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Sapere aude: Ausencias que aún no ha tratado este blog

Concluimos hoy con este post esta revisión interna del blog, pero cumpliendo la promesa de ver lo que callan las etiquetas y los análisis: Los temas escasos o inexistentes de este blog. ¿Qué dice de un blog lo que no se ha tratado y que preocupa a la mayoría? Dice, para empezar, que en octubre de 2026, tras más de 10.500 entradas, no figura ninguna etiqueta sobre vivienda, soledad, inmigración ni clima. Es el reverso del recuento anterior: allí contamos lo que más hemos escrito; aquí, lo que aún no hemos tratado.

Conviene leer los silencios con el mismo método. Una etiqueta ausente no prueba que un tema no se haya tocado (puede esconderse bajo educación, sociedad o tecnología), pero sí que no tuvo casa propia, y lo que no tiene casa se encuentra mal y se cita peor. Además, nombrar un tema no es adelantar una tesis: es comprometerse a tratarlo con datos y con todas las voces. Los vacíos caen en las mismas tres columnas del recuento anterior (temas, formatos y lugares), y cada uno de los cinco ejes proyecta su sombra: ahí buscamos. 

La educación como lente tiene sus rincones sin pulir. Entre las 4292 entradas de educación, las etiquetas de matiz son escasas: Educación Especial (14), adolescencia (17), absentismo (6), inclusión digital (4). Faltan la convivencia y el acoso escolar, la salud mental y las pantallas, la neurodiversidad, la formación profesional, la evaluación en tiempos de IA y la neurociencia del aprendizaje: preguntas que hoy están en cualquier claustro y en cualquier cocina.

Compartir en abierto es el eje que más huellas conserva de su época: web2.0 (810), twitter (334), eeepc (43). Falta lo de ahora: desinformación y deepfakes, estafas y privacidad, polarización en las redes. La propia inteligencia artificial, que ya asoma en nuestras entradas recientes tiene la etiqueta AI (en inglés), pero son escasos los formatos de hoy: videojuegos (juegos suma 45), series o cómic.

Lo local, como puerta al mundo, también tiene fronteras sin cruzar. Bizkaia suma 375 etiquetas; Gipuzkoa, 20, y Araba, 22; Navarra e Iparralde no tienen ninguna. Faltan la memoria colectiva y la convivencia, el pasado industrial y obrero de la ría, la bertsolaritza y las voces nuevas de la literatura vasca más allá de Atxaga. Y un tema de futuro: el euskara ante la traducción automática y la IA.

La ética cívica y esperanzada (solidaridad 582, ética 573, paz 515) tiene su contrapunto en lo concreto y áspero: no hay etiqueta para vivienda ni alquiler, la inmigración y la diversidad apenas asoman (interculturalidad, 7) y, dentro de ecología (312), no figuran clima ni energía. Son terrenos de debate intenso, y por eso piden un tono neutral, con datos y fuentes.

La memoria entre generaciones (familia 599, nietos 328, infancia 322) mira quizá más hacia el comienzo de la vida. Del otro extremo hay poco: madurez (84), nostalgia (34); ni soledad no deseada, cuidados, duelo, jubilación o pensiones, ni biología o medicina, que explican por qué vivimos más. Unamuno escribió Del sentimiento trágico de la vida: ahí hay un ancla para tratar el asunto con hondura.

Cinco ejes, cinco sombras: lo que callan las etiquetas no es necesariamente desinterés, sino trabajo por hacer. Y empezar es la mitad, según Horacio (siglo I a. C.): «Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude, incipe», es decir, «tiene hecha la mitad quien ha empezado: atrévete a saber, empieza».

Proponemos un ejercicio a tres (3) años. Objetivo: abrir una etiqueta nueva sobre un tema que te cueste (vivienda, soledad, clima, el que sea) y escribir o leer sobre él una vez por trimestre, hasta sumar doce (12) piezas en octubre de 2029. Evaluación: cada octubre, contarlas, anotar cuántas fuentes distintas has consultado y qué opinión tuya ha cambiado. ¿Nos acompañas?

Nada humano me es ajeno: Mapa de temas de este blog

Hoy nos vais a permitir una fugaz introspección. Tras 25 años, 10.500 posts, 22.000.000 millones de visitas, hemos pedido a la
IA (Inteligencia Artificial) que analice las etiquetas que históricamente hemos utilizado para revelar cuáles han sido nuestras inquietudes tratadas en este vuestro blog.agirregabiria.net. 

¿Qué dice de un blog el recuento de sus etiquetas? Dice, para empezar, que en octubre de 2026 la educación (4292) pesa más que las cuatro etiquetas siguientes juntas: vídeos (1214), autoayuda (1042), fotos (966) e historia (858), que suman 4080. En un archivo de más de 10.500 entradas, equivale a alrededor de cuatro de cada diez: no es una preferencia, es una columna vertebral.

Conviene leer el recuento con método. Las etiquetas mezclan tres cosas (y se solapan, porque una entrada lleva varias): qué contamos, cómo lo contamos y desde dónde. Lo primero son los temas: educación, autoayuda, historia, política (712), libros (635), tecnología (631), ciencia (606) y familia (599). Lo segundo, los formatos: vídeos, fotos, citas (838), humor (801) y trucos (612). Lo tercero, los lugares: Euskadi (765), Bilbao (741), Getxo (699) y, con otro acento, Alicante (285) y Pilar de la Horadada (180), que dibujan una segunda geografía. Entre los temas propiamente dichos, la educación multiplica por más de cuatro a la segunda, la autoayuda.

Contar no es valorar: una etiqueta mide hábito de archivo, no profundidad ni influencia, y hay ideas que cruzan muchas entradas sin tener etiqueta propia. Los ejes transversales aparecen al cruzar esas tres columnas. El primero es la educación como lente, no solo como asunto: la pregunta de fondo suele ser qué se puede aprender de algo y cómo podría enseñarse, y por eso se enseña con vídeos, con citas, con metáforas (573) y con humor (801). 

El segundo es compartir en abierto: web2.0 (810), twitter (334), podcasting (42) y software libre (26) describen una manera de aprender en público, dejando rastro de lo que se descubre para que otros lo aprovechen. Es quizá la herencia más visible de aquella web que dio nombre a tantas etiquetas.

El tercero es la relación entre lo local y lo universal. Euskadi, Bilbao, Getxo y Bizkaia suman más de 2500 etiquetas y conviven en el mismo archivo con la paz (515), la ciencia (606) o la historia (858): lo local como punto de partida, no como frontera. Bernardo Atxaga lo resolvió en Obabakoak (1988) con un pueblo imaginario convertido en mundo; este blog hace algo parecido con callejero real.

El cuarto es una ética cívica y esperanzada. Solidaridad (582), ética (573) y paz (515) suman 1670 etiquetas, más que historia y ciencia juntas (1464), y conviven con futuro (592), innovación (559) y felicidad (495): se habla de lo que debe cuidarse y de lo que puede construirse.

El quinto, quizá el más discreto, es la memoria entre generaciones. Conmemoraciones (497), obituarios (90), familia (599), nietos (328) e infancia (322) recogen lo que Miguel de Unamuno llamó intrahistoria: la vida silenciosa de quienes no salen en los libros de historia.

Los cinco ejes no son compartimentos: se tocan a cada paso, y de ahí que un vídeo de humor pueda hablar de ética o una foto de Getxo, de historia. Si hubiera que resumirlos con una frase antigua, sería la de Terencio (siglo II a. C.): «Homo sum, humani nihil a me alienum puto», es decir, «hombre soy, nada humano me es ajeno». Un blog largo acaba pareciéndose a quienes lo escriben y lo leen.

Proponemos un ejercicio a cinco (5) años. Objetivo: elegir tres etiquetas propias y leer o escribir sobre ellas cada mes, hasta sumar sesenta (60) piezas por etiqueta en octubre de 2031. Evaluación: cada octubre, contarlas, comprobar cuántas se compartieron con otros lectores y anotar qué eje las une. ¿Empezamos?

Hoy nos vais a permitir una fugaz introspección. Tras 25 años, 10.500 posts, 22.000.000 millones de visitas, hemos pedido a la IA (Inteligencia Artificial) que analice las etiquetas que históricamente hemos utilizado para revelar cuáles han sido nuestras inquietudes tratadas en este vuestro blog.agirregabiria.net. 

¿Qué dice de un blog el recuento de sus etiquetas? Dice, para empezar, que en octubre de 2026 la educación (4292) pesa más que las cuatro etiquetas siguientes juntas: vídeos (1214), autoayuda (1042), fotos (966) e historia (858), que suman 4080. En un archivo de más de 10.500 entradas, equivale a alrededor de cuatro de cada diez: no es una preferencia, es una columna vertebral.

Conviene leer el recuento con método. Las etiquetas mezclan tres cosas (y se solapan, porque una entrada lleva varias): qué contamos, cómo lo contamos y desde dónde. Lo primero son los temas: educación, autoayuda, historia, política (712), libros (635), tecnología (631), ciencia (606) y familia (599). Lo segundo, los formatos: vídeos, fotos, citas (838), humor (801) y trucos (612). Lo tercero, los lugares: Euskadi (765), Bilbao (741), Getxo (699) y, con otro acento, Alicante (285) y Pilar de la Horadada (180), que dibujan una segunda geografía. Entre los temas propiamente dichos, la educación multiplica por más de cuatro a la segunda, la autoayuda.

Contar no es valorar: una etiqueta mide hábito de archivo, no profundidad ni influencia, y hay ideas que cruzan muchas entradas sin tener etiqueta propia. Los ejes transversales aparecen al cruzar esas tres columnas. El primero es la educación como lente, no solo como asunto: la pregunta de fondo suele ser qué se puede aprender de algo y cómo podría enseñarse, y por eso se enseña con vídeos, con citas, con metáforas (573) y con humor (801). 

El segundo es compartir en abierto: web2.0 (810), twitter (334), podcasting (42) y software libre (26) describen una manera de aprender en público, dejando rastro de lo que se descubre para que otros lo aprovechen. Es quizá la herencia más visible de aquella web que dio nombre a tantas etiquetas.

El tercero es la relación entre lo local y lo universal. Euskadi, Bilbao, Getxo y Bizkaia suman más de 2500 etiquetas y conviven en el mismo archivo con la paz (515), la ciencia (606) o la historia (858): lo local como punto de partida, no como frontera. Bernardo Atxaga lo resolvió en Obabakoak (1988) con un pueblo imaginario convertido en mundo; este blog hace algo parecido con callejero real.

El cuarto es una ética cívica y esperanzada. Solidaridad (582), ética (573) y paz (515) suman 1670 etiquetas, más que historia y ciencia juntas (1464), y conviven con futuro (592), innovación (559) y felicidad (495): se habla de lo que debe cuidarse y de lo que puede construirse.

El quinto, quizá el más discreto, es la memoria entre generaciones. Conmemoraciones (497), obituarios (90), familia (599), nietos (328) e infancia (322) recogen lo que Miguel de Unamuno llamó intrahistoria: la vida silenciosa de quienes no salen en los libros de historia.

Los cinco ejes no son compartimentos: se tocan a cada paso, y de ahí que un vídeo de humor pueda hablar de ética o una foto de Getxo, de historia. Si hubiera que resumirlos con una frase antigua, sería la de Terencio (siglo II a. C.): «Homo sum, humani nihil a me alienum puto», es decir, «hombre soy, nada humano me es ajeno». Un blog largo acaba pareciéndose a quienes lo escriben y lo leen.

Proponemos un ejercicio a cinco (5) años. Objetivo: elegir tres etiquetas propias y leer o escribir sobre ellas cada mes, hasta sumar sesenta (60) piezas por etiqueta en octubre de 2031. Evaluación: cada octubre, contarlas, comprobar cuántas se compartieron con otros lectores y anotar qué eje las une. ¿Empezamos? Seguirá un post sobre grandes temas... sobre los que aún no hemos ofrecido nuestra modesta perspectiva personal.

Aristófanes y el arte de reírse del poder

Alguna vez escribimos sobre Aristófanes, un caso paradigmático de mordacidad clásica, pensamiento crítico y la fragilidad del debate público que desafió al poder en Atenas. Cuando pensamos en el teatro griego clásico, la tragedia —Esquilo, Sófocles, Eurípides— suele acaparar la atención. Sin embargo, existió un género paralelo, igual de vigoroso y mucho más incómodo para el poder: la comedia. De ella, Aristófanes (c. 448 – c. 385 a. C.) es el único autor cuya obra ha sobrevivido en piezas completas, lo que lo convierte en la ventana más nítida que poseemos hacia el humor, la política y las costumbres de la Atenas clásica. 

Sabemos poco de su biografía. Probablemente nació en el demo ateniense de Cidateneo, aunque algunas fuentes tardías —quizá por motivos políticos, dado que fue acusado de usurpar la ciudadanía— lo vinculan con Egina. Vivió los años más turbulentos de la historia ateniense, marcados por la Guerra del Peloponeso contra Esparta, un conflicto que atraviesa buena parte de su producción. Compuso más de cuarenta comedias, de las que solo once han llegado completas: Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Lisístrata, Las tesmoforiantes, Las ranas, La asamblea de las mujeres y Pluto.

Su primera obra, Los banqueteadores, se representó en el 427 a. C., cuando el autor rondaba apenas los veinte años, y ya entonces mostró el rasgo que definiría toda su carrera: una audacia crítica que no respetaba a nadie, ni a generales, ni a demagogos, ni a filósofos. En Los caballeros ridiculizó sin tapujos al político Cleón; en Las nubes convirtió a Sócrates en cabeza de una absurda «Pensadería» dedicada a sofismas huecos, una caricatura que —según cuenta el propio Platón en la Apología— contribuyó a fraguar la mala fama que llevaría al filósofo al juicio y la condena. En Las ranas, Esquilo y Eurípides discuten en el Hades sobre cuál merece regresar al mundo de los vivos para salvar la tragedia, en una de las parodias literarias más finas de la Antigüedad.

Pero el sello más reconocible de Aristófanes es su rechazo obstinado de la guerra. Los acarnienses, La paz y, sobre todo, Lisístrata —donde las mujeres de Grecia deciden negarse a sus maridos hasta que estos depongan las armas— son comedias antibelicistas que, bajo el disfraz de la carcajada, denuncian el desgaste, el hambre y el absurdo de un conflicto fratricida. Esa misma imaginación desbordada construye en Las aves una ciudad utópica suspendida entre el cielo y la tierra, Nefelococigia —la «Ciudad de Cuco en las Nubes»—, neologismo que resume su capacidad para inventar mundos posibles desde la sátira pura.

El estilo aristofánico combina registros que hoy nos resultarían incompatibles: la obscenidad más desenfadada convive con pasajes corales de gran lirismo, y la invectiva política se entrelaza con la parábasis, ese momento en que el coro se dirige directamente al público para opinar sobre la actualidad de la ciudad. Pocos ejemplos ilustran mejor esa mezcla que el coro de ranas de Las ranas, con su célebre estribillo onomatopéyico «Brekekekex, koax, koax», que ha sobrevivido veinticinco siglos como una de las frases más reconocibles del teatro universal.

La huella de Aristófanes llega hasta Rabelais, Cervantes, Molière o Voltaire, y su fórmula —reírse del poder para poder pensarlo mejor— sigue siendo, en cualquier época, un ejercicio de libertad. Leerlo hoy no es solo un ejercicio de arqueología literaria: es recordar que la risa, cuando se dirige contra quienes mandan, ha sido siempre una forma seria de resistencia. 

Aristófanes trasciende la mera broma de coyuntura histórica para consolidarse como un pilar fundamental en la historia de la literatura universal. Su obra nos recuerda que la comedia, cuando se ejerce con rigor intelectual y libertad de espíritu, representa una de las formas más elevadas del examen democrático y del pensamiento crítico.

@mercedescruz.1093 La juventud pasa. La inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación, y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre. #maestros #alumnos #aristofanes #consejo ♬ sonido original - Mercedes Cruz💋

El monje que vendió su Ferrari: Fábula del éxito personal

Hace tiempo teníamos un borrador de este libro clásico de autoayuda, El monje que vendió su Ferrari: cuando el éxito exterior no basta. Hay libros que no se leen tanto como se atraviesan, y "El monje que vendió su Ferrari" (1996), de Robin S. Sharma, pertenece a esa categoría de fábulas contemporáneas que buscan menos la sofisticación literaria que la eficacia terapéutica. 

Su protagonista, Julian Mantle, es un abogado de éxito fulminante —mansión, coche deportivo, honorarios desorbitados— que se derrumba, literalmente, en pleno tribunal, víctima de un infarto que funciona como umbral simbólico entre dos vidas posibles. A partir de ahí, Sharma construye una narración de raíz clásica: el héroe abandona su mundo conocido, viaja a un territorio remoto —el Himalaya, poblado por los sabios de Sivana— y regresa transformado para transmitir lo aprendido. Es, en esencia, el viaje del héroe de Joseph Campbell trasladado al lenguaje del management y la autoayuda de finales del siglo XX.

El libro se sostiene sobre siete virtudes o "pilares de la sabiduría" —el dominio de la mente, el propósito definido, la disciplina, el tiempo, el servicio desinteresado, la simplicidad y el presente— que Sharma dramatiza a través de metáforas fáciles de recordar: el jardín como símbolo de la mente que hay que cultivar, el faro como imagen de un propósito claro, el reloj de arena como recordatorio de que el tiempo es el único capital irrecuperable. Esta arquitectura mnemotécnica explica en buena medida su éxito comercial: más de tres millones de ejemplares vendidos y traducciones a medio centenar de idiomas convierten a esta fábula en uno de los fenómenos editoriales del género de autoayuda contemporáneo.

Conviene, sin embargo, leer el libro con la distancia crítica que merece cualquier texto de este tipo. Su estructura dicotómica —Occidente frente a Oriente, materialismo frente a espiritualidad, prisa frente a contemplación— simplifica tensiones que la tradición filosófica ha tratado con mayor matiz. Ortega y Gasson recordaba que "yo soy yo y mi circunstancia", y esa circunstancia no siempre permite el retiro purificador que Sharma propone como solución universal: no todos disponen de los recursos, el tiempo o el privilegio de vender el Ferrari, precisamente porque no todos han tenido uno. Unamuno, por su parte, entendía el sentimiento trágico de la vida no como algo que se resuelve mediante fórmulas de autoayuda, sino como una tensión permanente entre razón y fe, entre finitud y anhelo de eternidad, que ninguna fábula de sabios himalayos disuelve del todo.

Aun así, sería injusto despachar el libro como mera literatura de aeropuerto. Su mensaje central —que la vida contemplativa y la vida activa no son necesariamente incompatibles, que el éxito medido en posesiones puede convivir con un vacío interior profundo— conecta con una tradición filosófica mucho más antigua, de Spinoza a los estoicos, que distinguía entre bienes verdaderos y bienes aparentes. Leído así, como puerta de entrada popular a preguntas que la filosofía lleva siglos formulando, el libro cumple una función legítima: introduce a millones de lectores en la posibilidad de examinar su propia vida, aunque sea con herramientas conceptuales modestas.

Para el lector que llega desde la filosofía o la literatura, "El monje que vendió su Ferrari" funciona mejor como síntoma cultural que como sistema de pensamiento: revela una época obsesionada con la aceleración, el rendimiento y el agotamiento, y el hambre consiguiente de relatos que prometan una salida sencilla. Su valor pedagógico —especialmente en contextos de educación emocional— es innegable; su profundidad filosófica, más discutible. Como toda fábula, simplifica para enseñar. La tarea del lector maduro es tomar la enseñanza sin renunciar a la complejidad de la vida real que la fábula, por necesidad, deja fuera.

Robin S. Sharma nació el 16 de junio de 1964 en Port Hawkesbury, Canadá. Se licenció en derecho en la Universidad de Dalhousie y ejerció durante algunos años como profesor de derecho antes de continuar su carrera como abogado litigante. Dejó esa profesión a los veinticinco años, una experiencia personal que se convirtió en el germen de su obra más célebre.

"El monje que vendió su Ferrari" fue inicialmente autopublicado; su éxito llegó cuando Sharma coincidió por casualidad con Ed Carson, expresidente de HarperCollins, editorial que supo promocionar el libro hasta convertirlo en un fenómeno global. Publicado en el año 2000 por HarperCollins, ha vendido más de tres millones de copias hasta 2013 y ha sido traducido a 51 idiomas diferentes, lo que llevó a Sharma a abandonar la abogacía para dedicarse por completo a la escritura.

Desde entonces se ha consolidado como uno de los conferenciantes y expertos en liderazgo más reconocidos internacionalmente. Ha sido reconocido como el segundo mejor experto en liderazgo por una publicación independiente y dirige Sharma Leadership International Inc., firma de formación en liderazgo cuyos clientes han incluido a GE, Nike, FedEx, NASA, Unilever, Microsoft e IBM. Es autor de una veintena larga de libros, entre ellos "El club de las 5 de la mañana" y "El líder que no tenía cargo", y suele resumir su filosofía en la máxima "lidera sin título", que resume su convicción de que el liderazgo es una actitud personal antes que un cargo jerárquico. Actualmente reside en Toronto.

Resumen: Siete virtudes para una vida simple: releer a Robin Sharma hoy. Del bufete al Himalaya: el viaje interior de un abogado agotado. ¿Autoayuda o filosofía práctica? Una metáfora sobre el tiempo que no recuperamos. El libro que vendió tres millones de copias hablando de vacío interior.

@ygarciacorpas La técnica de la rosa. (El monje que vendió se Ferrari) #crecimientopersonal #crecimientoespiritual #yosvanygarcia #crecimiento ♬ sonido original - YGarciaCorpas

Lo peor de los impuestos es, precisamente, su nombre

Los impuestos son el precio justo de convivir juntos, no son un castigo, son una conquista histórica. Pagar impuestos es el acto más solidario que existe, pero esta palabra maldita es precisamente la que sostiene nuestra civilización. Existe una paradoja lingüística de enorme consecuencia política: la palabra impuesto lleva inscrita, en su propia etimología, una carga de imposición, de coacción, de algo que se nos hace contra nuestra voluntad. 

Y esa trampa semántica ha sido el mayor regalo que la historia le ha dado a quienes desean desmantelar el Estado del bienestar. Porque si logramos convencer a la ciudadanía de que los impuestos son una agresión, habremos ganado la batalla ideológica sin necesidad de argumentos. Hay que decirlo con claridad: lo peor de los impuestos es su nombre. Todo lo demás son virtudes.

La contribución como fundamento civilizatorio. Las grandes civilizaciones no se construyeron sobre la caridad individual ni sobre la benevolencia espontánea del mercado. Se construyeron sobre acuerdos colectivos para financiar lo que ningún individuo puede costear solo: carreteras, ejércitos, hospitales, escuelas, sistemas judiciales, redes de agua potable. Lo que hoy llamamos impuestos fue, durante milenios, la condición de posibilidad de cualquier vida organizada en común. 

John Rawls nos enseñó que una sociedad justa es aquella que elegiríamos diseñar sin saber qué posición ocuparíamos en ella. Nadie, bajo ese velo de ignorancia, elegiría un mundo sin sanidad pública, sin educación universal, sin pensiones dignas. Y sin embargo, ese mundo sin impuestos es exactamente lo que nos promete el populismo de derechas cuando agita el fantasma del "robo fiscal". 

El asedio al contrato social. En la última década, hemos asistido a un resurgimiento de discursos que, bajo una pátina de libertad individual, agitan la impopularidad del tributo para erosionar los pilares del Estado del bienestar. Estas corrientes, a menudo situadas en la ultraderecha o el libertarismo radical, presentan al Estado como un ente extractivo y al ciudadano como una víctima de "expolio".


Sin embargo, como estudiosos y ciudadanos, debemos ser claros: la fiscalidad no es un robo, es el precio de la libertad. No existe mercado libre sin seguridad jurídica, ni innovación privada sin una base de educación pública, ni paz social sin una red de seguridad que amortigüe la caída de los más vulnerables. La retórica anti-impuestos no busca "liberar" al ciudadano, sino desmantelar el mecanismo de redistribución que garantiza la igualdad de oportunidades.


Ética, justicia y el valor de lo público. Desde una perspectiva ética, los impuestos representan la materialización de la solidaridad orgánica. Los impuestos son la herramienta técnica que hace posible esa visión ética. Permiten que: • La sanidad no sea un privilegio de cuenta corriente, sino un derecho humano. • La educación actúe como ascensor social, rompiendo el determinismo de la herencia. • La infraestructura común facilite el desarrollo económico de las regiones periféricas. Sin una base fiscal sólida, la meritocracia es un mito; se convierte simplemente en la perpetuación de la ventaja de quienes ya lo tienen todo.


El rentismo moral de la ultraderecha, que odia los impuestos porque odia lo común. La retórica ultraliberal y ultraderechista sobre los impuestos descansa en una ficción antropológica: la del individuo soberano que ha generado su riqueza en soledad, sin infraestructuras públicas, sin trabajadores formados por escuelas financiadas colectivamente, sin contratos protegidos por jueces pagados con fondos comunes. Esa ficción es, intelectualmente, insostenible. Toda fortuna privada es, en parte, una deuda con lo público.

Adam Smith —ese clásico liberal que los neoliberales citan sin haberlo leído— fue perfectamente consciente de que los mercados requieren instituciones sólidas para no degenerar en monopolios, fraudes y depredación. Los impuestos no son el enemigo del mercado; son su condición de supervivencia.

Hay una dimensión ética que con frecuencia se olvida en el debate fiscal. Pagar impuestos progresivos —más quien más tiene— no es solo una política redistributiva eficiente: es un acto moral. Es reconocer que la suerte, la herencia y el capital acumulado no confieren títulos absolutos sobre la riqueza, sino que esta está social y políticamente mediada desde su origen.

Y hay, también, una dimensión democrática irrenunciable. Las democracias liberales necesitan Estados capaces de actuar con autonomía frente a los poderes privados. Un Estado sin recursos fiscales suficientes es un Estado capturado: por las corporaciones, por los mercados financieros, por los donantes de campaña. La evasión fiscal masiva y la competencia fiscal entre países no son sólo problemas económicos; son amenazas directas a la soberanía popular.

Recuperar las palabras. Quizá la tarea más urgente sea, paradójicamente, lingüística. Necesitamos rescatar la dignidad semántica de lo fiscal. Hablar de contribución solidaria, de inversión común, de pacto de civilización. No porque las palabras cambien la realidad, sino porque la realidad que queremos construir necesita palabras que la hagan deseable.

Los países con mayor bienestar, menor desigualdad y democracias más robustas —los escandinavos a la cabeza, pero no solo ellos— son también los que tienen presiones fiscales más elevadas y ciudadanías más convencidas de su legitimidad. No es una coincidencia. Es una lección que podríamos aprender, si dejáramos de escuchar a quienes confunden el precio de la civilización con un robo. Los impuestos son lo que pagamos por no vivir solos.

Invierno demográfico: Causas y desafíos actuales

Del baby boom al invierno demográfico: sesenta años de silencio fértil. Entre 1945 y 1965, el mundo occidental vivió uno de los fenómenos sociales más espectaculares de la historia contemporánea: el baby boom. Concluida la Segunda Guerra Mundial, millones de familias —aliviadas por la paz, estimuladas por el crecimiento económico y sostenidas por la emergente sociedad de bienestar— decidieron tener hijos en una proporción que hoy resulta casi inverosímil. En países como Estados Unidos, Francia, Australia o España, la tasa de fecundidad superó los tres hijos por mujer, y en algunos períodos rozó los cuatro. Las ciudades crecían, las escuelas se llenaban y el optimismo colectivo tenía un correlato biológico inequívoco.

Seis décadas después, el panorama es radicalmente opuesto. Europa, Japón, Corea del Sur y buena parte del hemisferio norte registran tasas de fecundidad muy por debajo del umbral de reemplazo generacional, fijado en 2,1 hijos por mujer. Alemania ronda el 1,5; España e Italia no alcanzan el 1,3; Corea del Sur ha llegado al histórico mínimo de 0,72. Este fenómeno, que los demógrafos denominan invierno demográfico, no es una metáfora poética: describe una realidad en la que las pirámides poblacionales se invierten, las sociedades envejecen de manera acelerada y los sistemas de pensiones y cuidados comienzan a crujir bajo una presión estructural sin precedentes.

Las causas son múltiples y se refuerzan mutuamente. La incorporación masiva de la mujer al mercado laboral —logro indiscutible de justicia social— transformó los tiempos y los proyectos de vida. La maternidad, antes socialmente obligada, se convirtió en una elección deliberada y, con frecuencia, diferida. La urbanización elevó el coste de la vivienda a niveles que hacen incompatible la crianza con la estabilidad económica en muchas ciudades. La precariedad laboral juvenil añade incertidumbre a ecuaciones ya complejas. El alargamiento de los estudios retarda la emancipación. Y, en un plano más sutil pero igualmente determinante, el cambio de valores posmodernos —la primacía de la autorrealización individual, la centralidad del proyecto personal— ha reconfigurado las motivaciones íntimas ante la decisión de tener o no tener descendencia. La religión, que durante siglos actuó como incentivo implícito de la natalidad, ha perdido su ascendiente sobre amplias capas de la población.

A estos factores se suma una paradoja perturbadora: cuanto más alto es el nivel educativo de una sociedad, menor suele ser su tasa de fecundidad. No porque la educación sea enemiga de la vida, sino porque desarrolla la capacidad crítica para calcular los costes —económicos, profesionales, emocionales— de la crianza en contextos de apoyo institucional insuficiente.

Las soluciones propuestas son igualmente diversas. Algunos gobiernos, como Hungría o Francia, han apostado por políticas natalistas directas: subsidios por hijo, deducciones fiscales progresivas, permisos parentales generosos. Los resultados son modestos y demoran años en manifestarse. Otros apuestan por una gestión más inteligente de la inmigración, que a corto plazo alivia la presión demográfica sin resolver el problema de fondo. Una tercera vía, quizás la más estructuralmente honesta, propone rediseñar los modelos de cuidado: escuelas infantiles universales, corresponsabilidad doméstica real entre géneros, y mercados de trabajo que no penalicen la maternidad ni la paternidad.

Ninguna medida aislada resulta suficiente. El invierno demográfico es, en última instancia, el síntoma de una contradicción no resuelta en las sociedades avanzadas: el deseo genuino de muchas personas de tener hijos choca con unas condiciones materiales y culturales que lo dificultan sistemáticamente. Resolver esa contradicción exige más que incentivos económicos: exige reimaginar colectivamente qué tipo de sociedad queremos construir y a qué coste estamos dispuestos a hacerlo. La demografía, al fin y al cabo, no es sólo estadística. Es la huella que una civilización deja sobre el tiempo.

@dtodointeres2 CRISIS DE NATALIDAD EN EL MUNDO 🌎 #MUNDO #natalidad ♬ sonido original - dtodointeres

“Las guerras mienten”: Eduardo Galeano y la ética de la verdad

Una vez más repetiremos el poema "Las guerras mienten", una reflexión desde la perspectiva de nuestro admirado Eduardo Galeano (muchos más posts). La afirmación de que «las guerras mienten» no es una frase hecha o un eslogan pacifista vacío, sino una observación profunda sobre cómo los conflictos armados distorsionan la realidad, manipulan el lenguaje y secuestran la verdad. Eduardo Galeano, el periodista y escritor uruguayo, comprendió esta verdad con la claridad de quien ha visto de cerca cómo se fabrican las narrativas del poder mientras se silencian las voces de quienes padecen las consecuencias reales de la violencia.

Toda guerra comienza con una mentira o, al menos, con un espectro de mentiras cuidadosamente tejidas. Los conflictos armados no se declaran simplemente por el deseo de combatir, sino que requieren de un relato legitimador, una narración que convenza a poblaciones enteras de que la violencia es necesaria, justa o inevitable. Galeano reconocía que el primer arma de cualquier potencia militar no es el fusil o la bomba, sino el control de la narrativa: qué se cuenta, cómo se cuenta y, crucialmente, qué se oculta. Las imágenes que llegan a nuestras pantallas, las palabras que eligen los comentaristas, los datos que se publican y los silenciados estratégicamente configuran una realidad que raramente coincide con la experiencia vivida por los afectados.

La ética política de Galeano residía precisamente en su compromiso con desmontar estas mentiras, en su obsesión por restituir la verdad a través de la palabra. Su periodismo y su escritura literaria funcionaban como actos de resistencia: cada artículo, cada crónica, cada poema era un esfuerzo por nombrar lo que otros pretendían ocultar, por devolver dignidad a los invisibilizados, por hacer que la realidad de los despojados fuese audible en medio del fragor de la propaganda oficial. Escribir contra las guerras significaba, para Galeano, escribir la verdad que ellas intentaban acallar.

La educación en tiempos de conflicto adquiere entonces una importancia capital. Si las guerras prosperan en la ignorancia y la desinformación, la educación crítica —aquella que enseña a cuestionar las narrativas oficiales, a buscar fuentes diversas, a escuchar las voces marginadas— se convierte en una forma de resistencia pacifista. Galeano nos recuerda que nuestra responsabilidad como lectores, ciudadanos y pensadores es la de permanecer vigilantes ante las mentiras que se nos presentan como verdades.

En nuestros días, cuando las guerras continúan y las mentiras proliferan en múltiples canales, la lección de Galeano permanece vigente. La lucha por la paz no es únicamente un combate militar o diplomático; es también una batalla por la verdad, por el derecho a narrar nuestras propias historias, por la capacidad de construir significado frente al ruido de la propaganda. Las guerras mienten porque necesitan mentir para existir. Nuestra tarea es insistir en la verdad, en toda su complejidad e incomodidad.

Eduardo Hughes Galeano nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. Desde joven se dedicó al periodismo, trabajando como redactor y director de la revista Marcha, uno de los espacios intelectuales más importantes de América Latina. Su obra se caracterizó por combinar el rigor informativo con la sensibilidad literaria, creando un estilo propio que desafiaba las fronteras entre periodismo, ensayo y creación narrativa.

Perseguido por la dictadura militar uruguaya, Galeano se exilió en 1973, viviendo en Argentina, España y México. Durante estos años escribió su obra más conocida, «Las venas abiertas de América Latina» (1971, leer en PDF), un análisis apasionado y crítico de la historia económica y política del continente, así como sus célebres «Memoria del fuego» (1982-1986) y «El libro de los abrazos» (1989). Su escritura se caracterizaba por defender a los olvidados, cuestionar las verdades oficiales y reivindicar el poder transformador de la palabra.

Galeano fue un intelectual comprometido con la justicia social, la paz y la dignidad humana. Su legado trasciende sus libros: su manera de entender la política, la ética y la educación como actos inseparables de la resistencia contra la mentira y la opresión permanece como referencia fundamental para quienes creen que otro mundo es posible. Falleció en Montevideo en 2015, pero su voz sigue interpelando a lectores de todo el mundo.

De Vicepresidente a activista: Legado ambiental de Al Gore

Albert Arnold Gore Jr., conocido mundialmente como Al Gore, representa uno de los casos más singulares de reinvención política del siglo XXI. Nacido el 31 de marzo de 1948 en Washington D.C., este político estadounidense pasó de ser vicepresidente de Estados Unidos a convertirse en el principal activista climático del planeta, demostrando que el liderazgo ambiental puede ejercerse desde múltiples plataformas.

Trayectoria Política: Poder y Frustración. Gore creció en un ambiente político privilegiado como hijo del senador Albert Gore Sr. Tras graduarse en Harvard y servir brevemente en Vietnam, inició su carrera política en 1976 como representante demócrata por Tennessee. Su ascenso fue meteórico: senador en 1985 y vicepresidente junto a Bill Clinton de 1993 a 2001. Durante su mandato como vicepresidente, Gore ya mostraba un interés inusual por las cuestiones medioambientales, aunque la agenda política de la época relegaba estos temas a un segundo plano.

La elección presidencial de 2000 marcó un punto de inflexión dramático. Gore ganó el voto popular frente a George W. Bush por más de medio millón de votos, pero perdió en el Colegio Electoral tras una controvertida decisión de la Corte Suprema sobre el recuento en Florida. Esta derrota, considerada una de las más disputadas de la historia estadounidense, paradójicamente liberó a Gore para dedicarse por completo a su verdadera pasión: la lucha contra el cambio climático.

Una Verdad Incómoda: Ciencia para las Masas. En 2006, Gore lanzó el documental "Una verdad incómoda" (An Inconvenient Truth), que se convertiría en su obra más influyente. El filme, dirigido por Davis Guggenheim, presentaba una versión cinematográfica de la conferencia sobre calentamiento global que Gore había impartido durante años. Con gráficos impactantes, datos científicos accesibles y un tono urgente pero pedagógico, el documental logró lo que décadas de informes científicos no habían conseguido: hacer del cambio climático un tema de conversación cotidiana.

La película abordaba el deshielo glaciar, el aumento del nivel del mar, los eventos climáticos extremos y las proyecciones futuras con una claridad demoledora. Su famosa imagen subido a una plataforma elevadora para mostrar el aumento proyectado de temperaturas se convirtió en icónica. El documental recaudó casi 50 millones de dólares y ganó dos premios Óscar, demostrando que el cine documental podía ser tanto educativo como comercialmente exitoso.

En 2007, Gore compartió el Premio Nobel de la Paz con el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) por sus esfuerzos para construir y diseminar conocimiento sobre el cambio climático antropogénico. Posteriormente, en 2017, presentó la secuela "Una verdad incómoda 2: Nuestro momento", que evaluaba los progresos y retrocesos en la lucha climática.

Legado y Controversias: Una Valoración Equilibrada. La contribución de Gore a la concienciación climática es innegable. Convirtió un problema científico complejo en un imperativo moral comprensible, inspirando a millones de personas y facilitando el camino para acuerdos como el de París. Su capacidad para comunicar ciencia de manera accesible sin trivializarla estableció un modelo para la divulgación ambiental.

Sin embargo, su legado también enfrenta críticas legítimas. Algunos científicos señalaron imprecisiones o exageraciones en sus presentaciones iniciales, aunque las tendencias generales que predijo se han confirmado dramáticamente. Sus inversiones en empresas de tecnología verde generaron acusaciones de conflicto de intereses, aunque otros argumentan que demostró coherencia al invertir en las soluciones que promovía.

Quizás la crítica más persistente sea la paradoja de su estilo de vida: residencias de alto consumo energético y viajes frecuentes en jet privado parecían contradictorios con su mensaje, aunque Gore respondió implementando compensaciones de carbono y energías renovables en sus propiedades.

Al Gore (otros posts) transformó una derrota política en una victoria para la conciencia planetaria. Su trabajo demostró que la comunicación efectiva puede ser tan importante como la investigación científica para impulsar el cambio. En la educación ambiental contemporánea, su modelo de divulgación accesible, emotiva y basada en evidencia sigue siendo referencial, recordándonos que el conocimiento sin comunicación permanece inerte. Al Gore logró traducir décadas de ciencia climática en un relato comprensible, urgente y éticamente ineludible. (Puestos a imaginar, sigue este TikTok)

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