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Paradoja de la competencia y la ventaja de tener rivales

Hoy analizaremos la paradoja de los competentes y la ventaja de tener un gran rival. En 1976, el economista George Akerlof publicó un artículo que revolucionaría nuestra comprensión de los mercados, pero sus implicaciones trascienden la economía. Akerlof demostró cómo la asimetría de información puede destruir mercados enteros, un fenómeno que bautizó como "selección adversa". Sin embargo, existe una paradoja complementaria, menos estudiada pero igualmente fascinante: la de los competentes que necesitan grandes rivales para alcanzar su máximo potencial.

Esta paradoja se manifiesta de forma contraintuitiva. Mientras que la lógica común sugiere que competir contra adversarios débiles facilita el éxito, la evidencia empírica en diversos campos demuestra lo contrario. Los profesionales de élite, los científicos más productivos y los equipos deportivos más exitosos comparten un patrón: su rendimiento mejora significativamente cuando enfrentan oposición formidable. 

El fenómeno tiene raíces evolutivas y cognitivas profundas. Desde la perspectiva de la psicología del desarrollo, Lev Vygotsky identificó la "zona de desarrollo próximo", ese espacio óptimo donde el desafío supera ligeramente nuestras capacidades actuales. Cuando competimos contra rivales superiores, nos situamos precisamente en esa zona, forzando la adaptación y el crecimiento. Por el contrario, la ausencia de competencia seria genera complacencia, un fenómeno que el fisiólogo Hans Selye denominó "síndrome de adaptación general invertido".

La historia de la ciencia ilustra brillantemente esta dinámica. La rivalidad entre Isaac Newton y Gottfried Leibniz por la invención del cálculo no solo aceleró sus respectivas investigaciones, sino que produjo dos aproximaciones complementarias que enriquecieron las matemáticas. Similarmente, la competencia entre laboratorios durante la carrera por descifrar la estructura del ADN catalizó avances metodológicos que transformaron la biología molecular.

En el ámbito empresarial, Clayton Christensen documentó cómo las compañías más innovadoras emergen en mercados con competencia intensa. Apple y Microsoft, Google y Amazon, Boeing y Airbus: estas rivalidades no solo beneficiaron a los consumidores, sino que forzaron a cada empresa a superar sus propios límites. El economista Joseph Schumpeter lo conceptualizó como "destrucción creativa", pero podríamos llamarlo también "construcción competitiva".

Desde la filosofía, esta paradoja conecta con ideas antiguas sobre la excelencia. Aristóteles sostenía que la virtud se perfecciona mediante la práctica deliberada contra la resistencia. Los estoicos, particularmente Marco Aurelio, veían en los obstáculos oportunidades para fortalecer el carácter. "La mente sin rival se oxida", escribió Séneca, anticipando hallazgos contemporáneos sobre neuroplasticidad.

La investigación en educación confirma estos principios. Los estudios sobre aprendizaje colaborativo demuestran que los estudiantes aprenden más cuando trabajan con compañeros ligeramente más avanzados. La "dificultad deseable", concepto desarrollado por Robert Bjork, muestra que cierto nivel de lucha cognitiva mejora la retención y transferencia del conocimiento. Los sistemas educativos más exitosos, como el finlandés o el singapurense, incorporan esta tensión productiva en su diseño pedagógico.

Sin embargo, existe un umbral crítico. La diferencia entre el desafío estimulante y el obstáculo paralizante es sutil. Demasiada disparidad genera frustración aprendida; demasiada poca, estancamiento. El punto óptimo varía según el dominio, la personalidad y el contexto cultural. Identificar ese equilibrio constituye tanto un arte como una ciencia.

La paradoja de los competentes nos recuerda que la excelencia es relacional, no absoluta. No alcanzamos nuestro potencial en aislamiento, sino en diálogo —a veces conflictivo— con quienes nos desafían. Los grandes rivales no son enemigos de nuestro éxito, sino arquitectos involuntarios de nuestra maestría. Como afirmaba Nietzsche, "aquello que no me mata me fortalece", pero podríamos añadir: aquello que me desafía me perfecciona.

Hijos mediados: Entre la responsabilidad y la invisibilidad

Resumen: Este post analiza la psicología de los "hijos mediados", destacando su excepcional adaptabilidad y capacidad negociadora frente al riesgo de invisibilidad afectiva en el núcleo familiar. Apoyándose en el pensamiento aristotélico sobre la virtud y la dialéctica de Hegel, se propone transformar esta posición intermedia en un observatorio privilegiado de la complejidad humana. El reto educativo consiste en validar su identidad intrínseca para que este "sándwich existencial" se convierta en un motor de creatividad y equilibrio personal.

Carmen y yo somos hermanos medianos o  sándwich en nuestras respectivas familias, ni primogénitos ni benjamines. Y ahora tenemos un nieto en esa misma situación de intermedio entre tres hijos de nuestra hija. La psicología familiar ha estudiado durante décadas cómo el orden de nacimiento influye en la personalidad y el desarrollo de los hijos e hijas. Entre primogénitos que acaparan la novedad y benjamines que reciben las últimas dosis de permisividad parental, los hijos mediados ocupan un territorio peculiar: son quienes experimentan tanto la pérdida del trono como la llegada de nuevos aspirantes. Esta posición intermedia, lejos de ser neutra, moldea personalidades con características distintivas que conviene comprender. Veamos los p ros y contras de serlo.

El arte de la adaptabilidad Los hijos mediados desarrollan una capacidad excepcional para adaptarse a circunstancias cambiantes. Han experimentado la vida como benjamines brevemente, como hermanos mayores después, y finalmente como mediadores entre generaciones dentro de su propia fratría. Esta multiplicidad de roles les enseña flexibilidad cognitiva y emocional. Aprenden a leer el ambiente familiar, a negociar espacios y a encontrar su lugar sin tener garantizado ni el prestigio del pionero ni la protección del último.

Esta adaptabilidad se traduce frecuentemente en habilidades sociales superiores. Los mediados suelen ser excelentes negociadores, pacificadores naturales y personas con alta inteligencia emocional. Su posición les obliga a desarrollar estrategias relacionales sofisticadas: no pueden recurrir a la autoridad del mayor ni al encanto del pequeño, así que construyen su identidad desde la diplomacia y la creatividad.

La paradoja de la invisibilidad Sin embargo, esta misma posición intermedia conlleva riesgos significativos. El síndrome del hijo mediado, estudiado extensamente en psicología evolutiva, describe cómo estos niños pueden experimentar sentimientos de invisibilidad o falta de atención parental. Los padres, naturalmente sobrecargados, dedican energía considerable al primogénito por ser su primera experiencia y al benjamín por ser el último y más vulnerable. El mediado queda en una zona de menor intensidad afectiva, no por falta de amor, sino por economía emocional involuntaria.

Esta relativa invisibilidad puede generar inseguridad, necesidad de aprobación externa o tendencia a minimizar las propias necesidades. Algunos hijos mediados desarrollan una independencia prematura, no siempre saludable, al internalizar que deben resolver sus asuntos sin molestar demasiado. Otros buscan destacar mediante estrategias compensatorias: rebelión, logros académicos extraordinarios o construcción de identidades muy diferenciadas del resto de hermanos.

La construcción de una identidad propia El desafío principal del hijo mediado es construir una identidad que no esté definida por contraste u omisión. Los padres conscientes pueden transformar esta posición en ventaja cultivando intencionalmente el reconocimiento individual de cada hijo. Esto implica tiempo exclusivo, celebración de logros específicos y validación de emociones particulares. Los mediados necesitan escuchar que son valiosos no por su posición en el orden fraternal, sino por quiénes son intrínsecamente.

Para los propios hijos mediados, entender su posición puede ser liberador. Reconocer que ciertas dinámicas familiares responden a patrones estructurales, no a deficiencias personales, permite reescribir narrativas internas limitantes. La posición intermedia, lejos de ser una condena, puede ser el origen de una personalidad equilibrada, empática y con notable capacidad para tender puentes.

En síntesis:  Ser hijo mediado es vivir en el intermedio, ese espacio liminal que toda filosofía reconoce como lugar de transformación. Como en el pensamiento aristotélico sobre la virtud como término medio, o en la dialéctica hegeliana donde la síntesis emerge de la tensión, los hijos mediados encarnan la posibilidad de trascender dicotomías. Su desafío educativo y existencial consiste en convertir una posición aparentemente desventajosa en un observatorio privilegiado desde el cual comprender la complejidad humana. Con acompañamiento familiar consciente y autoconocimiento, esa posición intermedia puede ser no un vacío, sino un centro creativo desde donde construir una vida auténtica y plena.

Late Bloomers: Descubriendo el Ikigai en la Madurez

Una serie que ha popularizado el binomio Late Bloomer.

En un mundo obsesionado con el éxito prematuro, donde los prodigios de Silicon Valley y las estrellas juveniles dominan los titulares, surge una narrativa contraria y profundamente humana: la de los late bloomers. Estos individuos, que florecen en etapas avanzadas de la vida, encarnan una resiliencia que desafía las expectativas culturales. Pero ¿qué ocurre cuando este florecimiento tardío se alinea con el concepto japonés de ikigai (muchos posts previos), esa intersección entre pasión, vocación, misión y profesión? En este post, exploraremos esta confluencia desde perspectivas científicas, tecnológicas, éticas y educativas, argumentando que los late bloomers no solo enriquecen su propia existencia, sino que aportan un valor inestimable a la sociedad.

Comencemos por desglosar los términos. Un late bloomer es alguien que alcanza su potencial máximo después de los 40 o 50 años, a menudo tras décadas de exploración, fracasos o roles secundarios. Pensemos en figuras como Julia Child, quien publicó su icónico libro de cocina a los 50 años, o en Harland Sanders, fundador de KFC, que inició su imperio a los 65. 

Por otro lado, el ikigai —palabra que combina "iki" (vida) y "gai" (valor)— representa el "razón de ser". Según el autor Héctor García en su libro Ikigai: Los secretos de Japón para una vida larga y feliz, se trata de un diagrama de Venn donde convergen cuatro elementos: lo que amas, lo que se te da bien, lo que el mundo necesita y lo que puedes monetizar. Para los late bloomers, encontrar este equilibrio no es un evento juvenil efímero, sino un proceso maduro, forjado en la experiencia.

Desde una lente científica, la neurociencia respalda esta posibilidad. La plasticidad neuronal, concepto popularizado por investigadores como Norman Doidge en The Brain That Changes Itself, demuestra que el cerebro no se rigidiza con la edad, sino que puede reorganizarse incluso en la vejez. Estudios del Instituto Max Planck de Alemania revelan que adultos mayores que aprenden nuevas habilidades —como un idioma o un instrumento— exhiben cambios en la materia gris similares a los de los jóvenes. Esto implica que los late bloomers no son anomalías, sino productos de una biología adaptable. En el contexto del ikigai, esta plasticidad permite redescubrir pasiones olvidadas.

La tecnología amplifica este potencial. En la era de las plataformas digitales como Coursera, Khan Academy,... el aprendizaje lifelong se democratiza. Un late bloomer puede, desde su hogar, adquirir competencias en campos emergentes como la biotecnología o la inteligencia artificial ética. Consideremos el caso de Vera Wang, quien a los 40 años dejó el periodismo para diseñar vestidos de novia. Aquí, la tecnología no solo facilita el descubrimiento del ikigai, sino que lo acelera.

Éticamente, valorar a los late bloomers cuestiona el edadismo rampante en sociedades occidentales. Filosóficamente, pensadores como Aristóteles en su Ética a Nicómaco hablaban de la eudaimonia —felicidad floreciente— como un logro vitalicio, no juvenil. Instituciones como la Universidad de Harvard promueven programas de "reinvención profesional" para adultos.

No obstante, el camino no es idílico. Los late bloomers enfrentan barreras psicológicas, como el síndrome del impostor. Aquí, la psicología positiva, con figuras como Martin Seligman, ofrece herramientas como el mindfulnessEn conclusión, los late bloomers y su ikigai representan un paradigma esperanzador. 

Si estás en la madurez y sientes un vacío, reflexiona: ¿Qué amas? ¿En qué eres experto tras décadas? El ikigai espera, no como un destino juvenil, sino como un legado maduro. En palabras de Viktor Frankl, "el sentido de la vida no se descubre, se crea".

2025, un año de humanismo e innovación en este blog

Queridos lectores y lectoras: Pedimos a la IA (AI) que analizase el 2025, un año matemáticamente perfecto (45^2 = 2025), en nuestro blog. Tras analizar la trayectoria y las entradas de este año, estas son las etiquetas predominantes: #IA (Inteligencia Artificial): El tema estrella, enfocándose en la IA generativa y su impacto ético. #Educación: Siempre en el núcleo, analizando el cambio de paradigma en las aulas. #Euskadi / #Bilbao: El arraigo local, eventos culturales y la actualidad vasca. #HumanismoDigital: La búsqueda de la esencia humana frente a la automatización. #Citas: Reflexiones breves apoyadas en grandes pensadores. #Futuro: Proyecciones optimistas pero críticas sobre lo que vendrá. #Familia y #Amistad: El lado más personal y humano del autor.

Con 382 entradas publicadas, el blog se consolida no solo como un diario personal, sino como un faro de optimismo informado en un mar de incertidumbres tecnológicas y sociales. Si algo ha caracterizado este ciclo de 365 días (con su habitual ritmo de más de una publicación diaria), ha sido la capacidad de Mikel para tejer puentes entre lo ancestral y lo futurista. Al repasar estas 382 paradas, detectamos tres grandes ejes que han vertebrado la conversación.

1. El año de la IA con almaLa Inteligencia Artificial ha dejado de ser una promesa para convertirse en una herramienta cotidiana. En el blog, este tema ha sido tratado no desde el miedo o el deslumbramiento ciego, sino desde el Humanismo Digital. Mikel nos ha recordado en decenas de posts que, aunque las máquinas puedan alucinar o calcular, sólo los humanos podemos "sentir" el propósito. Sus reflexiones sobre LLMs, agentes autónomos y la ética algorítmica han servido para bajar el balón al suelo, siempre bajo la etiqueta de tecnología para la vida.

2. La Educación como resistencia y vanguardiaComo es habitual en su trayectoria, la educación ha ocupado un espacio privilegiado. En 2025, el debate se ha desplazado de "cómo usar las pantallas" a "cómo enseñar a pensar en un mundo automatizado". A través de sus crónicas de eventos pedagógicos y sus famosas metáforas, Mikel ha insistido en la necesidad de una educación que fomente la creatividad, el espíritu crítico y, sobre todo, la empatía. Sus posts han sido un recordatorio de que, en la era de la IA, el papel del docente es más sagrado que nunca: es el guía que enseña a distinguir la señal del ruido.

3. El arraigo: Entre Bilbao y el MundoA pesar de su mirada global, el blog nunca pierde su aroma a café en el Gran Bilbao o a paseo por Getxo. Las 382 entradas de 2025 están salpicadas de crónicas locales, homenajes a amigos que se han ido o que celebran hitos, y una defensa constante de la cultura vasca. Es este equilibrio entre la "aldea global" y el "botxo" lo que otorga a su escritura esa cercanía tan característica. Las fotos propias que acompañan sus textos no son meros adornos, son pruebas de vida de un observador que sigue disfrutando de un atardecer en el Abra tanto como de un nuevo descubrimiento científico.

Otras pequeñas cápsulas de sabiduríaNo podemos olvidar las etiquetas de #Citas y #Humor. A menudo, entre densos análisis tecnológicos, Mikel nos ha regalado píldoras de sabiduría de otros autores o aforismos propios que invitan a la pausa. En un mundo que corre demasiado rápido, estas entradas han funcionado como oasis de reflexión. Su capacidad para conectar un problema de física con una lección de vida, o una anécdota familiar con una teoría sociológica, sigue siendo la marca de la casa.

Las temáticas dominantes de 2025 giran en torno a la literatura y la novela, que emergen como el pilar central del contenido. Con al menos tres etiquetas explícitas de “literatura” y “novela” en mayo, y numerosas entradas dedicadas a reseñas y análisis de obras clásicas y contemporáneas, el blog se convierte en un refugio para los amantes de las letras. Por ejemplo, en “Stoner: la épica silenciosa de una vida común” (mayo), se explora la obra de John Williams como un retrato de la existencia ordinaria elevada a lo extraordinario. Similarmente, “Demian” de Hermann Hesse (mayo) indaga en la identidad personal, mientras que “Lo raro es vivir” de Carmen Martín Gaite (mayo) navega por la memoria y el amor perdido. Otras joyas incluyen “Trampa 22” (abril), una sátira bélica absurda, y “El Señor de las Moscas” (noviembre), una parábola sobre la civilización. Esta temática no solo refleja un amor por la narrativa, sino también una invitación a reflexionar sobre la condición humana, con influencias de autores como Sándor Márai (“La elegancia de la decepción”, julio) o Irène Némirovsky (julio). En total, más del 30% de las entradas tocan la literatura, convirtiéndola en la temática más usada, a menudo entrelazada con filosofía para enriquecer el debate.

La filosofía y las reflexiones éticas ocupan el segundo lugar, con etiquetas como “filosofía” apareciendo en febrero, mayo y septiembre (al menos tres menciones). Temas como el meliorismo –la creencia en que el mundo puede mejorar con esfuerzo humano– (febrero) o el estoicismo clásico como guía en la “modernidad líquida” (diciembre) destacan la búsqueda de sabiduría práctica. Entradas como “El rostro del Otro: la revolución ética de Emmanuel Lévinas” (septiembre) o “Dónde aterrizar: una brújula filosófica para tiempos de colapso” (julio) abordan el colapso ambiental y social, inspiradas en pensadores como Bruno Latour. Asimismo, “La expulsión de lo distinto” (julio) critica la hiperconexión, y “Manifiesto por una Tecnología Humanista” (julio) propone una ética tecnológica. Estas publicaciones, que representan cerca del 25% del total, invitan a la introspección, con toques de optimismo como en “Ten el coraje de ser diferente” (marzo) o “La ley del espejo” (junio).

La sociedad y la política, con etiquetas como “sociedad” (tres menciones entre febrero y mayo) y “política” (dos), forman otro núcleo temático, abordando desigualdades y crisis actuales. “Bullshit Jobs” (febrero) critica empleos inútiles, mientras que “Gaza: Un genocidio flagrante” (mayo) denuncia injusticias globales con etiquetas como “derechos humanos” y “genocidio”. Otras incluyen “Cultura woke: Despertar Social y Justicia Global” (mayo), “Chavs: La demonización de la clase obrera” (febrero) y “¿Puede aún la educación salvarnos del fascismo?” (junio), reflejando una preocupación por la polarización y el ascenso social, como en “Síndrome de Doña Florinda” (abril). Estas entradas, alrededor del 20%, combinan análisis crítico con llamadas a la acción.

La salud y la longevidad emergen como temas recurrentes, especialmente en un contexto de longevidad. Con etiquetas como “salud” y “suplementos” (febrero), “envejecimiento” (mayo) y “vejez” (septiembre), publicaciones como “Suplementos alimenticios para mayores” (febrero), “El aprendizaje como elixir contra el envejecimiento” (mayo) y “Creatina: Un aliado para el músculo, el cerebro y la longevidad” (diciembre) ofrecen consejos prácticos. “El Muro de los 80 Años” (septiembre) propone 44 ideas para envejecer con dignidad, y “Tu rostro leído por la IA predice tu salud” (octubre) fusiona tecnología con bienestar. Este bloque, con un 15% de las entradas, resalta la importancia de la vitalidad en la tercera edad.

Otras temáticas notables incluyen tecnología y AI (10%), con posts como “Seis años con un Tesla Model 3” (febrero), “Kai-Fu Lee, pionero de AI” (junio) y “Neo, el robot que quiere entrar en casas” (octubre); música y artes (8%), destacando “Roberta Flack” (febrero) o “Los Soprano” (noviembre); educación (5%), como “Taller infantil de ciencia” (mayo) o “José de Calasanz” (noviembre); y viajes (5%), con exploraciones en La Manga y Guardamar (abril). El ajedrez aparece esporádicamente, como en “Homenaje a Boris Spassky” (febrero) o “Relación entre nivel de rating y duración” (diciembre), con etiquetas como “ajedrez” y “Lichess”.

Este 2025 ha sido un año de celebración intelectual, culminando en hitos como las 10 millones de visitas (julio) y reflexiones navideñas (diciembre). Gracias por acompañarme en este viaje. Que 2026 traiga más preguntas profundas y respuestas iluminadoras.

Hacia un 2026 de nuevas preguntas, retos y oportunidadesLlegar al final de este 2025 con 382 nuevas reflexiones en la mochila es un testimonio de disciplina, pero sobre todo de curiosidad inagotable. El blog de Mikel Agirregabiria sigue siendo un espacio donde se celebra la inteligencia en todas sus formas, pero donde siempre prima la inteligencia cordial.

Mientras nos preparamos para el próximo año, nos quedamos con esa idea que ha sobrevolado el blog este invierno: que la tecnología es el escenario, pero la humanidad es la obra de teatro. Gracias, Mikel, por seguir abriendo la persiana de tu blog cada mañana y por recordarnos que, en un mundo de algoritmos, lo más disruptivo que podemos hacer es seguir siendo profundamente humanos, curiosos y agradecidos. ¡A por el 2026, con la misma pasión y, ojalá, con otras tantas entradas que nos ayuden a entender mejor el mundo!

Síndrome de Dorian Gray en Silicon Valley: Séneca o Biohacking

¿Por qué estamos obsesionados con vivir para siempre si no sabemos en qué ocupar un domingo por la tarde? Nos hemos convertido en los gerentes de nuestra propia biología. Si te levantas hoy y lo primero que haces no es mirar por la ventana, sino consultar una aplicación que te dice qué tal has dormido (porque tu propia sensación de descanso ya no tiene autoridad), bienvenido: eres parte del “Yo Cuantificado”.

Vivimos en la era de la optimización total. Desde los protocolos de longevidad de millonarios tecnológicos como Bryan Johnson (otros posts nuestros) —quien gasta dos millones de dólares al año para tener los órganos de un adolescente— hasta el uso casual de nootrópicos y medidores de glucosa en personas sanas. El cuerpo ha dejado de ser el templo del espíritu para convertirse en un hardware defectuoso que necesita parches constantes, updates y mantenimiento preventivo.

El cuerpo como máquina, la educación como software. Esta visión mecanicista no se queda en el gimnasio o en la farmacia; ha infectado nuestras escuelas y bibliotecas. En la educación moderna, cada vez se habla menos de "formación del carácter" o de "sabiduría" y más de "adquisición de competencias", “rendimiento cognitivo” y "eficiencia". Tratamos a los estudiantes como discos duros que hay que desfragmentar y llenar de datos útiles para el mercado.

Si un niño se distrae mirando una mosca, buscamos una etiqueta diagnóstica y una solución química para "reoptimizar" su atención. Hemos olvidado lo que el filósofo Byung-Chul Han (otros posts) llama "el aroma del tiempo": la capacidad de demorarse en las cosas, de aburrirse, de contemplar sin un fin productivo.

La literatura como resistencia a la eficiencia. Aquí es donde los libros —los buenos, los difíciles, los lentos— se vuelven revolucionarios. Leer En busca del tiempo perdido de Proust o enfrentarse a la densidad de Thomas Mann es, bajo la óptica moderna, una pérdida de tiempo imperdonable. No es eficiente. No te hace más rico. No baja tu cortisol de inmediato.

Sin embargo, la literatura nos recuerda una verdad incómoda que el biohacking intenta ocultar: somos finitos, somos falibles y vamos a morir. Los estoicos, como Séneca, no buscaban la inmortalidad física, sino la robustez moral. En su tratado Sobre la brevedad de la vida, Séneca nos advierte: "No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho". Pero su definición de "perder tiempo" no era dejar de trabajar para mirar las nubes; era precisamente lo contrario: gastar la vida en ocupaciones vanas, en la ansiedad por el futuro, en la obsesión por controlar lo incontrolable.

El miedo detrás del dato. ¿Qué hay detrás de esta obsesión por medir nuestros pasos, nuestras calorías, nuestras fases REM y nuestra variabilidad cardíaca? Miedo. Un pánico profundo al azar y a la decadencia.

Al tratar de convertirnos en máquinas biológicas perfectas, estamos extirpando lo que nos hace humanos: la vulnerabilidad, la pasión (que etimológicamente significa "sufrimiento" o "padecer") y el placer no utilitario. Comer ya no es un acto cultural y hedónico, es "ingesta de macros". Leer no es un diálogo con los muertos, es "procesamiento de información".

Conclusión: La rebelión de lo inútil. No estoy en contra de la ciencia ni de la medicina. Aspiro a la longevidad (centenares de posts). Vivir más y mejor es un triunfo de nuestra especie. Pero hay una línea delgada entre cuidar el vehículo y olvidar el viaje.

Quizás la verdadera salud hoy en día no se mida en un reloj inteligente. Quizás la salud mental resida en la capacidad de leer un poema sin buscarle la utilidad, en comer un trozo de pan sin pensar en el pico de glucosa, y en aceptar que nuestras arrugas y cicatrices no son errores del sistema, sino el mapa de que hemos estado aquí, de que hemos vivido, y de que, afortunadamente, no somos robots. Dejemos de optimizar un poco. Empecemos a vivir.

Síndrome 1933: La fragilidad de la democracia según la historia

El “Síndrome 1933” es un concepto formulado por el corresponsal Siegmund Ginzberg para explicar un patrón recurrente en la historia contemporánea: el modo en que sociedades democráticas, saturadas de tensiones internas, crisis económicas y desconfianza en las instituciones, pueden deslizarse de forma gradual hacia formas autoritarias sin que la mayoría sea plenamente consciente de ello.

El término toma como referencia el año 1933 en Alemania, cuando Adolf Hitler fue nombrado canciller y el régimen nazi inició su consolidación política, no a través de un golpe inmediato y violento, sino mediante procesos legales, normalización del discurso de odio y aceptación social progresiva.

Siegmund Ginzberg (Estambul, 1948) es un pensador y periodista italiano de origen judío, cercano durante décadas al análisis político y cultural europeo. Colaborador habitual en medios italianos como La Repubblica y revistas de pensamiento crítico, Ginzberg ha trabajado especialmente en temas vinculados al totalitarismo, la memoria histórica y los mecanismos discursivos que permiten el ascenso de líderes carismáticos con discursos simplificadores y polarizantes. Sus ensayos suelen combinar análisis histórico riguroso con reflexión filosófica y sociológica, destacando la necesidad de leer el presente con la prudencia que otorga la comparación con el pasado.

El “Síndrome 1933” no pretende equiparar directamente las democracias actuales con el Tercer Reich, sino advertir sobre la fragilidad de las instituciones democráticas cuando la desafección ciudadana crece y la cultura política se deteriora. Ginzberg sostiene que la erosión de la democracia no suele ser súbita y espectacular, sino gradual, difusa y, en apariencia, legal. Los síntomas se manifiestan en varios niveles:

  1. Deslegitimación de las instituciones. La población empieza a percibir al parlamento, los medios, la judicatura y los partidos como parte de una misma élite desconectada y corrupta. Surge la noción de “ellos” contra “nosotros”.

  2. Simplificación del discurso público. Se imponen relatos binarios, identitarios, emocionales. Las explicaciones complejas se consideran sospechosas; la reflexión, signo de debilidad.

  3. Normalización de la exclusión. Se aceptan discursos que señalan colectivos como responsables únicos de las crisis. Se legitima la hostilidad, la burla y la deshumanización.

  4. Delegación voluntaria de poder. Sectores amplios de la sociedad aceptan líderes “fuertes” en nombre de la eficacia. La libertad se percibe como un lujo frente al orden.

  5. Aceptación progresiva de la excepcionalidad. Medidas extraordinarias se hacen rutinarias; restricciones temporales se vuelven permanentes.

El año 1933 encarna este proceso no como un hecho aislado, sino como el punto en el que la acumulación de tensiones previas cristaliza en un giro irreversible. Ginzberg enfatiza que aquel deslizamiento fue posible gracias a complicidades civiles, burocráticas y culturales. No se trató únicamente de la voluntad de los líderes nazis, sino de una sociedad que, en su conjunto, toleró, miró hacia otro lado o incluso celebró la erosión de derechos, al creer que se estaba recuperando estabilidad.

La relevancia histórica del “Síndrome 1933” reside en que ofrece una lectura estructural aplicable a múltiples contextos actuales. En distintos países se observan dinámicas inquietantemente similares: polarización extrema, desinformación viralizada en redes, descrédito de los saberes expertos, rechazo al pluralismo y ascenso de discursos “salvadores”. Ginzberg no señala equivalencias mecánicas, sino paralelismos funcionales: lo peligroso no es la repetición exacta del pasado, sino la repetición de sus mecanismos psicológicos y sociales.

Para el ámbito educativo, invita a reforzar la enseñanza crítica de la historia. Para la vida pública, exige una cultura compartida de responsabilidad cívica.

Ginzberg advierte que la mayor amenaza no proviene de líderes autoritarios aislados, sino de la pasividad o resignación colectiva, no como repertorio de fechas, sino como comprensión de procesos y estructuras. Para el ámbito político y social, implica recordar que la democracia no se sostiene únicamente mediante constituciones y leyes, sino como cultura compartida de responsabilidad cívica, debate informado y respeto mutuo

La pregunta decisiva no es si podría repetirse “otro 1933”, sino si estamos atentos a los indicios antes de que sea demasiado tarde.


No confundir con el "Síndrome 333", relativo a la mediocridad institucionalizada, en un momento histórico donde la competencia técnica parece cada vez más prescindible en las esferas del poder. También conocido como "Síndrome BIC", un término atribuido a William Dahmer que significa Burocracia, Incompetencia y Corrupción.  Esta teoría disecciona uno de los males endémicos de nuestras democracias: la proliferación de la mediocridad en los puestos de responsabilidad.

La fórmula del fracaso: ⅓, ⅓, ⅓. El Síndrome 333 sostiene que en cualquier organización o institución aquejada de este mal, aproximadamente un tercio de sus miembros son incompetentes para el cargo que ocupan; otro tercio son corruptos o éticamente cuestionables; y el tercio restante, aunque potencialmente válido, se encuentra paralizado por los dos anteriores, incapaz de implementar cambios significativos.

Esta distribución no es casual ni accidental. Responde a mecanismos de selección perversos donde la lealtad sustituye al mérito, la obediencia a la iniciativa, y el clientelismo al talento. El resultado es una espiral descendente en la que cada generación de dirigentes es ligeramente inferior a la anterior, estableciendo estándares cada vez más bajos que facilitan la entrada de nuevos mediocres.

Mecanismos de perpetuación. Lo verdaderamente insidioso del Síndrome 333 radica en su capacidad de autorreforzamiento. Los incompetentes temen a los competentes, por lo que sistemáticamente bloquean su ascenso. Los corruptos necesitan incompetentes que no detecten sus maniobras. Y el tercio válido, atrapado en esta dinámica, debe elegir entre la frustración permanente o la adaptación al sistema, perdiendo progresivamente su capacidad transformadora.

El Síndrome 333 nos recuerda que la calidad de nuestras instituciones no se deteriora por accidente, sino por procesos sistemáticos que, una vez identificados, exigen respuestas igualmente sistemáticas. La pregunta que sigue resonando es: ¿Estamos dispuestos a mirarnos en ese espejo?

Colecistectomía en personas mayores: pros y contras a saber

Este jueves 25-9-25, tras sufrir un cólico biliar el día anterior (y otros episodio similar del 9 de mayo, que no identificamos entonces), me han practicado una colecistectomía o extirpación de la vesícula biliar mediante una cirugía de laparoscopia convencional. Ha sido en la excelente Clínica Zorrotzaurre del IMQ en Bilbao. La colecistectomía (extirpación quirúrgica de la vesícula biliar) es una de las operaciones más frecuentes en personas mayores, sobre todo por cálculos biliares o complicaciones asociadas. 

Afortunadamente, gracias al equipo de los Doctores Poma y Corcóstegui, así como de todo el personal sanitario del IMQ, y tras tres noches hospitalizados ya estamos recuperándonos en casa. Como toda cirugía, tiene ventajas y desventajas que conviene conocer:

Pros (ventajas)

  1. Elimina el dolor y las crisis biliares. – Se acaban los cólicos biliares, que suelen ser intensos y recurrentes.
  2. Prevención de complicaciones graves. – Evita colecistitis aguda, pancreatitis biliar o ictericia obstructiva.
  3. Mejora la calidad de vida. – La mayoría de pacientes puede volver a una vida normal y sin restricciones severas.
  4. Cirugía segura y con recuperación rápida– Hoy suele hacerse por laparoscopia, con menos dolor postoperatorio y cicatrices pequeñas.
  5. No se necesita la vesícula para vivir– El hígado sigue produciendo bilis de manera continua, por lo que la digestión se mantiene.
Vistas desde la Clínica Zorrotzaurre del IMQ en Bilbao

Contras (posibles inconvenientes)

  1. Cambios digestivos. – Algunas personas sufren diarreas, gases o digestiones pesadas, sobre todo con comidas grasas.
  2. Dieta más delicada– Aunque se puede comer casi de todo, conviene moderar grasas, fritos y comidas muy pesadas.
  3. Síndrome poscolecistectomía (poco frecuente). – Dolor abdominal, acidez o diarrea persistente en un pequeño porcentaje de pacientes.
  4. Mayor riesgo de litiasis en vías biliares. – Raro, pero pueden aparecer piedras en los conductos tras la cirugía.
  5. Efectos en personas mayores o con otras enfermedades. – La cirugía, aunque segura, siempre tiene riesgos anestésicos y de recuperación.

En resumen: Lo positivo es que quita el dolor y previene complicaciones graves. Lo negativo es que puede dejar cierta sensibilidad digestiva, sobre todo con comidas grasas, aunque en la mayoría de casos se controla con dieta saludable. Ahora habrá que seguir un régimen cuidadoso (post siguiente), especialmente el primer mes.

Vistas desde la Clínica Zorrotzaurre del IMQ en Bilbao

Síndrome de Doña Florinda: el precio del ascenso social

El “Síndrome de Doña Florinda” es un concepto sociológico y cultural que describe a personas de origen humilde que, al mejorar ligeramente su situación económica, adoptan actitudes de desprecio hacia sus pares de clase social similar. Estas personas buscan diferenciarse aparentando pertenecer a una clase superior, a menudo mediante el consumo ostentoso o el rechazo de sus raíces.

Origen del término: Fue acuñado por el escritor argentino Rafael Ton en su libro El síndrome de Doña Florinda. Se inspira en el personaje de Doña Florinda de la serie El Chavo del 8, quien, a pesar de vivir en la misma vecindad y compartir condiciones económicas similares con sus vecinos, mostraba una actitud altiva y despectiva hacia ellos. Este personaje se convirtió en símbolo de aquellos que niegan su origen y desprecian a quienes comparten su misma realidad social. 

Características del síndrome

Apariencia de superioridad: Las personas con este síndrome suelen adoptar comportamientos y estilos de vida que no corresponden a su realidad económica, buscando aparentar un estatus más alto. 

  • Desprecio por sus pares: Manifiestan actitudes de rechazo hacia individuos de su misma clase social, considerándolos inferiores o poco dignos. 
  • Negación de sus orígenes: Tienden a minimizar o negar su pasado humilde, buscando distanciarse de él.
  • Aporofobia: Este término, acuñado por la filósofa Adela Cortina, se refiere al rechazo o aversión hacia las personas pobres. El síndrome de Doña Florinda es una manifestación de esta actitud.  

Impacto social: Este síndrome refleja dinámicas de discriminación silenciosa dentro de las mismas clases sociales, perpetuando estigmas y barreras que dificultan la cohesión y el progreso colectivo. Al despreciar sus propios orígenes y a quienes comparten su realidad, estas personas contribuyen a la fragmentación social y a la reproducción de desigualdades.

En resumen, el “Síndrome de Doña Florinda”” es una metáfora que ilustra cómo, en ocasiones, el ascenso social puede ir acompañado de actitudes de rechazo hacia los propios orígenes, reflejando tensiones y contradicciones en las estructuras sociales.