hijos, aparte de la educación, es seguir unidos después de muchos años. Suponemos que también es el mejor don que unos abuelos pueden legar a sus nietos. Esto lo hemos cumplido como padres y abuelos. 

Hace años solíamos comer una paella todos juntos en un restaurante cercano. Hoy estamos en continentes distintos respecto a nuestros familiares más cercanos, hijos y nietos, pero pronto -pasado el verano- nos reuniremos todos

Se adjunta una imagen del día, con los primeros regalos sorpresa que hemos recibido de unos buenos amigos. Arriba una canción creada para la fecha por Aitor con ayuda de la IA (APP Suno AI). 

Entradas previas de nuestro aniversario en los años
20092010201120122013201420152016201720202022, 2023, 2024, 2025,...

Ardillas en nuestro paraíso: Lección de felicidad cotidiana

Ardillas en su paraíso

Una vez más escribimos sobre ardillas, incluyendo imágenes suyas. Ya ni de lejos se cumple aquel célebre mito de la ardilla que podía cruzar la península ibérica de árbol en árbol —desde los Pirineos o el mar Cantábrico hasta la Bética o Gibraltar— sin tocar jamás el suelo forma parte del imaginario popular sobre la exuberante cobertura forestal de la antigüedad.

Aunque la imagen resulta sugerente, la realidad ecológica e histórica muestra un panorama distinto. Esta cita popularmente se ha atribuido esta afirmación a autores clásicos como Plinio el Viejo o Estrabón. La realidad histórica es que en los textos de Estrabón (Geografía) y Plinio (Historia Natural) se describe una Iberia muy arbolada en amplias zonas del norte y del interior montañoso, pero ninguno de ellos escribió exactamente la frase de la ardilla. Se trata de una reconstrucción o hipérbole literaria nacida muy posteriormente.

Nuestro obligatorio baño matutino en la piscina comunitaria (posts), nos permite ver a diario a algunas de las tres ardillas felices que tenemos localizadas en el arbolado adyacente. Incluso, a nivel interno de familia, les hemos puesto nombre tirando de uno de nuestros libros favoritos: Momo (posts previos) de Michael Ende.

 A continuación, se explica quién es cada ardilla, aún no hemos conseguido una fotografía con los tres colegas,  y por qué les relacionamos con dicha obra:

  • Momo: Es la protagonista, la ardilla más habitual. Representa una niña pequeña, huérfana y misteriosa que vive en las ruinas de un antiguo anfiteatro. Su mayor virtud no es hablar, sino saber escuchar. Gracias a su capacidad de atención, logra que las personas que la visitan resuelvan sus propios problemas, encuentren la paz y jueguen de manera creativa.
  • Bepo el Barrendero: Es la segunda ardilla que le acompaña como uno de los mejores amigos de Momo. Es un hombre mayor, trabajador y muy silencioso que se dedica a barrer las calles. Bepo habla muy poco y es extremadamente reflexivo; sus respuestas suelen ser meditadas y solo dice la verdad. Es paciente y leal, y representa la sabiduría de la tranquilidad.
  • Gigi Cicerone (Girolamo): Es la ardilla más difícil de ver, y otro gran amigo de Momo. Es un joven soñador y contador de historias. Trabaja como guía turístico (de ahí el apodo "Cicerone") y se dedica a inventar cuentos fantásticos e inverosímiles para entretener a los niños y a la gente del barrio. Representa la imaginación y la creatividad.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

♬ nhạc nền - Walker Music - Yêu ツ
Vídeo con las gafas Meta 2 de cómo fue grabado el TikTok anterior.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

♬ оригинальный звук - music23.

La generación ansiosa: Infancia, móviles y salud mental

En 2024 el psicólogo social Jonathan Haidt (otros muchos posts nuestros), profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, publicó The Anxious Generation, traducido al castellano como La generación ansiosa (Deusto). El autor, conocido ya por La hipótesis de la felicidad y por La mente de los justos, y coautor junto a Greg Lukianoff de La transformación de la mente moderna, vuelve sobre un terreno que domina desde hace década y media: la psicología moral aplicada a los grandes desajustes de nuestro tiempo. Esta vez el objeto de estudio es más íntimo y más alarmante: el derrumbe de la salud mental de los adolescentes occidentales desde comienzos de la década de 2010. 

El libro sostiene que la generación nacida después de 1995 —la llamada generación Z— desarrolló su identidad en medio de una transformación tecnológica y cultural sin precedentes, marcada por el uso extendido de los smartphones y de redes sociales diseñadas para generar dependencia. Haidt describe dos tendencias simultáneas y, a su juicio, igualmente dañinas: la sobreprotección de los niños en el mundo físico —patios vigilados, juego libre casi extinguido, autonomía infantil reducida al mínimo— y, en paralelo, una desprotección casi total en el mundo virtual, donde bastaba con marcar una casilla para acceder, sin control real, a plataformas concebidas para adultos. El autor identifica cuatro daños fundamentales derivados de este entorno: la privación social, la falta de sueño, la fragmentación de la atención y un mecanismo de recompensa que libera dopamina sin llegar nunca a saciar, generando algo parecido a un síndrome de abstinencia. De ahí sus propuestas, tan citadas como discutidas: posponer el acceso al smartphone hasta la educación secundaria, retrasar las redes sociales hasta los dieciséis años, instaurar centros educativos libres de móviles y devolver a la infancia el juego no supervisado.

La solidez del libro reside en la acumulación: cientos de notas, gráficos y estudios que dibujan una correlación temporal muy marcada entre la difusión del smartphone —hacia 2012— y el aumento de la ansiedad, la depresión y las hospitalizaciones por autolesión entre adolescentes, especialmente chicas. Pero es precisamente esa acumulación la que ha desatado la controversia académica más intensa en torno a un ensayo de divulgación psicológica en años recientes. La psicóloga Candice Odgers, en una reseña muy comentada publicada en Nature, sostuvo que cientos de investigadores han buscado los grandes efectos que describe Haidt y solo han hallado asociaciones nulas, pequeñas o mixtas, en su mayoría de naturaleza correlativa, no causal. Otros especialistas, como Andrew Przybylski o Peter Etchells, coinciden en que los datos sobre tiempo de pantalla y bienestar distan de ser concluyentes. 

 Haidt ha respondido punto por punto, defendiendo que la variedad y convergencia de métodos —estudios longitudinales, cuasiexperimentales y de dosis-respuesta— apunta más allá de la simple coincidencia temporal. El debate sigue abierto, y probablemente lo estará durante años: la psicología social rara vez ofrece pruebas de causalidad tan limpias como exigiría el rigor experimental puro.

Más allá de quién tenga razón en el detalle metodológico, La generación ansiosa ha logrado algo poco frecuente en un ensayo académico: instalar en la conversación pública, en los claustros docentes y en los hogares, la pregunta de si hemos delegado la crianza de una generación entera en arquitecturas digitales diseñadas para capturar la atención antes que para cuidarla. No es la primera vez que una tecnología nueva —el cine, los cómics, la televisión, los videojuegos— provoca una alarma moral que después la investigación matiza o desmiente en parte; los críticos de Haidt no dejan de recordarlo. Pero tampoco es descartable que esta vez la escala del cambio —la sustitución casi total del juego presencial por la pantalla en apenas una década— merezca la seriedad con la que el propio Haidt, desde su cátedra de ética en Stern, ha decidido tratarla. 

@ani.pocino Este libro se tiene que leer sí o sí 📖🤯 Lo recomendó Bill Gates como uno de los mejores libros que había leído en el último año ¡es brutal! 🙌🏼 #emprendedor #motivacion #libros #redesociales #ansiedad #lageneracionansiosa #jonathanhaidt ♬ sonido original - Ani Pocino

Cómo frenar el tiempo con la Ley de Paul Janet

La ley de la proporción de Paul Janet nos explica por qué vuelan los años según tenemos más edad. Todos hemos sentido la misma paradoja: los veranos de la infancia se dilataban como si no fueran a terminar nunca, mientras que los años de la madurez se suceden con una velocidad que a menudo desconcierta. No es solo nostalgia ni un efecto de la memoria selectiva: la psicología lleva más de un siglo intentando explicar por qué el tiempo, siendo objetivamente idéntico, se percibe de forma tan distinta según la edad. La respuesta más influyente sigue siendo la que formuló en 1877 el filósofo francés Paul Janet, conocida hoy como la ley de Janet o teoría proporcional del tiempo. 

La intuición de Janet es sencilla y, precisamente por ello, poderosa: la duración subjetiva de un periodo depende de la proporción que ese periodo representa respecto al conjunto de la vida ya vivida. Un año, para un niño de cinco años, equivale a una quinta parte de toda su existencia consciente; ese mismo año, para alguien de cincuenta, apenas supone un dos por ciento del total. La aritmética explica así la sensación, tan compartida como difícil de razonar, de que el tiempo se comprime a medida que envejecemos: no cambia el reloj, cambia la fracción que cada nuevo tramo representa dentro del total acumulado.

Conviene situar al autor de esta idea. Paul Alexandre René Janet nació y murió en París, entre 1823 y 1899, y fue una de las figuras centrales del espiritualismo francés, la corriente idealista que dominó la filosofía académica del país durante buena parte del siglo XIX. Formado en la École Normale Supérieure bajo la tutela de Victor Cousin, y a través de él heredero de ciertos ecos hegelianos, enseñó filosofía moral en Bourges y Estrasburgo, lógica en el liceo Louis-le-Grand y ocupó desde 1864 la cátedra de filosofía de la Sorbona, además de ser miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Entre su obra destacan La familia, El materialismo contemporáneo —una crítica al reduccionismo biológico del doctor Büchner— y Los maestros del pensamiento moderno. Fue, además, maestro de un joven Henri Bergson, que acabaría construyendo, en las antípodas de su profesor, una filosofía del tiempo vivido, la durée, irreductible a cualquier medida o proporción aritmética: donde Janet cuantifica, Bergson insiste en que el tiempo interior no se deja trocear.

Conviene también no confundirlo con su sobrino, Pierre Janet, el psiquiatra que unas décadas después sentaría las bases de la psicología dinámica y del estudio de la disociación. Tío y sobrino comparten apellido y un interés común por la vida interior, pero pertenecen a generaciones y disciplinas distintas: uno filósofo de gabinete, el otro clínico de hospital.

La idea de Janet no quedó confinada a la filosofía académica. William James la recogió en 1890 en sus Principios de psicología, y desde entonces la investigación empírica —cuestionarios generacionales, experimentos de estimación de intervalos— ha corroborado que las personas mayores tienden a subestimar la duración de los lapsos breves respecto a los jóvenes. Otros autores, como Paul Fraisse, matizarían después que la densidad de novedad y atención también modula esa sensación: los días cargados de experiencias nuevas se recuerdan más largos, mientras que la rutina los comprime.

Ahí reside, quizá, la lección más útil para quien se ocupa de la felicidad y la educación: si el tiempo se dilata con la novedad y se contrae con la repetición, cultivar el aprendizaje, la curiosidad y la atención a lo largo de la vida no es solo una virtud pedagógica, sino una forma modesta de resistencia frente a la aceleración que Janet describió. Como intuyó Ortega y Gasset, vivir bien exige no dejar de interrogar la propia circunstancia; frente al tiempo que se acelera, la respuesta filosófica más antigua sigue siendo la más eficaz: prestar atención.

@hondondelosfrailes El filósofo francés Paul Janet propuso en el siglo XIX la teoría proporcional del tiempo, también conocida como la ley de Janet. Esta idea explica que percibimos el paso de los años de forma relativa: cada nuevo año representa una fracción cada vez más pequeña de nuestra vida total ya vivida... #tiempo #laleydejanet #pauljanet #france #viral ♬ sonido original - Alberto Perez